Generación Del 98 LIT.
Categoria:
Literatura
1. Concepto. La labor literaria de la llamada g. del 98 constituye un capítulo fundamental en la historia de la cultura española contemporánea. La forman los escritores que irrumpen en el campo de las letras durante el último decenio del s. XIX, y a quienes, se dice, influyó poderosamente el clima de crítica y desánimo suscitado en concretos sectores de la sociedad española por el desastre en que terminó el enfrentamiento bélico con EE. UU.Los escritores que realizan su aprendizaje literario (quehacer al que se sienten empujados por una inesquivable vocación) en Madrid durante los años finales de la Regencia de Da María Cristina, inmersos en una circunstancia histórica y un clima cultural muy complejos, compusieron un grupo, al que confirió transitoria coherencia el encuentro de sus miembros en tertulias y redacciones de periódicos, el haber emprendido unidos diversas empresas editoriales y su actitud rebelde ante prejuicios y convicciones de la época. Es indudable que varios de aquellos escritores tuvieron temprana conciencia de tal hermandad; Juan Maragall (v.) fue quien descubrió, ya en 1901, rasgos de identidad entre aquellos jóvenes literatos; años más tarde tal opinión la reitera Gabriel Maura en el curso de una controversia con Ortega y Gasset. Los documentos que señalan su existencia se encuentran en la obra azoriniana; los más tempranos están fechados entre 1905 y 1910. Para la definición del grupo son fundamentales los cuatro artículos, de 1913, con el rótulo común La Generación de 1898, que Azorín incorporó luego a su libro Clásicos y Modernos; en ellos se resume la labor cumplida por los escritores de los que Azorín quiere ser portavoz, y se da como nombre de la generación la fecha del desastre que privó a España de sus últimas posesiones ultramarinas.El título g. del 98 es aceptado ya por la casi totalidad de los críticos literarios. De ese grupo de literatos hablan los mismos integrantes: Pío Baroja en sus Memorias, Azorín en sus libros de recuerdos, Luis Ruiz Contreras en Memorias de un desmemoriado, Ricardo Baroja en los artículos que componen el volumen Gente del 98 y, en fecha más reciente, Eduardo Zamacois en sus Memorias de un hombre que se va.2. Componentes. Formaron la promoción, en primer lugar, los futuros noventayochistas: José Martínez Ruiz (Azorín, v.), Pío Baroja (v.), Ramiro de Maeztu (v.) y, con presencia real en sus visitas a Madrid desde Salamanca, Miguel de Unamuno (v.). De haber vivido, si bien es presumible que al modo de Unamuno, es decir, un tanto marginalmente, se hubiese sumado al grupo Á. Ganivet (v.), muerto en 1898 y cuyas obras más representativas, el Idearium español (1897) y Los trabajos del infatigable creador Pío Cid (1898), se asemejan a las dedicadas por los noventayochistas a exponer su credo regenerador de la vida española. Con este parvo grupo de literatos trabó relación Maragall en sus viajes a Madrid. Los lazos que unen, si bien transitoriamente, a los cuatro primeros escritores nombrados fueron ya reconocidos en la época; de ello da testimonio el artículo de Pío Baroja No nos comprendemos, que publicó el diario de San Sebastián El Pueblo Vasco en sept. 1903.También se incluyen en la generación los literatos que muy pronto empezaron a ser calificados de modernistas (v. MODERNISMO); preferencias estéticas aproximan, dentro de la promoción, a J. Benavente (v.) y R. del Valle-Inclán (v.), y a ambos se acercarán luego Francisco Villaespesa (1877-1936) y otros escritores jóvenes, entre éstos Eduardo Marquina (v.), Gregorio Martínez Sierra (1881-1947), Juan Ramón Jiménez (v.) y Manuel Machado (v.). Durante sus estancias en Madrid, Rubén Darío (v.) preside la tertulia en la que son figuras preeminentes Valle-Inclán y Benavente. Miembro menos destacado de la generación fue Manuel Bueno (1873-1936); algunos comentaristas incluyen en ella también al poeta Antonio Machado (v.).Un tercer grupo de escritores se individualiza en la generación; aunque coetáneos de noventayochistas y modernistas, con los que conviven y comparten la realización de empresas literarias diversas, a sus componentes les separa no obstante de los ya nombrados una disparidad en lo que respecta a convicciones estéticas; estos últimos literatos se muestran unos fieles a los principios del realismo (v.) y otros partidarios del credo naturalista (v. NATURALISMO Iv), llegando a ser los de esta segunda tendencia iniciadores de la llamada literatura erótica o galante, que tanta boga había de alcanzar en España durante los primeros decenios del s. XX. Forman en este tercer grupo los novelistas V. Blasco Ibáñez (v.), Felipe Trigo (1865-1916), Eduardo Zamacois (1873-1972), Manuel Ciges Aparicio (1873-1936), Ricardo León (18771943) y Mauricio López Roberts.Convivió con los escritores de la promoción una extraña mezcla de literatos ocasionales, algunos sin otra vocación que la de bohemios, de quienes en concretos casos no queda otro recuerdo que contadas colaboraciones en alguna publicación de la época o la referencia que de su estampa física y sus andanzas hacen, en sus libros de recuerdos, Ricardo y Pío Baroja, Azorín, Ruiz Contreras y Eduardo Zamacois. En este grupo destacaron Enrique Cornuty, José Ignacio Alberti, Ramón de Godoy, Rafael Urbano (1870-1924) y Pedro Barrantes, Alberto Lozano, Pedro Luis de Gálvez y Manuel Sawa. Con los literatos del núcleo esencial de la g. del 98 compartieron afanes y propósitos, repulsas y fervores, escritores pertenecientes, por imperativo cronológico, a una generación anterior; el influjo que ejercieron sobre los literatos entonces jóvenes fue, en ocasiones, decisivo; tal es el caso de Alejandro Sawa (1862-1909), Juan Bautista Amorós (Silverio Lanza de seudónimo; 1856-1921) y Luis Ruiz Contreras (1863-1953); otro escritor que también se asoció al grupo, aunque con posterioridad, fue Ciro Bayo y Segurola (1859-1959).Promoción literaria de la Regencia. Lo expuesto permite afirmar que en los componentes de la generación, que prefiero titular "promoción literaria de la Regencia", se individualizan, cuando menos, tres grupos de escritores, entre los cuales son realmente escasas o no existen las coincidencias ideológicas, y lo mismo se advierte cuando se enfrentan los criterios estéticos de cada uno. Todavía más equívoco resulta adscribir a tan hipotética generación, para nombrarla, la fecha 1898, pues si es cierto que tal desastre militar influyó, y de modo decisivo, en el grupo de escritores que designamos como noventayochistas, también es indiscutible que aquel acontecimiento no tuvo resonancia en la obra de los modernistas y tampoco queda recuerdo suyo en el quehacer literario de escritores como Blasco Ibáñez, Trigo, Zamacois y López Roberts (cfr. L. Sánchez Granjel, Panorama de la Generación del 98).Si no cabe hablar, ciertamente, de una propia g. del 98, sí puede señalarse con todo rigor la promoción literaria de la Regencia, y la individualización de un grupo noventayochista, que incluye a Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Ramiro de Maeztu y el futuro Azorín. En estos cuatro literatos se descubre, ya desde sus primeras obras, una indudable preocupación por la situación española que pone marco a su existencia juvenil; en ellos el desastre de 1898 desveló redoblados ecos hasta concluir empujándoles a una quijotesca y fugaz campaña regeneracionista de activismo político, y les suscitó un siempre vigilante interés por España, la curiosidad por conocer su faz geográfica y su pasado, histórico y cultural, y la propensión a analizar su presente y desvelar su porvenir como testimonia el conjunto de su labor como escritores.3. Principales trazos de ambientación. Para rehacer, en la medida de lo posible, el perfil colectivo de la promoción literaria de la Regencia, es imprescindible sumar a la presentación de sus miembros unas notas sobre la vida por ellos compartida en Madrid durante un corto número de años, en torno a la fecha de 1898. Quienes entonces realizaban su aprendizaje literario se habituaron a encontrarse, a diario, en cafés y cervecerías y en las redacciones de periódicos o de revistas que ellos mismos fundaron, con escritores y periodistas de más edad y con simples bohemios. Para crear entre sus componentes conciencia de grupo, tuvo especial importancia la tertulia que mantuvieron en el Café de Madrid; cuando este inicial cónclave se deshizo, quienes lo integraban pasaron a nutrir otras tertulias, como la presidida en el Nuevo Café de Levante por Benavente y ValleInclán y la que continuó formándose, a diario, en torno a Baroja y el futuro Azorín.Con las cotidianas tertulias, los miembros de