Delacroix, Eugéne
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Biografía GER
Pintor francés, n. en Charenton-Saint-Maurice (Seine), el 26 abr. 1798, m. en París el 15 ag. 1865. Ferdinand-Victor-Eugéne -había sido bautizado con estos tres nombres- era, por lo menos legalmente, hijo de Charles Delacroix y de una hija del gran ebanista Ceben, pero siempre se dijo abiertamente que su verdadero padre era nada menos -que Talleyrand. Apenas tuvo maestros, aparte de 1. L. Géricault (v.) y de P. N. Guérin, ya que su generoso arranque le hacía preferir a los educadores imposibles, esto es, a Miguel Ángel, a Rembrandt, a Goya. De momento, se tiene que contentar con los visibles, como Géricault y quizá un tanto influido por La balsa de la Medusa, de éste, pinta en 1822 Dante y Virgilio en los infiernos (Museo del Louvre), que es casi otro naufragio a lo diabólico, y en que ya se advierte, pese a tratarse de obra tan juvenil, el enorme aliento de su autor.Pero ya por entonces andaba D. gestando mentalmente la idea de cronizar pictóricamente los luctuosos hechos ocurridos en agosto-septiembre de 1821, cuando los turcos asesinaron a unos 10.000 griegos en Quíos. En mayo de 1823 anota en su diario: "Me he decidido a pintar para el Salón escenas de la matanza de Quíos". Trabajó arrebatada, pero cuidadosamente, en este gran cuadro, presentado en el Salón de 1824, y consiguió una verdadera obra maestra de la pintura romántica, con inolvidables personajes, con acentos de hondo dramatismo, con una lejanía de suaves matices. Parece que D. retocó este fondo de La matanza de Quíos (Louvre) a la vista de un cuadro de 1. Constable (v.) que le había seducido. Sea como fuere, es lo cierto que en 1825 marcha a Inglaterra para conocer de cerca a sus admirados Richard P. Bonington y 1. Constable, así como también a David Wilkie y a T. Lawrence (v.). Al regreso pinta otras dos obras maestras, ambas de 1827: La muerte de Sardanápalo (Louvre), con colorido de exquisita fluidez, y La libertad de Grecia espirando en las ruinas de Missolonghi, una de las piezas más ilustres del Museo de Burdeos.Pero este interés por la libertad del pueblo griego, aun sin decaer, sería rebasado por el que le proporcionaron otros acontecimientos en la propia tierra del artista, cual fue la revolución de 1830. D., plenamente- convencido de la justicia de este movimiento, pintó con fervor y con calor su Libertad guiando al pueblo o 28 de julio de 1830 (Museo del Louvre), hermosísima y dinámica pieza de convicción revolucionaria, en que, pese al montón de cadáveres y a los encrespados revolucionarios, la gran protagonista es la bandera tricolor. No por oportunismo político, sino por su efectiva grandeza, este cuadro ya aseguraba a D. su gloria póstuma.Pero su impaciencia exigía nuevos escenarios. Logra que Thiers lo agregue a una misión diplomática encabezada por el conde de Mornay y, en 1832, realiza un romántico viaje por Marruecos, España y Argel. De esta excursión nos importa sobremanera su estancia en España, a la que saluda, todavía en el mar, exclamando en su Diario: "Todo Goya palpitaba a mi alrededor". Visita Cádiz, Sanlúcar de Barrameda y Sevilla, y de estas tres ciudades toma apuntes tan rápidos como fidedignos. Debió ver una corrida de toros en Sevilla, y fruto de ella será un óptimo apunte acuarelado de Picador. Por lo demás, Marruecos y Argelia son la base de su ferviente orientalismo, testimoniado por muchos admirables óleos -Marroquíes corriendo la pólvora, Los convulsionarios de Tánger, Boda judía en Marruecos, etc-, cuya obra maestra es Las mujeres de Argel (Louvre), de 1834. En puridad, no otra cosa