El Callao, Batalla de HIST.
Categoria:
Historia
Tiene lugar esta acción de guerra ante el puerto peruano de ese nombre, el 2 mayo 1866, al enfrentarse la escuadra española, mandada por Méndez Núñez, con las formidables baterías de la plaza. Se coronaba así una campaña, de gran mérito, desarrollada ante las largas costas de Chile y del Perú, en plena hostilidad estas naciones, junto con el Ecuador y Bolivia, contra España; campaña llevada a cabo a enorme distancia de la Metrópoli con un vasto océano y un continente por medio, sin bases, aprovisionándose de presas obradas, con difíciles navegaciones en parajes de una hidrografía incierta... constituyendo todo una campaña que es uno de los mayores timbres de gloria de la Armada española.Los antecedentes del combate del C. se remontan a varios años antes: Al fallar, en 1853, el tratado, de reconocimiento y amistad, entre España y el Perú; al surgir infundadas desconfianzas de las naciones americanas por la expedición de Prim a México y la reincorporación de Santo Domingo; el temor provocado por la visita de la escuadra española al Perú al año siguiente, tomándose como alarde de fuerza, cuando lo que se pretendía era estrechar lazos de amistad, etc.; la agresión a unos trabajadores vascongados en Talambó sigue agriando las cosas. La escuadra española ocupa las islas Chinchas. Por último, el motín del C. en el que muere el cabo Fradera, de la Resolución, hace fracasar las negociaciones de devolución de las islas. Otros incidentes con españoles empeoran aún más la situación. Sigue el bloqueo de las costas americanas con la arriesgada expedición a Chiloé, el combate de Abtao, el apresamiento de la Covadonga y el bombardeo a Valparaíso del 31 de marzo; acción ésta, de castigo, llevada a cabo a pesar de la actitud amenazadora de las escuadras inglesa y americana que tratan de impedirlo (v. t. CHILE III, 9; PERÚ IV, 6).En el combate del C. se ponen de manifiesto las dotes de Méndez Núñez. Al ver que estaba puesta en juego la fama de España por el castigo que, aunque con dolor, tuvo que infligir a Valparaíso, se enfrenta con el C., defendido con cañones de los más potentes y modernos; por el honor nacional aplaza el cumplimiento de la orden de, terminar la campaña del Gobierno de Madrid, que no conoce el verdadero estado de cosas. Su actuación ha de merecer después la alabanza de la Reina y de España entera; también la de los enemigos, que se baten valerosamente.El bombardeo del C. se efectúa después de haber avisado al Cuerpo diplomático de Lima. También lo había hecho así, caballerosamente, Méndez Núñez, antes del de Valparaíso. Las fragatas españolas, en el fondeadero de la vecina isla de San Lorenzo donde estaban con el convoy de aprovisionamiento, se aprestan para el combate calando masteleros, echando abajo vergas mayores y culebreando las jarcias para defender la arboladura. Las fajas blancas de los costados se pintan de negro para dificultar la puntería del enemigo...; la "blanca" protege un casco, en la parte de máquinas, con sus cadenas. En zafarrancho de combate se dirigen frente al C. Las fragatas Numancia, Blanca y Resolución atacan las baterías del S de la plaza, las Berenguelas y Villa de Madrid a las del N, y la Almansa y la goleta Vencedora, a los buques de guerra enemigos; el vapor Maule se mantiene listo para dar remolque a los buques que lo necesitasen. Éstos, para batir mejor al enemigo se aproximan tanto a la costa que sus quillas rascan el fondo y ello hace que mueran en zona libre de los torpedos fijos de la defensa. Se rompe el fuego a las 11,50; menudean los ejemplos de valor: en la Almansa, incendiada, su comandante Sánchez Barcáiztegui se niega a mojar la pólvora para no inutilizarla; en la Numancia cae herido Méndez Núñez, y el mayor general Lobo toma el mando. Los peruanos, temiendo un desembarco, tenían muchos hombres preparados en los fosos y en ellos se hace gran estrago; tuvieron 2.000 bajas y la escuadra tan sólo 194. A las cinco de la tarde ya no contestaban a los buques más que seis cañones de la defensa y, con ello y entrar la neblina, se retiraron aquéllos al fondeadero de San Lorenzo después de cubrir las jarcias y vitorear a la Reina.Así termina, de hecho, la guerra, pero aún habrían de transcurrir cinco años para que se firmase una tregua y otros cinco más para que se estableciese la paz.C. MARTÍNEZ VALVERDE.ELCANO, JUAN SEBASTIÁNNavegante español. En la llamada expedición magallánica alcanza por ruta española las islas Molucas, y culmina la primera vuelta al mundo. N. en la villa de Guetaria (Guipúzcoa) en 1476. Sus padres eran acomodados pescadores ya que poseían casa y embarcación propia. La aptitud marinera de E. se forja en la pesca costera; y también con los riesgos del comercio marítimo de contrabando con los puertos de Francia y en la pesca de altura. Después combate en el mar. Interviene en la campaña africana de Cisneros (1509), con una nave de 200 t., de la que era armador y patrono, y con la misma nave forma parte de la flota del Gran Capitán, en Italia. Agobios económicos le obligaron a vender su barco, con todo su equipo y armamento, a unos mercaderes vasallos del duque de Saboya. Por miedo a la justicia, pues la venta a extranjeros de navíos armados en guerra se consideraba como traición a la patria, cuando vuelve a España lo hace como huido y escapado.
