Filología, IV. Lengua Castellana.
Categoria:
Cultura
1. Desarrollo histórico de las diferentes ideas y estudios sobre el castellano. Primeros testimonios. A pesar de que Fernando III (1230-52), empujado fundamentalmente por razones de unidad política, había declarado el romance lengua oficial de la Cancillería Real, se puede afirmar que la preocupación teórica por dicha lengua no comenzó en España hasta el s. xv. Gustavo Gróber en su Geschichte der romanischen philologie sostiene que el primer tratado teórico del castellano fue el Arte de trobar (1433) de Enrique de Villena, quien, si bien su único intento era componer una Poética basada en los modelos provenzales, ofrece en su tratado, como dice Bahner (v. o. c. en bibl.), "una enorme importancia para la historia del castellano por las observaciones que en él hace el autor sobre fonética y ortografía". Merece también citarse durante esta época la clara conciencia lingüística de Juan de Mena (v.) que le lleva a perfeccionar el "rudo y desierto romance", partiendo de la nobleza de la nueva lengua por el hecho de estar relacionada con la latina, idea que vemos repetirse en el Libro de vida beata (1463) de Juan de Lucena. Sin embargo, el punto de vista histórico no se desarrollará hasta el siguiente siglo.Pero los intentos aislados que se dieron en este siglo, encaminados a lograr una conciencia lingüística nacional, no cuajaron, fundamentalmente, por dos razones: primero, porque no existía un estado consolidado y por lo mismo las fuerzas opuestas del rey y los nobles favorecían la dispersión lingüística; en segundo lugar, por la falta de modelos que permitieran pensar en el desarrollo teórico y práctico de la lengua. Derribado el primer escollo por los Reyes Católicos, aparece en Salamanca (1492) la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija (v.): "que siempre la lengua fue compañera del imperio, i de tal manera lo siguio que juntamente comentaron, crecieron i florecieron, i despues junta fue la caída de entrambos", dice el autor en el prólogo. Se abría así un periodo decisivo para la f. castellana. La importancia de la obra de Nebrija se deriva del hecho de ser la primera gramática de una lengua vulgar o romance, compuesta, de acuerdo con los principios humanistas, algunas décadas antes que Trissino, Meigret y Cliveira escribieran sobre sus respectivas lenguas italiana, francesa y portuguesa.Fue también Nebrija uno de los primeros en exponer la teoría de la corrupción del castellano, de tanto interés en el quehacer filológico y lingüístico de los siglos siguientes: "acabaron los godos de corromper el latín e lengua romana, que la con las muchas guerras avia comentado a desfallecer", dice (op. cit. libro 1, cap. 1I). Sus ideas fueron seguidas por su contemporáneo Juan del Encina (v.), en su Arte de poesía castellana (1496), quien se preocupó tanto del origen como de la autonomía de su lengua.Si quisiéramos tener en cuenta otro hecho importante durante el s. xv, que se convertirá en el punto de partida de una intensa labor posterior, de la que no quedarán excluidos gramáticos ni letrados (me refiero a las alabanzas de la lengua vulgar), habría que hacer alusión a la disputa que en 1498 tuvieron ante la corte papal los embajadores de España, Italia, Francia y Portugal para ver cuál de sus respectivas lenguas era más conforme con la latina, disputa que ganó el embajador español, Garcilaso, padre del célebre poeta.Del siglo XVI en adelante. Recordando marginalmente la obra del Dr. Busto y fray Miguel Salinas, podemos afirmar que el trabajo filológico de la primera parte del s. xvi se llena con el Diálogo de la lengua (1535) de Juan de Valdés (v.), en opinión del Conde de La Viñaza ’el primer teórico del origen de la lengua castellana’, lo cual si bien no es cierto en cuanto a la novedad, como puede deducirse de la exposición anterior, sí lo es en cuanto a la sistematicidad del intento. Valdés recoge esas inquietudes importantes que hemos visto apuntar en el siglo anterior y, sometiéndolas a su opinión, las traspasa a sus sucesores. Así, acepta para el castellano la teoría de la corrupción del s. xv y se inclina por pensar en el griego como la primitiva lengua de la Península (no olvidemos el momento de auge en que se encontraba esta lengua, representado en España por Cisneros, v.). Difiere de Nebrija en cuanto al criterio de validez y perfección lingüística, porque mientras éste lo buscaba en el parentesco del romance con el latín, Valdés lo hace depender del uso y de las posibilidades que ofrece de comunicabilidad.La labor innovadora de Nebrija en