Carreño de Miranda, Juan
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Biografía GER
Vida. Insigne pintor español del s. XVII, n. en Avilés (Asturias), de familia hidalga, el 25 mar. 1614. Fueron sus padres Juan Carreño y Catalina Fernández Bermúdez. Desde niño aprendió el arte de la pintura en Valladolid, adoctrinado por su tío Andrés Carreño de Miranda, el Viejo (ca. 1591-1660) y por Diego Valentín Díaz. En 1623, y acompañado por su padre, se traslada a Madrid y prosigue su formación al lado de Pedro de las Cuevas y de Bartolomé Román. Los primeros encargos conocidos datan de 1634, cuando pinta el claustro del colegio de Da María de Aragón y trabaja también para el convento del Rosarito. Casa con María de Medina. En 1646 pinta dos cuadros para los altares de la iglesia de franciscanas de Caballero de Gracia. En 1653, Anunciación y Desposorios místicos de S. Catalina para la Enfermería de la Venerable Orden Tercera. En 1656, La Magdalena, para la iglesia de las Arrepentidas (hoy en la Acad. de San Fernando). Antes de 1657 decora al fresco, ayudado por F. Ricci (v.), la cúpula de la iglesia de S. Antonio de los Alemanes; también, por el mismo procedimiento, decoraría las iglesias de Atocha y de S. Tomás. En 1657, la villa de Avilés le nombra alcalde de Hijosdalgo y juez por el estado noble, pero renuncia al cargo. En 1658 es nombrado por la Villa de Madrid su Fiel por el Estado Noble, cargo que sí acepta. Al mismo tiempo, le son encargadas pinturas al fresco de temas mitológicos en el Salón de los Espejos, del alcázar de Madrid, las que deja inacabadas por enfermedad y que continuaría F. Ricci. De 1665 a 1670 trabaja, y de ello hay amplia documentación, en el camarín del sagrario de la catedral de Toledo. Antes de concluir esta obra ha pintado, en 1666, la sensacional pieza Fundación de la Orden Trinitaria, para los Trinitarios Descalzos, de Pamplona. El 27 sept. 1669 es nombrado pintor del rey, y el 11 feb. 1671, por fallecimiento de S. de Herrera Barnuevo, pintor de cámara. Desde este año hasta el de 1682 pinta 17 retratos reales y una copia del llamado Pasmo de Sicilia, de Rafael. El 2 oct. 1685 otorga testamento y el 3 muere, siendo sepultado en el convento madrileño de S. Gil. Su viuda, viviría hasta el 3 mar. 1687. No tuvo hijos, pero crió a una niña cuyos padres desnaturalizados abandonaron a la puerta de su casa. Para completar este resumen biográfico, se agregará que C. gozó durante su vida fama de persona bonísima, de excelente compañero, de hombre humilde y ocurrente. De las varias anécdotas que se le atribuyen y que recogió Palomino (v.) es especialmente decidora la del cuadro "de la cantarilla de miel", esto es, del de un S. Andrés encargado a un mediocrísimo pintor de Alcalá de Henares, Gregorio Utande, que, a ruegos de éste, C. rehízo enteramente, sin otra remuneración que la dicha orza de miel.Obra. Lo que aquí importa es establecer el debido lugar de C. dentro de la gran pintura española del s. XVIr. Y es, sencillamente, el de sucesor directo de menesteres palatinos e iconográficos de Velázquez. A decir verdad, los nombres de los dos grandes pintores son inseparableS. Velázquez (v.) ha introducido a su colega asturiano en el alcázar, él ha determinado la responsabilidad de C. como pintor al fresco de composiciones mitológicas (Mandato de Júpiter a los dioses y Bodas de Pandora y Epimeteo, que tanto daríamos por conocer). Pero, además, al dejar a C. las puertas libres del alcázar, permitiéndole estudiar las ricas colecciones de pintura flamenca y veneciana, Velázquez ha podido enriquecer hasta el máximo la formación provinciana de C., hombre desasistido de viajes y pensiones al extranjero. Nadie lo hubiera dicho, porque, bien pronto, los influjos de Rubens (v.) y Van Dyck (v.), por una parte, y los de los venecianos por otra, se hacen patentes en el pintor de Avilés. Pero se hacen patentes sin ánimo de plagio, sino como lógicos aditamentos al realismo de la escuela madrileña. Y si obras de las más antiguas en el catálogo de C., como la Anunciación, de 1653, en la enfermería de la Venerable Orden Tercera acreditan un primer entusiasmo para con Rubens, El Bautismo de Cristo, de 1682 (Madrid, iglesia de Santiago) denuncia un profundo conocimiento de Tintoretto (v.). Ante esa honesta búsqueda de precedentes, también ante la concienzuda bivalencia técnica de C., dado tanto al óleo como al fresco, caso casi excepcional en nuestra gran pintura