Fortuny y Carbó, Mariano José Marta ARTE
Categoria:
Arte
Gran pintor español del s. XIX, n. en Reus (Tarragona), el 11 jun. 1838. Fueron sus padres un carpintero, homónimó, y Teresa Marsal, y todo parecía conspirar hacia el hecho de que el niño no hubiera salido de este ambiente artesano. Pero muertos prematuramente los padres, Mariano fue recogido por su abuelo, un modesto imaginero de figuritas de barro, llamado comúnmente lo Sinyor Marianet de les figures. No será el viejo el que haga estudiar al nieto contra su voluntad, sino que fomenta sus incipientes aficiones y hace que le dé lecciones un pintor local, Domingo Soberano. Cuando éste enseñó a F. cuanto podía, abuelo y nieto abandonaron Reus, y marcharon, a pie, a Barcelona. Allí aparece un nuevo protector, el escultor Talarn, que hace ingresar a F. en la escuela de Lonja y en el taller de Claudio Lorenzale, en 1853. Y ahora empieza la vertiginosa carrera: en 1854 es encargado F. de decorar la iglesia de S. Agustín, en 1856 gana el Premio de la Junta de Comercio por un cuadro sobre Los almogávares, y en 1857 el que llevaba aneja la pensión en Roma, por una composición alusiva a Ramón Berenguer III en el castillo de Foix. La consecuencia felicísima es que F. llega a Roma el 19 mar. 1858, antes de sus 20 años, los que se vierten impacientemente en multitud de dibujos, pero de contado número de cuadros. Súbitamente, y al declararse la guerra a Marruecos por el gobierno de O’Donnell, la Diputación de Barcelona propone a su pensionado, el 10 en. 1860, trasladarse al teatro de operaciones para cronizar la lucha, como en efecto hace F. Y no fue la guerra -el gran cuadro de La batalla de Tetuán, que debía entregar a la entidad protectora, fue objeto de mil dilaciones y al final quedó inconcluso- lo que fascinaba a F., sino todo el vivacísimo colorismo y tipismo marroquí, que le obligó a efectuar un segundo viaje en 1862; ambos, fertilísimos y capitales en el balance de su entera labor. Otro viaje, entre los anteriores, le había llevado a París, donde conoció a Vernet y Regnault; y otro, a Madrid, le hizo conocer a la que había de ser su esposa, Cecilia Madrazo, hija de Federico Madrazo (v. MARRAZO, FAMILIA), el más oficialmente prestigioso e influyente de los pintores madrileños de la época. La boda del hijo de un humilde artesano con la hija del pintor de cámara de Isabel II se celebró el 27 nov. 1867. Sería total injusticia considerar este enlace como de conveniencia, pero no hay duda de que ayudó socialmente a F., quien ya se ayudaba por sí mismo artísticamente. Cuando tres años más tarde firmó La Vicaría, en un despliegue de dotes casi inconcebibles, llegaba a una categoría de prestigio universal no alcanzada hasta entonces por pintor de su siglo, aparte Goya. Saboreó el triunfo de dicho cuadro en el París de 1870; marchó luego a Granada, ciudad para él entrañable, y, en 1871, realiza un viaje más a Marruecos. Pasa a Sevilla, nuevamente a Granada, visita París y ,Londres, y vuelve a Roma, donde tenía montado su soberbio estudio nada menos que en el palacio del papa Giulio, en la Via Flaminia. Alguna temporada en la playa de Portici. Súbitamente, la enfermedad; una gastralgia, de origen no bien determinado, le hace morir en Roma el 21 nov. 1874. Fue sepultado en el cementerio de S. Lorenzo, en Campo Varano, mientras que el corazón se guarda en la parroquial de S. Pedro, de Reus.Una somera inspección de la bibliografía con que se cierra este artículo, y en la que se advertirá la ausencia de libros recientes sobre el gran pintor, hace casi innecesaria la puntualización forzosamente primera tras de la biografía: la de que este genio fugaz, muerto a los 36 años, halagado por el éxito y fama durante 15 de ellos, y en proporciones poco repetidas, es considerado hoy como un artista sin interés para nuestro tiempo. ¿Es ello justo? Por no serlo en ningún caso, parece obligado revisar su obra y proporcionar los datos suficientes, no que lo rehabiliten, ya que no necesita de semejante merced, pero sí que lo actualicen ante la crítica más joven y curiosa. Porque, precisamente, el gran don de F. fue el de la curiosidad. La que había llevado a muchos románticos al N de África, la que los continuó llevando en nuestro siglo al mismo imán de luz y color -como Matisse y Klee-, la que comprendió las inagotables reservas de novedad que ofrecía el Extremo Oriente, la sintió F. del modo más ejemplar. Seguramente son los cuadros concebidos o realizados en Marruecos los más importantes en el catálogo de su obra. No, por cierto, el de La