Economia Indiana REL. NO CRIST.
Categoria:
Religión No Cristiana
1. Proceso de transformación. El desarrollo de la e. de las Indias españolas se caracteriza como un proceso que transcurre en buena parte entre fuertes tensiones, provocadas por la existencia de intereses diversos y a menudo antagónicos. Sobre una e. prehispánica, cuyo nivel varió de unas a otras regiones, incidieron las directrices de la política sustentada por España, que tendió a cambiar radicalmente su carácter. Pero la realidad americana se impuso en ocasiones a la política y se produjo inevitablemente una divergencia entre lo que se pretendía y lo que verdaderamente se podía lograr; entre los intereses del Estado y de los súbditos indianos; entre unas regiones y otras, hasta el extremo de crearse verdaderos antagonismos en las Indias.En éste proceso ocuparon un lugar destacado los metales preciosos, primer incentivo económico que se acusa cronológicamente en la empresa indiana. La política de la corona tendió en todo momento a estimular su búsqueda y extracción. La empresa colombiana se planteó en un principio, desde el punto de vista económico, como un negocio entre el almirante y los Reyes Católicos. En las Instrucciones que se le dieron para el segundo viaje la búsqueda de oro era tarea primordial y se reglamentaba minuciosamente. El primer medio para conseguirlo fue el rescate o intercambio por productos europeos, pero sólo fue autorizado a Colón y sus capitanes. Los restantes españoles que le acompañaban únicamente eran empleados a sueldo de la factoría comercial que se intentó establecer en la isla Española (Santo Domingo). Éstos, decepcionados, no insistieron cuando los indios aseguraron que ya no tenían más oro para rescatar. Fue necesario iniciar entonces la explotación sistemática de nuevos yacimientos, y para ello la corona envió técnicos desde España. La producción aumentó y el descontento de los colonos españoles excluidos de los beneficios también, hasta estallar en forma violenta en la rebelión de Francisco Roldán y producir el fracaso del régimen de factoría. Una nueva política de colonización fue iniciada con la llegada, en 1502 del gobernador Nicolás de Ovando (v.). Los yacimientos se siguieron explotando a ritmo intensivo, favorecido por la participación directa de los colonos que sólo debían entregar a la corona una parte del producto obtenido (en principio dos tercios que poco a poco se fue reduciendo hasta quedar en un quinto e incluso, en ocasiones, llegó a ser un décimo).El oro se agotó pronto en las Antillas, pero continuó siendo un factor importante en la penetración continental. El mito de Eldorado (v.) hizo recorrer a ritmo vertiginoso las actuales tierras de Colombia y Venezuela. La búsqueda de la sierra de la Plata impulsó la expansión del núcleo de Asunción en tierras donde el codiciado metal no se hallaría más que en el nombre: Río de la Plata. Las regiones donde abundaban los yacimientos se colonizaron rápidamente, pese a los obstáculos que la geografía ofrecía, y el núcleo potosino nació a más de 3.000 m. de altitud. Las minas impulsaron también a colonizar el misterioso norte del virreinato de Nueva España (México).Paralelamente al incremento de la colonización (v. COLONIZACIÓN II), el oro fue cediendo su lugar a la plata como base de las exportaciones del Nuevo al Viejo Mundo. Hallado en su mayoría en depósitos sedimentarios fluviales, se agotó rápidamente. Los yacimientos más ricos y persistentes hasta los últimos años del dominio español fueron los de Nueva Granada (Colombia). La plata en estado nativo o en forma de galenas u otros minerales argentíferos se encontraba en general en filones, de aquí que la minería se convirtiera en la fuente de producción más favorecida por la política económica. En principio, el subsuelo era propiedad de la corona, pero la explotación resultó más eficaz realizada por particulares, y se otorgaba al descubridor del yacimiento el derecho a explotarlo a cambio de entregar a la corona la parte estipulada. A partir de fines del XVI se concedía incluso la propiedad de la mina a condición de explotarla en forma continuada.Hubo un producto que la corona controló y distribuyó bajo una supervisión más directa: el azogue. Fue esencial en la minería argentífera al introducirse en ella el procedimiento de amalgama. Se usó por vez primera en las minas de Pachuca (México) por Bartolomé de Medina en 1552 y posteriormente en Perú. La innovación convertía el laboreo en operación más complicada, pero también más productiva, pues permitía aprovechar minerales de más baja ley. La minería mexicana fue en general abastecida de azogue desde España, pero la peruana contó con los