Egipto (misr). Historia Antigua. HIST.
Categoria:
Historia
Poco se sabe de las condiciones históricas en que se desenvolvió la vida de la I dinastía egipcia. No cabe duda que sus soberanos dominaron el Alto y el Bajo Egipto, hicieron explotar las minas de cobre del Sinaí y conquistaron algunos lugares de la costa del mar Rojo, como atestiguan las inscripciones rupestres cercanas a los mismos. La época tinita, que toma su nombre de la ciudad de Tinis, abarca las dos primeras dinastías, mal conocidas por las adulteraciones producidas en el transcurso del tiempo en la lista de Manetón (sacerdote egipcio que escribió en griego una historia de Egipto según datos sacados de los archivos de los templos). No se puede precisar en qué condiciones se produjo el cambio de dinastías, y casi nada sabemos de sus reyes, aparte del orden sucesorio: Hotepsekhemui, Nebré, Nineter, Uneg, Sendji y Peribsen. Con el último de ellos se produjo una revolución religiosa, el faraón se estableció en Abidos (v.) y cambió su nombre de Horus por el de Seth, tal vez como reacción del sur contra el norte. Su sucesor Khasekhemui marca el periodo de transición hacia la III dinastía. Su nombre, "los dos poderosos aparecen", indica que, aun sin abandonar la tendencia sethiana de Peribsen, Khasekhemui volvió al culto de Horus. Se desconoce el resultado de esta política conciliadora, que se puede interpretar como un compromiso entre la tendencia revolucionaria de Peribsen y el espíritu tradicionalista de los egipcios.1. Imperio Antiguo. III. Dinastía Si bien a la cabeza de la nueva DINASTÍA (2778-2723 aprox.), todos’ los indicios parecen indicar que Zjoser era hijo de Khasekhemui. Su nombre lo ha transmitido Manetón y está atestiguado por primera vez durante la XII dinastía. Con él se inaugura una nueva época caracterizada por la presencia de un hombre genial: el visir Imhotep. Conocemos su talento como arquitecto gracias al conjunto monumental de Saqqára, y sabemos que destacó también como médico y literato. El sucesor de Zjoser fue Schemhet, del que se sabe muy poco. También desconocemos los reinados de Haba y Neferka. Entre ellos y Snefru, primer rey de la IV dinastía, los papiros del Imperio medio colocan al faraón Huni, del que asimismo tenemos muy pocas noticias, aunque su pirámide ha sido hallada en Dahsúr.IV Dinastía. La piedra de Palermo se refiere a la actividad conquistadora del fundador de la nueva dinastía (2723-2563 aprox.), Snefru, que se adentró mucho en Nubia, realizó una expedición a Libia y dominó el Sinaí, venciendo la resistencia de los nómadas. En el orden interno desplegó una gran actividad como constructor. Levantó la pirámide de Meidum y las dos de Dahsúr, una de ellas la primera pirámide perfecta. Le sucedieron tres faraones cuyas actividades son conocidas por sus monumentales obras arquitectónicas: Keops, Kefren y Micerino, que simbolizan el comienzo de la época de esplendor. Parece ser que entre los dos primeros se puede situar el nombre de un usurpador, Djedefre, que mandó levantar una pirámide en Abú-Ruwas. Poco sabemos de estos faraones; los autores griegos los presentaron como tiranos, idea seguida por algunos autores modernos. Pero el hecho de que su culto funerario se perpetuara hasta la época de la conquista macedónica no concuerda con su reputación de reyes odiados. La piedra de Palermo cita el nombre de Sepseskaf como último monarca de la dinastía ,mientras que la lista de Manetón coloca el nombre de éste entre los de otros dos, Bicheres y Sebercheres.V Dinastía. La revolución religiosa promovida por los sacerdotes de Heliópolis (v.) estuvo en estrecha relación con el advenimiento de la V dinastía (2563-2423 aprox.). Ciertos documentos que datan de la época del Imperio medio indican que los tres primeros faraones de dicha dinastía eran hijos de Ra y de Reddejedt, mujer de uno de los sacerdotes heliopolitanos al servicio del dios. Según la leyenda, un vidente había anunciado al faraón que el cambio de dinastía acaecería después del reinado de su nieto. Drioton y Vandier deducen de este documento que los primeros soberanos de la V dinastía no eran de origen real, que el cambio de dinastía fue obra de los sacerdotes heliopolitanos, cuyo poder había aumentado en tiempos de la IV dinastía. El cambio de dinastía lo habría marcado la transformación de la ideología religiosa, con la progresiva imposición del culto heliopolitano. Sabemos que los primeros reyes eran hijos de Hepseskaf y de Khenthoms, hija de Micerino, de manera que los sacerdotes habrían procurado entroncar la nueva dinastía con la anterior.Manetón señalaba una duración de 248 años para los nueve reinados de la V dinastía, mientras que el papiro de Turín los reduce a 140 aprox. De Sahure, NiuserréIni, Dedkaré-Isesi y Unás, segundo, sexto, octavo y noveno faraones, respectivamente, se conocen expediciones a Siria y a la península del Sinaí. Una de dichas expediciones está representada en una tumba de Deshasheh, que muestra la toma de una fortaleza asiática. Durante el Imperio antiguo, E. fue una gran potencia. Los documentos permiten entrever una época de paz y orden que facilitó la construcción de grandes monumentos. La fama de sus faraones comienza a tener eco más allá de los límites naturales del Valle del Nilo.VI Dinastía. En la V dinastía se empezaron a notar los síntomas de una revolución que acabaría con la monarquía menfita. Sin embargo, aún habrían de transcurrir