Enrique IV de Alemania
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Biografía GER
Hijo primogénito del Emperador Enrique III y de su esposa Inés de Poitou, n. el 1 nov. 1050 en un lugar desconocido, y ya en 1053 fue nombrado en Tribur sucesor de su padre, "si rector iustus futurus esset". El reinado de Enrique III (-1056) había marcado el apogeo que ponía término al proceso iniciado en el s.X por Otón I (v.). En su tiempo se habían manifestado por síntomas de las dificultades que habrían de venir después. Por eso, antes de su muerte, el Emperador confirmó de nuevo como rey a su hijo menor de edad, y lo encomendó a la protección del Papa Víctor II.Regencia de Inés de Poitou. Durante su minoría ejerció la regencia la emperatriz Inés de Poitou, que a causa de su propia inseguridad, no estuvo a la altura de las circunstancias, a pesar de su elevada conciencia del deber. Tampoco supo ganarse a los duques nombrados por ella misma, ni utilizar los poderes del episcopado. Una conspiración dirigida por el arzobispo Annón de Colonia se apoderó de la regencia por medio del golpe de estado de Kaiserswerth (abril de 1062). Annón se sentía como un verdadero príncipe eclesiástico, que enriquecía su iglesia a expensas de los bienes del reino, pero que intimaba con el partido de la reforma romana. Mientras de 1062 a 1064 trabajaba en Italia con Cadalo de Parma (Honorio II) en el cisma a favor de Alejandro II, Adalberto, arzobispo de Hamburgo-Bremen, uno de los príncipes eclesiásticos más capacitados de su tiempo, aunque conservador y probable simpatizante de Cadalo, disputaba a Annón la primacía en la regencia y llegaba a ser el consejero más influyente del joven rey, hasta que E., bajo la presión de los grandes del reino, se vio obligado a privarle del cargo.Primeros años de gobierno. En 1065 E. IV alcanzaba la mayoría de edad y se hacía cargo personalmente de los asuntos del gobierno. Las consecuencias de las revoluciones que se habían insinuado durante el periodo un tanto confuso de la regencia, se hicieron notar inmediatamente, de tal modo que ya no era posible una reestructuración del poder central del rey. Casi ningún linaje se enfrentó a la monarquía; solamente un sector de la nobleza, a causa del nombramiento de duque, que frecuentemente tenía lugar entre varias familias emparentadas entre sí. De esta manera, se había intensificado la tendencia centrífuga del poder nobiliario. Al mismo tiempo, la Iglesia del Imperio, que se preveía como el apoyo del monarca frente a los poderes feudales, empezaba a fallar. Y esto era debido no sólo a que los dignatarios eclesiásticos eran a su vez miembros de la aristocracia en su mayor parte, sino también al escándalo que causaba a los papas de la reforma el nombramiento de los prelados por el rey.Comenzaba con esto la cuestión de las Investiduras (v.). El grito libertas, lanzado por la Iglesia, amenazaba los fundamentos del hasta entonces Estado aristocrático de la confederación, ya que la curia se aliaba a la aristocracia de la oposición para prescindir del Emperador. La extensión de las encontradas pretensiones fue de dimensiones distintas a la de las demás naciones de Europa. Las reclamaciones de la curia estaban claramente establecidas. Una abundante literatura de tipo polémico destacó lo fundamental de ambos puntos de vista. La polémica se acalló en el s. XII, cuando se encontraron las formulaciones del derecho constitucional. E. IV reaccionó con una política esencialmente imperialista. Parece que no comprendió claramente el alcance de la lucha, y eso explica que no actuara según un plan determinado, sino más bien intuitivamente; por eso, no superó los comienzos de esta nueva orientación. La organización general de la seguridad pública, los cargos amovibles en el campo de la hacienda pública, una reclamación de la baja aristocracia y de la clase media ciudadana, fueron los diversos intentos de constituir para la monarquía unas nuevas bases del poder. Por esto, su reinado oscilaba en varias ocasiones entre un poder triunfalista y una derrota sin salida.Sínodo de Worms y excomunión de Enrique IV. En 1073 estallaba la sublevación como reacción contra la política de recuperación del monarca respecto a los sajones y turingenses, pero en 1075 fue sofocada gracias a la victoria de Bomburg. En el mismo año, Gregorio VII (v.), con la mirada puesta en la ocupación de la silla episcopal de Milán, amenazaba al Emperador con la excomunión. Un sínodo reunido en Worms, y poco después también en Piacenza, declaraba depuesto al Papa en 1076. Gregorio VII respondía en el sínodo de Cuaresma con la excomunión