Chile. Lengua y Literatura. LIT.
Categoria:
Literatura
Literatura originalmente orientada a la historia, luego fecunda en novelistas y en poetas, la chilena se caracteriza por su sobriedad, su desdén del exceso retórico, su parquedad en la expresión y en la forma del lenguaje. Andrés Bello (v.) enseñó a Ch. a leer, a pensar y a escribir con un rigor y medida que se ajustaban al temple moderado, tranquilo, austero del alma nacional. La lección quedó y fue asimilada.El habla chilena es un castellano despojado de audacias, más deseoso de claridad que de efectos verbales, y con tendencia, por eso, a una cierta exactitud y precisión que prefieren penetrar en la realidad antes que dar rodeos. Puede decirse que, en contraste con otros, el español usado en Ch. se simple y sin atuendos, pero limpio y receloso de la innovación impremeditada. No podría un Américo Castro escribir sobre las "peculiaridades lingüísticas chilenas", como lo hiciera sobre las rioplatenses, porque en verdad no existen. Pero este mismo rigor interno ha permitido a Ch. crear una literatura homogénea y pareja, que cultiva todos los géneros y se ha singularizado por aportar al idioma castellano, sobre todo en el dominio de la palabra poética, dos influjos renovadores: el de Vicente Huidobro (v.), y el de Pablo Neruda (v.), sin olvidar la aportación femenina de Gabriela Mistral (v.).1. La literatura chilena desde "La Araucana" a 1842. Si por lo general las literaturas nacen con la poesía, la chilena no es excepción, y su alba coincide con La Araucana de Alonso de Ercilla (v.). El poeta guerrero abre la puerta de un área ibérica nueva, transfigurando al araucano y describiendo la imagen heroica de un adversario digno de su conquistador. En La Araucana encontramos elementos históricos; endecasílabos sonoros y tersos y otras veces duros y ásperos; relatos de epopeya; finas y pasajeras descripciones de paisajes y efusiones líricas, como la meditación-plegaria que cierra el poema. Pero La Araucana parece marcar con un signo especial a la literatura chilena, imprimiéndole un carácter de sobriedad y de contención imaginativa que contrasta con el cálido desborde de otras literaturas de la América hispanohablante. La literatura de este país tendrá siempre un tono de austeridad, que la distingue del barroquismo de otras latitudes del hemisferio.No es que falten el don lírico y la imaginación. Lo demuestra la casi contigüidad de Pedro de Oña con Ercilla. Oña (v.), nacido ya en Ch., es el anverso de Ercilla. Donde predominaba la narrativa árida y el estilo épico, éstos se debilitan para dar paso a un lirismo y a un colorido eminentemente gongorinos. El Arauco domado, frágil en movimiento y en dinamismo bélico, tiene páginas culminantes en relámpagos de poesía pura, de deslumbramiento del paisaje, de regocijo de la vista, del oído y hasta del tacto en las escenas pastoriles y amorosas. El lenguaje también adquiere una flexibilidad musical y una ondulación que sólo van a tener equivalente en la prosa del jesuita Alonso de Ovalle (1601-51). Su Histórica relación del Reino de Chile y de las misiones y ministerios que ejercita en él la Compañía de Jesús, combina la crónica de historia con una expresión literaria de alta calidad. No sólo anota prolijamente los hechos, describe la naturaleza y exalta el clima, sino que vuelve los ojos y los sentidos a una percepción impresionista del paisaje. La tierra, con sus aromas, sus flores, su colorido de nieve en las cordilleras y el verdor y rojez en los campos, pasa a ser un protagonista inolvidable. Junto a esos tres escritores máximos, deben mencionarse en los s. xvii y xviii al P. Diego de Rosales (1603-77), madrileño, fervoroso cronista del amanecer histórico chileno; al abate Juan Ignacio Molina (1740-1829), investigador científico de renombre; al teólogo Manuel Lacunza (1731-1801), iluminado creyente en el milenarismo; al chillanejo P. Miguel de Olivares (1762-68), con su Historia militar, civil y sagrada del reino de Chile; y al casi romántico y nostálgico Francisco Núñez de Pineda de Bascuñán (160782), con su Cautiverio feliz, que insiste en el amor al araucano y en la sincera crítica a los excesos de los colonizadores.Por tanto, cuando sobreviene