Debilidad Mental MEDICINA
Categoria:
Medicina
Es la forma más leve de deficiencia mental (v. OLIGOFRENIA) y aunque habitualmente se utilizan en su definición términos que hacen referencia al cociente intelectual (C.I. comprendido entre 50 y 70, o, edad mental de 10 años), existen en el niño débil mental toda una serie de incidencias debidas a la personalidad global del enfermo, a las influencias del medio ambiente y a su propia organización, que hacen cada vez más necesaria la utilización de conceptos que superen el simple nivel intelectual o cociente intelectual.Así, si se quiere apreciar al débil mental en toda su complejidad, no es únicamente de su inteligencia de lo que hay que hablar, sino de su situación total, de su mentalidad, de su personalidad Para fijar el límite donde comienza la d. m., hay que recurrir necesariamente a criterios tales como el fracaso para organizar y estabilizar económica y socialmente una existencia independiente. La debilidad intelectual se caracteriza por la escasez de juicio, la dificultad de abstracción, la imposibilidad de concebir ideas generales. Los débiles ven las cosas desde un solo punto de vista y precisamente del más concreto, del más estrecho. Su falta de crítica los vuelve obstinados y los hace cometer errores de los que no se dan cuenta; incapaces de juzgar el valor relativo de las cosas, se pierden, al hablar, en mil detalles superfluos; son difusos, imprecisos en sus explicaciones.A pesar de su insuficiencia intelectual, son capaces de adquirir técnicas y conocimientos a veces muy diferenciados. No es, pues, el escaso grado de sus conocimientos lo que puede agruparlos, sino la dificultad que tienen para abarcar en un mismo momento de pensamiento distintos datos, objetos, situaciones o valores y para basar sus actuaciones sobre la aportación simultánea de cada uno de estos datos.La escasez de razonamiento y de juicio del débil, así como su falta de matices y de relatividad se explicarían por la imposibilidad de "conservar" aquello que establece una relación entre dos datos, que los liga unos a otros y por este hecho los hace coexistentes. Todo pasa como si la concentración sobre un nuevo dato destruyera más o menos el antiguo. De ahí la imposibilidad de resolver un problema aritmético, de tener en cuenta las reglas sociales o morales, o también de matizar una opinión.B. Inhelder, inspirándose en los descubrimientos de J. Piaget, aporta nuevos elementos para la comprensión del débil mental. Definiendo la d. m. como la imposibilidad de llegar a una construcción operativa acabada o, también, como la incapacidad de llegar a pensar por operaciones formales, desarrolla una interpretación dinámica de este déficit basada sobre la comparación con los estadios genéticos del desarrollo del niño normal. Comparación que no quiere decir -entiéndase bien- analogía. En el niño normal se observa, en efecto, que el paso de un nivel de equilibrio dado al nivel siguiente es cada vez más rápido; lo que se explica, sin duda, por la movilidad creciente de la idea operativa. En el débil, por el contrario, se observa un retraso gradual e incluso un estancamiento duradero. En estas nociones de desarrollo se encuentra, desde un punto de vista teórico, el medio de interpretar el equilibrio intelectual del débil. El equilibrio normal es, en efecto, un equilibrio a la vez más amplio, puesto que engloba un número creciente de nociones y cada vez más móvil. El débil mental, por el contrario, llega a los primeros escalones de esta construcción, pero allí se queda durante años, como si le faltara el interés, la curiosidad, la actividad en general que, en el normal, impulsan al individuo a plantear nuevos problemas, a encontrar soluciones que le conducirán a niveles superiores. En el niño normal, al ser la evolución más rápida, hay paso directo de un nivel dado al escalón superior. En el niño débil, por el contrario, persistirán durante más tiempo que en el normal las huellas del antiguo nivel cuando el individuo está en trance de alcanzar el nivel superior. El hecho de que el desarrollo mental del débil no se haya realizado al mismo ritmo que su desarrollo físico determina un sistema de equilibrio particular y todo un conjunto de rasgos específicos. Comparado con el niño normal de la misma edad mental y, por tanto, más joven físicamente, el débil mental puede poseer ventajas debidas a la edad: mejores rendimientos físicos, mayor fuerza, mayor velocidad e incluso quizá también intereses más maduros en ciertos terrenos. Pero estas ventajas tienen también su contrapartida y así pueden explicarse, paradójicamente, algunas inferioridades del débil mental en relación al niño más joven del mismo nivel mental: mayor dificultad para adaptarse a situaciones verdaderamente nuevas, dificultad en el aprendizaje espontáneo.Por tanto, para fijar el límite donde la debilidad empieza, es necesario recurrir a criterios de comparación con sus iguales en edad cronológica. Ahora bien, esta comparación no se hace solamente en los laboratorios de psicología, sino también en la vida cotidiana. Los demás niños revelan constantemente al débil, con sus éxitos más frecuentes, su propia inferioridad. Incluso si, en circunstancias excepcionalmente favorables, esta inferioridad no está realzada por las actitudes de los que le rodean, multitud de hechos la ponen de manifiesto; los juegos con sus compañeros, los fracasos escolares, el puesto en una clase o en una institución social, etc.Por todo ello, el débil mental, en la relación exigencia de la situación-posibilidades del sujeto, establece ciertos tipos de reacciones frecuentemente observadas: reacciones de compensación, tales como las que se observan en los débiles que alcanzan sorprendentes resultados en materia de memoria inmediata, cálculo