la generación, a despecho de disparidades ideológicas y de gustos estéticos distintos, de envidias e incomprensiones mutuas, afianzan aquellos lazos de convivencia tomando parte en actos y sucesos de muy diversa índole. Alguna de sus intervenciones colectivas, varias de típico corte picaresco, las rememora Ricardo Baroja en su libro Gente del 98 y fueron utilizadas por su hermano Pío para nutrir de episodios sus primeras novelas. Los escritores entonces jóvenes buscaron imponer sus preferencias estéticas, dar constancia de sus repulsas, en algunos estrenos teatrales; José Martínez Ruiz y Pío Baroja encabezaron el homenaje que la juventud literaria tributó a Larra el 13 feb. 1901; este mismo año tuvo lugar, al, tiempo que los noventayochistas viven el más sonado episodio de su intervencionismo político, la visita a Toledo de Baroja y Azorín, donde realizaron el descubrimiento de El Greco (v.) y la captación de la realidad de España, su intrahistoria. La casi totalidad se reunió en torno a Pío Baroja para celebrar la publicación de su novela Camino de perfección (1902), obra, como la trilogía de Azorín que inicia la novela La voluntad, del mismo año, de lectura obligada para entender la actitud vital y literaria que mantuvieron los miembros más representativos de la g. del 98 en sus años de juventud, que fue cuando existió verdaderamente la identidad generacional.4. Publicaciones. El País, diario republicano, fue uno de los primeros periódicos madrileños en que consiguieron escribir. Paso decisivo en el ejercicio del quehacer periodístico lo dieron los escritores de la generación al ingresar varios de ellos, en 1902, en la redacción de El Globo. De las revistas literarias, la primera en la que colaboran es Germinal, que dirigía Joaquín Dicenta; en 1899 nace y muere La Vida Literaria, revista propiedad del editor Bernardo Rodríguez Serra, en la que escribieron modernistas y noventayochistas. Ya en el s. XX nuevas publicaciones vienen a cubrir el vacío que dejan, al desaparecer, las mencionadas y otras que nombraremos más adelante; en estas nuevas revistas, a las que aúna lo efímero de su existencia (Juventud, Arte Joven, Eiectra, Helios y La República de las Letras), editadas todas entre 1901 y 1905, se prolonga la unidad generacional, si bien ésta empezaba ya entonces a desdibujarse y en la última fecha nombrada puede afirmarse se había roto.Especial significación poseen en la historia de la promoción literaria de la Regencia las revistas Vida Nueva, Alma Española y Revista Nueva. Vida Nueva (18981900) fue el segundo semanario creado por los escritores de la generación; por su orientación simboliza, mejor que Germinal, el espíritu crítico que hizo suyo la g. del 98. Alma Española fue asimismo una revista rebelde y liberal. De todas las publicaciones periódicas sostenidas por los escritores jóvenes en los años finales dé la Regencia, la que representa más claramente los afanes de aquella inquieta promoción literaria y da testimonio de sus no siempre claros propósitos fue Revista Nueva (1899), fundada por Luis Ruiz Contreras, incansable promotor de proyectos literarios y animador de una tertulia que contribuyó mucho a unir a los que hacían su aprendizaje literario en tales fechas. En Revista Nueva se encontraron prácticamente cuantos hicieron número en la promoción de la Regencia, los futuros noventayochistas aquellos a quienes se les empezaba a conocer con el mote de modernistas y, con ambos grupos, Felipe Trigo, Manuel Bueno, Llanas Aguilaniedo y otros literatos no adscritos a las fracciones nombradas; con todos, además, conviene recordarlo, quienes fueron maestros de la generación: Pérez Galdós (v.), Silverio Lanza, Alejandro Sawa y el propio Ruiz Contreras.Las nóminas de colaboradores de las revistas que surgieron en los años finales de la Regencia, al igual de lo que sucedió en las tertulias y actos colectivos que entonces aúnan a los escritores jóvenes, confirman cómo la promoción de literatos que pugnaba por hacerse un nombre en el campo de las letras, si se enfrentó, con la generación precedente, no por eso dejó de aceptar, y aun desear, la compañía de algunos de sus componentes y permitió también que otros aprendices de escritor, más jóvenes que ellos mismos, los de la generación de 1886, participaron en sus empresas editoriales y concurrieran