Europa. Historia. HIST.
Categoria:
Historia
Independientemente de su sentido geográfico, la idea de E. contiene una personalidad, no tanto como entidad política cuanto como expresión de una civilización. Esta realidad se ha abierto paso, dolorosamente, en una larga evolución. Los europeos han tardado, incluso, en aceptar la existencia de su unidad integradora y, en consecuencia, también tardíamente están poniendo los medios para concretarla. Todavía hoy E. sigue siendo, para muchos, una utopía procedente del mito y casi un mito ella misma. Etimológicamente, el nombre de E. ha provocado una larga e ingeniosa polémica, centrada con mayor intensidad entre los defensores de la procedencia semítica y los que aceptaban el origen helénico. En el primer caso, y en función de la raíz semítica ereb, E. significaría ’el país de la noche, del ocaso’. La etimología griega, que ha acabado imponiéndose como más directa (europé=mirada bella, ojos grandes), es un término poético que designa también un ser concreto de la mitología helénica (v. vi, 1). La interpretación de las leyendas en que aparece E., en busca del sentido histórico que subyace en todo mito, ha producido una copiosa literatura desde Héródoto hasta Glotz y Werner Technau (1937) e, incluso, a todo un congreso de historiadores (el Convegno Volta de Italia, 1932). En su línea más simplificada parece clara la alusión al origen asiático de una civilización de corte matriarcal, encajada en el mito de una diosa madre (v. DIOS II, 2) que, al ser trasferida a Occidente e injertada en la civilización egea, basculó hacia una preponderancia del principio generador masculino.1. La protoeuropa espiritual. Independientemente de la mitología, la esencia de la civilización europea se considera tradicionalmente como una síntesis apretada de las herencias helénicas, romana y cristiana. A ellas sería necesario añadir para ampliar el concepto de una E. estrictamente ideal y moral, las fermentaciones que produjeron estos elementos espirituales, capaces en muchos casos de transformarlos y que constituyen probablemente la auténtica historia de E.En una simplificación, peligrosamente esquemática, podemos resumir la aportación helénica como la forma misma, en el sentido aristotélico, de la civilización europea. Se estructura básicamente en el campo intelectual, como una concepción del hombre racional y de sus complejas relaciones con la Naturaleza y con los demás hombres. De esta problemática surge, de una parte, el planteamiento científico y estético, y de otra, el político. En el fondo y como punto de partida, una situación pesimista. Para defenderse de una poderosa Naturaleza en la que, de algún modo, se concreta la fuerza irresistible del destino, el griego intenta conocerla para conjurar así su inferioridad. Simultáneamente adquiere, extrae de ella y de su propia posición ante ella, una fuente de serenidad mediante el conocimiento de las especiales relaciones espirituales entre la materia y la mente (que pueden ser medidas y analizadas), que propugnan un orden y un equilibrio. Fue el hallazgo de la belleza y de su racionalización, la estética. Igualmente su planteamiento agónico de la relación hombre-dioses, le empujó a la creación de un sistema de valoración del hombre que, en el terreno abstracto, condujo a una filosofía (v. ix) y, en el concreto, al hallazgo de la libertad y de ciertas formas de realización a través de organizaciones socio-políticas, las polis (v.). Lo que E. debe a Grecia (v.) es más un esquema fundamental que unos hallazgos prácticos de aplicación inmediata.Con Roma (v.) es diferente. Independientemente de lo que había digerido de Grecia, lo que Roma legó, como creación propia, fue, ante todo, un sistema de realizaciones empíricas. Un cuadro de ordenación administrativa de territorios y hombres al servicio de un sistema político centralizador y con un mecanismo de control altamente perfeccionado: el Derecho. La herencia de Roma no constituye un médula sino un esqueleto.A través del cristianismo (v.), E. obtuvo una segunda esencia anímica que acabaría por