Castilla la Vieja. Historia. HIST.
Categoria:
Historia
Durante el Paleolítico superior, el territorio de la actual C. la V. estuvo poblado por tribus cazadoras y nómadas pertenecientes a las culturas auriñaciense, solutrense y magdaleniense, que dejaron restos de una perfección y calidad única en las pinturas rupestres de las cuevas del Castillo y Altamira (Santander). Cuando, en la Protohistoria, los pueblos colonizadores mediterráneos empiezan a establecerse en las costas españolas, los grupos étnicos más importantes de C. la V. son los cántabros, autrigones y várdulos, tribus de raíz desconocida, en las actuales provincias de Santander y norte de Burgos; los berones y turmódigos, de estirpe celta, en Logroño y gran parte de Burgos; los belos, titos, arévacos y pelendones, todos ellos celtíberos, en Soria; y, por último, los vacceos, también celtíberos en Burgos, Palencia, Valladolid y Segovia. Su conquista resultó particularmente difícil para Roma, que hubo de sostener la guerra de Numancia (v.), concluida el 133 a. C. Aun así, en la rebelión de Sertorio (v.), entre el 80 y el 70 a. C., sus últimos aliados celtíberos se hicieron fuertes en Ca]ahorra; y, por fin, las guerras cántabros (v. CÁNTABROS ii), episodio final de la resistencia, obligaron a la intervención personal de Octavio. Una vez pacificada la región, C. la V. se incluyó, primero en la provincia Tarraconense, y después, a partir de Diocleciano, su mitad meridional se integró en la recién creada provincia Cartaginense.A pesar de la anterior resistencia, si exceptuamos la zona montañosa, la romanización fue completa, tanto en el campo artístico como en el intelectual y político. Prueba de ello son construcciones de la categoría del arco conmemorativo de Medinaceli o del Acueducto de Segovia unidas a figuras como la del retórico Marco Fabio Quintiliano, natural de Calahorra, o la del emperador Teodosio el Grande, nacido en Cauca, hoy Coca (Segovía). Desaparecido el Imperio romano como consecuencia de las invasiones bárbaras, C. la V., por obra del rey Eurico (v.), quedó incorporada a la monarquía visigoda. No fue fácil el cambio; también entonces sus habitantes resistieron, especialmente los cántabros, autrigones y várdulos. Durante el reinado de Leovigildo (v.) pudieron ser sometidos.Tierras de fronteras. A partir del 713, las fuerzas musulmanas ocuparon el país, excepto la zona cantábrica, de donde habría de partir la reconquista. El rey asturiano Alfonso I (v.) logró apoderarse de Santillana y Trasmiera, comarcas del este de Asturias, así como de la zona del Alto Ebro que sería el núcleo originario de la Castilla medieval. La frontera oriental del reino asturiano, que hoy se corresponde con los valles norteños de la provincia de Burgos, era la zona más vulnerable del reino frente a las incursiones islámicas que penetraban por el Alto Ebro. Para remediarlo, se fueron levantando una serie de fortificaciones, tan numerosas que ya durante el reinado de Alfonso II (791-842) el territorio comenzó a ser conocido con el nombre de C. Su repoblación se hizo fundamentamente a base de vascones, pueblo aguerrido que paulatinamente fue ampliando sus dominios (Burgos se repobló en el 822) y levantando nuevas fortificaciones que, utilizadas como cabeza de puente, permitieron avanzar la conquista hasta el Ebro, el Arlanza, el Duero y las laderas de Somosierra.El gobierno de estas nuevas tierras estaba en manos de condes que, en teoría, dependían de la monarquía astur-leonesa. En teoría, porque debido a su situación geopolítica, encrucijada de rutas y avanzadas frente al Islam, y a la originalidad de su repoblación a base de hombres de condición humilde pero libre, C. iba adquiriendo características muy propias y originales, con un Derecho peculiar y una lengua propia, un romance evolucionado con independencia del leonés. En estas condiciones, es lógico que los castellanos se sintiesen gente aparte dentro del reino leonés y que llegasen a adquirir la mentalidad del habitante de fortaleza que, al mismo tiempo, se siente superior e independiente de los que mandan desde lejos. Así un conde de la región, Fernán González (v.), muerto en el 970, aprovechando la decadencia de los monarcas leoneses, fundó un condado hereditario, inevitablemente abocado hacia la independencia (v. CASTILLA I).Cuando en 1035 murió Sancho III de Navarra el Mayor (v.), a cuyo reino en