la independencia, hay un terreno literario ya preparado, aunque sumiso y adicto a los modelos hispánicos. Son Camilo Henríquez (17691825), vuelto notoriamente al enciclopedismo francés, y Juan Egaña (1768-1836), los que inician una ruta deseosa de autonomía. El primero es más bien un panfletario y el creador del periodismo político; el segundo se inclina a la meditación filosófica, no exenta de incursiones en el campo de la literatura y de la política. La presencia del venezolano Andrés Bello (v.), llegado a Ch. en 1829, y .portador de un sorprendente bagaje de la más varia cultura humanística, insufla en las letras chilenas un hálito consciente de autonomía. Combatido febrilmente por José Joaquín de Mora (1783-1804) y trabado en polémicas lingüísticas con el argentino Domingo Faustino Sarmiento (v.), realiza la tarea de dar fundamento a una literatura autóctona y, a la vez, de descubrir a Ch. el mundo de las letras y de la filosofía clásicas, y de entreabrir la puerta de la renovación romántica. Jurista, filósofo, gramático, poeta y educador, Bello representa la adquisición para Ch. de una cultura de siglos, que marca definitivamente al país. No sólo crea la universidad moderna y enseña a escribir y a emplear la recta ortografía, sino que ayuda a dar forma a la Constitución de 1833, que durará casi un siglo, y dota a su patria adoptiva del más preciso y sólido de los Códigos Civiles de su tiempo en América.2. De 1842 al naturalismo. Bajo el influjo de Bello surge el llamado movimiento literario de 1842, en que José Victorino Lastarria (1817-88) hace cabeza y propicia una cultura independiente, fiel a lo autóctono y vinculada al pueblo. Junto a él emergen por esos días Salvador Sanfuentes (1817-60), discreto poeta; Francisco Bilbao (1823-65), ideólogo más ardoroso que sólido; Eusebio Lillo (1826-1910), que escribirá los versos del himno nacional; y Guillermo Blest Gana (1829-1904), figura inicial de una lírica romántica de delicadas resonancias.Vicente Pérez Rosales (v.), personaje novelesco, de singular talento, y acuciado por un insobornable espíritu de aventura, nos deja sus prodigiosos Recuerdos del pasado, llenos de gracia y amenidad, en que se mezclan el cuadro histórico, el retrato de costumbres y la atracción arrebatadora del relato. El costumbrismo, con ágiles escenas de la vida de provincias y de la capital, halla en José Joaquín Vallejo (1809-58), célebre por el seudónimo de Jotabeche, un intérprete agudo, que camina tras la huella de Larra. No será todavía, sin embargo, el momento de constituir una literatura original y con fisonomía agresivamente propia. Para ello tendrá que aparecer Alberto Blest Gana (v.), novelista de sorprendente vigor, con marcada influencia balzaquiana, cuyas obras máximas, Martín Rivas, Durante la reconquista y especialmente El Loco Estero, contendrán una pintura del Ch. que inicia la evolución social literaria posromántica. El mundo criollo, que intenta romper los lazos con la dominación española, la aparición de una clase media inteligente y activa, la transformación de un país que comienza a conocer la riqueza, son pintados con exactitud y hondura en cuadros fluidos y amenos, de vivo interés aunque de factura y estilo un tanto apresurados. Figuras menores de esta oscilación entre el romanticismo balzaquiano o lamartiniano y un realismo que empieza a despertar son Zorobabel Rodríguez (n. 1839), Daniel Barros Grez (1834-1904) y Vicente Grez (1847-1909), autores de novelas que hoy nos parecen ingenuas y titubeantes. Es la generación que algunos llaman de 1897 o de 1900, la que introduce claramente el naturalismo (v.), no sin tributos al idealismo ruso, con mezcla de influencias de Zola (v.), Dostoievski (v.) y Tolstoi (v.). Luis Orrego Luco (1886-1949), en quien se nota la impronta de A. Blest Gana, aborda temas sociales, describiendo conflictos de una aristocracia que acusa su decadencia (Casa Grande, Idilio Nuevo), en tanto que Baldomero Lillo (1867-1923) penetra en el submundo del obrero del carbón. Sub-Terra y Sub-Sole revelan a un escritor "populista", que observa y sufre el drama del trabajador hundido bajo tierra, y en un lenguaje seco, agudo y preciso, se solidariza con la angustia de sus