Cuba, Guerra de HIST.
Categoria:
Historia
Conflicto en que se ventiló la independencia de la isla, respecto de España, y en el que intervino, como factor decisivo, la potencia norteamericana. En la g. de C. hay, por tanto, dos momentos bien definidos: uno, el de la lucha colonial entre criollos y peninsulares; otro, el de la lucha internacional entre los Estados Unidos y España. El primero queda a su vez dividido en dos periodos: la guerra de los diez años (186878), que terminó con el prevalecimiento de la autoridad española, y el alzamiento definitivo (189598), que concluyó con la intervención norteamericana y la proclamación de la independencia de C. Tanto esta isla como Puerto Rico y Filipinas eran los territorios ultramarinos que restaban a España después de la emancipación de las dependencias americanas en 181026; pero los nacionalismos propios del espíritu romántico, por más que llegaron allá con retraso, prendieron al fin y contaron además, sobre todo en el caso cubano, con el aliento moral y la ayuda material de los Estados Unidos.La guerra de los diez años. El primer alzamiento importante en C. tuvo lugar en octubre de 1868, con el llamado grito de Yara. Pocas semanas antes había ocurrido la revolución peninsular de septiembre, que había derribado a Isabel II, e implantado en España un régimen de tipo democrático. Es incuestionable que los insurgentes cubanos esperaron el estallido del levantamiento peninsular, de cuyos preparativos tenían cumplida información; pero ya es más discutible que se propusieran, siquiera en el fondo, idénticos objetivos. El grito de Yara es, ante todo, una revolución independentista, movida por las ideas nacionalistas, por los intereses de la burguesía criolla y por la propaganda norteamericana. Toda una corriente intelectual, acrecida precisamente por el desarrollo económico de la isla, proporcionaba a la insurrección las necesarias bases ideológicas. El grito de Yara, bajo el lema "Cuba para los cubanos", tiene un indisimulable sabor monroísta, y fueron los Estados Unidos, donde los insurgentes contaban con verdaderas bases, su principal punto de apoyo. La insurrección pareció cobrar, en principio, grandes proporciones, debido en parte a la propia confusión política en la Península. En abril de 1869 fue proclamada una constitución republicana, que representaba una casi completa autonomía de la isla. El general Prim (v.), dueño ya entonces de los destinos españoles, y aconsejado por el embajador norteamericano, Sickles, estaba dispuesto a una solución transigente; pero en las Cortes predominó la idea de que Cuba no podía separarse en modo alguno de la metrópoli. Incapaces los insurgentes de sostenerse en los núcleos importantes de población, la revuelta quedó confinada a la manigua, y la lucha se redujo a una molesta e interminable guerra de guerrillas. En realidad, la insurrección tan sólo era grave por el apoyo que le prestaban los Estados Unidos. El . presidente Grant se pronunció por dos veces (6 dic. 1869 y 13 jun. 1870) en favor de una C. libre; pero el Gobierno español, apoyado diplomáticamente, sobre todo, por Londres y Berlín, logró evitar que los norteamericanos reconocieran a la junta rebelde.El 31 oct. 1873, un guardacostas español apresó al buque norteamericano Virginius, en que viajaban varios cabecillas de la insurrección, y cargado de material para la misma. El Gobierno de Washington protestó violentamente, por estimar que la presa se había realizado en aguas internacionales. Sólo la prudencia de Castelar (v.), presidente entonces de la República, pudo conjurar el peligro de una guerra con los Estados Unidos. El advenimiento del régimen de la Restauración (27 dic. 1874) permitió a Madrid uná más clara política respecto a C. El general Martínez Campos (v.), combinando hábilmente las operaciones militares con la captación de los elementos criollos, logró al fin la paz del Zanjón (12 feb. 1878), en la que los cubanos lograron, más que realidades, promesas. La ratificación del tratado fue difícil en las Cortes españolas, en