aquel momento pertenecía el condado, C. la V. se convirtió en reino (v. CASTILLA II) bajo el gobierno de Fernando I (1035-65). A la muerte de Sancho II (1065-72), C. se quedó sin rey y sus habitantes tuvieron que someterse al de León, Alfonso VI (v.). A partir de esta unión, los castellanos, que al principio habían mirado con recelo al monarca, se integraron con entusiasmo en las empresas conquistadoras del mismo, anexionándose la Rioja (1076) y colaborando en la conquista de Toledo. A partir de entonces, desde el punto de vista político la historia de C. la V. no se distingue de la de C. la Nueva (v.), cuyos territorios poco a poco se van incorporando. Recobrada la independencia como reino bajo Sancho III, Alfonso VIII y Enrique I, Fernando III (v.) consiguió añadir León a su corona, que desde entonces fue gobernado por los reyes castellanos.La significación de Castilla la Vieja. Durante toda la Alta Edad Media, C. significó la ruptura con la ideología leonesa que aspiraba a la reencarnación de la monarquía hispano-visigoda. Como ha señalado C. Sánchez Albornoz, el neogoticismo leonés hacía futuro del pasado, anhelaba la restauración de un ayer perdido. C. en cambio, que era una mezcla de vascos, cántabros y godos sin ninguna tradición determinada detrás de ella, sólo pensaba en ensanchar sus fronteras, no para recuperar el reino godo, sino para hallar el espacio que necesitaba su inquieta población, de fuerte espíritu comunitario. Así, en sus cantos populares no aparecían nunca ecos nostálgicos del pasado, sino que sólo se narraban en ellos las hazañas de los jefes que servían de arquetipo a la comunidad, p. ej., Fernán González o el Cid (v.). Es precisamente esta estructura y forma de pensar lo que llevó a C., de su condición de condado independiente a la de pueblo eje de la España cristiana occidental, desde el momento que tomó sobre sí la empresa reconquistadora que León había olvidado. Además en C., durante la Alta Edad Media, como consecuencia de la forma en que se llevó a cabo su repoblación, la mayoría de sus habitantes eran libres, no existían grandes señores y, en consecuencia, el nivel de vida era superior al de los demás pueblos de la España cristiana. Como entre los contribuyentes y el fisco regio no se interponían los magnates, y la mayoría de sus moradores, articulados en grandes y pequeños consejos, tributaban directamente al rey, los soberanos castellanos dispusieron de una hacienda menos endeble que la de otros príncipes hispano-cristianos, pudiendo así mantener poderosas huestes tanto de hidalgos recompensados en metálico como de milicias concejiles; hecho que convirtió a C. la V. en una gran potencia militar. Esta personalidad, basada en su sentido de la libertad y su espíritu combativo, se refleja perfectamente en su obra literaria más famosa. Mientras en Galicia se redactaba la biografía de un gran señor feudal, el obispo Gelmírez, en C. se escribía el Cantar del Mío Cid, la historia de un caballero que deleitaba a los infanzones caballeros, ciudadanos y labriegos castellanos, todos ellos hombres libres como Rodrigo Díaz de Vivar.Auge castellano. El extraordinario aumento demográfico y la gran prosperidad que experimentó el territorio como consecuencia de las grandes conquistas de Fernando III, hicieron de C. la V., durante la Baja Edad Media, un centro de importantísima actividad comercial que afectó sobre todo a las ciudades de la costa, como Santander, a donde llegaban los productos de la industria de Flandes, Inglaterra y Francia, junto a las mercancías (pieles, cueros labrados y metales) del norte de Europa. El incremento del tráfico hizo salir al comercio castellano de la esfera municipal en la que había estado relegado hasta entonces, para alcanzar categoría estatal. Igualmente los comienzos de la guerra de los Cien Años (v.) depararon a los marinos castellanos espléndidas oportunidades. En primer lugar, porque los beligerantes necesitaron sus escuadras para la guerra y los barcos de C. encontraron escasa competencia en el tráfico y, además, porque las lanas castellanas eliminaron la competencia de las inglesas en el mercado industrial flamenco.Naturalmente, este desarrollo comercial no podía limitarse a la zona costera y, así, a mediados del s. XV, Burgos, que dominaba las rutas laneras de la meseta al litoral, alcanzó excepcional importancia mercantil. En 1433 existen