personajes. Joaquín Díaz Garcés (1877-1921) alterna la crónica periodística con el cuadro nativo de humor criollo; Manuel J. Ortiz (1870-1945) se revela hábil conocedor de las costumbres provincianas; Federico Gana (18671926) pinta en forma impresionista escenas campesinas y esboza retratos inolvidables como el de Paulita o La señora; Guillermo Labarca Hubertson (1883-1954) fija los rasgos de la conscripción militar en Mirando al océano, y Olegario Lazo Baeza (1878-) alza el velo sobre el mundo castrense y las peculiaridades de la vida de cuartel.Fruto y renuevo de esta veta naturalista serán, en otro tono más elaborado, Eduardo Barrios (v.), quien con Un perdido, Gran señor y rajadiablos y Los hombres del hombre, penetra en la novela psicológica, con reconstrucciones del mundo anímico de sus protagonistas. Rafael Maluenda (1885-1963) graba en cuentos y novelas de factura mayor el universo burgués y de clase media, y Víctor Domingo Silva (1882-1960) ensaya la pintura de la existencia popular. Augusto D’Halmar (seudónimo de Augusto Thomson, 1882-1950), más lírico y oratorio que creador, deja libros tan varios como Juana Lucero, de raíz naturalista, las evocaciones de Sombras del humo en el espejo, con reminiscencias de Loti, y la equívoca y turbia novela llamada Pasión y muerte del cura Deusto.3. Modernismo y posmodernismo. El paso que acaba de dar la narrativa corresponde a una transformación paralela de la poesía. Los saldos románticos de un José Antonio Soffia (1843-86), y la renovación introducida por Gustavo Adolfo Bécquer (v.) y sus Rimas coinciden con el florecimiento del genio de Rubén Darío (v.), quien llega a Ch. en 1886, escribe en Valparaíso y publica allí su libro Azul. El modernismo (v.), que renueva la lírica española, enseña valores expresivos y musicales, giros y ritmos que no se conocían. Pedro A. González (1863-1903), con su adjetivación exótica y su búsqueda de temas pesimistas y melancólicos, va siendo cada día más olvidado. En cambio, se acentúa la figura de Carlos Pezoa Véliz (1879-1908), admirable mezcla de criollismo y simbolismo, de amor a lo vernáculo y de instintiva asimilación de -hallazgos franceses. Nada, El pintor Pereza y Tarde en el hospital, recuerdan sucesivamente a Bécquer, a Darío y a Verlaine, sin apartarse de la nota específicamente criolla.Las promesas de esta poesía, cada vez más henchida de esencias propias pero enriquecida también por aportes universales, alcanzan desde comienzos de siglo una dimensión mayor en Manuel Magallanes Moure (1878-1924) y, sobre todo, en Pedro Prado (1886-1952). El primero flexibiliza el lenguaje, arrancándole vibraciones musicales y cromáticas que le permiten cantar todas las frases del arrobamiento del amor humano. Prado, de inclinación fuertemente metafísica, peregrina por las veredas de ese amor, así como a través de las cosas, pero atisba y presiente una como íntima referencia escondida tras lo real. Sus novelas poemáticas (Alsino o El Juez rural) se elevan al símbolo. Alsino es un Ícaro rural y rústico, Solaguren ejerce justicia entre seres sencillos y elementales, pero uno redescubre el ansia humana de volar, y el otro se sorprende ante un espejo como extraño a sí mismo, pirandelianamente propio y ajeno a su íntimo yo. Sus versos, que comienzan en el metro libre de Flores de cardo, concluyen en el soneto riguroso de Camino de las horas u Otoño en las dunas, tratando de encerrar el misterio del hombre aprisionado por el tiempo y llamado a la eternidad, fronterizo entre lo terrestre y lo celestial.Gabriela Mistral (v.) trae a la poesía castellana una primera voz cósmica. Salimos ya del laberinto interior para enfrentarnos con Dios y las fuerzas naturales y sobrenaturales. Un vigor de protesta, un clamor de queja, ya airada, ya sencilla y sumisa, penetran el lenguaje y las metáforas. El acento es bíblico, la energía llega al desgarramiento, pero también la música invade la dulzura del canto musitado casi religiosamente junto a la cuna infantil. De la protesta palpitante en Desolación, pasa G. Mistral a la resignación de Tala para entrar en el renunciamiento casi monástico de Lagar. El verso se despoja poco a poco de imágenes y ritmos y la actitud se vuelve ascética y desprendida. Buscaba realizarse en el amor humano, disputado más allá de la tumba; ahora acepta existir en soledad y aislamiento. Todo este tránsito espiritual se acusa en las variaciones del estilo, que cada vez rechaza más la opulencia y la alta orquestación para refugiarse en una desnudez casi lineal. Las únicas notas alegres y cromáticas del final se hallan en sus evocaciones del paisaje chileno o hispanoamericano y en la memoria de las frutas, las flores y algunas figuras ocasionales.