Deledda, Grazia
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Biografía GER
Novelista, cuentista y poetisa italiana, n. en Núoro (Cerdeña) el 27 sept. 1875, y m. en Roma el 15 ag. 1936. No recibió educación literaria pero, lectora infatigable, a los 16 años ya publicaba cuentos y versos en revistas. Las primeras narraciones, nacidas de la observación verista de tipos y costumbres sardos, llamaron pronto la atención de los críticos y en 1900, fecha en que se casa y se domicilia en Roma, su nombre comenzó a conocerse fuera de Italia. En 1926 obtuvo el Premio Nobel.Las lecturas sin orden ni concierto, en razón de su autodidactismo, originaron en D. un cierto confusionismo de influjos múltiples e, incluso, contradictorios. Primero, se entusiasmó con el sentimentalismo de E. De Amicis (v.) como muestra en Nell’Azzurro (En el azur), 1870, pero luego prefirió la exaltación de V. Hugo (v.), como se aprecia en Fior di Sardegna (1891), o de los novelistas franceses, románticos y naturalistas, como Alejandro Dumas (v. DUMAS, ALEJANDRO) (1802-1870), y Eugéne Sue (1804-57). De los románticos italianos destaca la influencia de Carducci (v.); admiró a D’Annunzio (v.), de cuyo decadentismo jamás logró evadirse.A finales del s. xix en Italia, como en toda Europa, se atendía al desarrollo del socialismo y los problemas de los oprimidos fueron tema de no pocas novelas. Deledda participó de la preocupación social, sin convertirla en el motor de ninguna de sus obras. Fior di Sardegna, La via del male (1896), Dopo il divorzio (1902) tienen indiscutible matiz social, el cual, después de esta última, deja paso al influjo de la novelística rusa: Tolstoi (v.) y Dostoievski (v.), con su orientación hacia la psicología de los personajes.A estas influencias hay que añadir la tendencia hacia el verismo (v. i) regionalista, manifestado inicialmente, que está siempre presente en toda su obra. El paisaje de Cerdeña es el único de D., aunque a medida que va perfeccionando su arte, éste se idealiza y deriva hacia el imperante simbolismo de la primera mitad del siglo.A esta primera época, la de características predominantemente realistas, pertenecen también: Racconti sardi (Narraciones sardas) 1894, Il vecchio della montagna (1900), Elias Portolu (1903), consideradas entre las mejores novelas de D. en las que se plantea el tema que, arrancando de Dostoievski, será característico de sus libros posteriores: el pecado y su expiación. Coincidiendo con su ida a Roma, se acentúa la insistencia en tal aspecto hasta convertirse en la temática central y básica de las novelas posteriores a 1900: Cenere (Ceniza) 1904, L’edera (La hiedra) 1906, L’ombra del passato (1907), Il segreto del uomo solitario (1921), Il Dio dei viventi (El Dios de los vivos), 1922, La fuga in Egitto (1921), Cosima (1927), Il sigillo d’amore (El sello de amor), 1936, etc. Paralelo a este cambio, se produce un proceso de depuración de los elementos regionales, en lo que tenían de folklórico. Al alejarse de Cerdeña y relacionarse con las tendencias espiritualistas, la isla natal pasa a desempeñar una función de mito: los hombres viven patriarcalmente en íntima fusión con la naturaleza, partícipe de sentimientos y pasiones humanas. Desaparece lo social, se aligera el verismo y Cerdeña se convierte en el símbolo de un lugar idealizado, poblado por hombres dominados por un sentimiento vital fatalista y trágico, que sienten íntimamente la existencia de un Dios justiciero, quien les indica, desde el fondo de sus conciencias, la divisoria entre el Bien y el Mal. Los personajes de D. actúan arrastrados por impulsos fatales e inesquivables por la "vía del mal". El realismo de la primera etapa queda así transformado en un lirismo íntegramente individualista, regido por el sentimiento más que por las ideas y, por ello, la psicología juega un papel preponderante, mientras que la acción queda relegada a un plano secundario.En las novelas de los últimos años, la estilización y depuración de los esquemas novelescos llega a su máximo: un elemento tan concreto y de tanta importancia en las épocas anteriores como Cerdeña (en cuanto marco de la acción y condicionador del desarrollo de la fábula) llega a ser sustituido por un vago e impreciso escenario. La acción y el número de los personajes se reducen al mínimo y el sentido fatalista de la expiación, exigida por la propia conciencia dominada por el remordimiento, es reemplazado por "una ley de piedad y de amor que debe unir a todos los seres vivientes, aunque nuestra conciencia la ignore y no la desee" (II sigillo d’amore).C. ALONSO BLANCO.
BIBL.: E. DE MICHELIS, G. Deledda e il decadentismo, Florencia 1938; E. BUONO, G. Deledda, Bar¡ 1961; G. Buzzi, G. Deledda, Milán 1953; A. MOMIGLIANO, In torno a G. Deledda, Milán 1954.
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