Cultismos LIT.
Categoria:
Literatura
1. Concepto. En sentido amplio, c. son los elementos lingüísticos que entrañan algún rasgo originado por un medio cuyo grado de cultura supera el corriente. En tal sentido, cabe que puedan señalarse c. en cualquiera de los aspectos que una lengua, como objeto de estudio, ofrece: fonéticos, como, p. ej., la pronunciación de Caracalla marcando la doble 1, en lugar de simplificarla, emitiendo Caracala, según es corriente; fonológicos, como el mantenimiento del grupo ps- en psicología y análogos, en lugar de rehuir el fonema p- anteconsonántico, reduciendo el grupo a sola la s-; morfológicos, como la persistencia de las formas del tipo amare y hubiere amado, y análogas, sin sustituirlas por ame o haya amado, según es habitual; sintácticos, como el empleo de ni como sencilla variante de y no después de puntuación fuerte; léxicos, como el uso, eufemístico en su origen, de eructar por regoldar.Sin embargo, las especiales circunstancias históricas del castellano -y, con él, de las demás lenguas derivadas del latín- han determinado una primera restricción del término ’cultismo’. El hecho de que la mayoría de los c. fonéticos, fonológicos y morfológicos se den precisamente en c. léxicos, ha originado un uso antonomástico del término: c., sin más, se refiere habitualmente al c. léxico, en tanto que, también habitualmente, para referirlo a alguno de los demás campos lingüísticos se le precisa con el correspondiente adjetivo. Aparte de que, mientras entre profesionales ’cultismo’, en el sentido de ’cultismo léxico’, se emplea mucho más que sus posibles sucedáneos (’voz culta’, etc.); en cambio sucede lo contrario en los restantes campos indicados: ’pronunciación culta’, ’grupos cultos’ (de fonemas), ’sufijo culto’, etc., privan sobre ’cultismo fonético, fonológico, morfológico’, etc.2. Latinismos y helenismos, sinónimos, en sentido vulgar, de cultismos. Además de la restricción anterior, usual y generalmente válida, las mismas circunstancias han producido otras dos restricciones, que, si bien justificables en su origen, dan lugar a cierta inexactitud, y por ello son menos admitidas.Deriva la primera de la evidente mayoría abrumadora que, entre los c., ocupan los latinismos, sobre todo si a los directos -voces tomadas (o, en general, elementos mantenidos) del latín en cuanto se la ha considerado a lo largo de más de un milenio como lengua culturalmente superior- se añaden los indirectos, a saber, los helenismos y hebraísmos, cuyo paso desde estas dos lenguas "sabias" a las usuales se hacía, y se hace, a través del latín, es decir, acomodándolas según los cambios que habrían sufrido al entrar en el latín desde el griego o el hebreo: así, p. ej., el reciente cultismo griego kosmo-naútes, origen del cosmonauta, porque justamente así habría sido su forma en latín. (Las excepciones son escasas, y se justifican generalmente por razones particulares, así paidología -frente a, p. ej., pedagogía-, sin evolución de al en ae y luego en e de acuerdo con la transformación latina, por eufemismo, etc.). Pero aun sin contar con esta latinización indirecta, la abundancia de los latinismos directos en la lengua castellana es tal, que un cómputo efectuado entre las estadísticas ofrecidas por varias de las obras que se citan luego en la bibliografía permite calcular que alrededor de una cuarta parte de los términos usados en un texto castellano son latinismos; este porcentaje del 25% se rebasa ampliamente en determinados géneros literarios, donde hay obras en que se alcanza un 40, en tanto que difícilmente se hallan textos, aun de asunto muy sencillo, que se queden por debajo del 15%.Esta abundancia excepcional ha ocasionado, pues, una nueva restricción antonomástica del término: c. evoca sobre todo los préstamos de las lenguas clásicas, mientras que los comparativamente escasos empréstitos hechos a la otra lengua de cultura occidental en la Edad Media y a las demás de las Edades Moderna y Contemporánea se suelen englobar, respectivamente, entre los arabismos (v.), anglicismos (v.), galicismos (v.), germanismos (v.), italianismos (v.), etc., por muy reconocida que sea la superioridad cultural del medio que en cada caso las ha producido. Así, p. ej., álgebra, que