La primera vuelta al mundo. Para ponerse a salvo de riesgos se enrola en la flota magallánica, con el importante cargo de maestre de la Concepción. El cargo de maestre era de confianza; aparte de ser el segundo de a bordo tenía como misión el orden interior de la nave y el cuidado de la artillería, municiones y pertrechos.En el complot contra Magallanes (v.), los insurgentes le confían el mando militar de la nao San Antonio, de la que se apoderaron; sin embargo, al guipuzcoano no le alcanza ningún castigo. Después del complot vuelve al servicio de la Concepción; cuando se destruye esta nave pasa a la Victoria, también con el cargo de maestre. En el puerto de la Caldera de Mindanao asume el mando de la Victoria y comparte con Espinosa y Méndez el mando supremo de la expedición, ya reducida a dos unidades. Durante el escaso tiempo que subsiste el triple mando éste sólo lo es de nombre; de hecho lo ejerce E. con la conformidad de todos. Hábilmente se alcanzan las islas Molucas. En la de Tidor son bien acogidos los españoles por el sultán Almanzor; cargan a su gusto gran cantidad de clavo, y logran la sumisión de otros reyezuelos del archipiélago. Todo iba bien, e incluso podía esperarse la sumisión a España del rey de la isla de Ternate, cuando las noticias alarmantes de un tal Alfonso de Lorosa, sobre un posible ataque de los portugueses determinaron la orden de E. de abandonar prontamente el rico archipiélago. De momento sólo pudo hacerlo la Victoria, la Trinidad necesitaba arreglar de inmediato su vía de agua. Al abandonar la Victoria las aguas de Tidor, el 21 dic. 1521, llevaba una tripulación de 47 europeos y 13 indios; entre éstos, dos pilotos maluqueños proporcionados por Almanzor.Para reparar despensas dispuso E. el anclaje de la Victoria en la isla de Timor; esta escala, no todo lo ventajosa que se esperaba en lo que se refiere a la provisión de víveres, fue la última detención de los españoles en las islas asiáticas. Desde este punto, atravesando el océano, marcharon rumbo a España, bogando pocas veces a la vista de tierra y desviados, siempre que podían, de las rutas normalmente frecuentadas. Travesía tan larga tuvo como único descanso el imprescindible y necesario de las islas de Cabo Verde. Cinco meses de vida a bordo supuso el salto de Timor a las dichas islas. Bajo el mando de E., tan cordial como enérgico, se cubrió una ruta pródigamente sembrada de adversidades de orden natural y humano. La impaciencia por rendir viaje obedecía, de modo principal, al temor de caer en manos de los portugueses, celosos y suspicaces vigilantes en la ruta de las especias. No todos pudieron resistir la pésima alimentación, las duras temperaturas y el trabajo excesivo. Veintiuna bajas se sucedieron después de doblar el cabo de Buena Esperanza. Antes de superarlo, algunos de la tripulación, entre ellos el caballero Pigafetta, hubieran deseado tomar tierra en Mozambique, donde había un establecimiento portugués. Pero el capitán superó toda desmoralización y con la ayuda de otros tripulantes, acalló las voces de desánimo.Situación de extrema necesidad obliga a E. a detenerse en las islas de Cabo Verde. Para obtener víveres recurrió al engaño, haciendo creer que el barco amarado venía de América; gracias a ello por dos veces una chalupa se pudo cargar de arroz principalmente. Fuera por imprudencia de algún marinero, o por emplear clavo como trueque, lo que infundió sospechas, lo cierto es que a la tercera vez la pequeña embarcación fue intervenida y sus doce tripulantes hechos prisioneros. Los que habían quedado en la Victoria sospecharon lo ocurrido; acodados en su borda, pudieron contemplar un movimiento inusitado de gentes en el desembarcadero del Río Grande y las rápidas maniobras