Churchill, Winston Leonard Spencer
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Biografía GER
Estadista e historiador británico, uno de los forjadores del mundo actual.l. Los años de formación. Perteneciente por vía paterna a una de las más linajudas familias inglesas, con largas tradiciones de entrega y servicio al pueblo británico, Ch. (n. 30 nov. 1874-m. 21 en. 1965), tras el paso obligado, para un aristócrata del xix, por uno de los grandes colegios de la Inglaterra imperial -el de Harrow-, pronto se sintió atraído por la carrera de las armas, primer comienzo vocacional de los muchos a los que, al paso del tiempo, se consagraría. Fracasados los proyectos de su padre -una de las figuras más controvertidas y brillantes de la política inglesa de la segunda mitad del Ochocientos- de convertirlo en oficial de infantería, Ch. alcanzó en la Academia de Sandhurst el grado de teniente de lanceros, siendo destinado a comienzos de 1895 al regimiento de húsares número 4. Su bautismo de fuego lo alcanzó al lado de las tropas españolas que combatían en Cuba (1896), participando poco más tarde en una expedición punitiva contra las tribus indígenas de la frontera norte de la India (1898). En tal campaña de Malacand veló sus primeras armas como escritor, obteniendo sus crónicas de corresponsal de guerra una favorable acogida. Tras abandonar el ejército, volvió a intervenir heroica y novelescamente en varios de los sucesos más resonantes de la guerra del Sudán (1899) y del conflicto angloboer. La experiencia militar adquirida en estas contiendas había de serle, tiempo adelante, de enorme utilidad para el cumplimiento de su misión de gobernante y despertó en su personalidad un interés siempre reverdecido por la estrategia y los temas castrenses en general.2. Loss de la carrera parlamentaria. Elegido diputado en el distrito de Oldgam (1900) por el partido conservador, Ch. dio pruebas, en los comienzos de su dilatada vida parlamentaria, de la brillantez, el ingenio, la alacridad y la intuición que habían de modelar su gestión pública. Pasado a militar en las filas del partido liberal por discrepancias con sus antiguos correligionarios en la cuestión del libre cambio, desempeñó el cargo de secretario parlamentario del Ministerio de Colonias en el gabinete de Henry Campbell-Bannerman (1906). Ministro del Interior en el segundo gobierno de Herbert Asquinh, pasó en 1911 a reemplazar a McKenna en la cartera de Marina, desde la que desplegó una incesante actividad a fin de mantener la superioridad de la escuadra británica sobre la del II Reich. Fruto de ella fue la excelente preparación de la flota inglesa en los comienzos de la 1 Guerra mundial. Concluidas las primeras ofensivas alemanas y estabilizados los frentes en la Francia septentrional, Ch. se mostró en el seno de su gabinete decidido partidario de que los aliados abrieran un segundo frente, con el fin de descongestionar la presión de los imperios centrales sobre la Rusia de Nicolás 11.Debido a la renuencia con que su plan fue aceptado por gran parte de los políticos y de los Estados Mayores aliados, la expedición enviada para apoderarse de los Dardanelos -campaña de Gallípoli, 1915- terminó en un completo fracaso, cuya responsabilidad ante la opinión pública debió asumir Ch., provocando su dimisión de lord mayor del Almirantazgo (mayo 1915), si bien siguió en el gabinete como canciller del ducado de Lancaster hasta la terminación de aquel mismo año. Desde esta fecha hasta mediados de 1917 tomó el mando, como coronel, de. uno de los regimientos escoceses que combatían en los frentes de Francia. En julio de 1917 fue requerido por su antiguo adversario Lloyd George, para ocupar el Ministerio de Municiones en su gobierno. Ministro de la Guerra y Aviación (1918-20) y por último de Colonias (192022), reingresó en las filas conservadoras en 1924, designándole su jefe, tras la caída del primer gabinete socialista, Lord canciller del Tesoro (1924-29).3. Días de prueba. Alejado nuevamente de las filas conservadoras por su disidencia con Baldwin en el problema indio, la carrera