podría ser designada como c. con el mismo derecho con que lo son aritmética o cuántica, se considera habitualmente arabismo: a lo sumo, dentro de éstos, se englobará en un apartado con otros de carácter científico. Lo mismo ocurre, con respecto a las demás lenguas aludidas, con ejemplos como selfgovernment, altruismo, hinterland y luneto.A esta cuasi ecuación entre c. y "clasicismo" o préstamos de las lenguas clásicas ha contribuido, además, otra característica peculiar de los latinismos directos, independientemente de su abundancia. Por derivar precisamente del latín el caudal de voces castellanas autóctonas, se llega fácilmente a no poder considerar como auténticos préstamos latinos más que aquellos términos que ofrezcan rasgos de conservadurismo culto; ya que, de no ofrecerlos, se hace difícil distinguirlos de las voces transmitidas o "populares". Con ello se tiende automáticamente a creer que un término en que se cumplan todas las variaciones propias de la evolución "popular", lo es efectivamente, a menos que quepa documentar históricamente su carácter de préstamo mediante datos extrínsecos a su fisonomía; y, viceversa, que un latinismo, por el mero hecho de serlo, ha entrado por vía culta: se exceptúan sólo los pocos casos en que la zafiedad de la adaptación indica suficientemente la incultura latina del adaptante, p. ej., en busilis o en autobías y análogos, donde el elemento bus se ha cortado indebidamente de las palabras latinas que lo contenían por parte de alguien que no conocía suficientemente su carácter de desinencia.Con estos escasos descuentos, pues, no parece abusiva, ni mucho menos, la cuasi ecuación indicada, por lo que hace a los latinismos directos. Algo parecido cabe decir de los indirectos procedentes del hebreo. En realidad, los hebraísmos de procedencia no culta no alcanzan un número suficiente para haber podido influir en estos conceptos -y en la terminología que los expresa- salvo en el judeoespañol, donde, por otra parte, suelen haber entrado directamente (cfr. 1. M. Hassan, Estructura del léxico sefardí, en Problemas y principios del estructuralismo lingüístico, Madrid 1967, 171-185). Lo cierto, para el castellano en general, es que el acervo de hebraísmos está constituido sobre todo por los entrados a través del latín y, las más de las veces, previo su paso por el griego, incorporados a la cultura cristiana, cuyos propagadores los difundieron entre nosotros justamente en medio de contextos sagrados, catequéticos, oratorios, etc., preparados en (o a base del) latín: así, p. ej., gehenna, levita, mammona, etc.En cambio, con respecto a los helenismos, sí puede resultar un tanto abusiva su equiparación a cultismos, por mucho que se hayan transmitido a través del latín. En efecto, hay helenismos en que, aparte de su origen en una civilización más desarrollada, no es posible señalar ningún rasgo de cultura especial que los diferencie de las voces estrictamente populares. Cierto que su número resulta escaso en comparación con los muchísimos préstamos helénicos de carácter culto (los helenismos constituyen, a gran distancia de los latinismos, pero también con una enorme ventaja sobre cualesquiera otros préstamos, uno de los más copiosos ingredientes, no sólo del castellano, sino de la mayoría de las lenguas de civilización occidental). Pero esta escasez se ve de algún modo compensada por la mayor frecuencia de su uso y, sobre todo, por el grado de su incorporación al caudal común de la lengua: baño, cesta, cuchara, espalda, etc., que son tan helenismos como geometría o matemáticas, difícilmente en cambio pueden ser llamados c., como estos últimos vocablos, a no ser por una extensión casi abusiva.3. Las voces cultas o eruditas, sinónimo también vulgar de cultismos. Préstamos de otras lenguas. Cosa parecida cabe afirmar de la segunda de las restricciones aludidas al comienzo del § 2. Desde luego, es más común el empleo de c. entre eruditos, y el de voces populares entre incultos. Pero la realidad de esta doble tendencia no autoriza a calificar a los c. de "voces cultas" o "eruditas", sin más, como no sea pechando de antemano con la cierta inexactitud que ello implica.En efecto, no sólo son muchísimos los c. incorporados a la lengua común incluso