Caza. Deporte. HIST.
Categoria:
Historia
Concepto. Para un hombre nacido en el s. XX, que puede contemplar y analizar los actos y los derechos humanos a la luz de una cultura milenaria, la definición de la e. como importante quehacer humano no debe ser un problema difícil. Y así, la definiremos como un derecho natural al servicio de necesidades humanas, como el ejercicio de una afición innata y como una actividad deportiva, y todo ello impregnado y dirigido por un sentimiento de respeto y compasión hacia los animales.El hombre primitivo había recibido, junto a fuerzas físicas insignificantes en relación con las de los animales salvajes, la inteligencia, con la que acabaría, después de muchos siglos de trabajo y progreso, dominando a todas las especies salvajes, por mucha que fuera su fuerza y corpulencia. Pero este proceso ha sido largo y penoso, y quizá no podamos decir todavía que haya llegado a su final. Porque, si bien es cierto que el hombre puede disparar hoy contra los animales salvajes proyectiles con velocidad supersónica y perfectamente apuntados desde varios centenares de metros, con la ayuda de modernas miras telescópicas, sigue mostrándose torpe e ineficaz frente a los animales que corren y vuelan a las mismas velocidades y distancias que al principio de la Creación.El hombre se ha ido dando cuenta de que, a medida que progresaba en sus descubrimientos científicos y aplicaciones tecnológicas, su superioridad para cazar a los animales salvajes se iba haciendo abusiva. Y entonces nació en su mente un sentimiento noble y esperanzador: la deportividad. Había que autolimitar la superioridad del hombre cazador, dotado con las armas modernas, frente a los animales salvajes, dejando el mayor campo posible a la acción personal de éstos. Y hay que reconocer que los buenos cazadores están escribiendo diariamente bellas páginas cinegéticas con sus lances deportivos. Pero el hombre no deja de cazar. Irá ennobleciendo su actividad, haciéndola más deportiva, pero "tiene" que seguir cazando, a pesar de que la sensación de necesidad de la carne y despojos de los animales haya pasado a un oscuro segundo plano en las naciones más desarrolladas. Y lo hace por una afición innata, por una serie de impulsos y deseos que brotan en nuestra conciencia y que debemos satisfacer dando caza a los más hermosos animales salvajes, sin detenernos en demasiadas consideraciones de utilidad. Afición que tiene mucha fuerza, porque es capaz de superar el freno que pone a nuestras acciones cazadoras el sentimiento de compasión hacia los animales salvajes, pero cuya virtud es inferior a la de nuestra afición, sin duda para que no paralice nuestra acción cazadora, que obedece a razones y necesidades más importantes para el género humano.Convienen estas reflexiones con raíz metafísica para justificar el ejercicio de la c. por el hombre, y contrarrestar así la campaña que desde hace algunos años ha brotado con mucha fuerza en el mundo, y que trata de negar al hombre el derecho natural a cazar los animales salvajes, o, por lo menos, intenta educar a las nuevas generaciones para que se abstengan de cazarlos. Ya es hora de poner punto final a tan gran desatino y a sus consecuencias. Protección y fomento de esta gran riqueza, que constituye la fauna salvaje, hasta donde podamos, combatiendo, incluso, a los animales predatores, pero permitiendo a los hombres el ordenado usufructo de la misma, en el ejercicio de un derecho natural que sirve a necesidades humanas, y responde a una afición innata y a un trabajo deportivo.Las armas cazadoras. El hombre ha venido empleando su inteligencia y todas sus fuerzas físicas, y los instrumentos adecuados que fue creando con su trabajo, para la c. de los animales salvajes. Podemos decir que la c. ha constituido a través de los siglos uno de los grandes acicates del progreso humano. Empezaremos por las trampas, cepos y redes que el hombre puede construir con sus propias manos, sobre el terreno en que vive, empleando materiales naturales, como piedras, maderas y fibras vegetales. Todavía hoy se siguen utilizando con éXIto estos artefactos en ciertas cacerías, aunque construidos ya con materiales modernos, que aumentan su eficacia en ciertos casos.Las cacerías más importantes han sido siempre las conseguidas mediante el lanzamiento de proyectiles por todos los medios imaginables. Desde la primitiva honda, capaz de lanzar piedras con una precisión increíble, hasta el boomerang australiano, pasando por las bolas gauchas, capaces de derribar a la carrera un animal de media tonelada de peso, y por la precisa y silenciosa flecha, hasta el moderno rifle de mira telescópica, capaz de lanzar balas metálicas de media onza de peso a velocidades cinco veces mayor que la del sonido, lo que les proporciona una fuerza viva impresionante que produce la muerte fulminante de los grandes animales salvajes a distancias de varios centenares de metros. El hombre no ha interrumpido su investigación y su trabajo para crear cada día armas más eficaces para el lanzamiento de proyectiles mortíferos en la c.Este proceso, que todavía sigue hacia metas más ambiciosas, ha sido largo y no ha impedido el empleo por el hombre de otros métodos aplicados a la captura de los animales salvajes, entre los que se pueden citar, como. más interesante, el uso de animales domésticos o salvajes domesticados, para capturar otros animales en beneficio suyo. Caballos, perros, hurones y, sobre todo, aves rapaces, con una época