sexcentista, el protagonista de chistes y anécdotas trasladado por Palomino debe dejar espacio a la altísima categoría creacional de nuestro hombre. Ya es bien significativo que Velázquez se fijase en su persona y que se mantuviera entre ambos artistas una excelente y constante relación de amistad. No olvidemos que C. testificó en favor de D. Diego en el proceso para la concesión a éste del hábito de Santiago. En cuanto a su sucesión en la ingrata tarea de retratar al nuevo monarca y a la reina madre, la cuestión carecía de opciones. C. será el retratista del infortunado Carlos II, no una sino muchas veces, ya niño, ya mayor el degenerado rey, y, pese a la buena disposición de C., no pudo ser verdad la difícil tarea de sublimar al modelo. También retrató muchas veces a la reina madre Do Mariana de Austria, como viuda (Mus. del Prado, El Escorial, Londres, Munich, etc.), sin poder agregar nada halagüeño al antipático semblante de la señora. Obviamente, C. reserva sus excelentes dotes para modelos mucho más interesantes humanamente. De aquí el soberbio retrato del Duque de Pastrana (Prado), o el de la Marquesa de Santa Cruz (Mus. Lázaro Galdiano), o el del embajador ruso Potemkin (Prado), o el del nuncio de S. S. Fabio Millini (antes, en el Mus. de Barcelona). En todos ellos, el porte noble y la apostura arrogante de la iconografía velazqueña encuentra su seguimiento más normal y directo. Naturalmente, C. ha tenido que retratar también, dentro de la infeliz tónica de su tiempo, a bufones y monstruos; esto es, al bufón Bazán y a la monstrua Eugenia Vallejo, niña de patológica obesidad (las dos obras, en el Prado); pero su versión de esta niña-fenómeno desnuda (que también la hay vestida) pierde mucho de su carácter monstruoso al parecer una versión de Baco niño. Y no es este detalle el menos interesante del sentido humano y centradísimo de C.Por lo demás, si de los retratos pasamos a su producción de orden religioso, tan abundante, no podrá sino acrecentarse su consideración. Ya se han citado algunas de sus obras de este tenor, a las que es preciso añadir el admirable S. Sebastián, del Prado, de 1656, pintado para el convento de Monjas de Vallecas, y hoy en el Mus. del Prado; pieza magistral y que, bien observada, bastaría para proclamar la maestría del artista de Avilés. En cuanto a su tipo de Inmaculada Concepción, del que existen superiores versiones en la Hispanic Society, de Nueva York, y en las col. Gómez Moreno y Adanero, de Madrid; es una Inmaculada bella, humana, sencilla. No olvidemos cuadros tan considerables como el magnífico S. Domingo (1661) del Mus. de Budapest, S. Ana dando lección a la Virgen (Prado) ni el S. Dámaso del Ayuntamiento de Madrid. Y, con todo, aún queda por mencionar la obra maestra de C., la que, inverosímilmente no ha sido descubierta hasta hace muy pocos años, y ello ayuda, no ciertamente del todo, a comprender la escasa fama póstuma y bibliográfica de C. Se trata de La fundación de la Orden Trinitaria, ya mencionada antes, y de la que tan sólo se conocía un precioso boceto en la Acad. de Viena. Precioso, sí, pero el cuadro definitivo, que ingresó en el Louvre, es una verdadera maravilla de composición, de dibujo y, muy sobre todo, de colorido. Es una pintura sensacional, de más que respetables dimensiones (5,00 por 3,27), por lo que se hace aún más difícil de comprender que maravilla semejante haya permanecido incógnita por espacio de más de un siglo. Es la obra maestra de C., repetimos, pero que tan sólo podía desconcertar por su magnificencia a quienes ignorasen la singularísima entidad de este gran artista. Singular por todo. No olvidemos que, en un renacimiento español en que las mejores sales y los más óptimos donaires procedieron del mediodía de España, C. era un hombre del norte.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: Es muy escasa, hasta el extremo de que monografía general sólo hay una: D. BERJANo ESCOBAR, El pintor Don Juan Carreño de Miranda, Madrid 1925; R. MARZOLF, The lije and Work ot Juan Carreño de Miranda, Michigan 1961 (tesis doctoral en ciclostil); G. MARAÑóN, La monstrua de Carreño. El primer caso conocido de síndrome hipercortical, "Correo Erudito" (1941) 105; J. HERNÁNDEZ PEREIRA, Carreño y Velázquez, "Varia Velazqueña", I, Madrid 1960, 482; J. BATICLE, La Fundación de la Orden Trinitaria, de Carreño de Miranda, "Goya" 63 (1964) 140.
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