superponerse a muchas de las líneas maestras de la espiritualidad griega. Un concepto nuevo de la posición del hombre respecto al cosmos, absolutamente esperanzada y con una poderosa carga de trascendencia. Al igual que había sucedido con el pensamiento griego, la problemática cristiana generó la elaboración de todo un sistema de valoración del hombre respecto a sí mismo, la Naturaleza y los demás, y con él, de las variantes político-sociales. La ordenación del pensamiento cristiano occidental tuvo un motor esclarecedor en S. Agustín (v.). A partir de él, el cristianismo se estructuraba, fundamentalmente, como una praxis con las raíces insertas en la fe, pero proyectada a con formar la vida del cristiano como una milicia salvadora hacia el triunfo definitivo de la ciudad de Dios. Frente a la polis, estructura racional de cooperación entre los hombres, la política cristiana que propugnaba S. Agustín sólo se justificaba en cuanto permitía al cristiano una proyección sobrenatural a través de una actividad espiritualmente responsable. El hombre obviaba la amenaza de la Naturaleza despreciándola inmediatamente al considerarla sólo como un escenario transitorio de la etapa más breve de su existencia. La actividad socio-política tendía a convertirse en modalidad de un sistema religioso.2. La primera Europa real: el Medievo. Esta primera E. se constituyó sobre la base fundamental de un orden religioso, integrador de todas las actividades y generador de la única unidad entonces posible (v. vit). Desfondada la estructura del Imperio romano, los obispos se revelaron como los sucesores del legado clásico, tejiendo una nueva red de aglutinación.Del confuso bloque político-religioso que representaba el Imperio romano cristianizado, Roma pervivió como centro neurálgico de lo religioso. Así surgió la nueva E. realizada además en simbiosis con un nuevo protagonista: el mundo germánico. En cuanto al imperio político, después del fallido intento de Teodorico (v.) y de los tímidos ensayos merovingios, Carlomagno (v.) resucitó el Imperio (v.) como idea y como elemento potencial de unificación. La monarquía franca terminó por bascular hacia la E. Central (entre el Rin y el Sena) y el mar del Norte. El Imperio carolingio se realiza ya como algo esencialmente distinto del bizantino (v. BIZANCIO). Este desplazamiento que desencadenó el resurgir de E. Occidental fue producto, por supuesto, de una lenta evolución de donde surgió realmente la E. altomedieval alejada de un Mediterráneo islamizado. Carlomagno no pudo hacer más. Coartados sus sucesores por la falta de un auténtico poder, la dificultad de imponer una idea superior del Estado a las confusas fórmulas de relación personal que propugnaba el Derecho germánico y una coyuntura económica catastrófica desmembraron la precaria unidad carolingia. El feudalismo (v.), nacido de una noción de jerarquía y servicio, se impuso como la organización básica de la nueva E.Fusionados el poder espiritual y el temporal, se constituyó un sistema rígidamente jerarquizado al servicio de la salvación, como núcleo de cristiandad. En la práctica el feudalismo constituía una clave de estructuras perfectamente diferenciadas del mundo antiguo. En el aspecto socioeconómico una ruralización total, con la autosuficiencia como meta, apoyada en un grupo social sólidamente ligado a la tierra. En el orden jurídico-político una relegación casi absoluta del Derecho romano (v.), sustituido por el complejo sistema de relaciones individuales, que eliminaba cualquier concepto de estado civil como realidad abstracta, supraindividual. El aspecto religioso constituía el elemento aglutinador de tanta dispersión. Rígidamente ordenado y ordenador, constituyó además el motor de actuación más poderoso. Consiguió justificar la estructura socioeconómica y política, y vertebrarlas en un sistema total, haciendo de aquella E. un conjunto sólido que tenía sentido. Cuando la interpretación intelectual de este.sistema homogéneo, la Escolástica (v.), alcanzaba su culminación en el s. xltt, el sistema mismo ofrecía ya claras señales de