Ángel Cruchaga Santa María (1893-1964) cultiva una poesía de vago panteísmo, de amorosa perspectiva religiosa, imprecisa por la blandura de la forma. Jorge Hübner (1892-1964) canta también el amor y la melancolía en estrofas puras y límpidas, y Jorge González Bastías (1879-1950) evoca las tierras áridas del sur. A su lado sobresale la finísima poesía de Juan Guzmán Cruchaga (n. 1895), hecha de íntimas músicas y metáforas aladas y transparentes, con un trasfondo nostálgico y de doliente desencanto. Es célebre su poema Alma no me digas nada...4. Del criollismo a la universalidad. Si reemprendemos el camino de la narrativa, vemos surgir en la década del veinte una voluminosa corriente criollista, que hace del campo el tema fundamental de sus creaciones. Mariano Latorre (1886-1955), trabajador incansable e investigador de los hábitos y el lenguaje campesino, crea todo un mundo rural, con escasas incursiones urbanas, y comunica el amor a la tierra. Débil en la trama, impreciso en el retrato psicológico, depura paulatinamente su estilo, siendo indiscutible el progreso que imprime a la novela chi= lena y la devoción que supo transmitir a lo vernáculo. A su lado pueden citarse otros novelistas de mérito, como Luis Durand (1895-1954), Fernando Santibáñez (conocido por F. Santiván; n. 1886), especialmente por su pequeña obra maestra La hechizada, Alberto Romero (n. 1896) y Lautaro Yankas (n. 1902). Lugar de excepción merece Jenaro Prieto (1889-1946), humorista de voluble agudeza, que con El socio escribe una novela de técnica tradicional, pero de contenido profundamente renovador e incluso oriundo de Pirandello. Allí un ser ficticio, el "socio", imaginado por el protagonista, adquiere tal realidad que desplaza a los personajes y crea un mundo frente al cual éstos sucumben.José Santos González Vera (n. 1897) es criollo y universal, novelador y cronista. Irónico, trabajado por un extremo sentido crítico, Vidas mínimas, Alhué y las memorias o retratos de Cuando era muchacho o Algunos, revelan su don de la diafanidad, animado por una curiosa y dubitativa sonrisa. Ve, observa, describe, se atiene a un aparente verismo, pero por debajo late un piadoso y compasivo humor, que nunca condena pero tampoco salva al personaje. Antirretórico por excelencia, es casi un anticipo de Nicanor Parra; es el anti-novelista, el que se resiste a forzar al personaje, como Parra es el antipoeta, hostil a inundarnos con su yo.Marta Brunet (n. 1901), que parte de un criollismo realista, rápido y certero de trazos como una página de Maupassant, deriva poco a poco hacia la narración compleja y profunda. Desde Montaña adentro a María Nadie, Amasijo o las historias de Solita, la evolución es visible. No sólo el relato se subjetiviza, sino que más tarde nos introduce en el monólogo interior, en la corriente de conciencia, por la cual no ha pasado inútilmente Joyce.Manuel Rojas (n. 1896), celoso de su oficio, reparte su creación entre novelas de aventura e imaginación, con trasfondo criollo sublimado por una pupila universal, y novelas en que usa los métodos de la moderna narrativa oriunda de Proust o Faulkner. Tras Cuentos del sur, El Delincuente, Lanchas en la bahía, el último ya sobre ambiente marítimo, Hijo de ladrón representa una obra maestra de cabal madurez. Hay aquí elementos de una picaresca sabrosa, unidos a un dominio formal que pasa del relato a la introspección interior, del fluir de las cosas al de la conciencia. Este profundo vuelco, que incorpora a Rojas a la gran línea de la novela moderna, se interrumpe en cierto modo por la transición de una forma de relato tradicional, confiada al impulso de la narración misma, a otra en que la referencia al mundo interior no halla aún materiales