Cossio, Pancho
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Biografía GER
Identidad familiar y cariñosa del gran pintor español contemporáneo Francisco Gutiérrez C., n. en Pinar del Río (Cuba), el 20 oct. 1898; m. en Alicante el 16 en. 1970. Hijo de padres también españoles, D. Genaro Gutiérrez, almacenista de tabaco, que se había adelantado a las leyes aboliendo la esclavitud en su hacienda, y de doña Casimira Cossío. Poco después de nacer Pancho, la familia regresa a la Península, a Santander, de donde es originaria. El niño sufre un accidente en una pierna, el que reduciéndole en lo futuro a prolongados reposos, determinará, entre otras razones, su vocación por la pintura. A los 13 años toma lecciones de dibujo de D. Francisco Rivero. En 1914, decidido a ser pintor, se traslada a Madrid, y por recomendación del abogado D. Gregorio Campuzano, ingresa en el taller de D. Cecilio Pla. En él permanecerá hasta 1918, y recordará siempre con gratitud las enseñanzas del viejo pintor. En 1919 toma estudio en Madrid, en la calle de Fernando el Santo, y el año siguiente lo deja transcurrir en Santander. Durante el bienio 192122 se desinteresa de la pintura académica, nu obstante comprender que en España le va a ser difícil triunfar con ninguna otra. Así, en 1923 marcha a París con el escultor, también santanderino, Daniel Alegre. El propio año envía un desnudo al Salón de los Independientes. La obra pasa inadvertida, pero C. logra venderla luego por 300 francos. En 1924 participa en el Salón de Otoño con otro desnudo, y esta vez sí atrae la atención de los críticos.En 1925 ingresa en el grupo de pintores jóvenes españoles establecidos en París (Bores, Viñes, de la Serna) y va naciendo su primer y personalísimo estilo. Desde la fundación, en 1926, de "Cahiers d’Art", el grupo, y sobre todo C., contarán con el más prestigioso apoyo del momento. Tras realizar dos exposiciones (1928 y 1929) firma un contrato de exclusiva con la Galerie de France, entidad que fracasa en 1931. En 1932, regresa a España, priniero con vagos proyectos de trasladarse a Norteamérica, luego, lo que efectúa, con los de intervenir en política nacional. De aquí que entre 1933 y 1940 la actividad pictórica del artista sea muy escasa. En 1944 expone en Madrid, obtiene un señalado éxito y luego de trabajar en silencio hasta 1948, comienza su serie de soberbias exposiciones en Barcelona, Madrid y Santander. Concretamente, la de 1950 en el Museo de Arte Moderno de Madrid significa la consagración de C. Es inútil continuar agregando noticia de más exhibiciones, aparte la obtención de la Medalla de Honor en la Exposición Nac. de Bellas Artes de 1962 y la sala especial a que fue invitado en igual certamen de 1966. Los últimos años, C. ha pasado la mayor parte de su tiempo en Ibiza y en la Albufereta, de Alicante.Hasta aquí el accidente biográfico de C., pudiera parecer en exceso detallado para quien no acertase a advertir en sus líneas la portentosa capacidad de renuncia, ruptura y vuelta a empezar del gran artista. Los cuadros de su primerísima época, vistos en Santander (en su casa familiar .y en el Ateneo), composiciones a base de vivos colores, muy personales de concepto, hubieran podido constituir plenitud para otro cualquier pintor. C. renuncia a ella y la sustituye por la interesantísima pintura de la etapa de París, difícil de definir, como no sea hablando de un poscubismo curvilíneo, sin ningún débito a Picasso, con más de uno respecto de Braque. En 1932, esta bella obra de mares, veleros, tormentas, copas, frutas y sombreros hongos, tenía ya su gloria asegurada con una sola condición: con la de que C. hubiera continuado en París. Pues bien, tira la gloria por la ventana y se vuelve a España. Todo lo anterior no le sirve de nada. Ha de volver a empezar. Y empieza, p. ej., con ese increíble retrato de su madre, de 1942, tan óptimo como si estuviera firmado por Rembrandt; o con el Bodegón de las porcelanas, de 1945, con un lujo de calidades ya casi inverosímil en nuestra era. Ambos cuadros comienzan a guiarnos por las predilecciones genéricas de C., que son, aparte de las dos enormes composiciones religiosas en la iglesia de los carmelitas de la Plaza de España, de Madrid, el retrato, la marina y la naturaleza muerta. O, para ser más exactos: retratos como apariciones, marinas habitualmente unidas a una sensación de desastre, y naturalezas vivas o muertas que, aun integrándose con tan sólo un recipiente de cristal y una breva, y tanto mejor cuanto mayor sea la cantidad de elementos reunidos, exhalarán un general destello de geometría dominada, de suculencia misteriosa, de sabores fríos, helados, distinguidos. O tanto dará que, en lugar de esas frutas habituales haya naipes franceses, o cualquier otra fruslería, porque la fruslería ascenderá inmediatamente en nobleza pictórica. Incluso cada firma de C. es, en su rigurosa ordenación, una naturaleza viva minúscula.Ciertamente, los principios acabados de enunciar son los comunes a la obra de toda la etapa española de C. y no quiebran ante la progresiva sintetización y abreviatura de los años últimos, en, que todo se hace más fantasmal, con blancos más refulgentes. Con lo que acabamos de llegar al color y a la considerable responsabilidad cromática en el deleite de la pintura de C. En primer lugar, vaya por delante la constatación de que éste jamás pintaba con colores preparados industrialmente, sino que se molía y cocinaba sus tierras con la misma honestidad primitiva de un maestro del s. XVII. Tierras, generalmente, en las que los tonos dominantes son los blancos, los grises, los ocres, con toda una infinita cantidad de variantes. Finalmente, entra en juego la no definible brujería de C., para dotar a sus superficies de unos lujosos fulgores, de unos prestigios viejísimos, de unas condiciones tan suntuosas y halagadoras a la vista que cada uno de sus cuadros, por recién pintado que esté, ya muestra apetencias museales, de obra maestra sescentista con derecho a sitio en el Prado o en el Louvre.Así, la semblanza general de C. (tan inhabitual, tan fuera de serie cual todo lo que a él toca) será tan complicada cual la que sigue: el gran pintor español novecentista que, partiendo del poscubismo y habiéndose acercado hasta a dos milímetros de la no figuración, ha realizado la pintura más hondamente tradicional conocida por el s. XX.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: E. LLOSENT, Francisco G. Cossío, "Clavileño" 1,3 (1950) 53; 1. A. GAYA NuÑo, Francisco Cossío, MadridBarcelona 1951; íD, Pancho Cossío, Madrid 1954; íD, Francisco G. Cossío, Madrid 1966; P. GUINARD, Cossío, Santander 1953.
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