los estudios gramaticales es continuada en la segunda mitad del s. XVI por Francisco Sánchez de las Brozas (v.), primero con su Verae brevesque grammaticae latinae institutiones (15.62) y luego con la Minerva (1587); la una normativa,. y la otra de exposición teórica. Junto a la obra del Brocense merecen la pena tenerse en cuenta la Gramática castellana (1558) del licenciado Villalón y las dos Anónimas de Lovaina, de 1555 y 1559. El s. XVII se llena con dos figuras claves, que son Ximénez Patón y el maestro Gonzalo Correas (v.). Junto a ellos merecen la pena citarse otros gramáticos cuyas obras tienen generalmente una finalidad didáctica para el aprendizaje del español: así, Juan de Luna, emigrado a París donde enseñó su lengua nativa, el P. Juan de Villar, Carlos Rodríguez, Bartolomé Labresio. La aportación gramatical del siglo ilustrado tiene escaso relieve. Sigue vigente lo que Lázaro Carreter llama Gramática canónica o tradicional, con base latina, en las obras de Benito Martínez Gómez Gayoso y de la R. A. Española, esta última impuesta como texto en las escuelas por Carlos III. Sobre ellas se confeccionan los textos de Guillermo A. de Cristóbal Xaranollo y Torcuato Torío de la Riva, destinados a la enseñanza. Más interés tiene el escolapio Benito de San Pedro, quien se apoya en el pensamiento del Brocense y constituye con Jovellanos (v.) y Juan A. González de Valdés el principio de la Gramática General, que alcanzará su mayor desarrollo en el s. XIX. Ya durante esta época, la primera gramática que merece el título de General en España es la del P. Juan Manuel Calleja. Después aparecerían las de José Gómez Hermosilla, A. M. Moboa, Mata y Araujo, Isaac Núñez de Arenas, Jaime Balmes (v.), etc. La gramática normativa estará representada por la extraordinaria figura de Vicente Salvá y la Academia. Como capítulo aparte recordemos la obra del venezolano Andrés Bello (v.), verdadero renovador de los estudios gramaticales en la lengua española, cuya línea sería continuada por A. Alonso y Gil¡ Gaya. Entre tanto había aparecido el estructuralismo (v.) y con él un nuevo modo de hacer. Se distinguen niveles en la lengua y surgen los especialistas; como representante de todos ellos valga el nombre de Alarcos Llorach.2. Las principales teorías sobre el origen y valor del castellano. También en lo que hay de revalorización de la lengua vulgar o romance está presente la idea de Nebrija de lograr una lengua capaz de servir de vehículo a un gran imperio. Para ello se vuelven los ojos a Roma y al latín. Dos caminos se les ofrecían a los teóricos del s. xvi para lograr este fin: demostrar la mayor antigüedad del romance respecto al latín, y por lo mismo la mayor nobleza del mismo, ya que enlazaría con la dispersión lingüística de Babel, o demostrar la estrecha afinidad latino-romance, con lo cual, si el latín había demostrado poseer cualidades suficientes para servir a un gran imperio, era lógico pensar que también los tuviera su hija predilecta. El acercamiento a la primitiva lengua peninsular que estaba en ambos planteamientos, pero sobre todo en el primero, tenía un especial interés en España por la pervivencia de una lengua prerrománica: el vasco (v. VASCONGADAS IV). Tres son las teorías fundamentales sobre el origen del romance y la primitiva lengua que van a acaparar la preocupación de los lingüistas españoles, no sólo del s. xvt, sino de los siglos posteriores: a) Teoría del vasco, de la que si bien existen algunos testimonios aislados en el s. XV (p. ej., Enrique de Villena en el prólogo a la traducción española de la Divina Comedia de Dante), no llega a plantearse como teoría debatida hasta mediados del s. xvi. Entre los autores que ven en el vasco la primitiva lengua hispánica y una de las 72 del tronco de Babel, basados en la concepción demasiado simplista de la conquista del suelo español por Tubal, de acuerdo con la tradición bíblicopatrística, figuran Lucio Marineo Sículo, Alonso Venero, fray Domingo Valtanas, Martín de Viciana y, sobre todo, Esteban Garibay y Andrés Poga. En el siglo siguiente, La Viñaza recoge sólo una obra que defienda la teoría del vasco: Discursos de la antigüedad de la lengua cántabra Bascongada (1607) de Balthasar de Echave; pero en realidad otros muchos se van a referir a tal teoría, aunque sea para negarla, como los defensores del castellano primitivo. En el s. XVIII la actualizará Manuel de Larramendi y en el XIX, Pedro de Astarloa. También en este siglo, W. von Humboldt (v.), seguido por científicos de la categoría de H. Schuchardt, la dará nuevo vigor tras la identificación