dos siglos, durante los cuales la VI dinastía (2433-2263 aprox.) procuraría por todos los medios mantener la fuerza y el prestigio de los faraones. El paso de una a otra dinastía al parecer se realizó pacíficamente. De los dos primeros faraones, Seheteptavi-Teti y Usir-Karé, se tienen pocas noticias, al contrario que de Pepi I (también conocido con el nombre de Piops I), que reinó más de 50 años. Uni general de Pepi I, dirigió una campaña militar que llegó hasta Palestina y ocupó nuevamente la península del Sinaí, abandonada desde mucho tiempo atrás. Se conocen estos hechos por el relato de Uni en su tumba de Abidos. Las tropas egipcias fueron reforzadas con levas efectuadas entre nubios y libios. Estas campañas no permiten afirmar que los egipcios iniciaran una política asiástica; sólo en tiempos del Imperio nuevo, E. demostraría apetencias asiáticas. Las expediciones tenían su origen en los movimientos fronterizos producidos por invasiones cuyo epicentro se encontraba en las regiones del Cáucaso y en Asia Menor. En cambio, hay que reconocer en los reyes de la VI dinastía, especialmente en Pepi I y Merenré I, a los autores de los primeros intentos de colonización efectiva de Nubia. Pepi I tomó en matrimonio a las dos hijas de un alto personaje de Abidos llamado Khui; la mayor fue la madre de Merenré; la más joven, la de Pepi II. El primero sólo reinó cinco o seis años. Su hermano subió al trono cuando tenía seis años y permaneció en él 94 (tal vez sea éste el reinado más largo de la historia). Durante gran parte del mismo se prosiguió la política de Pepi I y de Merenré I en Nubia.En el año segundo del reinado de Pepi II, un funcionario de Elefantina, llamado Herkhuf, realizó su cuarta expedición más allá de los límites de Nubia; su ausencia duró siete u ocho meses y a su vuelta trajo productos exóticos, lo que indica que avanzó un tanto en el corazón del África negra.Con la conquista de Nubia se fundaron colonias egipcias protegidas por excelentes fortalezas, como la de Kerma, más allá de la tercera catarata del Nilo. La vejez de Pepi II se vio turbada por la revolución interna y por la invasión extranjera. En las listas de Manetón, la dinastía acaba con un rey y una reina: Merenré II y Nitocris, mencionados también en el papiro de Turín. Sin embargo, éste incluye al final una lista de seis reyes de los que no sabemos nada. Las causas de la revolución interna nacen de las costumbres introducidas por la V y VI dinastías, las cuales, frente al absolutismo de la IV, tendieron a convertir en hereditarios los cargos de los monarcas (gobernador de un distrito). Algunos de éstos se habían hecho muy poderosos, tenían verdaderas cortes y una administración calcada de la organización faraónica. Según parece, el faraón estimulaba sus apetencias con honores y prebendas. Algo parecido ocurrió entre el faraón y sus súbditos. Hasta la IV dinastía el rey fue considerado un ser divino por encima del resto de los mortales; al llegar la VI dinastía, ya nadie creía en su naturaleza divina. Todo hace pensar que los mismos reyes humanizaban su vida conviviendo y desposándose con personajes de la corte. El visirato llegó a hacerse hereditario. Desde los últimos años del reinado de Pepi II se abrió un paréntesis en la historia de E. que llevó al país al cantonalismo primitivo. La VI dinastía se hundió a causa de los embates simultáneos producidos por la invasión extranjera y la guerra civil, que tuvo caracteres de revolución social.2. Primer periodo intermedio. Durante los reinados de Merenré II y de la reina Nitocris, E. se hallaba en plena convulsión. Nitocris, probablemente, fue dominada por una oligarquía, cuyo reinado sería lo que Manetón llama VII dinastía. De la VIII, que al parecer era de origen menfita, se sabe muy poca cosa, probablemente se extinguió hacia 2200, año en que los nomos o provincias se independizaron definitivamente. En los monumentos se dan las fechas por el año del reinado del príncipe local. Su nombre aparece seguido por la fórmula "vida, salud, fuerza", que acompañaba anteriormente a los nombres de los faraones. Estos príncipes locales llegaron a poseer tropas mercenarias, y eran sumos sacerdotes de los dioses locales, y, por tanto, administradores de sus bienes. En medio de la confusión general, se produjo un hecho capital para la historia del país; un príncipe de Herakleópolis usurpó la corona real y llevó a su residencia la capital teórica del reino. Así pasaron casi 100 años, al cabo de los cuales el principado de Tebas (v.), en el sur del país, empezó a fortalecerse e inició una política de conquista que lo enfrentó en diversas ocasiones a los reyes herakleopolitanos (dinastías IX y X). El príncipe tebano, como los faraones, tomó el nombre de Horus y el de Hijo de Ra, y, con la idea de restaurar la unidad perdida, se dirigió hacia el norte. En los primeros años del reinado de Uahankh Antef III (2120-2070), primero o segundo monarca de la dinatía XI, la dominación tebana no rebasó aún el Homo de Abidos. Cincuenta años más tarde comprendía ya Afroditópolis, a 50 Km. de Abidos. Durante otro centenar de años prosiguió la lucha entre Tebas y Herakleópolis, que acabó en provecho de la primera, cuyo rey Mentuhotep se enorgullecía del título de Samlaui ("el que ha unido las dos tierras", norte y sur). Éste fue el último de los esforzados soberanos que constituyen la XI dinastía; su muerte se sitúa algunos años antes del