batalla de Tetuán, enojoso como todo encargo oficial, y no menos por sus descomunales dimensiones, y que, pese a todo, inacabado cual está, contiene admirabilísimas pinceladas. Antes bien, muchos otros cuadros de dimensiones breves, de las que gustaba el artista, pero que no por ello han sido tratados con técnica minuciosa y detallista, la que parece ser uno de los pecados fortunyanos. Nos referimos al estupendo Herrador moro, a Cabeza de negro, a Moros encantadores de serpientes, a las varias y nítidas acuarelas de parecida temática, y a sus estupendos dibujos. No se advierte en todo ello ninguna pequeñez de dimensión, la que se supera siempre por el concepto. Y, naturalmente, otro tanto cabe afirmar de las pinturas que se han llamado de casacones, y no sin intención peyorativa, la que alcanza, mucho más que a F., a la nutrida y cansada escuela de seguidores, de f ortunyanos mediocres, que, sin la gracia ni las dotes del maestro reusense, desacreditaron el género. Naturalmente, a éste pertenece -y prácticamente lo inaugura- la obrita maestra de F., La Vicaría.No es ni más ni menos que un cuadro de género, del tamaño (55X92 cm.) que tuvieron, unos más, otros menos, tantos otros por maestros flamencos y holandeses del s. xvil, pero todos ellos, aun el que menos, más henchidos de asunto que el que ahora nos importa. Porque lo contiene en grado mínimo. Reproduce el interior de la sacristía de una iglesia madrileña, donde se firman las formalidades de una boda, mientras otras personas, parece que ajenas al hecho, esperan su turno. Nada más contiene el cuadrito, y téngase presente que las figurillas ocupan poquísima superficie en relación con el ambiente que las rodea. Nos importa menos identificar a los modelos -Meissonier, Isabel y Ricardo Madrazo, Malvina Colomer, y los modelos profesionales Arlequino y Nicolinaque declarar cuán prodigiosa es la técnica y cuán grato el conjunto. El cuadrito, júbilo de París en un momento, permaneció en el extranjero muchos años hasta su recuperación por el Museo de Arte Moderno de Barcelona, donde se guarda. De los cuadros de parecida estirpe, El coleccionista de estampas, El jardín de los poetas, La elección de modelo, etc., es importantísimo el primero por contener todavía menos asunto literaturizable que el ya comentado y por su curiosa composición diagonal. Los otros temas de F. -paisajes, escenas varias, retratos- bajan de interés respecto a lo enjuiciado. Un interesante cuadro, casi con categoría de votivo, hay que señalar, y es el que representa a Las reinas María Cristina e Isabel revistando a sus tropas durante la batalla del río Abroñigal. Es pintura extraña y un tanto absurda, testimonio de un rarísimo momento de pintor oficial de F.Tras de lo cual, importará presentar dos facetas nada secundarias del artista. Es una de ellas la de grabador, por cierto excepcional en la pintura española, tras los ilustres precedentes de Ribera, Velázquez y Goya. Los aguafuertes de F., tantos de ellos abundando en el siempre apasionante temario marroquí, son verdaderamente magistrales, dotados de una claridad lineal y un contraste de blancos y negros de admirable compenetración. Tanto en óleo, acuarela y grabado, es imposible predecir a posteriori cuál hubiera sido la reacción de F., tan enamorado de la luz, si los- hados le hubieran hecho la gracia de presenciar el triunfo del Impresionismo (v.). No faltan en su repertorio lumínico atisbos de lo que en aquellos años apasionaba a los mejores, y bien habría podido ser él, líómbre sin obediencia a ningún postulado estético determinado, un adepto de la nueva doctrina. Y otra faceta inolvidable en F. es la del coleccionismo. Ningún otro pintor español de su época tuvo tanto amor por nuestras viejas artes decorativas, ni las copió, ni las coleccionó con parejo entusiasmo. Sus preferencias se dirigieron hacia los hierros labrados y la cerámica andaluza y levantina de reflejos metálicos, salvando de la ruina o de la exportación un bello jarrón de las manufacturas de la Alhambra y el óptimo azulejo que lleva su nombre y que se custodia en el Instituto de Valencia de Don Juan, de Madrid. En suma, un gran pintor, un artista total. Y un verdadero amante del arte.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: J. IXART, Fortuny, Barcelona 1881; CH. IRIARTE, Fortuny, París 1886; A. MASERAS y C. FAGES DE CLIMENT, Fortuny. La mitad de una vida, Madrid 1932; A. MESTREs, La "Vicaría", de Fortuny, Barcelona 1929; L. GIL FILLOL, Fortuny, Barcelona 1942.
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