ricos yacimientos de Huancavelica, cuya producción pasaba a poder de los oficiales reales mediante pago, para ser expedida después a los mineros de la plata. A través de este control sobre el azogue los funcionarios de la corona tenían un índice de la extracción de la plata para el cobro del correspondiente quinto real.En el s. XVI fueron descubiertos y explotados los más ricos filones de plata. La producción se mantuvo hasta mediados del s. XVII, en que empezó a decaer (más en Perú que en Nueva España). Las causas de esta decadencia no cabe hallarlas sólo en el agotamiento de los filones más ricos (en el XVII se descubrieron algunos muy importantes en Nueva España), sino que fueron más complejas y en ella influyeron también la falta de mano de obra, mala distribución del azogue, estado ruinoso de las galerías de algunas minas, etc.2. Comercio y transporte. Las Indias españolas eran el centro productor de metales preciosos que, exportados a España, permitirían obtener aquellos productos que no se daban en cantidad o calidad suficientes en ellas. La necesidad de este intercambio confirió un especial relieve al régimen comercial mediante el cual se verificaba. El comercio se reglamentó en beneficio de España, y durante los s. XVI, XVII y parte del XVIII su reglamentación y desarrollo estuvieron presididos por el principio de monopolio. Un solo puerto en la Península, primero Sevilla y después Cádiz a través de la Casa de Contratación (v.), centralizó el tráfico con América, donde también se centró en muy pocos puertos: Portobelo, Veracruz, Cartagena. Sólo excepcionalmente se autorizaba el envío de barcos a otros puertos desde España. La participación directa en el comercio también estuvo reservada a los españoles con exclusión de los extranjeros. Pero, de hecho, ni siquiera todos los españoles pudieron beneficiarse de él, pues el tráfico entre España y las Indias fue muy pronto acaparado por los grandes comerciantes de Sevilla, México y Lima, que agrupados en torno a sus respectivos consulados constituyeron una fuerza tan poderosa como para hacer prevalecer el comercio monopolista como único legal, aun cuando las circunstancias del XVII lo mostraban claramente inadecuado. Los fuertes intereses creados en torno a las citadas ciudades americanas dieron lugar a unos lazos de dependencia de otras regiones respecto a ellas y provocaron marcados antagonismos que aflorarían a fines del dominio español (rivalidad Lima-Buenos Aires, p. ej.). La contrapartida al rígido régimen de monopolio fue el desarrollo de un intenso contrabando que hizo que, al margen del comercio reglamentado, pudieran subsistir ciertas regiones menos afortunadas de las Indias: Buenos Aires o Venezuela, p. ej.El lograr unas condiciones mínimas de seguridad en el tráfico obligó a estructurar el sistema de transporte, de forma que encajó perfectamente con el régimen de monopolio. Las noticias acerca de las riquezas de las nuevas tierras se extendieron pronto por Europa y despertaron la apetencia de otros pueblos que habían sido excluidos de ellas. Ya a comienzos del XVI los mares que rodeaban la península Ibérica se hicieron inseguros para los barcos que regresaban de las Indias. Pero el peligro se hizo mayor al ser apresado por los franceses, en 1526, un piloto español de la ruta o carrera de Indias que les proporcionó el conocimiento de ella. Para evitarlo, se procuró organizar el transporte en comboyes protegidos que culminarían en 1561 con el establecimiento definitivo del régimen de flotas. Todo el tráfico se realizaba a través de ellas, integradas por barcos mercantes, bajo la protección de otros de guerra. En principio, salían dos veces al año indistintamente para México y Tierra Firme (costa norte de América del Sur); más tarde, cada flota iba a uno de estos lugares. Los puertos terminales eran respectivamente Veracruz y Portobelo, donde a la llegada se celebraban las ferias de Jalapa y Portobelo, en las que tenía lugar el intercambio de los productos europeos por los metales americanos. A medida que avanzó el siglo, la flota de Tierra Firme hubo de reforzar su protección, pues la fama de las riquezas del virreinato peruano transportadas en ella la hicieron blanco predilecto de los ataques de corsarios y filibusteros. Esta protección constituida por varios galeones le dio nombre: los galeones, reservándose el de Flota exclusivamente para la de Nueva España o México.La vuelta a España la hacían juntas, reuniéndose en La Habana. A partir de mediados del XVII la periodicidad de las Flotas y Galeones se hizo irregular y estuvo en función de la situación bélica. El número de barcos mercantes integrados en ellas no aumentó en proporción