a. 2000. Inmediatamente empezaría el Imperio medio o tebano.Con la XI dinastía, el poder monárquico llega a la cumbre. El rey es un auténtico dios y añade a sus títulos el de Horus de oro e Hijo de Ra. Respecto a la administración, los funcionarios podían repartirse en cinco grupos fundamentales: títulos honoríficos, personajes vinculados al servicio del rey, títulos sacerdotales, funcionarios de la administración central y funcionarios de la administración provincial. Los sacerdotes no formaban una casta particular y podían tener un cargo administrativo. Todos los funcionarios pasaban por las escuelas de escribas, que abrían el camino del ascenso. La sociedad del periodo menfita no difiere en sí gran cosa de la tinita, aunque es más evolucionada y la conocemos mucho mejor. A través de los relieves vemos los tipos de trajes usados; en su gran mayoría se reducen a una falda de tela blanca hasta las rodillas para los hombres y un vestido muy ajustado que llegaba hasta los tobillos en las mujeres. El mobiliario era sencillo; casi no existían asientos, pues el egipcio prefería permanecer en cuclillas. La principal riqueza era el trigo y la cebada, pero se cultivaban también el lino, las legumbres y algunos viñedos. Hacia el final de este periodo menfita aparecen las grandes embarcaciones con puente, con mástil de dos vergas y vela cuadrada. El pueblo egipcio se procuraba el cobre del Sinaí, el oro y las maderas preciosas de Nubia y de Punt, y los cedros del Líbano. El tráfico con Biblos era muy regular. Ningún pueblo de la época igualaba al egipcio en la belleza de sus creaciones artísticas (v. III). Dentro de la arquitectura, el aspecto que mejor conocemos es el arte funerario. En la época tinita las tumbas están recubiertas por una estructura llamada mastaba (v.); un pozo conducía a la tumba. En la fachada oriental se abría una falsa puerta. Poco a poco esta puerta se convirtió en verdadera, y dio acceso a una pequeña capilla para los ritos funerarios. La mastaba acabó por tener tres partes esenciales: la cámara mortuoria, las capillas para las ceremonias y la estela. La pirámide (v.) representa en la necrópolis real poco más o menos lo que la cámara en la mastaba particular. Su técnica era bastante complicada. Las más famosas son las de los faraones de la IV dinastía: Keops, Kefren y Micerino, en Gizá. Más antiguas son las de Snefru y la escalonada de Zoser, en Saqqárah.3. Imperio medio. Después del reinado de los últimos Mentuhotep, que cierran la XI dinastía unificadora de E., subió al trono la XII dinastía, una de las más prósperas. En su comienzo vemos dos grandes novedades: los faraones adoptan el nombre del dios de su capital, Amón, o el de la diosa Useret, moda ya iniciada anteriormente con Montu, dios de Ermant; también cambian la capital a Ittavy, al sur de Menfis.Ammenemet I (2000-1970) fue el fundador de esta XII dinastía, perfeccionó los sistemas administrativos y, en el aspecto político, sometió a los rebeldes príncipes locales. Acabó con éstos pero, por otra parte, consolidó el sistema de feudo hereditario. Se asoció en el gobierno a Sesostris, el heredero. Ammenemet fue víctima de un complot que hubo de reprimir Sesostris, ausente del país. Sesostris o Semsert I (1970-1936) fue el nuevo faraón. Su reinado se caracteriza por las empresas exteriores; continuó la colonización de Nubia, ya iniciada por la VI dinastía; le sucedieron Ammenemet II (1938-1904) y Sesostris (19061888), de escaso relieve. Durante esta dinastía las relaciones con el mundo semita eran muy intensas, así como los contactos mediterráneos, pues en la pirámide de Sesostris II se encontraron vasos minoicos. Sesostris III (1887-1850) fue un gran conquistador que realizó una política de expansión hacia Nubia y hacia el Sudán; también llegó hasta Palestina. Le sucedieron Ammenemet III (1850-1800), Ammenemet IV (1800-1792) y la reina Sebekriefrure (1791-1788 ó 1780), de los que se sabe muy poco.En conjunto, esta XII dinastía realizó una importante expansión, cuyos principales escenarios fueron Nubia y el Sudán. Ammenemet 1 rechazó hacia el sur poblaciones negras que habían aprovechado el periodo anterior para descender aguas abajo del Nilo. Sesostris I, ya en vida de su padre, realizó campañas en las que llegó cerca de la actual Wadi Halfa. Se construyeron también grandes fortalezas como la de Kubán. Sesostris III completó la sumisión de Nubia y fundó Semneh y Kumneh, más al norte de las cuales los negros no podían pasar "a no ser que llevasen ganado". Nubia adquirió aspecto egipcio rápidamente; el culto de Khum se extendió hacia el sur al igual que el de Amón-Ra. En la frontera asiática las incursiones de los nómadas constituyeron un gran peligro porque llegaban con cierta frecuencia hasta el Delta; a ellos se enfrentaron los soberanos, que se esforzaban también en reanudar el comercio mediterráneo. Biblos, en el Líbano, jugó un gran papel en este aspecto. También se establecieron relaciones con Cilicia y Creta y se llegó por tierra a Siria. Uno de los fines de las frecuentes expediciones egipcias era aislar el Sinaí, donde se hallaban yacimientos importantes de cobre y turquesas. También se realizaron pequeñas expediciones al país de Punt (Eritrea o Somalia) en busca de incienso, mirra, marfil y piedras preciosas.4. Segundo periodo intermedio. Se sabe poco de lo que sigue a la desaparición de la XII dinastía en el llamado segundo periodo