Ford, John
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Biografía GER
Director cinematográfico norteamericano, realizador especializado en el western, género con que contribuyó con gran personalidad al esplendor artístico y espectacular de la producción de Hollywood.Su verdadero nombre es Sean Aloysius O’Fearna, y n. el 1 feb. 1895 en Cape Elisabeth, Maine. Estudió en el Inst. de Portland y luego trabajó en la publicidad de una fábrica de calzado. Pero su hermano Francis trabajaba en la productora Universal, y junto a él F. aprendió el oficio de realizador y dirigió al cowboy Harry Carey Cayena desde 1916 en una treintena de f ilms. En este género del Oeste, despreciado por otros directores, se formó el estilo de F., cuya primera obra importante fue Sota, caballo y rey (1923) con John Gilbert, donde narraba las aventuras picarescas de un jugador profesional. La revalorización del western épico le permitió hacer en 1924 El caballo de hierro sobre el trazado del ferrocarril en las Montañas Rocosas, destacando, con un acusado dramatismo, el esfuerzo solidario que supuso la construcción del ferrocarril. Tras algunas películas de otros géneros hizo en 1926 Tres hombres malos, su obra maestra del cine mudo, sobre la fiebre del oro de 1877.Sus primeros films sonoros son en 1930 Tragedia submarina y Río arriba (primera interpretación de Spencer Tracy). Dirigió a Will Rogers en tres películas, y en 1935 presentó ante la admiración general La patrulla perdida, un drama en el desierto de Arabia que deslumbró á los públicos por la calidad de las imágenes y la sobriedad de estilo. La protagonizó Victor McLaglen, al que volvió a dirigir en El delator (1935), un impresionante drama humano de la sublevación irlandesa. Después de los notables f ilms El prisionero del odio y María Estuardo, realizó en 1939 La diligencia, película clásica del Oeste y comienzo de su colaboración con John Wayne. A continuación filmó cuatro títulos importantes: en 1940 Las uvas de la ira, sobre la obra de John Steinbeck, y Hombres intrépidos, de Eugene O’Neill; en 1941 El camino del tabaco, de Erskine Caldwell, y ¡Qué verde era mi valle! de Richard Llewellyn. Movilizado en 1942, dirigió documentales para la Marina. Vuelto a Hollywood y al western, realizó Pasión de los fuertes (1946), El fugitivo (1947) -sobre El poder y la gloria, de Graham Greene-, Fort Apache (1947), La legión invencible (1949), Río Grande (1950) y El hombre tranquilo (1952), una fabulosa y varonil comedia irlandesa que le valió su cuarto Oscar de dirección.-Consolidada su fama y elogiado por la crítica, la brillante carrera cinematográfica de F. se continuó con títulos como Mogambo (1953), con Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly; Cuna de héroes (1954), con Tyrone Power y Maureen O’Hara; El último vítor (1958), con Spencer Tracy y Jeffrey Ílunter; Misión de audaces (1959), con John Wayne y William Holden; y El sargento negro (1960), con Jeffrey Hunter y Woody Strode. Comparada con épocas anteriores, su obra se ha espaciado en los últimos años, con cierta morosidad en los relatos, donde tiende a imponerse la descripción a la acción. No obstante, ha seguido mostrando jonstantes destellos de genialidad en Dos cabalgan juntos (1961), con lames Stewart y Richard Widmark; El hombre que mató a Liberty Valance (1962), con lames Stewart y John Wayne; excelente la secuencia de la guerra de Secesión en La conquista del Oeste (1962), con John Wayne como el general Sherman; La taberna del irlandés (1963), con John Wayne y Lee Marvin, con un notable empleo del technicolor; El gran combate (1964), con Richard Widmark y Karl Malden; Siete mujeres (1965), con Anne Bancroft. También, aunque naturalmente no se menciona en los títulos, asesoró a John Wayne en la realización de El Álamo (1960). J. F. muere el 1 sept. 1973.
El impacto de la obra de John Ford. Es indudable que para los constantes aficionados al cine del Oeste, el nombre de F. es garantía de interés y buen oficio. Pero esta opinión no es compartida por ciertos sectores de la crítica moderna. P. ej., sobre Cuna de héroes opinaba así Frangois Truffaut en la revista "Arts" (julio 1955): "Siempre he estimado poco la obra de John Ford, porque se funda únicamente en el buen carácter... John Ford es como un Saint-Exupéry que no hubiera superado el instinto maternal. Si se volviesen a ver las películas antiguas que fueron la base de su gloria, se daría uno cuenta de que La patrulla perdida es un film siniestro, El delator sólo atrae por la música, y Hombres intrépidos por la fotografía; y que ¡Qué verde era mi valle!, Las uvas de la ira y El camino del tabaco son tres monumentos de aburrimiento". Opiniones duras como ésta, tras un examen objetivo, están extendidas pero no generalizadas. El primer asunto a aclarar es si verdaderamente F. quiso plantearse en- términos abstractos los problemas trascendentes que ciertos críticos creen encontrar en sus films. Es cierto que sus mejores obras presentan hondura dramática y cierto contenido espiritual, pero es más lógico suponer que no proceden tanto de una lucubración teórica como de la espontaneidad de su carácter irlandés.Por otra parte, es un hecho probado que los realizadores de Hollywood, como los de toda cinematografía organizada comercialmente, no siempre han podido escoger las temas de su preferencia, debiendo someterse con cierta frecuencia a las imposiciones de las empresas productoras. De aquí que los altibajos en la obra de F., que provocan los juicios más dispares, son casi siempre causa de películas buenas o películas malas, claramente diferenciadas, aunque en otros casos aislados se mezclan cualidades positivas -lirismo, humor- con aspectos negativos -pomposidad, fácil sentimentalismo, rebuscamiento-. Pero si es cierto que hay deficiencias, no es justo olvidar sus evidentes valores. La predilección por las gentes sencillas, la rudeza cordial en sus intérpretes masculinos (John Wayne, Victor McLaglen, Henry Fonda, Barry Fitzgerald), el enaltecimiento del compañerismo y la fraternidad, la referencia bíblica en sus dramas sociales, son propias de un temperamento lírico que se remonta con frecuencia a lo épico. Hay en F. una plasticidad vigorosa con la que ha sabido presentar eficazmente una serie de momentos trágicos o espirituales. En el género del Oeste, nadie ha sabido como él pintar las praderas y peñascos del Monument Valley, o los azules uniformes de la caballería cruzando la polvorienta inmensidad. Un estilo recio unido a un -optimismo fundamental.MARIANO DEL POZO.
BIBL.: J. MITRY, John Ford, Madrid 1960.
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