Doré, Paul-Gustave
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Biografía GER
Pintor, dibujante y grabador francés n. el 6 jun. 1833 en Estrasburgo. Artista precoz, a los 13 años hacía litografías; a los 17 fue nombrado colaborador del Journal pour rire, de París; protegido por el bibliófilo Paul Lacroix se dedicó desde 1852 a la ilustración de libros (v.), comenzando con las Obras de Rabelais y aunque el romanticismo (v.) declinaba ya, se vivifica con este ilustrador genial al que se ha considerado como el último y más grande de los románticos, sin duda porque expresa como ellos el gusto de lo misterioso, por los contrastes violentos, por el sentimiento dramático; según T. Gauthier, poseía el don de mostrar el lado secreto y singular de la naturaleza, de ver las cosas por su lado grotesco, fantástico y misterioso. En 1854 publica Bry las Obras de Rabelais que D. ilustra imponiéndose como maestro; siguen los Contes drolatiques (Cuentos picarescos) de Balzac (1855), una de sus obras más geniales; la Légende du Juif errant ( 1856) donde inicia sus impresionantes grandes láminas; el Infierno de Dante (1861), que marca el punto culminante de su genio; siguen entre muchas obras Le roi des montagnes de E. About (1861); los Cuentos de Perrault (1862); el Quijote (1863) otra obra excepcional, "que por la notable compenetración con el texto compite en interés y belleza con la ilustración del Dante" (F. Calot); el Paraíso Perdido de J. Milton ( 1865), la Biblia (1866), las Fábulas de La Fontaine y su "canto del cisne", el Orlando furioso de Ariosto (1879). También conviene citar las ilustraciones del Viaje por España del barón de Davillier ( 1823-83). Sus ilustraciones las realizaba generalmente con pincel, al lavis o aguatinta y los grabadores hubieron de inventar técnicas especiales para traducirlas con exactitud, pasando del grabado en madera al trazo al grabado de mancha: sobresalen en este grupo de artistas H. Pisan y A. y S. Pannemaker. Las ilustraciones de D. sirvieron para ediciones monumentales en todos los países y lenguas; en España, las de Montaner y Simón. M. en Estrasburgo el 23 jun. 1883.V. t.: ILUSTRACIÓN DEL LIBRO: GRABADO.
BIBL. : B. ROOSEVELT, Life and reminiscences of Gustave Doré, Londres 1885; V ALMY-BAISSE, Gustave Doré, París 1930; M. SANDER, Les livres illustrés français du XIX siècle, París 1924; P. GUSMAN, Les graveurs sur bois en France au XIXe, París 1929; E. DACIER, La gravure française, París 1944; M. ROMERA NAVARRO, Interpretación pictórica del "Quijote" por Doré, Madrid 1946.
M. LÓPEZ SERRANO.
DORIOS
I. Historia. II. Lengua: v. INDOEUROPEOS II.
I. HISTORIA. Origen. A un grupo de las invasiones indoeuropeas en Grecia hacia el 1100 a. C. se les identifica con los d. A esta invasión doria aluden varias leyendas, que narran el retorno de los heráclidas y la llegada de los d. a suelo griego, que, a juzgar por el análisis mitológico, son un producto de la propaganda doria. Los d. no traían de su patria de origen grandes mitos y al afincarse en el suelo del Peloponeso se apropiaron de Heracles, personaje heroico del mundo micénico, que fue considerado como héroe auténticamente d. Según este mito, el rey Egimio, padre de Doros, héroe epónimo de los d., solicitó ayuda de Heracles, al ser atacado por los centauros. En agradecimiento a la ayuda prestada, Egimio nombró heredero, en compañía de sus propios hijos, al hijo de Heracles llamado Hyllos, que era el héroe epónimo de la tribu doria de los Hylleos; este mito justifica la posesión, por parte de los d., de las tierras del Peloponeso. La leyenda recoge también otras muchas aventuras de los hijos de Heracles motivadas por la persecución del rey de la Argólide, Euristeo, hasta que el oráculo de Delfos indicó, finalmente, cuándo podían establecerse de nuevo en el Peloponeso. Su lugar de procedencia se sitúa en el Epiro, aunque la arqueología no ha suministrado, hasta el presente, pruebas fehacientes del lugar de origen.