a sus diarias reuniones. Por otra parte, es importante destacar que los propios miembros de la generación, aunque pronto se reparten en grupos, siguen aunándose cada vez que una nueva revista, creación suya, ofrece plataforma desde la cual puedan dar testimonio de su existencia; ello explica que al rehacer la historia de tales publicaciones aparezcan casi siempre unidos noventayochistas y modernistas, los grupos, sin duda, más representativos de la promoción, y con ellos los nombres de Vicente Blasco Ibáñez, Felipe Trigo y Eduardo Zamacois, principales mantenedores en la nueva generación de los credos literarios ochocentistas.5. Disolución del grupo. Hacia 1905 se ha consumado ya la disolución del grupo, en un momento firmemente aunado, integrado por los cuatro noventayochistas; por las mismas fechas era asimismo patente el distanciamiento entre los literatos del grupo modernista, encabezado hasta entonces por Benavente y Valle-Inclán, y asimismo seguían rumbos propios los restantes miembros de la promoción de la Regencia.Y es precisamente ahora cuando va a surgir, y tendrá fortuna, el término g. del 98 para rotular a una parte de tales escritores. La definición azoriniana de la generación, hecha en 1913, y reafirmada con nuevos argumentos en trabajos ulteriores, fue sometida a crítica por los mismos componentes del grupo; en el mismo año 1913, Ramiro de Maeztu responde a Azorín en dos artículos (El alma de 1898 y La obra de 1898) publicados en la revista Nuevo Mundo; en 1916 escribe Unamuno su artículo Nuestra egolatría de los del 98, y al siguiente año emite su primer juicio sobre la generación Pío Baroja, quien retorna al tema con posterioridad en diversas ocasiones, siendo su contribución más importante la incluida en el texto de una conferencia que con el título Tres generaciones leyó en la Casa del Pueblo de Madrid el 17 mayo 1926. Ninguno de los tres escritores acepta plenamente la interpretación azoriniana del grupo; Baroja rechaza concretamente la asociación de aquella promoción a la fecha del desastre colonial.El episodio de la vida literaria española, cuyo primer retrato elaboraron sus propios protagonistas, ha sido objeto de cuidadoso examen, puede decirse que exhaustivo, por converger en él la atención de comentaristas y críticos, y aunque las opiniones fruto de tales estudios revelan, al ser comparadas, acusadas divergencias, no es menos cierto que todos, incluso quienes acaban negando la existencia de la g. del 98, contribuyen, indirectamente, a consolidar la pervivencia de dicho término para designar la labor conjunta realizada por los escritores que eran jóvenes en los años finales de la Regencia. En la actualidad todas las historias de la literatura española incluyen esta generación como capítulo de la misma.6. Estudios sobre la generación. La bibliografía sobre la g. del 98 se encabeza, descontados los testimonios expuestos, con las opiniones suscritas por José María Salaverría (La generación del 98, 1917) y Ramón Gómez de la Serna (v.), dos escritores que se relacionan muy tempranamente con los miembros de aquella promoción. Gómez de la Serna, en su biografía de Azorín (1930), se muestra partidario de individualizar, en la generación, dos grupos: el integrado por Azorín, Baroja y Maeztu y el que encabezan Valle-Inclán y Benavente. Otros estudios son el realizado por Ramón Jaén (1917), los de Manuel Azaña (¡Todavía el 98!) y Enrique Díez-Canedo (El 98 ante las urnas) y el ensayo de Ricardo Baeza (Azorín y la generación del 98). La obra poética de los escritores de la generación ha sido estudiada por Luis Cernuda, Max Aub y José Luis Cano. De interés son las obras de D. de Fuenmayor (El secreto de la Generación del 98, 1944), Ramiro W. Mata (La Generación del 98, 1944) y Rafael Ferreres (Los límites del Modernismo y del 98, 1964), así como el libro de Francisco Mota Papeles del 98 (1950).En 1948, la revista Arbor consagró uno de sus números a recordar el cincuentenario de la fecha del desastre colonial; en ella analizan concretos pormenores de la generación Germán Bleiberg, Gerardo Diego, Hans Juretschke, Enrique Lafuente Ferrari, Federico Sopeña y Gonzalo Torrente Ballester. El amplio estudio de Domingo Paniagua sobre las revistas de la época (1964) constituye una valiosa ayuda para conocer mejor la vida colectiva de la generación. Rafael