evolución. La E. medieval constituyó así un todo que bordeó la teocracia (v.) política y ejerció, sin ambages, la intelectual. Su espíritu desarrolló. una dinámica fructífera que permitió madurar, en una evolución dialéctica, ciertas líneas de fuerza componentes de la modernidad.Imposibles de retener en pocas líneas, las estructuras de esta dinámica podrían tal vez sintetizarse en algunas de sus manifestaciones más sobresalientes. En primer lugar, el planteamiento del poder temporal de la Iglesia cristiano-romana, encarnada en el Papa, pretendía establecer el sentido suprasocial de lo político en función de una interpretación, pretendidamente agustiniana, del proceso histórico. En este aspecto, hubo de resistir la dura competencia que ofrecía la tradición del Imperio como fórmula de ordenamiento universal (v. INVESTIDURAS). En segundo lugar, la ordenación impresionante de la Summa Theologica (v. TOMÁS DE AQUINO, SANTO), el intento de racionalización de lo sobrenatural y la jerarquización del conocimiento en función de la autoridad y la tradición, como un todo especulativo capaz de explicar el universo a cambio de no ofrecer al hombre posibilidades de interferir en él. En tercer lugar, el concepto, llu - la ~11JLlalluau", JuFGlalluu IIUIILU140 Gll Ulla 1:. 4UG pronto se desgarró en un nuevo intento de hallarse a sí misma.3. La lucha por una Europa moderna. La nueva faz de E. podemos considerarla desarrollada a fines del s. xv; sus manifestaciones fueron tan sorprendentes que durante mucho tiempo se habló como de un "auténtico milagro", de un renacimiento (v.) que rompía decididamente con el Medievo. Después, un análisis más cuidadoso y menos impresionable ha dejado al descubierto las profundas raíces medievales de la apariencia renovada. Un cambio se había producido, sin embargo, en lo esencial. La unidad encarnada en el Papado (v.) y el Imperio se había desintegrado para dar paso a un tablero de Estados nacionales. El proceso de disolución lentamente incubado adquiere en el s. xtv perfiles decididos, sin tratarse de un proceso homogéneo o unidimensional. Y aun así, a lo largo de los s. xiv al xvii se entabló la lucha entre la E. tradicional unificada por la fe, y la nueva E. racionalizadá, informada por el concepto de Estado nacional y cimentada sobre la razón de Estado (v.), al margen de toda norma religiosa supraindividual..En una síntesis simplista, el proceso de disolución se llevó a cabo en la transformación de tres estructuras básicas. La religiosa que, arrancando del planteamiento de J. Duns Escoto (v.) y Ockham (v.), y a través de una continua valoración del hombre voluntarista, cuasi creador, desembocó en el humanismo (v.) primero y el racionalismo (v.) después. Se evolucionaba así del teocentrismo al antropocentrismo. La política que, reivindicando el Derecho romano, la autoridad del príncipe y la desvinculación entre el poder político y el religioso, rechazaba el ideal de Imperio como posible elemento unificador y de la razón moral como norma de valor político. Nacía el Estado nacional. La socioeconómica que, revalorizando el papel del individuo y abandonando el sentido de sumisión jerárquica a superiores estructuras políticas o religiosas, reivindicaba el enriquecimiento del hombre (espíritu de lucro) y ordenaba de un modo racional los medios para conseguirlo. Se evolucionaba así de una economía cerrada y autárquica al capitalismo expansionista y de mercado.Esta E. moderna se ha realizado a lo largo de una evolución en la que puede advertirse un tiempo de indecisión y crisis que abarcaría en su momento más representativo los s. xv y xvi, y una segunda etapa en la que se gesta definitivamente: s. xvic y xvtn. La primera, bajo el denominador de Renacimiento, la entendemos hoy como una aceleración del proceso evolutivo medieval. En el fondo, como impulso vital, hay una modificación esencial de la escala de valores: el individualismo (v.). Por él, la preocupación vital se concentra en el propio hombre y en la Naturaleza, disminuyendo la preocupación por lo absoluto (v.). La muerte se entiende ya, menos