Expansión. Al parecer un repentino cambio de clima en la Europa septentrional y central obligó al desplazamiento a regiones más cálidas a los habitantes de la cuenca central del Danubio. Los ilirios empujaron a las estirpes griegas que habitaban la costa de la actual Yugoslavia desde la primera mitad del II milenio a. C. Los d. habitaban Epiro y Etolia con las laderas del monte Pindo, siendo Dodona su santuario consagrado a Zeus. El nombre significa "1os que combaten con lanzas", y como tales los representan armados las pinturas de la cerámica geométrica. Desde el Epiro descendieron los d. a Acarnania, en la costa adriática. Poco antes de la guerra de Troya, según la leyenda, se coloca la primera tentativa de penetración doria en el Peloponeso en pequeños grupos, logrando apoderarse de las llanuras occidentales. Se agruparon preferentemente sobre los valles del Peneo y del Alfeo. Un siglo después, según la tradición, tiene lugar su retorno. Una segunda oleada doria descendió por los valles del Aqueloos y del Eveos. Algún grupo se afincó en las comarcas que de ellos recibió el nombre de Dóride, al sur del monte Oeta. La mayoría descendieron hasta el Peloponeso, ocupando Sición y Fliunte, una banda se fijó en Epidauro, de donde en el s. VIII a. C. algunos se pasaron a Egina, mientras otros se mezclaron a los aqueos de Trezene. La Argólide debió ofrecer a los invasores una tenaz resistencia. Micenas fue destruida y la parte baja de Tirinto se convirtió en cementerio. Bandas d. atravesaron la Terasia conducidas por Aristódemos y penetraron en Laconia; fundando Esparta. Después se extendieron por el mar, sometiendo algunas islas como Melos, Tera, Astipalea, las Esporadas (Cárpatos, Rodas y Cos), desde donde saltaron a la costa sur de Caria; Halicarnaso y Cnido son las dos principales ciudades dorias de esta región. En Panfilia igualmente hubo asentamientos de d. Faselis fue la capital de la región. Creta fue también ocupada por los d. La isla, famosa por los viñedos y olivares, adoptó la Constitución doria de Esparta y fue gobernada por una oligarquía con. servadora, donde la monarquía quedó reducida al sacerdocio de Apolo Carneios. El problema del exceso de población lo solucionó la isla con el envío de colonos a la costa de Africa. Los d. llegaron a Chipre, donde las ciudades de Lapatos y Curium eran dorias. La primera enteramente, la segunda sólo en parte. Los d. no tendieron a formar grupos compactos, salvo en las proximidades del santuario erigido en el cabo Triopión. Quedaron siempre aisladas en la mayor parte de estas ciudades, en medio de tribus hostiles, lo que les obligó a conservar muchos rasgos arcaicos de su Constitución. Sin embargo, no ocuparon toda la península del Peloponeso, ya que no conquistaron ni Arcadia ni Mesenia.
Una tercera oleada doria abandonó las tierras de las proximidades de Dodona y ocupó el valle del Peneo afincándose en una gran llanura, en la Tesaliótide, nombre que después se extendería a toda la región. Una tribu penetró hasta el Monte Oeta. Los naturales quedaron replegados en los pasajes montañosos, sobre la costa oriental y hacia el S, formándose de este modo una zona de países vasallos, que comprendía Ftiótide, Magnesia y Pelasgiótide. Otros se dirigieron a Eubea; hordas dorias penetraron también en Beocia, donde los habitantes de Tebas debieron ofrecer una resistencia fuerte. Orcómenos mantuvo su independencia durante mucho tiempo. Otras bandas dorias ocuparon la Fócide, llegando hasta el santuario de Delfos y un pequeño grupo se estableció en las fuentes del Cefiso, al sur del monte Oeta. Esta región fue considerada por la influencia del santuario de Delfos como la Dóríde por excelencia.