vasco-ibero, que será rechazada definitivamente por A. Tovar.b) Teoría del castellano primitivo que tiene, como afirma Bahner (o. c. en bibl.), "su fundamentación histórica en la posición privilegiada de Castilla en el marco de una imagen histórica apologética de la monarquía española". Esta teoría, si bien su formulación precisa corresponde al año primero del s. xvli, tiene antecedentes: en el s. xv, en Alonso de Madrigal el Tostado, y, en el xvi, en Florián de Ocampo. Pero fue el Dr. D. Gregorio López Madera quien la formuló y la propagó en el s. xvii. La afirmación de Madera de que el romance era la primitiva lengua hispánica fue seguida en su siglo por hombres de la categoría de un Gonzalo Correas, Ximénez Patón, el licenciado Luis de la Cueva, Francisco Bermúdez de Pedraza y, en la segunda mitad del s. XVII, por José Pellicer. Después caería en el olvido.c) Teoría del latín corrompido, muy difundida en el s. xvi incluso entre los partidarios de otras lenguas primitivas. Quienes piensan en este origen del romance lo hacen prescindiendo frecuentemente de la lengua primitiva. Son continuadores de la teoría de la corrupción en el s. xvi los Anónimos de Lovaina y Alejo de Venegas. En el siglo siguiente destaca la figura de Bernardo de Aldrete, sin duda ninguna el más sobresaliente filólogo de la lengua castellana de su siglo y un importantísimo antecedente de lo que iba a ser en el presente siglo la escuela historicista encabezada por Menéndez Pidal. Pero Aldrete no es sólo un continuador de la teoría de la corrupción, sino todo un capítulo en la historia de la lengua que hay que ver directamente relacionado con la tesis de Madera para poder comprenderlo en su totalidad. Su obra Del origen y principio de la lengua castellana (Roma 1606) es el primer estudio científico y coherente del castellano, visto en relación con las otras lenguas románicas. La línea marcada por Aldrete en el s. xvii será continuada en el xviii por Gregorio Mayáns y Sisear y el P. Esteban de Terreros, de los que partirán otros, como Capmany, Feijoo (v.), Fernández de Navarrete, Vargas Ponce, etc.; en el XIX aparecen Friedrich Diez, Francisco Martínez Marina, Pedro Felipe Monlau, Manuel Milá i Fontanals (v.), Amador de los Ríos (v.), Severo Catalina del Amo, etc.; y ya en el s. XX la escuela de Menéndez Pidal (v.) en que pueden citarse, entre otros, a T. Navarro Tomás, R. Lapesa, Gil¡ Gaya, A. Tovar y M. Alvar.La preocupación por el origen y desarrollo del romance lleva a plantearse problemas de lingüística general, como la relación palabra-cosa. Las diversas posturas ante tal planteamiento se centran en torno a las dos soluciones ya clásicas del physei platónico y el thései aristotélico (v. II, 1). En el s. xvi sostienen la relación directa Juan Luis Vives (v.); Arias Montano (v.) y fray Luis de León (v.), mientras que se inclinan por la arbitrariedad Gaspar Cardillo de Villalpando, Francisco Vallés, Pedro Simón Abril (v.), fray Domingo de Soto, fray Pedro de Oña, Fernando de Herrera (v.) y Francisco Sánchez, el Escéptico, quien lleva la arbitrariedad del lenguaje hasta las onomatopeyas. En el s. xvii, escribe Lázaro Carreter (o. c. en bibl.) "continúa triunfando en España la explicación platónica ingeniosamente aliada con la Biblia". Frente a las dos centurias aludidas, cargadas de vivencias platónicas, o mejor, de fuerte influjo de la tradición bíblica, la etapa del s. XVIII se caracteriza por un predominio de los valores lógicos. La crisis europea que se inicia a finales del siglo anterior como liberación de los dogmas y la autoridad, tiene sus repercusiones en el plano filológico. Se puede decir que las investigaciones posteriores sobre el lenguaje siguen todas ellas el punto de vista aristotélico.Para los estudios filológicos de la lengua castellana, v. in, y para la situación actual de los mismos, v. 1, 3. Para los distintos aspectos de la lengua castellana (evolución, rasgos lingüísticos, estudios, etc.), v. CASTELLANA, LENGUA Y LITERATURA; ESPAÑA X, 1; HISPANISMO.L. NIETO JIMÉNEZ.
BIBL.: W. BAHNER, La lingüística española del siglo de oro, Madrid 1966; C. GARCÍA, Contribución a la Historia de los conceptos gramaticales. La aportación del Brocense, Madrid 1960; F. LÁZARO CARRETER, Las ideas lingüísticas en España durante el s. XVIII, Madrid 1949; M. MOURELLE-LEMA, La teoría lingüística en la España del s. XIX, Madrid 1968; CONDE DE LA VIÑAZA, Biblioteca histórica de la filología castellana, Madrid 1893; A. GALLEGO MORELL, Garcilaso de la Vega y sus comentaristas, Granada, 1967.
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