como el umbral de la eternidad que como el frenazo definitivo del quehacer vital. Este "sentido laico de la muerte", frustrador, originaba el ansia de supervivencia capaz de remontar la caducidad del hombre y abría paso a la nueva idea de la dignidad humana (virtus) y a su proyección por la gloria (fama). Como producto del más hondo problema del hombre, el individualismo afectó a la estructura religiosa, cristalizando en los procesos reformadores que contribuyeron a plastificar el enfrentamiento entre la vieja y la nueva E.La aparición del Estado nacional, con un desarrollo paralelo a la guerra de los Cien Años (v.) es fruto de confusas y distintas reivindicaciones de muy diversos estilos, pero en general responde a un espíritu de individualización, semejante al que arrancó a las ciudades medievales del área jerarquizada que constituía el señorío feudal. La unidad institucionalizada con la que se rompía se concretaba temporalmente en el Imperio y espiritualmente en la unidad cristiana. Desgajados de ella, aunque sin un mecanismo aglutinante capaz de sustituirlas, se fue abriendo paso una racionalización laica del poder, polémica en sus teóricos, pero bastante homogénea en sus realizadores. Así se inicia una nueva estructura de E., basada en la razón de Estado, fraccionada en autonomías laicas, que se alejan cada vez más de la unidad ética que había constituido la teoría del poder medieval. Estos Estados nacionales practicaron, con excesiva frecuencia, la política realista y descarnada que expuso Maquiavelo (v.).Gravemente comprometido por sus propios fallos internos (crisis demográficas, atracción de las ciudades libres sobre la servidumbre rural) y empujado desde fuera por la reaparición del oro y la apertura europea hacia nuevas rutas comerciales, el sistema socioeconómico feudal se fue resquebrajando desde finales del s. xii. En los s. xv y xvi daba paso al sistema capitalista que fundamentó la ruptura del sistema gremial (v. GREMIOS), introduciendo la cuña del capital entre el artesano y su producto: practicó una organización racional de la economía, realizada, casi como una obra de arte, a través de una flexible contabilidad, de un complejo esquema de organismos comerciales, capaces de establecer monopolios y de la aparición del crédito, la banca y los diferentes tipos de documentos de cambio (v. CAPITALISMO).Frente a esta E. que se abre paso, el emperador Carlos I (v.) intenta realizar, de una forma efectiva, el ideal medieval de un Imperio cristiano, frente al turco (v.), aprovechando la estructuración de su herencia personal e influido por su formación borgoñona y sus consejeros Cobos y Gattinara. El fracaso repetido de su política, en parte también por la Reforma protestante (v.), arrastraba el de su ideal, aunque durante 100 años los Habsburgo (v.) austriacos y españoles (v. AUSTRIA, CASA DE) se esforzaron en conseguirlo. Desarbolada la idea del Imperio frente al empuje del nacionalismo francés, el individualismo alemán e incluso la incompresión del Papado, surgió, sin embargo, una corriente favorable entre algunos teóricos. Su origen lejano coincide con la aparición del Derecho de gentes (exigencia de una norma supranacional) y el impacto que produjo en E. la toma de Constantinopla por los turcos. La defensa de una unidad de E. con base cristiana fue asumida igualmente por los humanistas (Erasmo, Vives, 1. Colet y Moro) cristalizando, a mediados del s. xvi, en la obra de Campanella.4. La Europa racionalista. Constituye la etapa final- de la evolución que consagró la moderna E., puede encuadrarse bajo las denominaciones de Barroco (v.) e Ilustración (v.). La lucha entre las dos E. posibles, que se inician en el s. xiii, culmina ahora con la victoria irreversible de la E. racionalista, laica y desvinculada de toda unidad supraindividual primero y supraestatal después. La trayectoria del emperador Carlos, que habían heredado los Habsburgo austriacos y españoles, constituye el intento desesperado de mantener una E. superadora, pero vinculada a los ideales de la E. medieval. Aunque la defensa de ese