Domenichino (Domenico Zampieri)
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Biografía GER
Pintor italiano, personalidad muy destacada en el ambiente clasicista romano-boloñés de la primera mitad del s. XVII y maestro ideal del idealismo poussiniano. N. en Bolonia el 21 oct. 1581, se educa primero con Denis Calvaert y luego en la Academia carracciesca, colaborando con Ludovico Carracci (v.) en alguno de sus ciclos boloñeses. Pasa luego a Roma, donde colabora con Aníbal en sus obras de mayor empeño, tales como la Galería Farnesio y la capilla Herrera en Santiago de los Españoles (1602-07). En sus primeras obras independientes (frescos mitológicos en la Villa Belvedere, en Frascati, hoy en Londres, National Gallery) se muestra como el mejor y más hondo seguidor del severo clasicismo arcádico de su maestro. Sólo puede señalarse un experimento caravaggiesco (Liberación de S. Pedro, 1604, Roma S. Pedro ad vincula) que señala su curiosidad por un estilo que le es profundamente ajeno. Su creciente estimación en los medios romanos se pone de manifiesto en la serie casi ininterrumpida de encargos importantes. En 1608 el gran fresco de la Flagelación de S. Andrés, en S. Gregorio al Celio, en competencia con Reni. En 1610 los frescos de la abadía de Grotaferratta con la leyenda benedictina de S. Nilo, y hacia 1614 las historias de S. Cecilia en S. Luis de los Franceses, una de sus obras más equilibradas y simpáticas, a la vez que más sabiamente compuesta. En 1614 alcanza su mayor éxito con la Comunión de S. Jerónimo (Museo Vaticano) inspirada en la homónima de Agostino Carracci, pero donde la potencia, un poco pesada del modelo, se adelgaza en un sapientísimo equilibrio y una claridad, que fueron, desde muy pronto, vistos como magistrales. En 1617 pinta, por encargo del Card. Aldobrandini, la Caza de Diana, que se apropia el Card. Borghese (Galería Borghese) y que presenta uno de los polos de más gozoso paganismo en toda su obra. En esos años, D. está en estrecho contacto con Mons. Gian Battista Agucchi, consejero de los Aldobrandini y los Ludovisi y figura de enorme importancia en el clasicismo naciente y en la génesis de una teoría del arte como equilibrio entre idea y naturaleza que encuentra en D. decidido entusiasmo. Su interés por el paisaje, derivado también en Aníbal Carracci, ofrece ejemplos bellísimos del tipo llamado heroico o ideal, en que la naturaleza se ordena rítmicamente bajo una luz serena y casi abstracta, amplísimo escenario para una diminuta acción mitológica (Hércules y Acheolo, Museo del Louvre) o religiosa (La Huida a Egipto, Louvre). Entre 1624-28 realiza los grandes frescos del ábside y las pechinas de la cúpula en S. Andrea della Valle, en Roma, en un momento en que su estilo se impregna de un deseo de amplitud y monumentalidad dinámica en las formas, que señala el punto de máxima aproximación a lo barroco en toda su obra. En los años siguientes realiza en Roma algunos otros frescos de importancia (S. Carlo al Catinari, 1628-30) y algunos grandes lienzos de altar (Martirio de S. Sebastián, Roma, S. María de los Ángeles). Llamado a Nápoles para la pintura de la capilla de S. Genaro en la catedral de esta ciudad, la violenta rivalidad hostil de los pintores napolitanos, en contraste con su salud escasa y su espíritu apocado, amargaron sus últimos años, provocando crisis nerviosas de terror (huyó de Nápoles más de un año, en 1634) y minando su salud. M. en Nápoles el 6 abr. 1641.Hombre delicado, de sensibilidad exquisita y frágil, excelente músico y matemático, representa quizá, sobre todo en las obras maestras de su primera madurez, el punto más alto del mesurado clasicismo, equilibrado y sabio, que contrapuso por mucho tiempo su arcádica dignidad al apasionado y dinámico barroco de la generación siguiente. Fue además el verdadero maestro de N. Poussin (v.), que lo estimaba tanto como a Rafael, y uno de los modelos ideales del neoclasicismo, que copió hasta la saciedad sus composiciones.BiBl.: E. BOREA, Domenichino, Milán 1965 (con la bibl. anterior); R. E. SPEAR, Recensión al libro de E. Borea, "The Art Bulletin" (1967) 360 y ss.**AUA. E. PÉREZ SÁNCHEZ.
**BIODOMICIANO, TITO FLAVIO
Emperador romano (81-96). N. el a. 51. Se distinguió en Roma durante el a. 69 luchando en nombre de su padre, Vespasiano (v.), contra los partidarios de Vitelio. Pudo salvarse con dificultad en la represión subsiguiente. Proclamado su padre Emperador, fue nombrado César como su hermano Tito (v.). Desempeñó un importante papel político durante los primeros días del a. 70, antes de la llegada de su padre a Roma. En los años siguientes vivió en el anonimato, hasta la muerte de su hermano.