de los analfabetos (piénsese, para no ir más lejos, sólo en los de carácter religioso, como Dios, Virgen, ángel, demonio, etc.), sino que se dan varios casos en que precisamente lo común es el c., y lo literario, en cambio, el doblete (en este caso, "voz del mismo origen, pero más evolucionarla", por haber ido en otro tiempo más en boca de incultos) que se le opone: así, entre otros ejemplos muy citados, limpio y rápido, cultismos, son hoy mucho más comunes que lindo y raudo en el idioma peninsular, donde estos dos son casi puramente literarios (el segundo, incluso sólo poético o arcaizante), pese a la fisonomía conservadora y culta de aquéllos frente al aspecto popularmente evolucionado de éstos. (El caso es mucho menos frecuente, claro está, tratándose de helenismos; pero obsérvese cómo se ha introducido parusía en una pretendida traducción actualizadora y popularizante de un texto litúrgico bíblico: Mt 24,27, evangelio del domingo último después de Pentecostés.)En cambio, parece totalmente justificado englobar entre los c. en general aquellos préstamos no tomados directamente del latín, sino a través de otra lengua, que hizo el empréstito, siempre que en éste se hayan dado las condiciones propias de la penetración de los c., y que el aspecto adquirido dentro de la última lengua prestataria sea el normal para los c. del mismo tipo, tomados directamente. Así, p. ej., cabe tener por auténtico cultismo en castellano un término como existencialismo, pese a que su origen inmediato es el francés existen cialisme, puesto que, por un lado, este vocablo francés es, en dicha lengua, un c.; y, por otro, su adaptación castellana es del mismo tipo que los c. castellanos de la misma especie: así, p. ej., justicialismo, cuya creación dentro del área idiomática castellana es bien conocida.4. Semicultismos. Aun con las indicadas restricciones y ampliación, en el concepto usual de los c. se engloban elementos bastante homogéneos. Todo lo contrario ocurre con los llamados semicultismos, entre los que se incluyen por lo menos dos tipos de elementos muy dispares en su origen, pero cuya posterior coincidencia ha permitido agruparlos, por encima de su heterogeneidad.Semicultismos son los elementos lingüísticos que ofrecen a la vez algunas características propias de los cultismos y otras propias de las voces de evolución popular: así, los mencionados Dios (con mantenimiento cultista de la forma del nominativo latino deus, pero con alteración de sus vocales y desplazamiento del acento igual que en los términos "populares"), Virgen (con mantenimiento de vocal penúltima del esdrújulo latino virginem, pero con alteración de un timbre en e), ángel (el mismo caso del esdrújulo griego ággelos a partir del acusativo latino angelum, pero con apócope de la vocal de la sílaba final), etc.Ahora bien, este doble carácter lo ofrecen por igual términos de origen muy diferente. Por un lado, están las voces que, por emplearse habitualmente en medios de cultura superior a la común, escaparon a parte de la evolución que les habría alcanzado si hubiesen rodado en el cauce idiomático general. De esta clase son los tres ejemplos que acaban de mencionarse, cuyos mantenimientos cultistas, se deben al esmero con que eran pronunciados por el estamento clerical, culto, y a la precisión con que eran oídos por el pueblo, precisión fruto de aquel mismo esmero.Por otra parte están aquellas voces que, en vez de haberse transmitido, como las anteriores, fueron realmente reintroducidas desde las lenguas sabias por personas cultas; sólo que, una vez incorporadas, llegó a alcanzarles, siquiera fuese parcialmente alguna evolución de las propias de los términos populares, o alguna tendencia similar. Así, respeto no es forma transmitida (habría sido respecho), sino alterada por la tendencia a reducir el grupo ct, con pérdida de la c, mantenido en el c. respecto.5. Grados de alteración de las palabras originarias. Según ha podido observarse en esta última oposición entre un semicultismo y su cultismo respectivo, el grado de alteración en que pueden encontrarse en la lengua prestataria es variado. Así, en castellano se encuentran, por un lado, palabras latinas o latinismos sin adaptación ninguna, ni siquiera al sistema