de fechas, cálculo mental o ejecución musical; los logran sin duda porque son llamativos y suscitan la admiración de los demás; hostilidad al medio ambiente, observado en los niños que se obstinan o que desarrollan una fuerte agresividad según el esquema clásico de la frustración-agresión. Buena parte de las perturbaciones caracterológicas en el débil están incluidas en esta categoría; admiración por el mejor dotado, niño o adulto, y deseo de hacer las cosas igual que él; actitud general de abatimiento, de pasividad: el individuo vencido por todas las actividades que se le proponen, se refugia en la inercia o en actividades de bajo nivel; más que un proceso regresivo, se trata de un estancamiento al nivel de conductas y de intereses primitivos, que los medios intelectuales del sujeto deberían normalmente haberle permitido superar, pero que no son superados precisamente por ser protectores y por ello generadores de "éxitos" y satisfacciones; reacciones paradójicas frente al fracaso o al éxito, pudiendo mostrarse el débil muy satisfecho de un resultado catastrófico o, inversamente, muy descontento de un resultado por el cual se le felicita; adherencias a un modo de gratitud infantil, que no es sino la exteriorización de su necesidad permanente de protección o de seguridad. Este mecanismo determina una estrecha dependencia de los padres o de las figuras paternales, que puede a su vez provocar, partiendo de la debilidad, un retraso afectivo e incluso intelectual importante.Vemos, pues, que la situación del débil mental en la vida, independientemente de los factores de pura eficiencia intelectual, puede provocar perturbaciones de la conducta y reacciones explosivas que pesarán sobre su porvenir con mucha más gravedad que la desventaja constituida por la simple deficiencia de los instrumentos del pensamiento.El desarrollo, tanto intelectual como afectivo, de un individuo cualquiera, es decir, la expansión completa de su personalidad depende de su dotación instrumental, de una parte; y de sus ensayos y posibilidades de adaptación al medio, de otra. Entre constitución personal y medio existe una interacción constante. Las características propias del niño van a actuar sobre el medio y modificarle; el medio, así modificado, actuará a su vez sobre el niño de forma más o menos adaptada, más o menos favorable a su desarrollo. De ahí, que las actitudes inadecuadas de quienes rodean o conviven con el débil mental pueden entorpecer, aún más, las dificultades de relación normal o el desarrollo afectivo. El niño débil es la mayoría de las veces estimado como una verdadera frustración del deseo que los padres tienen de ver prolongada en él sus propias aspiraciones ante la vida. Las relaciones afectivas se resentirán y se harán más complicadas. El niño deficiente puede representar para sus padres la prueba de una tara ancestral o bien ser interpretado como un castigo por una culpabilidad.Estos sentimientos, más o menos conscientes por parte de los padres, determinan a menudo una serie de conductas que van haciendo la situación aún más dramática. Entre estas conductas una de las más frecuentes es la de rechazar al niño, según grados: deseo de ocultarle (aislamiento social) o alejarle (internamiento). La hostilidad frente al niño puede manifestarse por exigencias absurdas, una actitud punitiva o la tendencia a hacer responsable al niño de gran parte de sus fracasos, a cargar a su pereza o a su travesura los malos resultados escolares.Esta repulsa, generalmente inconsciente, provoca en los padres una actitud compensadora: sobreprotección, solicitud ansiosa, indulgencia exagerada, obstinación en esperanzas de curación manifiestamente absurdas, sobreestimación de los progresos realizados por el niño, los cuales no son ya juzgados por comparación con las normas habituales. Muy frecuentemente el equilibrio conyugal está también comprometido; se crea un clima de desconfianza mutua con investigación permanente de las distintas responsabilidades. Como resultado, el niño cristalizará conflictos familiares, de los cuales llegará a ser la expresión y al mismo tiempo la víctima, pues de esta forma se verá privado de la seguridad afectiva que le es imprescindible para su adaptación.La aceptación del niño mentalmente retrasado, ha sido demostrada claramente, es más fácil en los medios socialmente bajos; las exigencias de estos medios son mínimas, las diferencias con sus hermanos y hermanas menos evidentes, la tolerancia más fácil, y, por ello, la aceptación recíproca será mejor, de todo lo cual resulta una baja frecuencia de trastornos reaccionales. Por el contrario, en un medio socialmente cultivado, donde el canon de normalidad requiere exigencias mucho más altas, el umbral de intolerancia es particularmente bajo. La consecuencia será una incapacidad del niño para adaptarse a estas exigencias, a las prohibiciones, a las situaciones en las que se exigen prestaciones que le sobrepasan. El niño puede entonces, por imposibilidad de adaptación, refugiarse en actitudes de dimisión o de oposición que vendrán a agravar aún más su deficiencia.Es evidente que la aceptación del niño con d. m. es posible y lo es incluso cada día más frecuentemente, gracias a los esfuerzos realizados por asociaciones, ligas u organismos que se ocupan de sacar a la luz los factores que dificultan esta aceptación y establecer medidas terapéuticas y de higiene mental adecuadas.V. t.: HIGIENE MENTAL; OLIGOFRENIA; TEST PSICOLÓGICO.SALVADOR CERVERA.
BIBL.: S. CERVERA, Aspectos etiológicos y sociales de la deficiencia mental, Madrid 1970; 1. PIAGET, El nacimiento de la inteligencia en el niño, Madrid 1969; B. INHELDER, Diagnostic du raisonnement ches les débiles mentaux, Neuchátel 1957.
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