cuyos escaños, al fin, se sentaron diputados cubanos. Pero Martínez Campos no pudo conseguir la prometida abolición de la esclavitud, ni otras reformas para la isla. Aquel mismo año estalló la "guerra chiquita", sostenida por Calixto García en la provincia de Oriente, y otros movimientos abortados, en 1883 y 1885, mostraban la inquietud de los cubanos. La no introducción en C. de las reformas democráticas proclamadas en la Península por Sagasta (188183) aumentó el descontento.El grito de Baire. La guerra de independencia. El 24 feb. 1895 se producía el alzamiento definitivo (grito de Baire), dirigido por Máximo Gómez (v.), Antonio Maceo (v.) y otros líderes que habían encontrado asilo y apoyo en los Estados Unidos. La insurrección se extendió rápidamente, y la isla, guarnecida por sólo 14.000 soldados españoles, pareció a punto de cobrar su independencia. Pero el Gobierno de Madrid, presidido entonces por Cánovas (v.), decidió volcar en su conservación todos los recursos de la metrópoli. Martínez Campos, nombrado de nuevo capitán general de C., llegó a La Habana el 17 de abril. A fines de año habían desembarcado ya 126.000 soldados más. La gestión de Martínez Campos, sin embargo, no fue tan afortunada como en la ocasión anterior. La revuelta, mucho más extendida que en la guerra de los diez años, ya no podía ser dominada por los mismos métodos, y la combinación de la táctica militar y los tanteos diplomáticos resultó contraproducente, entorpeciéndose mutuamente ambas actuaciones. Por otra parte, Martínez Campos erró al pretender hacer en la manigua, y frente a los partisanos, una guerra convencional. Su bien preparada ofensiva, realizada con gran lujo de medios, avanzó centenares de kilómetros sin encontrar apenas al enemigo. Cuando se dio cuenta, éste dominaba casi toda la retaguardia, y los guerrilleros merodeaban por los alrededores de La Habana.En febrero de 1896 se hacía cargo de la Capitanía el general Weyler, hombre enérgico y experimentado en la guerra colonial. Se iba, por imperativo de las circunstancias, a una táctica dura. Los dos principales puntos del método aportado por Weyler consistían en el empleo de los campos de concentración (muy criticados por los norteamericanos, pese a que habían sido ellos los inventores del sistema en la guerra de Secesión), y la compartimentación de la isla en trochas. La concentración de la población civil estaba destinada, en principio, a evitar víctimas inocentes, y permitía considerar enemigo a cualquier individuo que se encontrase desmandado en la manigua. Las trochas eran líneas fortificadas, que atravesaban la estrecha C. de mar a mar, dividiéndola así en compartimentos estancos, donde sería posible batira los rebeldes por separado, y sin que pudiesen recibir ayuda de ninguna clase. El aislamiento hubiera sido completo de ser los españoles dueños absolutos de la mar. No olvidemos que las costas cubanas tienen más de 4.500 Km. de desarrollo. Weyler, obrando con energía implacable (aunque son falsas las acusaciones de dureza y crueldad que, hasta en España, se lanzaron contra él), fue dominando el terreno metro a metro, con una dificultad muy superior a lo previsto. La metrópoli, sobreponiéndose a la mentalidad comodona propia de los años dorados de la Restauración, comprendió lo que le iba en el empeño e hizo un importante esfuerzo humano y económico. En el verano de 1897 había ya unos 300.000 soldados españoles en C. En torno a las trochas de Mariel y de lúcaro languidecía la lucha, sostenida ya no más que por unos centenares de guerrilleros, y sólo en la zona montañosa de la provincia de Oriente parecían contar los insurrectos con más posibilidades. Estrechado por todas partes, Antonio Maceo intentó un desembarco en la zona occidental (Pinar del Río) para levantar allí los ánimos; pero fue sorprendido y muerto por una patrulla española (diciembre de 1896). En 1897, la cosecha pudo recogerse íntegramente y los trenes volvieron a funcionar con normalidad. La guerra, aunque endemoniadamente complicada, parecía ya