morfológico o sintáctico, p. ej., currículum, déficit, plácet, quórum, superávit, ultimátum; se ha observado que todos ellos escapan a la posibilidad de un plural en -es, que su terminación consonántica exigiría; o ab ovo, ad hoc, ceteris paribus, in albis, ipso facto, motu prop(r)io, mutatis mutandis, némine discrepante, nihil obstat, qui pro quo, statu quo, serie en la que se puede ver el mantenimiento de construcciones sintácticas latinas al margen del sistema castellano. Esta desvinculación determina el carácter de préstamo evidente para los c. de esta clase, lo que se refleja en la consideración común en que se les tiene de latinismos auténticos o estrictos, lo que hace destacarles a veces dentro de un contexto mediante los oportunos procedimientos de alienación (comillas o cursiva, como si se tratara de citas en latín más que de empréstitos tomados de esta lengua).Un segundo tipo de incorporación lo ofrecen los c. que conservan de sus étimos clásicos todos los elementos (generalmente, en la forma en que se pronunciaba el latín de la época renacentista en España) menos los que pugnan con el sistema gramatical de la lengua prestataria, p. ej., afección, respecto, etc. En algunos casos, este conservadurismo de la forma latina es debido a una normalización relatinizante, especialmente a partir de la fundación y actividad de la Academia. El grado máicimo de adaptación corresponde a los ya citados semicultismos, tanto del primer grupo como del segundo; p. ej., los dobletes de los anteriores: afición, respeto, entre los latinismos; entre los helenismos, los recientemente admitidos sicología, nemotecnia y nomo, dobletes de los auténticos cultismos psicología, mnemotecnia y gnomo, respectivamente.De la misma manera que, según acaba de verse, la actividad de la Academia ha sido unas veces favorable, otras indiferente a los mantenimientos etimológicos, debe observarse, por último, que la influencia de los hablantes sobre los c. no siempre ha sido en el sentido de alterarlos "popularmente", sino que se dan auténticos casos de ultracorrección latinizante, p. ej., restituyendo supuestos grupos consonánticos inexistentes en el origen (enmendar, adlátere), o acentuando como esdrújulos vocablos Ilanus originariamente (médula, ópimo, púdico).Que se hayan podido dar estas ultracorrecciones es una de las señales más evidentes de cuán íntima es la simbiosis de los c. con los demás elementos de la lengua común.V. t.: CASTELLANA, LENGUA;CLASICISMO;ESTILÍSTICA;ESTRUCTURALISMO IV; FILOLOGÍA; FONÉTICA Y FONOLOGÍA; GRAMÁTICA; HUMANISMO; LEXICOLOGÍA; LINGÜÍSTICA; NEOLOGISMOS; SEMÁNTICA; SINTAXIS.S. MARINER BIGORRA.
BIBL.: M. ALVAR y S. MARINER, Latinismos, y M. FERNÁNDEZGALIANO, Helenismos, en Enciclopedia lingüística hispánica, II, Madrid 1967, 3-49 y 51-57; Cfr., además, D. ALONso, La lengua poética de Góngora, ib. 1935; R. BENíTEZ, Clasificación de los cultismos, "Archivum" 9, Oviedo (1959) 216-227; íD, Sobre los periodos cultos, ib. 10 (1960) 398-404; A. CASTRO, Glosarios latino españoles de la Edad Media, Madrid 1936; 1. COROMINAS, Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, Madrid 1954-57; C. ESEVRRM, Diccionario etimológico de helenismos españoles, Pamplona 1945; E. FERNÁNDEZ-GALIANO, Algunas reflexiones sobre el lenguaje biológico, Madrid 1948; M. FERNÁNDEZ-GALIANO, Los neologismos de base clásica en la lengua castellana, "Las Ciencias" XXVI (1961) 121-133; íD, La transcripción castellana de los nombres propios griegos, Madrid 1961; R. LAPESA, Historia de la lengua española, Madrid 1955; ID, La obra literaria del Marqués de Santillana, Madrid 1957; M. R. LIRA, Juan de Mena, México 1950; E. LORENZO, Dos notas sobre la morfología del español actual, en El español de hoy, lengua en ebullición, Madrid 1966, 47-61; R. MENÉNDEZ PIDAL, Gramática histórica española, 6 ed. Madrid 1941; G. MOLDENHAUER, Aportaciones al estudio lingüístico de los helenismos españoles, especialmente de la terminología médica, en Homenaje a Fritz Krüger, Mendoza 1952-54, 217-246; Á. ROSENBLAT, Cultismos masculinos con -a antietimológica, "Filología" V (1959) 35-46; E. TERRADAS, Neologismos, arcaísmos y sinónimos en plática de ingenieros, Madrid 1946.
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