Emperador. No parece que el reconocimiento de D. como sucesor de Tito provocara dificultades. La acusación de haber envenenado a Tito es una calumnia recogida por la historiografía senatorial. Su alejamiento de la vida pública, unido a cierta soberbia que manifestó ya en la adolescencia, provocó en él un especial resentimiento. Su temperamento rígido, sin capacidad para componendas, y su visión sistemática de las tareas del Estado y los deberes del príncipe, le condujeron al choque con la aristocracia senatorial. No fue arbitrario, como Calígula (v.) o Nerón (v.), en su vida pública - su capacidad como administrador no puede negarse -, pero sí lo fue en su vida privada. Dado su temperamento, sus ideas, no desconocidas, se manifestaron apenas proclamado Emperador. Acumuló los cargos habituales, 17 consulados, y otros nuevos como el de censor perpetuo, acuñado exprofeso. Ni obcecado ni megalómano, organizó con carácter definitivo el consejo privado imperial. Su política siguió claramente la de su padre más que la de su hermano. Se interesó por todos los aspectos del gobierno con igual severidad para sí que para los demás. Preconizó una política moralizante en lo público que no tenía equivalente en su vida privada -el adulterio de su esposa Domicia Longina y el concubinato con su sobrina Julia -, y que fue propaganda válida para sus enemigos. Convencido de la imposibilidad de hallar colaboración por parte del Senado, no ocultó su oposición al mismo, ni ahorró persecuciones o castigos. Respetando la dignidad de la clase aristocrática - como prueban muchas de sus medidas moralizadoras -, no se inhibió de atacar a los miembros. Fue grato al ejército, no sólo por el justo aumento de las pagas, sino por sus victorias. Fue generoso, quizá sin elegancia, con el pueblo de Roma. Le rodearon conjuras, conspiraciones y algún intento de usurpación, como el de L. Antonio Saturnino el a. 89, fomentado por la aristocracia senatorial. Conspiración y delación marcharon de nuevo unidas y con ellas las ejecuciones y confiscaciones. La muerte de Julia empeoró su carácter y corresponden a aquellos años los castigos más severos. No obstante este aspecto del reinado de D., el más recordado bajo Nerva (v.) y Trajano (v.) por los historiadores senatoriales, como Tácito (v.) y Plinio el joven (v.), no es el único ni el más importante de su reinado. El grupo político dominante bajo Nerva y Trajano había servido fielmente, como los dos emperadores, a D., y algunos de sus detractores no podían considerarse limpios de culpas.En la administración de D. los equites alcanzaron posiciones notables; por vez primera formaron parte del consejo privado, singularmente en la administración económica. D. tuvo en este aspecto ideas claras, sin ser derrochador ni poder ser acusado de avaricia como Vespasiano. En el ejercicio del poder judicial se mostró severo, no dudando en aplicar incluso leyes caídas en desuso (procesos de las vestales en los a. 83 y 91). Siguió la política de Vespasiano, favoreciendo la concesión y el acceso de los habitantes de las provincias a la ciudadanía romana. Normas poco conocidas tendieron a proteger la agricultura de Italia. Sufragó obras públicas en Roma y las provincias. Las necesidades militares impusieron la creación de nuevas provincias, las dos de Mesia y las dos de Germania. Su política oriental tendió a la incorporación de los Estados vasallos, Calcis e Iturea, sin luchas ni resistencias.La política fiscal de D. se caracterizó más por su vigilancia y cumplimiento que por nuevas imposiciones. Pese a sus gastos en obras públicas, el coste de guerras y de trabajos militares, consiguió no ya el equilibrio del balance sino un superávit. En política religiosa fue tradicionalista, como severo en la justicia. Toleró las religiones orientales, pero sólo la de Isis gozó de su protección, pues al favor de la diosa atribuía su salvación el a. 69. Sus guerras fueron numerosas y victoriosas, aunque no siempre de especial importancia. El a. 83 derrotó a los catos en Germanía (v.) y consolidó las defensas fronterizas. Su guerra dácica, a. 85-86, concluyó con una derrota, pero no así sus operaciones en Mauritania (v.). La nueva guerra dácica del a. 88, continuada hasta el 93 con luchas en Panonia, obligó a Decébalo a pedir la paz. No intentó, quizá por mayor prudencia, incorporar Dacia (v.) como lo haría Trajano, pero su guerra no puede considerarse rematada con una paz deshonrosa, como pretendería la historiografía senatorial. No emprendió campañas en Oriente, si no se considera tal la lucha contra un "falso Nerón" apoyado por los partos, pero mantuvo las posiciones y líneas fronterizas que estableciera Vespasiano.En los últimos años del reinado (92-96) aumentan las referencias sobre conjuras, ejecuciones y confiscaciones. A este momento parece corresponder la orden de expulsión de los filósofos, entre ellos Epicteto (v.), considerados instigadores de la oposición. A este momento se atribuye una persecución contra los cristianos, entre ellos el primo de D. Flavio Clemente y su esposa Domitila, otra persecución contra los judíos y la persecución de Apolonio de Tiana. Corresponde también a estos años el exilio de S. Juan a la isla de Patmos.La conjura que le dio muerte (18 sept. 96) fue una conjura de corte, que unía a siervos propios, de Domitila, senadores y prefectos del pretorio. Los pretorianos no participaron en el asesinato y, más tarde, impondrían a Nerva la ejecución de los asesinos. Con él concluía la DINASTÍA fundada con su esfuerzo y que tuviera por primer soberano a su padre. Ya Juvenal le comparó con Nerón ("Nerón calvo"), pero esta comparación es injusta. Su obra política y administrativa, aparte su falta de simpatía personal, ni carece de méritos ni es indigna de la tradición política de la DINASTÍA.ALBERTO BALIL.
BIBL.: V. FLAVIA, DINASTÍA; A. GARZETTI, L’Impero Romano da Tiberio agli Antonini, Bolonia 1960; R. SYME, Tacitus, I-II; Oxford 1957; P. A. ARIAS, Domiziano, Catania 1945.
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