e instrumental adecuado. Hoy es un desertor de su mundo, que no ha encontrado un continente estable donde desembarcar. Mejor que el vino intenta repetir una novela sabia, pero Punta de rieles apunta a una narrativa abrupta y agresivamente procaz.En la línea de D’Halmar, pero con claro sentido de la realidad, se ubica Salvador Reyes (n. 1899), novelista para quien el mar es el tema máximo y esencial. Trae a la literatura chilena no sólo la novedad del escenario sino también la mayor dimensión de los conflictos, un fuerte sedimento romántico, y el don novelador que deja a la fantasía organizar los datos, cargándolos de fuertes emanaciones poéticas. Impregnado de influencias francesas, equivale a un Mac Orlan o a un Corbiére avecindados en Ch., cuya literatura de evasión aspira a mundos más libres y cosmopolitas.Benjamín Subercaseaux (n. 1902), débil en la evocación novelada (Niño de lluvia es un manojo de recuerdos sin estructura), acierta plenamente en un tipo de ensayo libre, como Chile, o una loca geografía, o en la extensa pero a menudo certera narración, entre histórica y novelesca, de Jemmy Button.Difícil de ubicar, por lo fértil y versátil de su genio, es Joaquín Edwards Bello (n. 1886). Cronista insuperable, capaz de animar el hecho más anodino, escribe novelas tan inteligentes como arbitrarias, desde el naturalismo de El roto hasta La Chica del Crillon o Valparaíso, ciudad del viento. Sabe narrar, vivifica todo lo que toca, pero generalmente su arte, hecho de atisbos y detalles luminosos, resulta frustrado ante la exigencia de mantener la estructura y la continuidad novelescas.La literatura chilena tiende, como se ve, a una superación del criollismo literal y a su inserción en un contexto más amplio, capaz de incorporar temas y técnicas de validez universal. Novelistas como Francisco Coloane (n. 1910), ceñido al sobrio escenario austral de la Patagonia; Fernando Alegría (n. 1918), con un sabor hondamente chileno, pero con fantasía vigorosa, como lo revela su Caballo de Capas; Reinaldo Lomboy (n. 1910), con su Ranquil épico y ardiente; Nicomedes Guzmán (1914-64), epígono de la literatura proletaria en La sangre y la esperanza, mantienen la novela en un plano local por el tema visible, pero universal por la visión y la técnica narrativas. La literatura se emancipa a ojos vistas del criollismo imitativo y sin vuelo, pero traspasa, al mismo tiempo, al escenario autóctono los grandes temas e innovaciones de la narrativa moderna.5. Las grandes corrientes modernas. Al filo de la posguerra subsiguiente al primer conflicto mundial, la poesía europea siente las sacudidas del dadaísmo, el surrealismo y el cubismo, a los que se añaden el creacionismo y el ultraísmo español. La renovación de la poesía de habla castellana experimenta dos influjos nítidamente chilenos: primero, el de Vicente Huidobro (v.), luego el de Pablo Neruda (v.). Huidobro rompe con todo lo externo, y arrasa con todos los cánones lógicos hasta entonces aparentemente acatados. La inspiración queda en libertad, las palabras se emancipan y el subconsciente ordena el nuevo mundo expresivo. Habrá arranques iconoclásticos y fugaces piruetas, pero quedará algo definitivo; la poesía, y toda la literatura, no se calcan sobre la realidad ni dependen de ella. El artista crea su mundo, y un cierto automatismo radical decide la creación estética. Una honda angustia, una sensibilidad azorada y maravillada tiemblan bajo la acrobacia huidobriana, que mostrará su alta capacidad creadora en los versos de Altazor y su arrebatado dinamismo lírico y evocador en Mío Cid Campeador. La poesía rompe con la anécdota; para hacer un poema es preciso actuar "como la naturaleza hace un árbol" (V. CREACIONISMO III).Neruda, que traspasa pronto la frontera romántica y doliente de Crepusculario y Veinte poemas de amor y una canción desesperada, abre la puerta al surrealismo. La acumulación caótica, la superposición de temas en un agolpamiento y un desorden borboteantes, el acento desencantado del que asiste a la destrucción de un mundo interno y externo, confieren una nota dramática a sus poemas. Residencia en la tierra (1925-35) es la adhesión a lo terrestre y telúrico, pero no desde la oposición de una