de algunas carabelas, que se ponían en movimiento con el propósito de apresar al navío español. E., rápidamente, ordenó la huida de Cabo Verde. Respiraron tranquilos cuando vieron difuminarse en el horizonte la isla de Santiago, sin divisar embarcaciones perseguidoras. Por fin, el 6 sept. 1522, la averiada nave Victoria llega a Sanlúcar de Barrameda con 18 tripulantes, todo lo que quedaba de la flota primitiva, compuesta por cinco navíos de buen porte y 265 tripulantes. A los dos días de llegar a Sanlúcar de Barrameda tuvo efecto en Sevilla la recepción oficial del navío y su gente."Primus circumdedisti me". De acuerdo con las instrucciones comunicadas por carta, E., acompañado de Francisco Albo y Fernando de Bustamente, dio cuenta al emperador, en Valladolid, de todo lo ocurrido en el viaje, y de sus resultados. No podía menos el emperador de sentirse muy satisfecho por el hallazgo de las Molucas, por el reconocimiento de la autoridad de España por los principales reyezuelos del archipiélago, y por la noticia de "que caían aquellas islas de los Malucos y otras más ricas y muy grandes en su parte, según la bula del Papa". Aparte de otras mercedes, se ennoblece a E. y se le concede el siguiente escudo de armas: había de estar dividido en dos cuarteles; en el superior un castillo de oro sobre campo rojo; en el inferior dos palos de canela, tres nueces moscadas en aspa y dos clavos de especia representados sobre campo dorado; sobre todo esto un gallardo yelmo cerrado, por cimera un globo terráqueo con esta leyenda trenzada en su torno: Primus circumdedisti me. No tardó el emperador en saber por otro conducto las incidencias y peripecias del famoso viaje. Al conversar con Pigafetta surgen en el ánimo del Emperador ciertas dudas. Para aclararlas dispone que abra una información, en Valladolid, el alcalde de Casa y Corte, Santiago Díez de Leguizano. Ante él comparecen y contestan a 13 categóricas preguntas Elcano, Albo y Bustamante. Carlos V supo en seguida el resultado de la investigación judicial. Le satisfizo tan plenamente, y estimó tan honorable la conducta de E., que no se hicieron esperar nuevas pruebas de su munificencia, ya espontánea o a petición del navegante.Por Real Cédula del 23 en. 1523, fechada en Valladolid, concede el emperador a E. la merced de 500 ducados de oro, anuales y vitalicios, con cargo a los fondos de la Casa de Contratación de la Especiería. El 13 feb. 1523 accede a la petición de E. de concederle perdón públicamente por la venta que hizo de su navío a los mercaderes de Saboya. Puesto en el camino de las peticiones, y alentado por la atmósfera favorable que le rodeaba en la Corte, traspasó E. la justa medida y prudente término de conducta dirigiendo un memorial al emperador con cuatro demandas no muy oportunas. E., como era natural, asiste a las conferencias o juntas de Badajoz y Elvas, en las que representantes de España y Portugal discutieron sobre el derecho de una u otra a la ocupación de las Molucas. Por último, se enrola como lugarteniente o segundo, en la brillante armada de García Jofre de Loaisa. Trataba esta armada, compuesta de siete navíos y 450 hombres de dotación, de repetir la empresa concebida por Magallanes, y de continuar la obra de españolización del Maluco. En pleno Pacífico, a bordo de la capitana Victoria, el 4 ag. 1526, m. E. Había sucedido a Loaisa, fallecido poco antes, en el mando de la flota. Otorga testamento ante lñigo Cortés de Perea, contador de Su Majestad, y siete testigos, entre los cuales está Andrés de Urdaneta.M. PELLICER CATALÁN.
BIBL.: E. FERNÁNDEZ DE NAVARRETE, Historia de Juan Sebastián del Cano, San Sebastián 1872; A. MELÓN, Magallanes-Elcano, Zaragoza 1940.
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