que este viaje al sur era lo que necesitaba D. para fijar y enderezar su desbordante sentido del color.Este, unido a su tempestuosa dinámica, de estricto origen romántico, continúa luciendo en muchas admirabilí simas obras del maestro, como el Autorretrato de 1837, Retrato de Chopin, de 1839, Hamlet y Horacio en el cementerio, de 1839, pero se advierte menos en otras obras de gran porte. Thiers, que se empeñaba en demostrar que él había descubierto a D., hizo que se le encargaran tres grandes cuadros para las salas de batallas de Versalles, pero de ellos -La batalla de Nancy, El puente de Taillebourg (1837) y Entrada de los cruzados en Constantinopla (1841, Louvre)-, sólo el último, obra de 1841 y conservado en el Louvre, mantiene el brío consustancial con D., mientras se llega al paroxismo en el segundo de los citados. Se fueron sucediendo los encargos oficiales: en 1833, la Cámara de Diputados; en 1845, el Palacio del Luxemburgo; en 1848, la Galería de Apolo, en el Louvre. Otras pinturas murales, como la del Ayuntamiento de París (1854), destruida en el incendio de 1871, siguen mostrando el genio del artista, pero el espectador continúa prefiriendo sus cuadros de juventud. Sus últimas pinturas murales son dos grandes composiciones en la capilla de los Santos Ángeles de la iglesia de S. Sulpicio, de París, Lucha de lacob y el ángel y Heliodoro arrojado del templo, la primera de ellas, sobre todo, conmueve por su ímpetu. Este, como la voluntad de pintar, no se doblegó nunca en D. Sabía bien que lo realizado no significaba sino una pequeña parte de lo que le bullía en el cerebro, y quienes tuvimos la fortuna de contemplar la exposición del centenario de 1963 habida en el Louvre, con más de 500 cuadros, acuarelas y dibujos preparatorios, salimos impresionados de la potencia creadora de este hombre que pareció no descansar jamás.Perfecto hijo -y jefe- del romanticismo, pocos como él le comunicaron gran ardor, que tanto situaba en un acontecimiento histórico o en un pasaje literario como en una escena norteafricana o en la observación de los movimientos de los leones. Colorista integral, toda su vida la pasó manteniendo una sorda rivalidad con 1. A. Ingres (v.), cuyo dibujo respetaba, pero al que acusaba, no sin razón, de aplicar el color dentro del diseño a la manera de un iluminador. Sobre estas cuestiones de técnica y estética, el gran maestro poseía convicciones muy firmes, tanto como lo eran sus pinceladas, a menudo tan dignas de un Rubens. Sus últimos años fueron tristes.Solo, únicamente cuidado y acompañado por su sirvienta Jenny Le Guillou, que heredó y donó al Louvre el firme Autorretrato, casi no podía hablar por su grave afección laríngea, y esta práctica mudez ha motivado un interesante libro de lean d’Elbée (v. bibl.), en que lo paraleliza con otro gran defectuoso físico, el sordo Goya. En efecto, y por encima de este casual paralelo, D., que debió conocer muy poco del gran español, tuvo indudables afinidades con él, entre otras, su espontaneidad y su entrega a las causas justas.V. t.: ROMANTICISMO V.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: A. ROBAUT, L’oeuvre complete d’Eugéne Delacroix, París 1885; A. MOREAu-NELATON, Delacroix raconté par lui-méme, París 1916; R. ESCHOLIER, Delacroix, peintre, graveur, écrivain, París 1926-29; J. D’ELBÉE, Le sourd et le muet. Notes paralléles sur Goya et Delacroix, París 1931; L. LASSAIGNE, Eugenio Delacroix, Madrid 1950; A. MARTINI, Delacroix, Barcelona 1964; MUSÉE DU LOUVRE, Centenaire d’Eugéne Delacroix (Catálogo de la exposición conmemorativa), París 1963.
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