vislumbrar a lo lejos su final. Sin embargo, dos hechos (la muerte de Cánovas y la intervención directa de los Estados Unidos) desviaron sus derroteros.La guerra diplomática. Desde mucho antes, las operaciones militares estaban entorpecidas por la labor obstaculizadora de los Estados Unidos, donde los insurrectos cubanos encontraban toda clase de ayuda, y donde la idea de una intervención directa crecía por todas partes. El problema ya supo verlo el duque de Tetuán, cuando proclamó que "para triunfar en Cuba hay que triunfar en Washington". España, merced a la política aislacionista de la época de la Restauración, se encontraba esta vez sin apoyo diplomático, y habría de enfrentarse sola a las presiones norteamericanas. Cánovas sabía, sin embargo, que en tanto durase la presidencia de Cleveland, demócrata y pacifista, los Estados Unidos no se lanzarían a una guerra abierta por la cuestión de C. Cleveland resistía el influjo de los jingoístas o imperialistas yanquis de entonces, y a los grupos económicos de presión (incluyendo a varias poderosas compañías azucareras), que aspiraban, simplemente, a sustituir la presencia española por la estadounidense en C. De aquí las prisas que Cánovas daba al general Weyler, para que decidiese la campaña antes de que se operase un cambio de legislatura en Washington. El 4 abr. 1896, el presidente Cleveland envió una nota al Gobierno español, en la que ofrecía los buenos oficios de los Estados Unidos para pacificar C., y recomendando al mismo tiempo la concesión de una cierta autonomía a la isla. España rechazó la injerencia, en la convicción de que Cleveland no llegaría más lejos. Pero la opinión intervencionista, bien manejada por la prensa, crecía por momentos en los Estados Unidos, y en las elecciones de noviembre alcanzó la presidencia Mac Kinley, un republicano mucho más vulnerable al jingoísmo. El peligro se hacía inminente, y la g. de C. entraba en un periodo dramático.Mac Kinley empezó cauto, proclamando, simplemente, "la defensa de los intereses americanos en todas partes"; pero pocos meses más tarde comenzaron las protestas estadounidenses, en forma de fuertes notas diplomáticas (nota Sherman, nota Woodford, nota Morgan), condenando "la forma cruel e inhumana de hacer la guerra en Cuba", o exigiendo la inmediata pacificación de la isla, ante los perjuicios que el conflicto estaba causando a los intereses norteamericanos. España rebatía las acusaciones, y replicaba que la guerra en C. habría terminado tiempo antes, si los Estados Unidos no hubiesen tratado por todos los medios de prolongarla con su ayuda a los rebeldes. Madrid no perdía la batalla diplomática, pero Washington no iba a limitarse a las palabras.La intervención norteamericana. El 8 ag. 1897 fue asesinado Cánovas. Su sucesor, el liberal Sagasta (v.), por convicción o por la necesidad de cumplir las promesas hechas desde la oposición, decidió seguir una política más abierta en C. Sagasta opinaba, como Cánovas, que C. era parte integrante del territorio español, y, por tanto, inalienable; pero tenía más confianza que aquél en un arreglo negociado. Weyler fue sustituido por el mucho más condescendiente general Blanco, con lo que en pocas semanas se echaron a perder todos los éxitos militares; pero Sagasta esperaba atraerse a los cubanos con reformas políticas, y prometió desde el primer momento un sistema de autogobierno. El 6 de noviembre se publicó una amnistía, y eJ 27 salió la nueva Constitución cubana, en la que se concedía a los insulares igualdad de derechos con la metrópoli, el sufragio universal y un gobierno propio. La reacción norteamericana, contra lo que pudiera esperarse, fue de disgusto. Los jingoístas veían escapárseles la presa. El 6 dic. 1897, Mac Kinley declaró en el Congreso que, o España imponía la paz definitiva en C., o los Estados Unidos intervendrían directamente. Los rebeldes cubanos no necesitaban más para rechazar la Constitución y exigir la independencia total.En C. menudearon los desórdenes entre españolistas y antiespañolistas. El