al desarrollo de la población indiana. Este aparente estancamiento del comercio se debió al desarrollo de ciertos productos que se daban ya en América, y en buena parte también a que el contrabando satisfacía la demanda del mercado colonial.3. Agricultura y ganadería. En el sector rural la presencia española provocó también cambios notables. Los colonos deseaban seguir alimentándose al "uso europeo" y para ello procuraron la aclimatación al Nuevo Mundo de plantas y animales. En las zonas de altas culturas prehispánicas ya se había desarrollado la agricultura al llegar los españoles, incluso en algunas se habían logrado notables avances en materia de irrigación. La aportación española se puso de manifiesto en la traída de nuevos productos, cuya aclimatación no siempre fue fácil; en el trasplante de productos americanos, no sólo a Europa, sino de unas regiones a otras en las Indias; en la introducción de métodos técnicos europeos. Hubo algunos intentos de colonizar con labradores españoles, pero éstos, ya en el Nuevo Mundo, cambiaban de ocupación y dejaban las duras faenas agrícolas en manos del indio. Fue éste el que hubo de realizar la transformación del panorama agrícola, tanto más cuanto que el encomendero solicitaba el pago del tributo en productos europeos a ser posible. Pero a la vez, el indio siguió con sus cultivos tradicionales que fueron la base de la alimentación en amplias zonas de predominio indígena.El desarrollo de la agricultura no dependió únicamente de las condiciones climáticas, sino que estuvo influido por la política económica. Mientras se restringió el cultivo de productos que podían competir con los españoles (vid y olivo), se fomentó el de otros que tenían buen mercado en Europa (productos tropicales).Con base en estos últimos se desarrollaría una de las manifestaciones más típicas de la agricultura en el s. XVII: la de plantación (azúcar, cacao).Si la agricultura tenía una base prehispánica, la ganadería es netamente una aportación española, pues la América prehispánica la desconocía prácticamente. Su desarrollo fue favorecido por la existencia de enormes extensiones de pastos; por la propia Naturaleza, que hizo proliferar extraordinariamente al ganado lanar, vacuno, caballar y de cerda; y por la psicología del indio, que se adaptaba muy bien al oficio de pastor. El ganado se extendió por todas las Indias y su único límite lo puso la Naturaleza en forma de selva tropical, puna andina o áridos desiertos. La institución de la Mesta (v.) se estableció en Nueva España (1529). Pero la excesiva proliferación desvalorizó el ganado, cuyo aprovechamiento no fue muy racional hasta el s. XVIII, en que se industrializaron algunos de sus productos.Agricultura y ganadería están relacionadas con el régimen de propiedad rural. Las tierras del Nuevo Mundo, excepto las que los indios poseían y cultivaban en régimen comunal, se consideraron pertenecientes a la corona. La aportación española fue el paso de la propiedad comunal indígena a la privada, aunque la comunal subsistiría vinculada al municipio. La propiedad privada tuvo su origen en los repartos de tierras que la corona o sus representantes hacían en beneficio de los españoles que se habían distinguido en la empresa indiana. La fundación de una ciudad iba acompañada del reparto de solares, usando como unidades la peonía y la caballería o tierra necesaria para sustentar a un peón (infante) o a un caballero. La medida no era fija, sino que dependía de la riqueza de la tierra. Pero lo que confería valor a ésta era el disponer de mano de obra para labrarla, conseguida en parte gracias a la encomienda (v. REPARTIMIENTOS). Al incrementarse la población y crecer la demanda de productos agrícolas la tierra se revalorizó, tanto más cuanto que su posesión estaba estrechamente ligada a la idea de prestigio social. La redistribución de la población indígena dejó, por otra parte, muchas tierras vacías que los españoles se apresuraron a ocupar, con o sin título para ello. No fue extraño que los indios, si permanecían en ellas, fueran obligados a marcharse. A fines del s. XVI la corona decidió revisar el derecho a estas propiedades y ofreció la posibilidad de legalizarlas mediante el pago de una cantidad o composición a la Hacienda. Con ello se estabilizó de derecho el régimen de latifundios, que ya se había iniciado de hecho.La gran propiedad adoptó dos manifestaciones principales: La gran hacienda y la plantación, nacidas ambas a expensas de tierras comunales de indios o de municipios. La primera, unidad agrícola-ganadera, se complementaba con algunas industrias subsidiarias que la convertían en económicamente autárquica, con una economía cerrada. El hacendado, cuya personalidad social gozó de gran prestigio, llegó a ser de hecho un auténtico señor feudal, cuyo poder se enfrentaba a un Estado que paulatinamente se iba debilitando y descentralizando a lo largo del s. XVII. En la plantación se acusaron más los rasgos de una e. capitalista. Su explotación requería inversión de capital y sus productos, un mercado exterior.4. Industria. Otra faceta interesante y discutida de la e.