ideal europeo estaba tan mixtificado por egoísmos dinásticos que, p. ej., en la guerra de los Treinta Años (v.) era apenas reconocible, es indudable que, para escoger una fecha simbólica, en Westfalia (v.; 1648) se liquidaba la E. vinculada a la idea de la cristiandad. De hecho, la E. Moderna que triunfó había sido engendrada por la revolución de las estructuras mentales del s. xvii.Así, pues, la síntesis de las realizaciones de esta etapa, en función de su carácter de maduración, podrían constituirla tres dimensiones, primero, el Estado absolutista-mercantilista, que hacía del concepto laico del Estado nacional fin supremo de la realización humana al utilizar la economía nacional y una religión cuasi-nacional como escabeles de su magnificencia (v. ABSOLUTISMO). En segundo lugar, el choque espiritual entre la Reforma católica (v. CONTRARREFORMA) y la protestante, estrechamente vinculado ahora a los distintos conceptos del Estado, en un clima de intransigencia, que abrió pasó, después de 1648, al laicismo político definitivo. Por último, el afianzamiento de una estructuración mental matematizada que desprecia la autoridad, se fundamenta en el empirismo (v.) y se desvincula definitivamente de la cultura eclesiástica. La conciencia clara de estar perdiendo toda posibilidad de unidad, en este momento, la aportan una vez más los teóricos intelectuales que propugnan la paz y la federación. El signo de los tiempos se refleja en que este ideal no se fundamenta ya en la unificación religiosa sino en la tolerancia e incluso en la conveniencia política. En este sentido, elabora Sully, ministro de Enrique IV de Francia, su Gran Designio (1605-35); Crucé, su Nouveau Cynée (1623).La realidad política del s. xviil constituyó la culminación de la trayectoria de fraccionamiento. Un mosaico de Estados vigilándose celosamente y procurando, mediante una tupida red de alianzas, un equilibrio inestable. Entre tanto, y a nivel de teorías, se mantiene la línea de utopismo propugnando una unidad, si bien cada vez más alejada de la base religiosa, y derivando, al compás de la filosofía de la época, hacia justificaciones nacionales. El tema constante será el de la paz perpetua tal como lo expone el abad de Saint Pierre, quien sigue en esencia la línea de Crucé, ampliado y popularizado por la traducción de Rousseau (v.). Se propugna un senado permanente europeo, con dudas sobre la inclusión de Turquía, cuya fuerza ejecutiva la garantizaría un ejército de 600.000 hombres aportados proporcionalmente por los Estados. Al mismo tiempo, surge otra línea de unidad absolutamente despolitizada y que propugna una E. de intelectuales capaces de prescindir del nacionalismo (v.), en vista de la imposibilidad de conciliar los intereses de los Estados. En la E. de Voltaire (v.) esperanzado en la razón como guía de una minoría, capaz, en el campo de las ideas, de rechazar el egoísmo y aceptar la cooperación.5. La crisis total. El s. xix representa el desfondamiento definitivo de la idea de E., no sólo por el abandono absoluto de toda realización política de cooperación, sino por la desaparición incluso de la tímida corriente teórica que, como hemos visto, se había mantenido hasta ahora en cierto modo como la voz de la conciencia. En efecto, en el orden político la E. del equilibrio quedará destrozada en un proceso ascendente hacia el egoísmo y la vanidad nacional exacerbada no sólo por encima de cualquier ética sino incluso contra la conveniencia del Estado (v.) que se sacrifica al prestigio. Este proceso se desarrolló en tres etapas. La primera, con la aparición de las revoluciones técnicas y política (inglesa y francesa respectivamente) que destrozaba la inestable homogeneidad del antiguo régimen entregando el poder a la burguesía (v.), con lo que se radicalizaría la tendencia a una política de interés económico y de clase. La segunda, con el movimiento romántico de los nacionalismos (v. ROMANTICISMO I), etapa íntimamente ligada a la anterior, y que contribuía a provocar nuevas rupturas en la ya superdesgarrada E. y la aparición de nuevas potencias, como