política de Ch. experimentó ante la opinión pública un largo eclipse, fecundo por otra parte para su labor de publicista (en 1933-38 aparecería su gran obra acerca de su antepasado Marlborough). Sin embargo, cuando los movimientos totalitarios se encaminaban a la pleamar, su talento fue el único que comprendió el alcance y las consecuencias que la política defensiva y sin nervio de la democracia entrañaría para la causa de los pueblos libres. Desde su escaño en los Comunes sus fulgurantes y acusadores discursos disonaban en el coro de voces pacifistas del resto de la Cámara. Eran muy fuertes por aquel entonces las corrientes que, desde todos los sectores de la vida inglesa, en especial de los círculos militares y del Almirantazgo, impulsaban a los dirigentes británicos, con violación de los compromisos sentimentales e ideológicos con la inestable y desorientada Francia, a una amistad con el hermano de sangre alemán. Sólo esporádicamente la figura de Ch. volvía a centrar la atención del pueblo inglés al apoyar y comprender los deseos matrimoniales de Eduardo VIII; actitud que le concitó la animadversión de extensos sectores de su país.4. Años de plenitud: Churchill, primer ministro. Al estallar la II Guerra mundial (v.), los servicios de Ch. volvieron a ser requeridos por el primer ministro conservador Neville Chamberlain. "Winston ha vuelto", fue el lacónico y exultante mensaje que el Almirantazgo transmitió a la escuadra británica para anunciarle que el viejo león volvía a regirla. Durante los ocho meses en que estuvo a su frente desplegaría la misma y sorprendente actividad que había desarrollado durante su primer mandato. Tras el fracasado desembarco aliado en Noruega (abril 1940), Neville Chamberlain se vio obligado a abandonar el poder y nadie dudó en el Reino Unido que Ch. era el único hombre capaz de dirigir, con esperanza de éxito, un ministerio de coalición y de unión sagrada, como requería la dramática coyuntura (mayo 1940). Después de casi 50 años de vida parlamentaria, alcanzaba el ambicionado puesto de premier, en circunstancias que pondrían a prueba sus cualidades de estadista. "Sangre, trabajo, lágrimas y sudor" (blood, toil, tearsand, sweat) fue todo el programa y proclamación de principios dada por Ch. a su pueblo, que poco después iba a sufrir la más dura prueba de su historia con el asalto de la Lutwaffe en la denominada operación de exterminio "León Marino". "Al acostarme -escribiría más tarde recordando este punto de inflexión de su trayectoria biográficahacia las tres de la madrugada (del 10 mayo 1940), sentí un gran alivio. Al cabo podría mandar en todos los campos. Tenía la impresión de que me fundía con el destino, y me parecía que en toda mi vida pasada no había más que una preparación para esta hora y para esta prueba" (W. Churchill, Memorias de la segunda guerra mundial, Barcelona 1949, I).La figura del premier británico en traje militar en los campos de batalla, de smoking en las salas de recepciones durante las grandes conferencias internacionales o con atuendo de calle en las ciudades bombardeadas y desventradas -ampliamente difundidas en las fotografías de la época- son un claro exponente de la actividad desplegada por Ch. en múltiples facetas, que tuvieron como denominador común su moral de triunfo, en la que radicó una de las claves esenciales de la victoria final Debido a la merma de facultades físicas del Presidente Roosevelt y a los hábitos sedentarios de Stalin, el jefe del gobierno británico debió asumir la tarea de vincular y galvanizar a ambos, al menos hasta la Conferencia de Teherán (1943). En plena hora cenital de la guerra, Ch.no olvidó el delineamiento básico del sistema de convivencia internacional que había de reemplazar, llegada la conclusión de la contienda, a la derruida Sociedad de Naciones, en que tantas esperanzas e ilusiones habían cifrado los ingleses cuando su creación. Y así nació, como resultado de sus encuentros con el primer magistrado, norteamericano, la Carta del Atlántico (agosto de 1941), en que se prefiguraba la futura Organización de las Naciones Unidas.