problema se complicaba y envenenaba cada vez más. El 25 en. 1898, fondeaba en la bahía de La Habana el acorazado Maine, "para proteger los intereses de los ciudadanos americanos en Cuba". El Maine hizo explosión, y se hundió, en circunstancias aún n0 explicadas, el 15 de febrero. Los norteamericanos no admitieron la formación de una comisión investigadora conjunta; la comisión española dictaminó una explosión interna, en tanto la estadounidense atribuía el hecho a un torpedo español. La cuestión del Maine desembocaba fatalmente en la guerra. El recurso de España al arbitraje de las potencias mundiales y al papa León XIII no despertó más que un inútil movimiento de simpatía. Sólo una decisión podía evitar la tragedia: la venta de C. Mientras los Estados Unidos estrechaban las tuercas de la amenaza bélica, ofrecían secretamente en Madrid la compra de la isla por trescientos millones de dólares, más un millón de prima personal para el político español que se prestase a la maniobra. La oferta se consideró bochornosa. Sagasta, más pacifista que nadie, supo ver el dilema: "o la guerra o el deshonor". A principios de abril, los Estados Unidos amenazaron con un desembarco en C. si no cesaban inmediatamente las hostilidades; España, resignada, ordenó un alto el fuego. Todo fue inútil. El 18 abr. 1898, los Estados Unidos exigían la retirada de los españoles de la isla de C. Era la guerra."Fue una pequeña guerra deliciosa", escribió más tarde un cronista norteamericano. España, cansada ya, cometió torpezas idealistas, aprovechadas hábilmente por la técnica y el sentido práctico de los yanquis. La escuadra del almirante Sampson bombardeó Matanzas el 27 de abril, en tanto la del comodoro Dewey batía fácilmente en Cavite (Filipinas) a los barcos de madera del almirante Montojo. La flota española del Atlántico, a las órdenes de Cervera, hubo de encerrarse en la ratonera deSantiago de Cuba, por falta de carbón para llegar a La Habana. Los americanos desembarcaron entonces en la zona exterior (El Caney) para forzar el puerto. El Caney, inexplicablemente, sólo estaba defendido por 419 hombres, que hicieron frente con el mayor heroísmo a los 6.500 americanos desembarcados. Otro glorioso y desigual combate fue el de la loma de San Juan. Pero la guerra no iba a decidirla el valor personal, sino la técnica y los medios; también, a veces, la inexplicable improvisación española.Otro episodio absurdo (un pasional debate parlamentario en Madrid) obligó a la escuadra de Cervera a salir de Santiago en condiciones de suicidio. La flota de Sampson, desplegada frente al canal de salida, pudo ir acribillando a los barcos españoles uno a uno. Los que no se hundieron por efecto del bombardeo americano lo hicieron por obra de su tripulación, al acabárseles las municiones. España, prácticamente, se había quedado sin escuadra, y ya era inútil proseguir la guerra en C. Santiago capituló el 16 de julio y en Filipinas se rindió Manila el 12 de agosto. Aquel mismo día se firmaba un protocolo de paz entre Washington y Madrid. Las negociaciones se celebraron en París, actuando de parte española Montero Ríos. Por el tratado de París de 10 dic. 1898, España reconocía la independencia de C. y cedía a los Estados Unidos Filipinas, Puerto Rico, más otras islas del Pacífico. Los norteamericanos ocuparon militarmente todos los territorios, incluyendo C. España perdía los últimos jirones de su antiguo e inmenso imperio ultramarino.V. t.: CUBA III; ESPAÑA VII.J. L. COMELLAS Y GARCÍALLERA.
BIBL.: M. FERNÁNDEZ ALMAGRO, Historia política de la España Contemporánea, 3 vol., Madrid 1968; P. DE AZCÁRATE, La guerra del 98, Madrid 1968; V. WEYLER, Mi mando en Cuba, Madrid 1910; J. PABóN, El 98, acontecimiento internacional, Madrid 1952; E. ROIG, La guerra libertadora cubana de los treinta años (18681898), La Habana 1952; F. E. CHADWICK, The relations of the United States and Spain: the SpanishAmerican War, 2 vol., Nueva York 1911; E. R. MAY, Imperial Democracy, Nueva York 1961.
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