¡. fue la política seguida respecto a la industria. En general no llegó a adquirir el auge que otras manifestaciones de la vida económica, salvo dos excepciones: la industria minera y la azucarera, surgida esta última en torno a la agricultura de plantación. El desarrollo industrial fue obstaculizado por diversas circunstancias. En primer lugar no existía una tradición industrial fuerte en el mundo prehispánico; a lo sumo, una artesanía destinada en su mayor parte al consumo de lujo (excepción fue la industria textil en el Perú). Por otra parte, durante el dominio español se dieron las condiciones que han predominado después en las naciones independientes: mayor potencial en materias primas que en capitales a invertir en su explotación, agravada esta última por la mentalidad que confería mayor prestigio social a la inversión en propiedades, oficios públicos o títulos nobiliarios. Finalmente, el contacto con posibles mercados era difícil: respecto a Europa, por el régimen de monopolio comercial; y en cuanto al local, el bajo respaldo económico de la mayoría de la población frenaba su poder adquisitivo. A estos factores se añadió la política española, que sólo muy a comienzos de la colonización (Reyes Católicos a Carlos V) tendió a sostener, e incluso a fomentar, la industria indiana para que satisfaciese la demanda del mercado, pues el aumento de ésta había hecho subir mucho los precios en España. A partir de Felipe II se procuró que las Indias fuesen el mercado de los productos industriales españoles y se restringió el desarrollo de la industria en América, restricción acentuada por la influencia de los gremios que temían que el exceso de producción pudiera desvalorizar ésta. Poco a poco cobraron vida algunas industrias: textil (seda en principios y después lana), derivadas de la ganadería (sebo, cueros) e industrias de transporte (astilleros, carretas).5. El siglo XVIII presencia modificaciones importantes en la e.¡. En líneas generales la explotación de los recursos naturales tendió a mejorar, por el avance de la técnica. Pero además se procuró estructurar la e. más racionalmente y de acuerdo con las circunstancias locales. Las innovaciones provocaron un nuevo desajuste que repercutió en la independencia.La agricultura vio revalorizados los productos de zona templada, para los cuales ya había demanda en el mercado europeo, como consecuencia del incremento de población. No significa esto que los cultivos tropicales se abandonasen, pero a ellos se añadieron los que indicamos. En cuanto a la ganadería, su auge continuó, sobre todo en torno a la hacienda, pero lo más destacado del s. XVIII fue un mejor aprovechamiento de sus productos, que tendieron a industrializarse y proporcionaron la base para un intercambio por productos españoles en regiones americanas donde no existían metales preciosos. Para facilitar su salida se hizo necesario un mejoramiento en los medios de comunicación, y la América de los Borbones presencia un gran incremento en la construcción de caminos y acondicionamiento de puertos. Se procuró fomentar la comunicación entre las diversas regiones americanas y de éstas con España. El tráfico se hizo más de acuerdo con la geografía, pero el cambio provocó la reacción y resistencia de aquellas regiones que tradicionalmente habían polarizado la vida económica de las Indias, gracias a su abundancia en metales preciosos y a la peculiar organización del comercio.Respecto a la minería, aunque sin volver a recuperar la brillantez del s. XVI, experimentó cierta recuperación al aplicarse a ella los avances de la ciencia mineralógica del XVIII. Se llevaron técnicos, incluso extranjeros, para mejorar los sistemas de explotación. El florecimiento de la minería se acusó más en Nueva España que en Perú (la decadencia también había sido menor en la primera que en el segundo) y el poder de los mineros se reforzó al crearse el Tribunal de Minería de Nueva España, que desempeñó el papel de una auténtica fuerza capitalista. También se tendió a la preparación técnica de los futuros mineros (Colegio de Minería de México y Academia de Metalurgia y Arte de beneficiar metales de Potosí). A facilitar el crédito a los mineros tendió el Banco de Rescate de Potosí.Donde más se