de gran esplendor durante la Edad Media, fueron y siguen siendo los animales que ayudaron y sirvieron al hombre en la c. de otros animales. La cetrería, con sus variantes de la altanería o de alto vuelo y la de bajo vuelo, ha sido sin duda la más espectacular de las cacerías que practicó la humanidad. La pasión cazadora de los grandes señores, que no podían satisfacer con las armas poco eficaces de que disponían frente a la rapidez y la astucia de las más bellas especies animales, aves y mamíferos corredores, podía al fin quedar satisfecha con el empleo, casi increíble, al servicio del hombre, después de una paciente enseñanza, de las aves más nobles y de vuelo más rápido de la creación, halcones y azores, que partiendo del puño del halconero volaban rápidos hacia la pieza levantada por el hombre, y después de un bellísimo acoso la capturaban y la sujetaban con sus poderosas garras en el suelo, hasta la llegada del halconero, que podía recogerla con sus manos sin que el ave opusiera resistencia, en un acto de noble servicio.La invención de la pólvora, o mejor dicho, la aplicación de su fuerza expansiva a fines cinegéticos, marca un hito decisivo en la historia de la c. En seguida comenzó la fabricación de las primeras armas de fuego, para impulsar proyectiles de plomo a velocidades hasta entonces desconocidas. Los primeros arcabuces datan del s. XVI y van a parar a manos de reyes y señores. La c. ha entrado en una nueva era. Porque las armas de fuego no sólo proporcionan una capacidad asombrosa de captura de animales salvajes, sino que exigen del hombre una aptitud y una destreza que no están al alcance de todos. El cazador no sólo tiene que descubrir al animal salvaje y aproXImarse a él lo necesario para que su arma de fuego resulte eficaz, sino que tiene que manejarla con rapidez y destreza para que el proyectil lanzado contra la pieza que se escapa en vertiginosa huida alcance a ésta en el sitio más vulnerable. Las armas de fuego, como objetos personales de la más alta estima, son fabricadas por artesanos, que adornan las piezas metálicas y las culatas de madera con grabados artísticos que las convierten en auténticas joyas. Hoy se fabrican en la industria armas de fuego maravillosas por su precisión y potencia, y que aseguran al hombre un dominio eficaz sobre todos los animales salvajes del mundo.Las especies animales de caza. Todas las especies animales que pueden proporcionar al hombre algún producto útil han sido objeto de c. Es cierto que la carne ha sido el despojo más buscado por el cazador, pero también las pieles, huesos, astas y pezuñas fueron productos importantes en la c. Podemos citar la exhaustiva y desordenada c. del bisonte americano, que casi llegó a la extinción de la especie y que se hizo con el exclusivo objeto de aprovechar las pieles. En muchos casos, el cazador deportivo busca sólo el trofeo del animal salvaje, que ejerce sobre él una auténtica fascinación. La taXIdermia, ese difícil arte que conserva los trofeos de los animales salvajes y les devuelve su aspecto de seres vivos, es cada día más una ocupación floreciente. En Inglaterra se edita el catálogo general de los trofeos de c. mayor en el mundo, el Rowland Ward, en el que se registran los mejores ejemplares cazados por el hombre, clasificados según las puntuaciones obtenidas por rigurosa aplicación de fórmulas matemáticas cuidadosamente estudiadas.En la Tierra existen, desde el punto de vista cinegético, dos grupos de especies animales bien diferentes. En uno se incluyen los hervíboros, capaces de transformar los vegetales en carne; es el grupo más abundante y el que constituye el objeto principal de la c., no sólo por el hombre, sino por los animales del segundo grupo, que son los predadores, que se alimentan a expensas de los otros. El hombre caza también a los animales del segundo grupo, no sólo por el valor de sus despojos, trofeos y pieles (generalmente no se aprovecha su carne), sino también para proteger a los animales del primer grupo, los hervíboros, que son las especies sacrificadas y que proporcionan la carne como alimento.Ordenación legal de la caza. Siendo la c. el ejercicio de un derecho natural importante para el hombre debía ser ordenada por el Derecho en cualquier sociedad humana. Y así se hizo, pero debe reconocerse que los legisladores no siempre se inspiraron en la moral. Porque el ejercicio de la c. y la apropiación de sus frutos se reservaron como privilegios a favor de reyes, señores y gobernantes. El pueblo fue despojado con frecuencia de su derecho natural a cazar, bajo penas severísimas; y esto ha ocurrido en todos los pueblos a través de su historia, y aún no podemos decir, en el último tercio del s. XX, que este abuso de poder se haya corregido satisfactoriamente en el mundo, incluso en las naciones más civilizadas.En España se promulgó la primera Ley de c. en 1902, y estuvo en vigor hasta que la nueva Ley, aprobada por las Cortes el 4 abr. 1970, la sustituyó. Esta última amplía considerablemente el reconocimiento del derecho popular a la c.F. JUNCO CALDERÓN.
BIBL.: DUQUE DE ALMAZÁN, Historia de la Montería en España, Madrid 1934; A. CovARsi, Narraciones de un Montero, Barcelona 1952; CONDE DE YEBES, veinte años de Caza Mayor, Madrid 1953; F. RODRÍGUEZ DE LA FUENTE, Cetrería y Aves de Presa, Madrid 1964; F. JUNCO CALDERÓN, Un Cazador en la TVE, Madrid 1968; A. DE URQUIJO, El Pirineo y los Sarrios, Madrid 1967.
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