conciencia, sino desde la identidad con una subconsciencia vegetal y mineral, donde el poeta se entrega al ciego impulso inserto en la vida o duerme, ausente, en los callados metales. Más tarde, y por su adscripción a la lucha social y su adhesión al comunismo, Neruda emerge a una poesía en que poco a poco se perfilan temas de proyección objetiva e histórica. La grandeza de Alturas de Macchu Picchu, en su Canto General, y las Odas serenas y casi burguesas de los últimos años, revelan en el primer caso el despertar de una poesía humanizada y solidaria, y las segundas la inmersión conformista en un ambiente donde los cinco sentidos llenan todo el horizonte vital. Se le opone el caótico y apocalíptico Pablo de Rokha (verdadero nombre: Carlos Díaz Loyola, n. 1894), que junto a poemas de suave dulzura, los más escasos, se entrega a un desborde dionisiaco que en no pocos momentos alcanza alturas epopéyicas. Hay grandeza en sus arranques, violencia cósmica en muchos momentos, pero un exacerbado tono profético, mezclado con no pocas groserías, exigen un trabajo prolijo para separar lo auténticamente grandioso de lo retórico y fatigosamente repetido.De Huidobro o de Neruda proceden muchos otros poetas: el nostálgico y musical Julio Barrenechea (n. 1906), que no puede ocultar en su canto la obsesión de la muerte; el orquestal y sinfónico Eduardo Anguita (n. 1914), autor de un poema inolvidable: Venus en el pudridero; el bucólico Juvencio Valle (n. 1900); el versátil surrealista doblado en un escondido clásico, que es Braulio Arenas (n. 1913); el hermético Rosamel del Valle (n. 1901); el cósmico y bíblico Humberto Díaz Casanueva (n. 1908); o el doloroso y desgarrado Gonzalo Rojas (n. 1917), traspasado de sombras y de luces. Pero es preciso llegar a Nicanor Parra (n. 1914; v.) y a Miguel Arteche (n. 1926) para encontrar voces distintas, originales y afirmativas, que emancipen de Huidobro y de Neruda, dirigiéndose hacia tierras nuevas y desconocidas. Entre todos ellos, Óscar Castro (1910-47) hace escuchar una voz exquisita, rica de esencias tradicionales y de atisbos modernos, tan oriundo de Góngora como tributario de García Lorca, pero siempre, en fin, gran poeta eglógico del campo chileno y novelista, a la vez, del agro, la mina y el barrio suburbano.6. Expresionismo posrealista. Nicanor Parra encarna la anti-poesía, el pudor poético que rehúye la grandilocuencia; se asila en la conciencia de que el mundo es demasiado grande y el poeta demasiado pequeño para abarcarlo, por lo que rechaza toda actitud mesiánica. La angustia de ser, la inseguridad del existir y su destino se filtran en estos poemas, llamados también por él "antipoemas", y muchas veces despiertan la censura de una refrenada ironía. El autor de Obra gruesa nos sitúa muy lejos del sacerdocio poético; tenemos que contentarnos con una inspiración "diurna", como él la llama, avergonzada de la función que se le asigna, y atormentada por la conciencia de que todo vivir es inseguro, y todo canto un intento dudoso de su acierto y temeroso de perderse en el vacío universal.Las formas surrealistas dan origen a las novelas prodigiosamente sutiles y singulares de María Luisa Bombal (n. 1910), adivinadas y explicadas con su habitual perspicacia por Amado Alonso. En La última niebla y en La amortajada, el relato fluctúa entre el sueño y la realidad, y en la segunda discurre en las zonas indiscernibles de un entrevisto más allá. Sin embargo, tal es el vigor poético, la fusión del mundo interno con el externo, que se siente vivir al personaje y a la naturaleza en una comunión cabal despertados por un lenguaje prodigioso, que expresa lo inefable y se mueve en las delgadas lindes donde la poesía se hace lógica y la lógica intenta redimirse en poesía. El misterio parece tocarse casi con la mano.En la actualidad la novela se dispersa en numerosas corrientes actuales. Carlos Droguett (v.), autor de Sesenta muertos en la escalera, Eloy y Patas de perro, entre otras, retorna a los temas criollos, pero los trata con visión y técnica ágiles y hondamente modernas. En Eloy, que es todo un modelo en su género, el monólogo interior, la corriente automática de la conciencia, es utilizada con verdadera destreza, haciéndolo