acusó el espíritu reformista del XVIII fue en el comercio, en el que progresivamente se tendió a sustituir el régimen de monopolio por el de libre comercio. América ya no sería sólo el centro productor de metales preciosos, sino también el mercado para los productos españoles. Se procuró sustituir el régimen de monopolio, de hecho roto a favor de extranjeros (tratado de Utrecht) por una liberalización que permitiera la participación en los beneficios del tráfico mercantil a mayor número de españoles. Para ello se procuró una simplificación en los trámites fiscales, pero haciéndolos a la vez más eficaces; unas tarifas proteccionistas para ciertos productos, puertos y medios de transporte; un fomento de la industria española, sobre todo la naval; y, en fin, una organización del tráfico, de modo que todas las regiones americanas pudieran ser abastecidas cómodamente desde España, haciendo desaparecer el incentivo que ofrecía el contrabando. Para ello el sistema de Flotas cedió paso al de barcos o registros sueltos, después de un inútil intento de modernizarlo (Proyecto de Galeones de 1720). En 1765 cesaba totalmente el régimen de Flotas y se iniciaba la apertura al comercio directo de una serie de puertos, tanto en la Península como en América. Poco a poco el área geográfica de esta liberalización se extendió a otras regiones americanas hasta culminar en 1778 con el Reglamento de Comercio Libre.Paralelamente a esta reforma del régimen comercial se acudió a otros medios para incrementar el tráfico: creación de compañías comerciales por acciones, establecimiento de nuevos consulados de comercio. A las primeras, se les otorgó el monopolio en el tráfico de ciertos productos o regiones, a cambio de determinados servicios a la corona y de fomentar el desarrollo económico de la zona sobre la que operaban. En cuanto a los consulados, el Reglamento de Comercio Libre aconsejaba su implantación y muy pronto surgieron sobre todo en los puertos que se abrían a la actividad comercial sin restricciones. Estos consulados ofrecían diferencias marcadas con los ya existentes de México y Lima y no respondían a la política de monopolio, sino que en ellos se agrupaba mayor número de comerciantes, en gran parte peninsulares que llegaron atraÍDos por las perspectivas que el nuevo régimen comercial podía ofrecerles y cuyos capitales eran también más pequeños. La actividad de los nuevos consulados no se limitó únicamente al comercio, sino que se orientó hacia el fomento de la e. en general. Su papel recuerda a los futuros Ministerios de Fomento más que a entidades meramente mercantiles. Otra institución típica que habría de proyectarse hacia una mejor explotación de las posibilidades económicas fueron las Sociedades Económicas de Amigos del País que proliferaron en la América española al igual que en la Península.El resultado de estas transformaciones de la e. se acusó en un cambio de los polos de gravitación económica de la América española. Regiones consideradas como pobres, por no poseer metales preciosos, y hasta cierto punto postergadas durante dos siglos de dominio español, como Venezuela o el Río de la Plata, pasaron a primer plano con todo el auge de su creciente desarrollo. El tráfico de América del Sur escapó al control de Lima y el antagonismo Lima-Buenos Aires se acentuó. Pero incluso en las regiones favorecidas y ahora más vigorosas se acusó un cierto malestar, pues evidentemente la administración imperial borbónica se había hecho más racional, pero también más eficaz y los lazos de dependencia con la metrópoli y el centralismo del Estado eran más fuertes que con la decadente dinastía austriaca. Era suma, la e. de la América española en los últimos años de dominio español seguía transcurriendo entre tensiones y juego de fuerzas, como ya indicamos al comienzo.E. RODRÍGUEZ VICENTE.
BIBL.: J. PÉREZ DE TUDELA, Las Armadas de Indias y los orígenes de la política de colonización (1492-1505), Madrid 1956; E. 1. HAMILTON, El florecimiento del capitalismo y otros ensayos, Madrid 1945; C. H. HARING, El comercio y la navegación entre España y las Indias, México 1939; M. BARGALLO, La minería y la metalurgia en la América española, México 1955; R. CARANDE, Carlos V y sus banqueros, Barcelona-Madrid 1943-49; P. CHAUNU, Séville et l’Atlantique (1504-1650), París 1955-56; M. E. RODRÍGUEZ VICENTE, El Tribunal del Consulado de Lima en la primera mitad del siglo XVII, Madrid 1960; G. CÉSPEDES DEL CASTILLO, La avería en el comercio de Indias, Sevilla 1945; E. SCHÁFER, Comunicaciones marítimas y terrestres de las Indias españolas, "Anuario de Estudios Americanos" III, Sevilla 1946.
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