intermedio. E. cae en el cantonalismo y en manos de invasores extranjeros. Los pueblos de la frontera asiática penetraban con frecuencia como mercaderes, estableciéndose incluso en verdaderas colonias en el Delta. Existen pinturas que representan a los ainu (gente que habitaba en el istmo de Suez, paganos e infieles) llegando al Valle del Nilo, y, por otra parte, la Biblia cuenta cómo los descendientes de Abraham se instalaron en la tierra de los faraones (v. vin). Entre 1800 y 1700, con el país en situación anárquica, estas infiltraciones se convirtieron en oleadas formadas por semitas, guiados quizá por egeos o hititas, que eran empujados por las luchas que se producían en el norte de Siria y en el resto del Asia occidental. Hay que tener en cuenta que los hititas se habían establecido en Anatolia hacia 1925 a. C. y que los kassitas se instalaron en Babilonia y los hurritas en Mitanni.Manetón sitúa la invasión en tiempos de un rey llamado Timaio y denomina a los invasores hicsos (v.). Seguramente Timaio es un nombre convencional, pues no encontramos huella de él en ningún monumento. Manetón traduce hicsos por reyes-pastores, de heka (jefe sirio) y shasu (nómada). Quizá la etimología erudita sería hekakhaset (príncipe del desierto). Estos nómadas no encontraron resistencia. Su irrupción supone la peor calamidad nacional que afligió a los egipcios antes de la invasión asiria. No hay relatos contemporáneos, pero en el futuro se aludirá a ellos como "la peste". Se establecieron en el nordeste y tuvieron su centro en Avaris. Desde aquí avanzaron hacia el sur. Según el sistema de Manetón los reyes indígenas vasallos constituyeron dos dinastías, la XIV y la XVII, con capitales en Xois y Tebas respectivamente. Los reyes hicsos formarían las dinastías XV y XVI. Anteriormente, durante la XIII dinastía hubo varias alternativas de unidad y división y uno de sus monarcas, Neferhotep, consiguió reinar en todo E. De los soberanos hicsos conocemos varios nombres claramente semíticos, como Kian Jacob-el y Jacob-baal; otros parecen hititas o asiánicos, como Apajnan o Bnon; algunos llevaron el nombre egipcio de Apopis. Los hicsos procuraron adaptarse a la cultura egipcia y no alteraron el sistema administrativo creado por los faraones. De todos estos reyes, el más conocido es Kian, que conquistó Palestina y gran parte de Siria. El cartucho con su nombre ha sido encontrado en Gebelein, al sur de Tebas, en un escarabeo de Gesu (Palestina), en un león de basalto descubierto en Bagdad y en una pieza de alabastro del palacio de Cnosos.Los príncipes de Tebas llevaron a cabo la liberación de E. Narraciones casi legendarias nos hablan de las luchas entre el hicso Apopis y Sekenenre, regente de Tebas. El último rey de este periodo fue Kamés o Kamosis, que arrojó a los hicsos y recuperó Menfis. En esta ciudad se coronó Ahmés 1 o Ahmosis, fundador de la XVIII dinastía en 1580.El esplendor cultural del [mperio medio quizá deba juzgarse mejor por las letras que por las artes. Los templos de la XII dinastía son numerosos, pero todos están bastante destruidos o enmascarados por construcciones posteriores. Se siguen usando los órdenes tradicionales más el hathórico, compuesto de dos o de cuatro cabezas humanas de la diosa Hathor. Los reyes de esta época eran enterrados en pirámides de adobes; algunas, como las de Abidos y Tebas, estaban construidas sobre una mastaba y en piedra. Destaca la tumba de Mentuhotep II en Deir-el-Bahari. La característica general del arte funerario de la época es la disminución en las proporciones.Lo más destacado del periodo tebano fue la literatura egipcia (v. XI), que conoció su época clásica. Durante el Imperio Nuevo se imitarán obras de esta época. La poesía era de dos tipos: sagrada, o de larga tradición, y profana, en la que a menudo se ponen en duda los valores humanos y se invita a los mortales a disfrutar de la vida. También se desarrolla algo la poesía profética. En este campo se proclama estoicamente la inutilidad de la riqueza en las tumbas, de las ofrendas y de las fórmulas mágicas. En prosa se asiste a un gran florecimiento del cuento; destacan la Historia de Sinuhé y el Cuento del náufrago. Todo ello demuestra que E. estaba a punto de llegar a su madurez.5. Imperio nuevo. Finalizada la expulsión de los hicsos, los reyes se enfrentaron con la gran empresa de reestructurar el país de una manera rápida. Se logró, junto a un auténtico renacimiento de la cultura y potencia egipcias y formando Ahmosis un Estado realmente nuevo, caracterizado por la conquista de un imperio asiático para prevenirse de una nueva invasión extranjera. Ahmosis (15801558) fue el gran reconstructor y el fundador de la XVIII dinastía. Restauró el culto en numerosos templos como prueba de agradecimiento a los dioses por las grandes victorias logradas en su expansión; mantuvo la capital en Tebas, ciudad de donde había partido el movimiento de reconquista, y casó con su hermana, Ahmosis Nefertari, cosa bastante frecuente entre los soberanos egipcios. Le sucedió su hijo Amenofis, quien se mostró más dadivoso con los templos que su padre, por lo que recibió un gran culto como lo demuestran los bellos frisos encontrados en Karnak.Muerto Amenofis sólo quedaba una joven heredera que era la princesa Ahmosis. Con ella se casó Tutmosis I (1530-1520), que así pudo convertirse en rey de una manera perfectamente legal, ya que era hijo de Amenofis y de una concubina. Tutmosis