digno de figurar entre los relatos mejor escritos y organizados de la actual literatura chilena. Mercedes Valdivieso (n. 1928), con La brecha y La tierra que les di, trata los temas urbanos y revela seguridad y dominio de la narración, claridad en el enfoque y precoz familiaridad con técnicas tan difundidas hoy como el paralelismo sincrónico. José Donoso (n. 1925), que ensaya conflictos de real hondura psicológica en Coronación y Este domingo, muestra una desconcertante faceta en El lugar sin límites, su más reciente relato, que con fría y apasionada curiosidad remueve los fondos más turbios del ser humano, en un lenguaje directo y alucinante de realismo, que rompe con todos los tabúes y las convenciones. Guillermo Blanco (n. 1926) incursiona entre un criollismo dignificado por la fina categoría literaria y la decidida resurrección de temas románticos a la antigua usanza, como en Gracia y el forastero. La dignidad del estilo, la hábil composición y la sutil destreza en el manejo del suspenso lo sitúan en una fila intermedia entre el relato tradicional y la novelación moderna. Curioso es también el caso de Enrique Lafourcade (n. 1927), diestro escenarista de temas aristocráticos y populares, dueño de un lenguaje feliz y plástico, pero que no puede ocultar el artificio de una obra donde el autor mueve más muñecos que seres humanos y los considera con más curiosidad que amor. Jorge Edwards (n. 1931), severo, de rigurosa conciencia creadora, analiza la paulatina descomposición de la sociedad burguesa y tiende, por exigencia de un espíritu sobrio y preciso, hacia una novela que a veces bordea el objetalismo. Entre los cuentos de Gentes de la ciudad, El peso de la noche y Las Máscaras, el endurecimiento del pincel se acentúa hasta convertirlo en buril, pero gana en rigor formal y en hondura de trazo, acuciado por una inflexible conciencia crítica. José Manuel Vergara (n. 1929), fuertemente influido por Graham Greene, publica una primera obra, conflictiva y angustiada, Daniel y los leones dorados, para ir decayendo inexplicablemente en las Cuatro estaciones y en Don Jorge y el dragón. En la generación más reciente debe mencionarse a Antonio Skarmeta, eruptivo, dionisiaco y dosificador de restos del surrealismo con explosiones románticas y relatos de sabor clásico y a Carlos Ruiz-Tagle (n. 1931), de espejeante y caricatural humorismo.En la poesía de los últimos 20 años destaca Miguel Arteche (n. 1926), de fuerte influencia española, marcado por Quevedo y también por Unamuno, debilitado en ocasiones en su expresión metafísica por un barroquismo conceptista; a Efraín Barquero (n. 1931), poeta bucólico y popular; a José Miguel Ibáñez Langlois (n. 1936), agudo crítico, que firma Ignacio Valente, vigoroso ensayista y además alma poética de auténtica inspiración religiosa; a Armando Uribe Arce (n. 1933), evasivo e irónico; a Enrique Lihn (n. 1929), con su trasmundo romántico y surrealista; y a Jorge Teillier (n. 1935), David Rosenmann (n. 1927), Pedro Lastra, (n. 1932), Oscar Hann (n. 1938) y algunos otros.Queda fuera de este recuento la historia, que ostenta figuras como Diego Barros Arana (1830-1907), Benjamín Vicuña Mackenna (1831-86), el avasallador y caudaloso Francisco Encina (n. 1874), revisor de nuestro pasado, el elegante humanista que fue Alonso Bulnes (1885-1970), Jaime Eyzaguirre (n. 1908), penetrante desvelador de la trayectoria de Ch., Guillermo Feliu (n. 1900) y Ricardo Donoso (1887-1946). Podemos también mencionar a críticos de la valía de Pedro N. Cruz (1857-1939), tradicionalista impermeable; Omer Emeth (seudónimo de Emilio Vaisse, 1860-1935), que despertó el amor y el conocimiento de la literatura autóctona; Alone (seudónimo del prestigioso Hernán Díaz Arrieta, n. 1891), Raúl Silva Castro (n. 1903) y Ricardo Latcham (1903-65).F. DURAN VILLARREAL.
BIBL.: H. MONTES-I. ORLANDI, Historia y Antología de la literatura chilena, Santiago 1969; R. SILVA CASTRO, Panorama literario de Chile, Santiago 1961; H, DíAz ARRIETA, Historia personal de la literatura chilena, Santiago 1962; F. ALEGRÍA, Literatura chilena del siglo XX, Santiago 1962; H. MONTES, La lírica chilena de hoy, Santiago 1967.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.