Franco-prusiana, Guerra HIST.
Categoria:
Historia
Aunque fue, de hecho, un verdadero enfrentamiento entre Francia y Alemania (que alcanzó, como resultado de la victoria, su unidad nacional), recibe este nombre por ser la Prusia de Guillermo I (v.) y de Bismarck (v.) su principal protagonista del lado germano.En realidad, un enfrentamiento entre el Imperio francés de Napoleón III (v.) y la naciente Confederación Alemana del Norte era absolutamente imprevisible a comienzos de 1870. Es cierto que Napoleón III empezaba a mirar con recelo la potencia teutónica, y que Bismarck había frenado las apetencias francesas sobre Bélgica, negociando el matrimonio del heredero de la corona belga con una princesa prusiana; pero, en general, las relaciones entre París y Berlín habían sido hasta entonces correctas y hasta cordiales. Los dos hombres fuertes de uno y otro lado -Napoleón y Bismarck- habían parecido entenderse siempre a la perfección. Tampoco existía entre ambas potencias la menor disputa jurídica, ni reivindicación territorial alguna. El motivo formal de la contienda fue absolutamente fútil -un rebuscado lance de honor-, y no constituye, en modo alguno, explicación suficiente. Hay que concluir que la guerra f. p. estalló más por causa de la política interior (en uno y otro país) que por la existencia de auténticos motivos de enfrentamiento. Siempre cabe afirmar, por supuesto, que ambos contendientes buscaban afianzar, de paso, una situación hegemónica en el concierto europeo.El mecanismo del conflicto. Los motivos del fondo -hoy, sin duda, más fácilmente comprensibles que en la propia época- hay que buscarlos, por parte francesa, en el desmoronamiento del prestigio del régimen. Napoleón III comprendía la necesidad de un golpe de éxito que viniese a compensar sus fracasos y vacilaciones de años anteriores. La política italiana no había contentado a casi nadie, y a nadie la malhadada aventura de Maximiliano (v. MAXIMILIANO JOSÉ DE AUSTRIA) en México. La protección al Papa había molestado a la izquierda, y ahora la calculada política izquierdista del Gobierno molestaba a muchos católicos. Napoleón III, de carácter pacifista, pero obligado por el sortilegio de su apellido, sabía que sólo tenía un camino para recuperar el prestigio y la gloria: la guerra.Por parte alemana, Bismarck comprendía que la Federación del Norte era una entidad muy frágil y en parte forzada. No lograría formarse una conciencia unitaria capaz de amalgamar a la Confederación en un verdadero Estado más que mediante una empresa común que entusiasmase a todos los alemanes. Ninguno de estos argumentos, por supuesto, fue esgrimido en el conflicto. Ambas partes creían en la necesidad de la guerra para solucionar cuestiones internas; pero lo que de hecho condujo a la ruptura fue, como antes decíamos, el más fútil de los motivos.Vacante el trono de España, después del derrocamiento de Isabel II (v.), en 1868, el Gobierno de Madrid, presidido a la sazón por el general Prim (v.), buscaba por todas las cortes de Europa un nuevo titular de la corona española. En julio de 1870, Prim logró la aceptación de un príncipe alemán, Leopoldo de HohenzollernSigmaringen, sobrino del rey de Prusia. Cierto que este último (Guillermo I) no había autorizado ni desautorizado el hecho; pero, en ciertos medios franceses, la noticia fue recibida con desagrado. La prensa de París habló, con evidente exageración, de "la resurrección del Imperio de Carlos V" y del estrangulamiento de Francia entre el Rin y los Pirineos. El Gobierno francés encontró suficiente el motivo para iniciar una campaña de protesta contra la "amenaza alemana", sobre todo por boca del impetuoso ministro del Exterior, Gramont. La emperatriz Eugenia consideraba la guerra como necesaria, más que su esposo. Napoleón fue arrastrado por todos.El episodio decisivo se produjo en la célebre entrevista de Ems (12 jul. 1870), en la que el embajador francés, Benedetti, exigió de Guillermo I que desautorizase a su sobrino. El rey de Prusia, aunque cortésmente, se negó a dar una respuesta categórica. Un despacho de prensa, redactado intencionadamente por Bismarck -telegrama de Ems- atribuía a la entrevista una acritud que realmente no tuvo. Gramont, en un acalorado discurso en la Asamblea, consiguió tocar la cuerda sensible antialemana de los franceses. Ambas partes se consideraban ofendidas. sin razón para ello, en la entrevista de Em, El 14 de julio (fiesta nacional), Francia decret_5 