del Emperador y con la dispensa del juramento de sumisión. A partir de este momento los príncipes pasaron a formar parte del partido de Gregorio VII e intentaron la elección de un nuevo monarca; mientras tanto, el Papa manifestaba que estaba dispuesto a una discusión. En Tribur, los príncipes exigían a E. IV los ejercicios penitenciales prescritos, si quería ser reconocido como Emperador. En enero de 1077, E. IV cumplía esa condición: permaneció varios días ante el castillo de Canosa, en donde se había refugiado el Papa, hasta que se hizo perdonar por éste. Canosa no era ni una victoria ni una derrota sino un cambio que contribuía decisivamente a la desaparición de la visión del mundo vigente hasta entonces, respecto a la actuación conjunta del poder espiritual y del temporal, y al abandono de la idea de un rey al mismo tiempo sacerdote; por primera vez en la Edad Media se excluía de la Iglesia a un rey, y E. IV lo había reconocido. Estaba puesto el fundamento para una separación o para un entendimiento verdadero entre Iglesia y Estado.En Forchheim, los príncipes se negaban a reconocer a E. y elegían como rey a Rodolfo de Rheinfelden (1077-80). Gregorio VII deseaba un sínodo del reino que, bajo la dirección de un legado pontificio, debería decidir en esta cuestión, pero E. IV hizo fracasar tal asamblea. Por segunda vez, el Papa excomulgó al monarca en el sínodo de Cuaresma de 1080. E. IV reaccionaba con sínodos en Bamberg, Maguncia y Brixen, que elegían como antipapa al arzobispo Wiberto de Rávena (Clemente III). Mientras la oposición, después de la muerte de Rodolfo, elegía como nuevo rey al insignificante conde Hermann de Salm (1081-88), E. partía para Italia en 1081, emprendiendo en 1082, en alianza con el Emperador de los bizantinos, una ofensiva hacia Apulia contra los normandos, aliados del Papa, y en la Pascua de 1084 se hacía coronar Emperador en Roma por el antipapa Clemente III.Urbano II y Pascual II frente a Enrique IV. Muerte del Emperador. E. IV se veía en el apogeo de su poder. En 1085 nombraba rey de Maguncia a Wratislav, duque de los bohemios, en 1087 hacía coronar como rey romano a su hijo Conrado, y en 1090 moría Ecberto de Misnia, el último representante de la oposición de los sajones. Con Urbano II (v.) aparecía para el Emperador en 1088 un nuevo adversario peligroso, que estaba aliado no sólo con la oposición alemana y con los crecientes círculos de la reforma eclesiástica, sino también con las ciudades de Lombardía que habían tomado conciencia de sí mismas.Desde 1090 E. IV estaba de nuevo en Italia. En 1092 sufría una derrota en Canosa. En 1093, su hijo Conrado se pasaba al partido del Papa y, poco después, lo hacía Práxedes, rusa e hija de príncipes, que era su segunda esposa desde 1089. Urbano II presidía en 1095 el importante sínodo de Piacenza, mientras E. encontraba cerrado el paso de Brenner, debido a la alianza de los güelfos y de los tuszische, y no podía retirarse a Alemania. La disolución de esta alianza le proporcionó de nuevo libertad de movimientos. En 1098, Enrique, su hijo menor, fue nombrado rey en lugar de Conrado; en Alemania se vio a sí mismo generalmente reconocido. La inflexibilidad del nuevo papa Pascual II y la política de seguridad pública, que reducía sensiblemente el derecho de guerra de la nobleza, empujaba de nuevo a ésta a la oposición y ocasionaba también la deserción del joven Enrique en 1104-05. En 1105, E. IV era hecho prisionero y, fingidamente, renunciaba al trono en Ingelheim. Sin embargo, huyó a Niederloth, en donde todavía tenía partidarios, y en 1106 vencía al ejército de su hijo. Poco después, el 7 ag. 1106 moría en Lieja y, cinco años más tarde, era sepultado, según su deseo, en la catedral de Espira.El rasgo más sobresaliente del carácter del Emperador fue su tenacidad, que no se paraba ni aun ante situaciones indignas. Hay que agradecerle la defensa del puesto que le correspondía a la monarquía. Tácticamente, E. IV, estuvo a la altura de sus adversarios, cuando no fue superior. Impetuoso en un principio, durante su largo reinado desarrolló una gran personalidad política y humana. Fue capaz de indicar a sus sucesores los caminos para la solución en las tensas relaciones con la nobleza del Imperio, pero su hijo, Enrique V, no renunciaría tampoco al derecho de las Investiduras. La tragedia de este bien dotado monarca estaba en su confrontación con las ideas de reforma, cuya delimitación, respecto a los derechos reales, sólo podía ser elaborada lentamente.V. t.: GREGORIO VII; INVESTIDURAS, CUF.STIóN DE LAS.ODILO ENGELS.
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