Italia o Alemania, que se unificaban e iniciaban, casi inmediatamente, una ambiciosa carrera hacia la hegemonía. La tercera, consecuencia última de las anteriores, la estructuración de las potencias en un agresivo sistema de bloques mediante tensos sistemas de alianzas y la creciente escalada imperialista por la posesión de colonias. Se consagraban así los Estados como intransigentes propugnadores de hegemonía al margen del más mínimo criterio de unidad. Paralelo al desfondamiento último de la realización política se produce el de las propuestas políticas teóricas, incapaces de sobrevivir a la atmósfera de feroz individualismo liberal.La crisis del último esfuerzo por mantener al menos una unidad intelectual en E. se produjo también en sucesivas etapas. En primer lugar, la reacción ante el proceso revolucionario dividió la opinión de teóricos y filósofos abriendo fisuras que la posterior diversificación entre los doctrinarios del liberalismo ahondó irreversiblemente. En segundo lugar, la oleada del nacionalismo, avivada por el fenómeno napoleónico, incidió sobre la aparición de ambiciosas interpretaciones filosóficas del proceso político que propugnaban abiertamente el liderazgo nacional, el concepto de razas privilegiadas y la existencia de momentos carismáticos, en la historia de las naciones, que las consagraban como privilegiadas. En tercer lugar, y ante el clima de egoísmo de clases y de Estado que se desarrollaba apoyado por la teorización de la nueva estructura socioeconómica del capitalismo realizada por sus beneficiarios, la aparición de una ideología que propugnaba una ambiciosa unidad, de conciencia primero, de acción después, que rebosaba el concepto europeo para exigir la universalidad: el socialismo (v.) marxista. Con él, por el postulado de la unidad del proletariado como clave salvadora, con la misión de construir un nuevo mundo, desaparecía radicalmente la posibilidad de una unidad, al menos de cultura, en E. Por último, los más profundos cimientos de la ideología, el racionalismo empírico, se disolvían en la duda y la angustia personal que representó la filosofía de la vida alemana. E. se sumergía en una durísima polémica sobre los cimientos de su propia esencia y se disponía a sufrir las inmediatas consecuencias.6. La esperanza de unidad. Dos tremendas guerras, que comenzaron como paneuropeas y terminaron como mundiales, parecían dar la razón a los representantes del pesimismo histórico que consideraban periclitado el espíritu de E. y el carácter, hasta este momento hegemónico, de su civilización. Apoyaba sentimentalmente esta tesis el hecho de que los EE. UU., a partir de la 1 Guerra mundial (v.), y la URSS, luego de la. segunda (v. GUERRA MUNDIAL, SEGUNDA), Se Constituían como los únicos polos de progreso tecnológico y, con él, el control hegemónico del mundo. La tremenda sacudida pareció despertar el sentido de los europeos que, a partir de 1946, se lanzaron a la búsqueda de una E. que ellos mismos habían desgarrado. La voz de la conciencia europea se concretó, en 1946, en un encuentro de intelectuales celebrado en Ginebra (laspers, Bernanos, Salis, etc.) que intentaban un análisis de la situación de la crisis y un estudio de las posibilidades futuras.Olvidada la unidad de ideales, parecía no existir otra posibilidad que la proveniente de los intereses económicos (v. EUROPEÍSMO II). El primer intento real hacia la posible unificación europea, sobre bases económicas, se produjo en 1947, cuando Bélgica, Países Bajos y el gran ducado de Luxemburgo se integraban en la Unión Aduanera del Benelux (v.). En 1948 se dio un paso más ambicioso por medio del pacto de Bruselas por el que Bélgica, Francia, Gran Bretaña y los Países Bajos se comprometían a colaborar durante 50 años en asuntos económicos, sociales, culturales y de defensa común. La fórmula era vaga, pero indicaba que la semilla germinaba lentamente.En 1948, también, la idea de una E. supranacional, y no sólo en lo económico, había alcanzado ya los estratos más altos de la política. Propugnado por Churchill (v.), con la cooperación