Su actuación, sin embargo, durante el conflicto, y de modo particular en los últimos años, ha sido muy criticada. En muchos de los escritos y memorias de la guerra se han enjuiciado muy severamente la actuación del estadista británico, culpándole ciertos autores de la caída de los países centroeuropeos en manos de Stalin y del consiguiente gigantesco progreso territorial experimentado por el comunismo en los últimos meses del conflicto. En prueba de ello se aducen numerosos pasajes de los discursos y obras de Ch. en que se patentiza su versatilidad de actitudes respecto al marxismo. Pese a la dosis de exactitud que puedan encerrar los juicios citados, la constante repulsión de Ch. a las dictaduras rojas o blancas resulta innegable. Las aparentes -y, a veces, reales- contradicciones del pensamiento churchilliano sobre el comunismo, sin olvidar ni minimizar lo que de oportunismo puede haber en ello -que es mucho- hallan acaso una explicación en el hecho de que para el estadista inglés la erradicación del nazismo era el fin a que debían subordinarse todos los medios, por reprobables y contrarios que fueran a sus convicciones y conducta. Cuando, pocas horas antes de que el ejército alemán iniciase la invasión de Rusia (22 jul. 1941), el premier comunicó al embajador norteamericano Winant que el Reino Unido prestaría su apoyo a Stalin, preguntóle éste si para él, anticomunista convencido, ello no significaba una marcha a Canossa, Ch. respondió: "En absoluto. No tengo más que un deseo: destruir a Hitler, y esto me simplifica grandemente la existencia. Si Hitler invadiese el infierno, yo dedicaría al menos una palabra de simpatía para el demonio en la Cámara de los Comunes" (W. Churchill, Memorias de la segunda guerra mundial, I,3).Sin embargo, a fines de 1944 la rueda de la Historia parecía haber dado una vuelta completa en relación a los meses iniciales de la guerra y Ch. comprendió, ante el arrollador avance comunista por Centroeuropa, que una dictadura iba a reemplazar a otra. Stalin sustituiría a Hitler. Con lucidez y sinceridad, Ch. reconocería en una de las páginas más emocionantes de su obra -en la Introducción a las Memorias de la segunda guerra mundial- los imprevisibles y desgraciados derroteros en los que, merced a la falta de escrúpulos de la política soviética y a los errores de los dirigentes militares, desembocaría el conflicto. En el último instante, sin embargo, la actuación del premier británico evitó la caída de Grecia en poder de los comunistas. Pese a las críticas que tal acción suscitó en la opinión y en el gobierno estadounidense -que contrastaron con el riguroso abstencionismo soviético, según reconocería el propio Ch.-, éste mantuvo a todo trance el cuerpo expedicionario inglés (noviembre-diciembre 1944), que disipó las esperanzas de victoria de las diversas fuerzas de la resistencia griega adheridas al comunismo.Los esfuerzos de Ch. por evitar la anexión de Polonia por las tropas soviéticas no fueron, como en el caso griego, coronados por el éxito final, debido a su erróneo planteamiento de la cuestión polaca en loss del conflicto. Llevado entonces por su creencia de que el colapso de Alemania nunca sería obra de la URSS., Ch., en sus primeros contactos con Stalin, cuando podía negociar desde una posición de superioridad, no dejó suficientemente planteada ni resuelta la situación de Polonia como país libre, una vez concluida la guerra. De ello nacerían todos los equívocos de que se valieron los rusos para dar -una vez producido el derrumbamiento del frente alemán y puesto en marcha el arrollador avance que los llevaría a las puertas de Berlín- una solución de fuerza al problema polaco, consiguiendo así, frente a las estériles protestas británicas, el completo dominio sobre su territorio. Una vez más fines Poloniae, fue pronunciado por labios rusos. Consciente de la magnitud y trascendencia del avance comunista, Ch. no cesó de insistir al Presidente Roosevelt acerca del enorme peligro que entrañaba para la causa de las democracias. No obstante, sus sugerencias y consejos no encontraron ahora el menor eco en Roosevelt, que mostró en los meses cercanos a su muerte (abril de 1945) una actitud de recelo y suspicacia hacia los deseos del Reino Unido y frente a las directrices de su primer ministro.Comprendiendo aún mal su papel de nación rectora de Occidente, al que le había llevado la pérdida de la potencialidad británica, y deseosa de seguir sus tradiciones aislacionistas, Norteamérica de los últimos días de Roosevelt y de los primeros de su sucesor Truman aceptó abiertamente las expresiones de buena voluntad ofrecidas por los rusos sobre el futuro de los países del Este y del Centro de Europa. No es