Calvo Serer (Del 98 a nuestro tiempo. Valor de contraste de una generación, 1949) y Santiago Galindo Herero (El 98 de los que fueron a la guera, 1952) ofrecen semblanzas de la g. junto con consideraciones ideológicas; algo semejante puede afirmarse del ensayo El espíritu del 98, incluido por Gonzalo Fernández de la Mora en su obra Ortega y el 98 (1961).Mayor importancia poseen los estudios realizados por Melchor Fernández Almagro (En torno al 98. Política y literatura, 1948), Dolores Franco (España como preocupación, 1959) y Segundo Serrano Poncela (Eros y la generación del 98, El tema de la existencia en la generación del 98 y Autocrítica y crítica de la generación del 98, trabajos recogidos en su libro El secreto de Melibea, 1959). Un buen resumen de la bibliografía extranjera lo ofrece el trabajo de Juretschke, ya citado; destacan, entre todas las aportaciones no españolas, las de Jean Cassou, Doris King Arjona y Rosa Seeleman. Fundamental es la valoración crítica de la obra y el ideario de la g. del 98 realizada por Hans Juretschke en su libro Die Generación von 1898 in Spanien (1934; 2 ed. esp. Madrid 1954); comprende dos partes: la primera se ocupa de analizar la procedencia del núcleo ideológico que presidió la vida intelectual de los miembros de aquel grupo; la segunda constituye un intento de aplicar al estudio de dicha promoción literaria el concepto histórico de `generación’ elaborado por Dilthey y Julius Petersen.El primer crítico español que llevó a término un examen riguroso de la g. del 98 fue Pedro Salinas (v.) en un curso en la Facultad de Filosofía y Letras madrileña en 1934, cuyo resumen publicó poco después la Rev. de Occidente y fue luego editado en el vol. Literatura española Siglo XX (México 1949); en 1951 dio a conocer Salinas, en versión inglesa, su ensayo La literatura española moderna, redactado en 1943 y uno de cuyos capítulos lo consagra a la citada generación. El propósito de Salinas, el mismo que se propuso cumplir Jeschke, consiste en demostrar la existencia de una g. de198, merced al empleo de las teorías de Petersen. Encuentra Salinas en los escritores considerados miembros de tal generación, con la coincidencia cronológica, una indudable identidad en el proceso de su formación intelectual, singularizada por el autodidactismo; asimismo halla convivencia entre los componentes de la generación durante los "momentos germinales y plásticos" de la misma, en tertulias y redacciones y al protagonizar diversos actos colectivos; el acontecimiento o experiencia generacional, decisivo según Petersen para que alcance realidad histórica una generación, lo sitúa Salinas, de acuerdo .con la tesis azoriniana, en la derrota militar española ante EE. UU. y la resonancia que tal suceso tuvo en ambientes de la sociedad española. También en los miembros de la generación es evidente el triunfo de un modo nuevo de expresarse, un lenguaje que resulta peculiar en su quehacer como escritores.Opuesta a la tesis de Pedro Salinas es la opinión de Guillermo Díaz-Plaja en Modernismo frente a Noventa y Ocho (Madrid 1951); para éste existirían, claramente definidas, dos generaciones entre las que se aprecian, eso sí, coincidencias y hasta ocasiones de total compenetración; la que casi todos denominan g. del 98, este crítico la supone integrada sólo por los noventayochistas, independizando de aquélla el grupo de los modernistas, al que titula generación de 1902.En este conjunto de opiniones, expuestas por la crítica en su intento de confirmar o rebatir la existencia real de una g. del 98, queda por mencionar quizá la más importante aportación, la de Pedro Laín Entralgo en La Generación del Noventa y Ocho (Madrid 1945); se puede considerar compuesta de dos partes, la primera está dedicada a definir la generación y la segunda a examinar los rasgos, muy dispares, que le confieren individualidad propia. Complementaria, en cierto modo, de la labor de Laín Entralgo es la de Sánchez Granjel (Panorama de la Generación del 98, Madrid 1959, y La Generación literaria del Noventa y Ocho, Madrid 1966).V. t.: AZORN; BAROJA, PÍO; MAEZTU, RAMIRO DE; UNAMUNO, MIGUEL DE; MARAGALL, JUAN; MACHADO, ANTONIO; ORTEGA Y GASSET, JOSÉ; NATURALISMO IV, 5; MODERNISMO 11.L. SANCHEZ GRANJEL.
BIBL.: La citada en el texto.
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