I llevó a cabo una gran política de expansión en la frontera oriental, ocupando Siria y llegando hasta el Éufrates. Impuso tributos a los vencidos, pero éstos se rebelaron posteriormente. Cuando murió Tutmosis I el problema sucesorio volvió a plantearse, pues de Ahmosis había tenido dos hijas solamente. La princesa heredera Hatsepsut se casó con un príncipe llamado Tutmosis, hijo de Tutmosis I y de una concubina. Siguieron una serie de problemas sucesorios bastante complejos y oscuros. Al parecer, cuando murió Tutmosis II (hacia el 1505 a. C.) dejó dos hijas legítimas y un hijo ilegítimo. Se utilizó el mismo sistema anterior, dando al hijo por esposa una hija de Tutmosis II y de Hatsepsut, pero como el heredero tenía pocos años quedó como regente Hatsepsut durante mucho tiempo (1505-1483). Resulta extraño que Tutmosis III, que tantas muestras de energía dio posteriormente, soportase durante tantos años la tutela de Hatsepsut. Ésta pretendía legitimar la usurpación utilizando el mito de la teogamia, en virtud del cual el dios Amón pasaba a ser su padre carnal y el que la había designado como soberana de E.; quiso incluso ser rey vistiéndose de hombre y adoptando los títulos tradicionales de los faraones. Durante la regencia de Hatsepsut se llevaron a cabo numerosas expediciones; se llegó hasta el país de Punt, según testimonian los relieves de Deir-el-Bahari.Cuando murió Hatsepsut (1483), Tutmosis III subió definitivamente al trono, iniciándose un reinado que iba a poner las bases auténticas del Imperio egipcio. Ordenó que el nombre de su antecesora fuera borrado de todos los monumentos y castigó a todos los hombres de gobierno que la habían ayudado. Gracias a los anales grabados en el templo de Amón (Karnak) se conocen las primeras campañas del nuevo faraón. Los dominios en Siria se habían perdido durante los reinados anteriores y los tributos impuestos por Tutmosis I ya no se pagaban; por otra parte, los príncipes sirios se habían confederado mandados por el píncipe de Kadesh, posiblemente un hitita. Los confederados organizaron dos grandes líneas de defensa, una a la altura del monte Carmelo y otra en Megiddo. El faraón los sitió en esta última ciudad y se rindieron al poco tiempo. De allí Tutmosis III avanzó hacia el Líbano y sometió gran número de ciudades. Nombró como príncipes de las ciudades vencidas a amigos de los egipcios y además tomó como rehenes a los hijos de los nuevos gobernadores. En tres expediciones consecutivas consolidó el poder egipcio en estas tierras y en una gran campaña desembarcó en Symra y tomó Kadesh, situada en la vertiente occidental del Orontes. En la siguiente campaña conquistó Hamah, Homs y Alepo y derrotó a sus enemigos en Karkemish, con lo que llegó al Éufrates. En las últimas campañas sometió Chipre y la costa de Cilicia. Los obeliscos de Karnak recuerdan estos hechos. En los últimos años del reinado, procuró organizar el poder egipcio en Nubia y llegó hasta más allá de la tercera catarata del Nilo. Murió en 1450 y su recuerdo no se borró nunca, pues había logrado reunir un Imperio que se extendía desde Napata, en Nubia, hasta el Éufrates.Tutmosis III ya había asociado al trono a su hijo Amenofis II (1450-1425) un año antes de su muerte. El nuevo faraón siguió la misma política que su padre, derrotó a los príncipes sirios en Chemesh-Edom y sometió con dureza a los siete príncipes del Tikhesi. Le sucedió su hijo Tutmosis IV (1425-1408), en cuyo reinado parece situarse el éxodo del pueblo judío, debido probablemente al fuerte sentimiento nacionalista egipcio y a que los judíos formaban una comunidad diferenciada.Amenofis III (1408-1372) realizó una política de amistad con los reinos asiáticos. Admitió como esposa a Gilukippa, hermana del rey de Mitanni, y casó a su hijo Amenofis IV con una hija del mismo rey, tras largas negociaciones. Los hititas conducidos por Subilulinma empezaban a representar un pelibro muy grave. Mitanni, Asiria y Babilonia se hallaban, no obstante, bajo la órbita de la influencia egipcia. La crisis con los hititas se avecinaba, pero el sucesor de Amenofis III, Amenofis IV (1372-1354; v.), esposo de la famosa Nefertiti, se mostró indiferente a las necesidades políticas del país y no emprendió nuevas campañas. Quiso imponer al país una auténtica revolución religiosa. Se trataba del culto a Ra o a Atón, cosa bastante antigua. El sol era adorado no como una figura humana o animal, sino como un disco luminoso. El faraón quería depurar y desarrollar este culto, para anular el poder cada vez más fuerte de los sacerdotes de Amón, y se produjo el cisma. Amón era un dios de origen hermopolitano elevado a rango principal con la XII dinastía al ser el dios de Tebas, ciudad promotora de la lucha contra lo hicsos, estaba considerado como la divinidad que había proporcionado las victorias que desembocaron en la gloria de la dinastía XVIII. Gran parte del botín se destinaba a los templos de Amón, con lo que sus sacerdotes se convertían en personajes de excepcional importancia. Amón había ganado importancia y se convirtió en un dios solar, casi en un dios universal dominador de todas las demás divinidades. Amenofis IV se enfrentó a este hecho trasladando la capital de Tebas, ciudad de Amón, a el-Amarna, que fue denominada Akhetaton (horizonte de Atón). El nombre de Amón fue borrado de los monumentos y el monarca se llamó Akhenaton `el amado de Atón’ (v. vct, 3).Las excavaciones