de Blum (v.), De Gasperi (v.) y Spaak (v.), se constituyó en La Haya, el Movimiento Europeo, que al año siguiente dio origen al Consejo de Europa (v.), cuya sede se fijó en Estrasburgo y cuyo programa preveía una E. supraestatal. Compuesto inicialmente por ocho miembros (Gran Bretaña, Francia, Italia, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia y Noruega), pronto se amplió con la incorporación de Grecia, Turquía, Alemania y Austria. En 1950, el plan Schuman (ministro francés de Relaciones Exteriores) preconizaba la unión de la industria pesada europea, bajo control supranacional, como un eje práctico para metas más ambiciosas. El plan contaba con el decidido apoyo de Adenauer (v.) y De Gasperi. La realización de este proyecto llegaría algo más tarde (1957), promovida por el más alto organismo de la cooperación económica europea, la OECE (v. OCRE) creada en 1948. De sus gestiones resultaron: la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (v.; 1957), el Euratom (comunidad de aprovechamiento conjunto de energía nuclear) y el Mercado Común Europeo (v. COMUNIDAD ECONÓMICA EUROPEA).Por el tratado de Roma de 1957, los Seis (Francia, Alemania, Bélgica, Italia, Holanda y Luxemburgo) programaron una política común de precios, supresión de barreras aduaneras, cooperación social, etc. Posteriormente, los Seis se convirtieron en Doce al integrarse en la Comunidad como miembros de pleno derecho: Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca (1 en. 1973); Grecia (I en. 1981); España y Portugal (I en. 1986). Otras naciones (Israel, Austria, Turquía, Argelia, Marruecos) son socios en vías de aceptación total. Frente a esta entidad, surgió en 1959 el grupo de la libra esterlina, EFTA (v. ASOCIACIóN EUROPEA DE LIBRECOMERCIO), integrado por Gran Bretaña, Dinamarca, Noruega, Suecia, Portugal, Suiza y Austria. Su eficiencia ha sido menor. Además, abandonaron esta Asociación para ingresar en la CEE los dos primeros países más Portugal.En el terreno político, estos niveles de integración supracional encontraron una resistencia sorda en el Presidente de la V República francesa, general De Gaúlle (v.). Éste defendía la denominada E. de las patrias, una especie de federación de Estados, en la que no sufriese merma la soberanía nacional, en un velado deseo de hegemonía francesa. Desaparecido De Gaulle, la posición francesa mejoró en la intensificación de las fórmulas de integración europea que parecen más viables: la CEE y el Consejo de Europa. A este respecto hay que resaltar que la construcción de E. la efectuó el cristianismo, animando incluso sus rasgos humanos: mentalidad, cultura, instituciones y empresas. Por ello, ante la intermitente difusión de materialismos y economicismos, el mayor reto que tiene el Viejo Continente para mantener su potencialidad es, como ha señalado Juan Pablo II, su constante re-evangelización.Para el concepto y evolución del pensamiento europeo, véase ix. V. t.: EUROPEíSMO; y por edades, países, revoluciones, guerras, personajes, etc.L. C. ALVAREZ SANTALO.
BIBL.: G. DE REYNOLD, La formación de Europa, Madrid 1947; E. MORENO BÁEZ, Los cimientos de Europa, Madrid 1971; R. S. LóPEZ, El nacimiento de Europa, Barcelona 1965; P. LAVIOSA ZAMBOTI, Origen y destino de la cultura occidental, Madrid 1959; J. ORLANDIS, La conversión de Europa al cristianismo, Madrid 1988; L. SUÁREz FERNÁNDEZ, Raíces cristianas de Europa, Madrid 1986; CH. DAWSON, Hacia la comprensión de Europa, Madrid 1953; VARIOS (Colegio Mayor Zurbarán), La identidad de la civilización europea, Madrid 1987; H. FREYER, Historia Universal de Europa, Madrid 1958; C. DELMAs, Historia de la civilización europea, Barcelona 1970; J. B. DUROSELLE, L’Idée de VEurope dans l’Histoire, París 1965; J. MONNET, Les Etais-Unís d’Europe ont commencé, París 1955; B. VOYENNE, Historia de la idea europea, Barcelona 1965; R. SEDILLOT, Europa, esa utopía, Madrid 1971; P. REUTER, Organizaciones europeas, Barcelona 1968; R. M. MIR COLL (dir.), El ahogo de la Europa Oriental, Barcelona 1987.
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