Hacia el 900 a. C. algunos d. del Peloponeso se corrieron hacia el N apoderándose de Corinto. Uno de sus jefes, Aletes, se apoderó de la acrópolis. Otro caudillo dorio conquistó la Nisea micénica, que tomó el nombre de Megara. Al parecer toda esta región la ocuparon los d. viniendo desde el S, ya que parece que la península del Peloponeso la ocuparon desde el mar, partiendo del golfo de Manlia.
Estratificación social. Los d. se dividían en tres tribus, los Híleos, nombre que tiene raíz iliria, los Panfilos, que indica que era un pueblo entremezclado con otras gentes y los Dimanes, tribu que formaban los d. auténticos. Los d. trajeron a Grecia la lengua griega con diferencias dialectales. En sentido estricto se aplica el nombre de d. sólo a las estirpes que se establecieron en la Argólide, Lacedemonia y en las islas del Egeo meridional. La invasión doria, que no fue sola, sino que fue acompañada de otros muchos corrimientos de pueblos sobre el suelo griego, tuvo lugar a lo largo de muchos años y significó un cambio radical en el mapa étnico y lingüístico de Grecia. El Ática no fue anegada por esta oleada de invasiones.
Consecuencias culturales de la invasión doria. La invasión d. consolidó definitivamente el proceso de indoeuropeización de Grecia (V. GRECIA IV). Significó también un profundo cambio político, económico y social, como lo indican la destrucción de las ciudades micénicas, sin embargo, no aportó ningún cambio cultural, ni racial, ya que culturalmente los d. eran inferiores a los pueblos que sometieron, pero sí aportaron el vigor de las razas primitivas al mundo micénico en proceso ya de desintegración. Con la llegada de los d. coincide la introducción del hierro en Grecia. Las cerámicas de la última fase micénica evolucionaron paulatinamente hasta desembocar en las cerámicas protogeométricas de la primera Edad del Hierro, pero la emigración doria no aportó tipos nuevos. La población griega se fusionó rápidamente con las invasiones. En Tesalia, Creta y Esparta los recién llegados oprimieron a los naturales y constituyeron la casta dominante. En Corinto, Sición y Argos por el contrario, se mezclaron pacíficamente con las poblaciones. Coincide con la llegada de los d. la introducción del hierro, la incineración de los muertos, introducida muy probablemente desde la Europa Central. Los d., como la mayoría de los griegos, continuaron con los ritos de inhumación. A partir de esta época aparecen, a diferencia de la época micénica, con mayor frecuencia cada vez, armas en las tumbas. Todos los griegos iban armados. El ejercicio de las armas, desde la invasión d., era el patrimonio de todos los hombres libres. Muy posiblemente la descripción de_ la corte de Alcínoo, rey de los feacios, en la Odisea, corresponde al estado de cosas creado a partir de la llegada de los d. y la desintegración política, y social de la civilización micénica. El rey Alcínoo es un primus inter pares, entre doce reyes, que se encuentran a su alrededor. La monarquía dejó de ser hereditaria y se convirtió en electiva, y sus funciones se limitaron a un número determinado de años.V. t.: EGEO II; GRECIA VII, 3; GRECIA IV, 1.J. M. BLÁZQUEZ MARTÍNEZ.
BIBL.: Fuentes: HER6DOTO, Historia 1,56; 6,53; HOMERO, llíada 2,587,602,668,671,680; ÍD, Odisea, 3,6-7; 19,177; PÍNDARO, Píticas 1,66; ESTRABÓN, 9,1,7; TIRTEO, Exhortaciones 2; TUCÍDIDES, Historia de la guerra del Peloponeso, 1,107; 3,92; 4,42,2. Estudios: C. STARR, The origins of Greek Civilization 1100650 B. C., Londres 1962; V. R. D’A. DESBORDUGH y N. G. L. HAMMOND, The end of Mycenaeam Civilization and the Dark Age, Cambridge 1964; F. H. STUBBINS, The Recession of Mycenaean Civilization, Cambridge 1965; A. JARDÉ, La formación del pueblo griego, Barcelona 1963.
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