ya noticias del Consulado o Universidad de mercaderes burgaleses, aunque, de hecho, hasta 1494, en que fueron confirmadas sus ordenanzas, no funcionó con el carácter de tal. El ejemplo más significativo a este respecto es el apogeo de las famosas ferias de Medina del Campo, creada en 1421, donde, por su situación geográfica, se concentró el tráfico de la lana.La decadencia. A pesar de esta prosperidad, a partir del establecimiento definitivo de la capital española en Madrid (1561) el foco de la vida cultural y política de la nación se trasladó a C. la Nueva. La primera consecuencia de la pérdida de su papel director fue la quiebra económica de Medina y de Burgos y la despoblación de Segovia y Ávila, que perdieron en un siglo casi las dos terceras partes de sus habitantes. Con el descenso demográfico se redujo la industria textil, al mismo tiempo que disminuía de forma alarmante la exportación de lana. A partir de entonces, C. la V. fue adquiriendo una nueva y muy duradera fisonomía: una tierra esteparia abandonada y casi desértica, poblada por hombres profundamente pesimistas. La llegada de los Borbones pudo significar una nueva oportunidad para la región. La política del despotismo ilustrado (v.) levantó la fábrica estatal de Ávila y protegió las manufacturas de Segovia; sin embargo, la decadencia era tan profunda que los intentos de recuperación fracasaron. De esta manera, cuando comenzó el s. XII, y especialmente tras la guerra de la Independencia, C. la V. había perdido toda su antigua estructura comercial e industrial, y era sólo una región agrícola-pastoril, productora de cereales y lana y, como tal, expuesta a las malas cosechas e indefensa ante las periódicas y mortíferas hambres que se producían.Los gobiernos liberales de la segunda mitad del s. XII intentaron la resurrección económica de la zona fomentando su especialización cerealística, dado que el ferrocarril permitía el trasvase del trigo castellano a Santander y, allí, ya transformado en harina, su envío, sobre todo, a las Antillas. Se trataba, pues, de una política proteccionista, que, en principio, debía resultar extraordinariamente provechosa para los latifundistas castellanos; pero la crisis agraria de fines del s. XII determinó el fracaso de todos los planes. Desde este momento C. iba a entrar en un letargo absoluto.Castilla y España. La gravísima crisis que en los últimos años del s. XII supuso a España la pérdida de su antiguo Imperio provocó, a través de la generación del 98 (v.), una nueva preocupación por el papel de C. como centro de los pueblos hispanos. Ahora bien, mientras los intelectuales castellanos se caracterizaron por el pesimismo, el desarraigo de su pasado y el aristocratismo, los periféricos, sobre todo los catalanes, predicaban una solución optimista, constructiva, burguesa e historicista. Ambos grupos tenían su razón de ser en un nacionalismo ardiente que deseaba a toda prisa restaurar la grandeza de España. Si ello no era posible, si España había muerto, los catalanes, los vascos, los gallegos habrían de renunciar a sobrellevar lo que consideraban el peso de C. Esto es lo que acentúa desde los primeros años del s. XII una diferenciación de criterios entre C. y la periferia. Si C. la V. ya había jugado su papel y era más que nada un peso muerto, las regiones periféricas habían de tomar el relevo.Aquí se encuentra la base ideológica de los movimientos autonomistas y separatistas que caracterizan la primera parte del s. XX español. Sin embargo, este anticastellanismo provocó la consiguiente reacción un poco más tarde. Durante la segunda República española (v.) C. la V. vuelve a convertirse en una especie de símbolo político de los grupos jonsistas que se organizaban por aquellos años en Valladolid (históricamente castellana). C. la V. significó para ellos el solar de la Patria y, en consecuencia, el compendio de todas las virtudes hispánicas. En cierto modo, cuando durante la Guerra civil el Estado Nacional coloca su capital en Burgos, lo que hace es recoger ese sentimiento ya muy extendido en la zona "nacional".A. LAZO DÍAZ.
BIBL.: Además de la referente a CASTILLA 1 y 11, y a las distintas provincias: C. SÁNCHEz ALBORNOz, España, un enigma histórico, Buenos Aires 1962; L. SERRANO, El obispado de Burgos y Castilla primitiva desde el siglo I al XIII, Madrid 1935.
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