de el-Amarna (v. TELL EL-AMARNA) han proporcionado abundantes materiales que permiten comprobar el esplendor que tuvo la nueva capital. A través de los Himnos del Sol es posible conocer algo de la nueva doctrina. El Sol era la fuente de donde surgía la vida; el astro era el que había creado y ordenado el mundo. Algunos han querido ver influencias extranjeras en el nuevo culto y ello quizá sea posible, si tenemos en cuenta que Amenofis IV era hijo y esposo de mujeres asiáticas. Atón era un dios para todos los pueblos y razas, el dios apto para una gran comunidad. El culto a Atón no debió arraigar en el pueblo con mucha fuerza, pues, tras la muerte del faraón, el culto de Amón se reestableció y la capitalidad volvió a Tebas. Del matrimonio entre Amenofis IV y Nefertiti habían nacido dos niñas: Menitaton, casada con Semenkhkare, y Ankesenpaton, casada con Tutankaton. Muerto Semenkhkare, Nefertiti hizo proclamar a Tutankaton. Éste vivió primero en el-Amarna, pero muy pronto se trasladó a Tebas, se reconcilió con los sacerdotes de Amón y tomó el nombre de Tutankamon. El soberano murió muy joven hacia el 1345 a. C.El sucesor fue Ai, funcionario en tiempos de Amenofis IV, que al parecer se casó con la viuda de Tutankamon, pero sin abandonar a su primera esposa, que siguió ocupando un lugar importante. El general Horemheb tuvo el poder en sus manos durante su reinado. Pese al éxito que coronó muchas de sus empresas, el Imperio en Asia se desmoronaba. Horemheb procedía de la pequeña nobleza del Alto Egipto. En la corte de Amenofis IV se convirtió en un personaje de gran prestigio. Cuando murió este faraón, colaboró con gran fuerza en la represión del cisma y ocupó un lugar muy importante durante el reinado de Ai. A la muerte de éste, un oráculo de Amón lo eligió como rey. Según él, Homs lo escogió para la dignidad de faraón y lo presentó al dios Amón en Karnak. Contrajo matrimonio con una princesa de la antigua familia real cuyo nombre era Mutnetdkhemet. Horemheb emprendió la reorganización del país y extirpó todos los residuos del cisma de Amenofis IV. Por otra parte, persiguió y castigó con denuedo la corrupción en la administración y en el ejército. Tras 20 años de reinado murió (ca. 1315) Horemheb, a quien se puede considerar el último faraón de la XVIII dinastía.El fundador de las dinastía XIX fue Ramsés I (1316 ó 1314-1312), del que no se conocen bien sus vínculos con la dinastía XVIII. Muy probablemente fue elegido por Horemheb, pues el cambio se produjo sin desorden alguno. Estos nuevos soberanos eran originarios de Tanis (v.). Ramsés I, antes de subir al trono, había realizado una brillantísima carrera militar y gozaba de gran popularidad. Empezó a reinar ya anciano y muy pronto se asoció en el trono a Seti I, su hijo, quien le sucedió.Seti I (1312-1298) fue un monarca guerrero por excelencia que reinó unos 14 años. En 1308 inició una campaña en Palestina y se apoderó de muchas ciudades. Pasó el Jordán, llegó hasta el Hauran, regresó por Fenicia a la que sometió y retornó a E. como un gran triunfador con multitud de prisioneros. Más tarde llevó a cabo una nueva campaña en el valle del Orontes, siendo el objetivo el mismo que en tantas campañas de soberanos anteriores: Kadesh, al N del lago Tiberíades. Allí se enfrentó con los hititas y logró vencer. El imperio de Tutmosis III se restablecía gracias a estos primeros soberanos de la dinastía XIX.Ramsés II (v.), hijo de Seti I, fue el sucesor, su reinado abarcó del 1301 al 1235. En Asia se estaba produciendo un gran movimiento de pueblos que representaba un peligro muy serio para el Imperio egipcio. Los hititas (v.) eran el enemigo tradicional, pero la colonización aquea quizá provocaba desplazamientos de hordas, que se incorporaban como mercenarios en los diferentes ejércitos de las grandes potencias. Ramsés II reclutó mercenarios de origen indoeuropeo. Los hititas, con muy buen criterio político, procuraron encauzar la fuerza de todos estos pueblos en movimiento lanzándolos contra el Imperio egipcio; Mursil II, p. ej., se alió con el rey del Ponto, o del país de Kizzuwadna; su sucesor Muwatalli se unió con el rey de Alepo. Se organizó una gran confederación en la que, además de los hititas y sus aliados, entraron personajes como los príncipes de Naharin, Karkemish, Kodi, Kadesh y Avad. Era una gran fuerza la que se enfrentaba a Ramsés II, pero éste quiso descargar el primer golpe y se situó en el valle alto del Orontes, a la altura de Beirut. Su objetivo era el tradicional: Kadesh, punto de gran importancia.El ejército egipcio se componía de cuatro divisiones, la de Ra, Ptah, Amón y Suteju, dotadas de muchos mercenarios libios y nubios; además contaba con tropas amorritas y shardanas, pueblo este último que llevaba una vida errante. Ramsés II, engañado por falsas noticias, creyó que los hititas habían abandonado Kadesh y se dirigió a esta ciudad con los shardanas y la división de Amón. Se situó al NO de Kadesh y creyó poder tomarla con gran facilidad. El ejército egipcio se encontraba dividido mientras la confederación de príncipes asiáticos seguía los movimientos de Ramsés II cerca de Kadesh. El faraón se dio cuenta de la emboscada demasiado tarde, pues las divisiones egipcias fueron atacadas en el flanco por las tropas hititas. Ramsés y su guardia personal realizaron un gran esfuerzo conteniendo al enemigo hasta la llegada de refuerzos. Los confederados fueron rechazados, pero