la movilización general. El 15 la Confederación Germánica hacía lo propio. El 19 salió de París la declaración de guerra.Desarrollo de las hostilidades. La guerra f. p. significó ante todo, el triunfo de la organización y de la técnica sobre el número y la improvisación. Ambos bandos fueron al enfrentamiento con la seguridad de obtener la victoria. Francia, país rico y unitario, confiaba en su superior capacidad de movilización. Alemania, confederación heterogénea, contaba como única fuerza útil el ejército de Prusia, menos numeroso que el francés, pero extraordinariamente bien organizado por un técnico de primera clase, von Moltke.Los franceses podían movilizar cerca de 600.000 hombres pero, lo hicieron con tal lentitud, que el 7 de agosto, cuando ya había empezado la invasión alemana, no tenían en pie de guerra más que 275.000. Por el contrario, una semana antes, Moltke ya contaba con la totalidad de sus efectivos, 385.000 hombres. Su victoria se debió, en parte, a saber aprovechar esta superioridad inicial. El mando germano supo sacar partido, además, de la superior movilidad de sus tropas, mediante concentraciones rápidas, penetraciones en cuña y ulterior despliegue en abanico por la retaguardia, para separar primero y cercar después a los contingentes enemigos. Tal fue lo que ocurrió en Alsacia, donde una serie de ataques rápidos y desconcertantes obligaron al mariscal Mac Mahon a retirarse precipitadamente. El mariscal Bazaine se defendía entretanto en Lorena, aferrado al terreno, sin comprender que iba quedando envuelto por su flanco sur. Cuando al fin decidió hacer frente al peligro, una nueva penetración alemana, esta vez por el Norte, le dejó completamente aislado. Casi la mitad del ejército francés había quedado encerrado en Metz y sus alrededores.La única esperanza de Francia era ya el segundo ejército, a cuyo frente se puso, maltrecho en su moral y en su salud, el propio Napoleón III. A mediados de agosto atacó por el sector de Sedán. Moltke le dejó avanzar tranquilamente, hasta tenerlo encerrado en una ratonera sin salida. En Sedán quedó bloqueado el propio. Emperador: él, que había previsto la derrota mucho- antes que sus ministros y sus generales, fue también de los primeros en sufrir sus consecuencias. Sin esperanza ya de romper el cerco enemigo, capituló el 2 de septiembre.La guerra no terminó con ello, porque los elementos radicales, que atribuían la derrota a los vicios del régimen, se hicieron con el poder en Francia. En París, se constituyó un Gobierno de Defensa Nacional, con Thiers (v.) y Gambetta. La emperatriz Eugenia huyó a Inglaterra. Pero si Gambetta, decidido pacifista en la oposición, soñaba ahora con una "guerra nacional" a estilo jacobino que prestigiase al nuevo régimen, se desengañó ante la sistemática germana, que en el otoño de 1870 ocupaba todo el nordeste de Francia y cercaba la capital. En enero de 1871, se rendía París. La guerra había terminado.Los resultados. Las conversaciones de paz, laboriosas tanto por las exigencias alemanas como por las crisis políticas por que atravesaba Francia, se prolongaron hasta mayo de 1871, y condujeron finalmente al tratado de Francfort, por el que los franceses entregaban al vencedor las provincias de Alsacia y gran parte de Lorena, y se comprometían a pagar una indemnización de guerra de cinco mil millones de francos. La entrega de las provincias limítrofes era una medida impolítica, que impediría toda reconciliación ulterior y generaría en la conciencia francesa el ansia de revancha. Bismarck supo comprenderlo así, pero hubo de ceder a las presiones de su Estado Mayor, que exigía la posesión de aquella estratégica zona.Semanas antes del tratado, el 18 en. 1871, en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, ocupado por el vencedor, y en imponente ceremonia, Guillermo I era proclamado Emperador del Reich alemán. El Imperio, con sede en Berlín, venía a sustituir el papel histórico cerca del mundo germano desempeñado hasta entonces por Viena. Otro Imperio -el francés- caía para siempre. Una nueva era y un nuevo sistema (el "sistema Bismarck") habían surgido en el concierto europeo.JOSÉ LUIS COMELLAS.
BIBL.: H. VON SBIRK, Deutsche Einheit, Munich 1935-40; O. AUBRY, L’Impératrice Eugénie, París 1931; ÍD, Napoleón III, Barcelona 1943; C. DE GRUNWALD, Le duc de Gramont, París 1950; H. GUILLEMIN, Cette curieuse guerre de 1870, París 1957.
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