de extrañar, pues, que su descripción de aquellas horas tenga un tono de desesperada impotencia: "Los Estados Unidos permanecían en la escena de la victoria, dueños de los destinos del mundo, pero sin un propósito real y coherente. Gran Bretaña, aunque todavía muy poderosa, no podía actuar sola y decisivamente. En esta situación, yo sólo podía advertir y rogar. Así, este momento de aparente y desmedido éxito, fue para mí desdichadísimo. Me movía entre masas entusiastas o me sentaba ante una mesa adornada con felicitaciones y bendiciones... con el corazón dolorido y la mente oprimida por malos presagios" (W. Churchill, Memorias de la segunda guerra mundial, 6).5. Fin de la gran coalición y triunfo del laborismo. Al producirse el derrumbamiento del III Reich, la situación de Ch. era muy frágil e inestable para imprimir una vigorosa y monolítica trayectoria a la política internacional de su país, al tiempo que garantizara sus relaciones en pie de igualdad con los restantes dirigentes aliados. Al finalizar 1944, se produjo el término de la gran coalición entre los partidos británicos, impuesta por las necesidades de la guerra en 1940. Al aflorar de nuevo la profunda heterogeneidad de sus dos grandes componentes en el plano de las realidades políticas y sociales, la convocatoria de unas elecciones generales se presentó, pese a los deseos en contra de Ch., insoslayable. Ante las negativas del jefe laborista, C. Attlee, de aplazar la llamada al país hasta la terminación total del conflicto con el triunfo sobre el Japón, Ch. no tuvo más opción que dimitir y formar un gobierno de transición (23 mayo 1945). En esta tesitura, se abrió la crucial conferencia de Postdam (v.), en la que como un símbolo de la debilidad de la posición desde la que debía negociar Ch., Attlee acompañaba al viejo león. Sus esfuerzos por lograr la reimplantación de un régimen democrático en Polonia y establecer sobre justas bases las`fronteras del oriente europeo, no pudieron alcanzar ni siquiera metas parciales a causa de que el 26 de julio la victoria de los laboristas era anunciada oficialmente.6. Último Ministerio. El abandono del poder no significó para Ch. ninguna tregua en su actividad. Con entusiasmo juvenil, se dedicó a la realización del ideal de la unidad europea, expresando en numerosos discursos la urgencia de la reconciliación franco-alemana y de la solidaridad estrecha con los Estados Unidos. En 1951, fue por última vez encargado de formar gobierno, presidiéndolo hasta su retirada definitiva de la vida política (5 abr. 1955). En franco declive físico, su acción gubernamental se centró en torno a la elevación del nivel de vida del pueblo británico, a la liquidación parsimoniosa e inteligente del Imperio Británico y al reforzamiento de la Alianza Atlántica. Tal época coincidió con su máximo encumbramiento y popularidad mundiales, recibiendo con pocos meses de intervalo entre otros, los honores de ser armado caballero por la reina Isabel 11, el Premio Nobel y el nombramiento de ciudadano honorario de los Estados Unidos.7. Su obra histórica. Al igual que todos los grandes políticos -en particular los nórdicos y los latinos, que han deseado implantar en sus países normas de convivencia septentrionales-, Ch. sentía una absorbente pasión por el estudio de la Historia. Como cantera de ejemplos y enseñanzas para el hombre público, constituía en su pensamiento una fuente indispensable para el arte de dirigir a los pueblos. La obra histórica de Ch. asombra por su fecundidad y amplitud. Temáticamente, sin embargo, su dimensión no es muy extensa. Los acontecimientos de los que el autor fue protagonista destacado y los grandes personajes de los que fue coetáneo, junto con la biografía de su más ilustre antepasado, constituye el núcleo de su producción historiográfica. Con la subjetividad inseparable de todo escrito autobiográfico, la obra histórica de Ch. significa por la amplitud de la información, lo clarividente de los juicios y opiniones y, sobre todo, por la belleza de su estilo, una fuente primordial e insustituible para el estudio de la primera mitad del s. xx. Ch. poseyó en medida no superada por ningún otro historiador de nuestro tiempo, con la excepción de Huizinga y G. M. Trevelyan, la cualidad esencial del oficio de Clío: el don de la evocación.V. t.: GRAN BRETAÑA IV; HITLER, ADOLF; GUERRA MUNDIAL, SEGUNDA.J. M. CUENCA TORIBIO.
BIBL.: W. CHURCHILL, My Early Lije, Londres 1930; ID, La crisis mundial: 1911-1918, Barcelona 1944 (compendio del original inglés); 1D, Memorias de la segunda guerra mundial, Barcelona 1949 ss.; íD, Historia de los pueblos de habla inglesa, 4 vol., Barcelona 1959-60.
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