Ramsés II no pudo tomar Kadesh. Las pérdidas fueron cuantiosas en ambos ejércitos y, a pesar de que Ramsés II se atribuyó la victoria, el resultado real fue incierto y, por tanto, moralmente victorioso para los confederados, que habían sabido resistir la invasión egipcia.Pocos años después (1278), Hattusil III, sucesor de Muwatalli, negoció la paz con los egipcios. Ello se debió no tanto al temor de una expedición egipcia, sino al poder creciente de un pueblo que iba a jugar un gran papel en el Próximo Oriente: los asirios (v. ASIRIA I). Del tratado hay extensas noticias en los jeroglíficos del templo de Amón en Karnak y en el santuario funerario de Ramsés II en la llanura de Kurnah. En Boghaz-koei (Bogazkale), también encontramos los términos del pacto. Éste es de paz y de alianza entre ambas naciones, y se parece en sus fórmulas a los tratados modernos. Se ratificó el pacto por el matrimonio de Ramsés II con una de las hijas de Hattusil, rey hitita que realizó una visita a E. con ocasión de la boda. Por primera vez, el Imperio egipcio reconocía a otra potencia como igual, y además la princesa extranjera no pasaba a ser una esposa de segundo rango como había sucedido hasta entonces, sino que era la primera esposa del rey y tomaba el nombre egipcio de Matnefru-Ra. Evidentemente, el poder hitita debía de ser muy considerable, y su influencia sobre las siempre inquietas poblaciones asiáticas, muy importante en la política del momento.Ramsés II, conocido por el Grande, realizó sin lugar a dudas una labor monumental, lo mismo en lo político que en lo militar. Su actividad constructora de templos también fue muy notable. No obstante, la decadencia había ya hecho presa en el país del Nilo; el intento fracasado de dominar en Asia demuestra que algo no marchaba bien en las estructuras egipcias. Los libios, siempre sometidos al Imperio egipcio, empezaron a establecerse en el Delta occidental.El sucesor de Ramsés II fue Merneptah (1234-1224). En Canaán se produjo una gran sublevación que Merneptah hubo de reprimir. Entre los pueblos vencidos figura Israel. La guerra llegó muy al sur, hasta Ascalón y Gaza. Los libios también se constituyeron en seria amenaza, pues se habían aliado a los "pueblos del mar". Estos pueblos, de excepcional importancia en la historia del Mediterráneo, estaban formados por un conglomerado de libios, tirsenos, aqueos, shardanas y otras poblaciones poco conocidas. Estas gentes recorrían el Mediterráneo oriental como piratas y eran un factor importante de desequilibrio en la política del Próximo Oriente. Atacaron Menfis (v.) y Heliópolis (v.), con lo que E. se encontraba en gravísimo peligro. Merneptah los rechazó, pero el Imperio estaba en franca decadencia y pobreza, empleándose incluso en la construcción de templos elementos sacados de otros monumentos. Cuando murió Merneptah se produjo una usurpación y ocupó el trono Amenmosis. Fallecido éste, le sucedió Merneptah-Spitah, que se había casado con la princesa real Tausert. De su reinado cabe destacar la construcción de las tumbas para él y su esposa. Fue depuesto por Seti II (1210-1205), seguramente perteneciente a la familia real, quien se casó con la esposa de su antecesor. Le sucedió Ramsés-Siptah, del que hay muy escasas noticias. Tras él vino una época de anarquía, semejante a la que se produjo en el periodo hicso hasta que Sethnaht, un militar, logró establecer el orden en el 1200 a. C.El nacimiento de nuevos Imperios como el hitita y el asirio y las oleadas incesantes de pueblos desplazados obligaron al Imperio egipcio a formar una pantalla protectora en Palestina, pero ni esto fue suficiente para evitar infiltraciones. Los pueblos del mar ejercieron gran presión. Era necesario trasladar el centro de gravedad del Imperio egipcio al Delta, pero el Alto Egipto siguió dominando políticamente y, siempre que se intentó dar un carácter mediterráneo al Imperio, se apartó de los faraones haciéndose más o menos autónomo.El reinado de Sethnaht fue muy corto, pues, tras restablecer el orden, dejó la corona a su hijo Ramsés III. Éste fue el último gran soberano del Imperio nuevo. Llevó a cabo varias reformas administrativas y sociales y dio al reino el esplendor que tenía en los s. XV o XIV. Tuvo que hacer frente a una serie de invasiones sumamente peligrosas y rechazó un ataque de los libios, aliados con filisteos y zekals. Éstos eran los sículos, procedentes del Egeo, en el que merodeaban como piratas. En 1190 a. C. se produjo una gran invasión, que se había iniciado en el norte de Asia Menor, quizá por la presión que ejercía el pueblo frigio llegado de Tracia. Los hititas cayeron y la oleada de pueblos llegó a Cilicia y el Karkemish, y de allí a Fenicia. Estas gentes se unieron a otras hordas dispersas en el país de Canaán. Ante ese alud de pueblos, Ramsés III actuó con energía, logró derrotar por mar a los invasores y realizó varias expediciones que llegaron al Orontes. La lista de pueblos vencidos es interminable, pero estas gentes detuvieron sólo momentáneamente su marcha hacia E. Los libios, dirigidos por el indoeuropeo Kaper, pusieron en un grave aprieto a Ramsés III hacia el 1180 a. C.Ramsés III cayó víctima de un complot. Le sucedió su hijo Ramsés IV, que castigó duramente a los que participaron en la conjura. En la corte de estos tiempos el número de personajes extranjeros era auténticamente sorprendente por lo elevado. El poder demasiado fuerte de los sacerdotes de Amón acabó por convertir al Estado en una teocracia.Tras la muerte de Ramsés IV comenzó un periodo muy largo, unos 80 años, de largas luchas familiares. Con Ramsés XI cada vez fue mayor la fuerza de los sacerdotes, pues Amenhotep intentó derribar al faraón, según parece. Ramsés XI fue destronado por Herihor, fundador de la XXI dinastía. En estos momentos podemos considerar que termina el Imperio nuevo, pues ya los soberanos egipcios no representaban papel alguno en la vida internacional de la época. La historia del reino se reduce a rivalidades políticas, que unas veces fueron intrascendentes y otras desencadenaron grandes guerras civiles. Tras la XXIII dinastía, E. quedó dividido en múltiples principados, entre los que destacaba el de Napata, fundado por los sacerdotes de Amón; este reinado llegaría a constituirse en Imperio al englobar los territorios comprendidos entre Abisinia y la primera catarata. (Para el periodo de las dinastías XXIV en adelante hasta la invasión persa, v. VIII, 2; SAIS; SARGÓNIDA, DINASTIA; ASURBANIPAL).Durante el Imperio nuevo, la religión egipcia alcanzó una organización que culmina en el dogma del gobierno del mundo por una tríada compuesta por Amón, Ra y Ptah, con tres grandes centros de culto: Tebas, Heliópolis y Menfis. Pero Amón adquirió poco a poco culto monoteísta y los demás dioses tendieron a ser meras formas suyas. No obstante, el pueblo prefería el politeísmo, como lo demuestra el débil apoyo popular que tuvo el intento de Akhenaton, tan puro filosóficamente.La política de expansión del Imperio nuevo lleva en sí misma un gusto por lo grandioso que se pone de manifiesto en la arquitectura y en las estatuas colosales de los templos. Junto al arte oficial y grandioso existe otro que recoge el gusto refinado de la clase alta, con obras tan bellas como las piezas salidas de los talleres de el-Amarna.Durante el Imperio nuevo se asiste también a un gran renacimiento literario. Poco sabemos de la prosa, a excepción de los documentos administrativos, pero en cambio la poesía alcanza cumbres insospechadas; especialmente destacan los himnos religiosos de Akhenaton dedicados al gran dios Atón, omnipotente y bondadoso, creador de la tierra "según su corazón".6. Dominación persa, griega y romana. En el 515 a. C., en Pelusiam, Cambises venció a Psamético III, iniciándose así la dominación persa sobre E. que duró 11 años. El sucesor de Cambises, Darío I (v.), respetó las costumbres egipcias y se atrajo al estamento sacerdotal. Sin embargo, el país se levantó con ocasión de la batalla de Maratón (490 a. C.), pero fue duramente castigado por Artajerjes I. Durante su reinado (465-424) tuvo lugar el levantamiento de libios y egipcios mandados por Inaro y Amiteo, los cuales derrotaron a los persas en Papremis, pero el envío de refuerzos persas sofocó la rebelión. Después de Isos, Alejandro Magno (v.) fue recibido como salvador de E., siendo fundada en el 301 a. C. la ciudad de Alejandría (v. ALEJANDRÍA III). Al morir Alejandro (323 a. C.) y repartirse su Imperio, E. correspondió a Ptolomeo Lagos. Éste creó la dinastía de los Lágidas (v. PTOLOMEOS) que duró hasta la época de la anexión romana del país. E. se helenizó profundamente, sobre todo en lo que se refiere a las clases altas. El griego pasó a ser la lengua de cultura, aunque el antiguo egipcio continuó como lengua litúrgica. Ptolomeo I Soler fundó la Bibl. de Alejandría y el Museo. Bajo su reinado se introdujo en E. el culto a Zeus Serapis. En tiempos de Ptolomeo Filadelfo fue escrita por Manetón la historia de E. Ptolomeo III Evergetes fue un gran protector de las artes y las letras. La dinastía de los Lágidas acabó en el reinado de Cleopatra VII (v.), la cual murió tras la batalla de Actium (30 a. C.). A partir de entonces E. se convirtió en provincia romana, una de las más prósperas del Imperio, y granero de Roma. El país adoptó pronto el cristianismo y fue un potente foco de herejías. Después del Conc. de Calcedonia (451; v.) se creó la Iglesia nacional egipcia o copla, dividida en melquitas (v.) y jacobitas (v.), cuyas disensiones permitieron que el rey persa Cosroes II ocupase el país sin resistencia (v. IV). V. t.: III; VII; VIII; XI.E. RIPOLL PERELLÓ.
BIBL.: E. DRIOTON y J. VANDIER, Les peuples de 1’Orient méditerranéen, II, 3 ed. París 1952; G. G. JEQUIER, Histoire de la civilisation égyptienne, París 1930; A. MORET, Le Nil et la cicilisation égyptienne, París 1937; J. VANDIER, Manuel d’Archéologie égyptienne, París 1952-64; J. VERCOUTTER, L’ Égypte ancienne, París 1957; W. WOLF, Le monde des égyptiens, París 1955; R. WEILL, La deuxième dynastie, en Les origines de l’ Égypte pharaonique, I, París 1908; W. S. SMITH, The Old Kingdom in Egypt, en The Cambridge Ancient History, I, Cambridge 1962; R. WEILL, La fin du Moyen Empire égyptien. Étude sur les monuments et 1’histoire de la période comprise entre la XII et la XVIII Dynastie, París 1918; W. H. F. PETRIE, Arts et métiers de 1’ancienne Égypte, Bruselas 1912; A. MORET, Rois et dieux d’Égypte, París 1922; W. C. HAYES, Egypt: international affairs from Tuthmosis I to the death of Amenophis III, en The Cambridge Ancient History, 11, Cambridge 1962; C. DESROCHES-NOBLECOURT, Vida y muerte de un faraón, Tutankhamon, Barcelona 1963; G. LEFÉVRE, Histoire des grands prêtres d’Amon de Karnak jusqu’à la XXI dynastie, París 1929.
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