Carlos VIII de Francia
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Biografía GER
Llamado el Afable, hijo de Luis XI y de Carlota de Saboya, n. en Amboise el 30 jun. 1470. Por su constitución débil y enfermiza allí permaneció y se educó. Apartado de la corte, su preparación era deficiente; cuando murió su padre contaba 13 años de edad y todavía no sabía leer ni escribir, mientras que su mente estaba llena de las hazañas y aventuras de las narraciones caballerescas -pormenor éste que tendría gran influencia a la hora de su gobierno personalRegencia de Ana de Beaujeu. C. fue nombrado rey en vida de Luis XI por expreso deseo de éste, aun sabiendo que algunos nobles se sublevarían, y se le asoció como regente durante su minoría de edad a su hermana Ana, casada con Pierre de Beaujeu, la cual poseía talento diplomático e inflexible mano para el gobierno. Esta mujer, durante ocho años que gobernó, lo hizo con un sello personal, continuando la política de su padre (v. LUIS xi) de afianzar la monarquía frente al poder señorial, no dudando en apoyarse, para ello, en la burguesía, de acuerdo con la corriente política imperante por entonces en Europa occidental.
Lo primero que hizo Ana de Beaujeu fue eliminar a los antiguos consejeros del rey difunto, que fueron condenados, desterrados, o ejecutados. Oliveros el Gamo, barbero que llegó a ocupar importante cargo en época de Luis XI, fue ahorcado; Juan Doyac fue mutilado y desterrado; similares medidas tomó contra el médico Jacobo Cotter. Este autoritarismo levantó protestas, principalmente de Luis, duque de Orleáns, y del duque de Borbón, que pretendían ejercer su influencia sobre el joven rey. Pero el pueblo estaba cansado de las intrigas feudales, y la regente, para recabar el apoyo popular, y gobernar con él, convocó los Estados Generales que se reunieron en Tours el 5 en. 1484. Los Estados sostuvieron a Ana como regente en nombre de C. con la colaboración de un Consejo de 12 miembros; en otras sesiones se solicitaron libertades y reformas económicoadministrativas, se recibieron quejas e incluso se oyeron discursos revolucionarios como el del diputado Philippe Pot, señor de La Roche, que manifestó sus ideas sobre que el Estado pertenecía al pueblo soberano y que el rey era administrador de los bienes de éste. Ante tal actitud, y la petición de que fueran convocados cada dos años los Estados generales, éstos fueron suspendidos el 14 mayo 1484. El 30 del mismo mes, C. fue consagrado rey’ en Reims por el arzobispo Pedro Laval.El recelo continuó entre el duque de Orleáns y Ana de Beaujeu, entablándose una lucha en la que tomaron parte las potencias extranjeras, deseosas de obtener provecho de sus discusiones. El duque de Orleáns se unió a Francisco II de Bretaña y a Maximiliano de Austria. Pero de nuevo Ana consiguió el triunfo empleando conjuntamente la fuerza, la diplomacia y la ayuda del pueblo. Así, en 1488, con tropas populares al mando de Tremouille, penetró en Bretaña ocupando Chateaubriand, Ancenis, y Fougéres, y venció a las tropas bretonas y al duque de Orleáns en la batalla de Saint-Aubin du Cornier (27 julio). El 20 de agosto se firmó el tratado de Sablé por el cual Francisco Il se unía en amistad al rey francés.Al morir poco después el duque y quedar como única heredera su hija Ana, se planteó otro grave problema, ya que Maximiliano de Austria quiso casarse con la duquesa, lo cual hubiera supuesto la anexión de Bretaña al Imperio, y como Maximiliano ya era dueño de Borgoña y Flandes, la posesión de aquel nuevo territorio representaría tener rodeada completamente a Francia. Ana de Beaujeu obró rápidamente al presentar la candidatura de su hermano C., rompiendo antes el compromiso de éste con Margarita de Austria. Ana de Bretaña aceptó, celebrándose el matrimonio en Turena el 6 dic. 1491. Por este enlace ambos contrayentes se cedían recíprocamente sus títulos y bienes, y de esta manera quedó incorporado a Francia el vasto ducado de Bretaña. Después del matrimonio de C., Ana de Beaujeu se retiró; su misión estaba cumplida. Dejaba a su hermano dueño de un gran reino en el que no tenía que temer a nadie. La monarquía había triunfado sobre los derechos feudales.Gobierno personal de Carlos VIII. Desde este momento el gobierno de C. es personal y éste no encontrará obstáculo para realizar sus fantásticos sueños de gloria: conquistar Italia, vencer a los turcos y reorganizar el Imperio de Oriente. No era difícil buscar pretexto. Italia se encontraba dividida entre los distintos Estados e incluso dentro de ellos era frecuente la existencia de varios partidos. Esto ocurría en el reino de Nápoles (v.), que se disputaban desde hacía dos siglos la Casa de Anjou francesa y la de Aragón española. El joven rey quiso reivindicar sus derechos sobre este reino que estaba en manos de Fernando II, descendiente por línea bastarda de Alfonso V de Aragón. Pero antes de lanzarse a esta empresa liquidó las rencillas con sus vecinos, aunque ello le representara la pérdida de algunos territorios. Por el tratado de Senlís devolvió el Artois y el Franco Condado al emperador Maximiliano; por el de Barcelona devolvió a Fernando el Católico el Rosellón y la Cerdaña; con el de Étaples se ganaba la neutralidad inglesa. Por último, obtenida la cooperación de Ludovico el Moro (v. SFORZA, FAMILIA), señor del Milanesado, se puso en marcha en agosto de 1494, a la cabeza de más de 30.000 hombres.Por su mejor preparación técnica obtuvo rápidas victorias (Rapillo), y la entrada en Italia fue un brillante desfile digno de los libros de caballería, tal como el rey lo había soñado. Después de provocar la caída de los Médicis en Florencia y obtener la sumisión del papa Alejandro VI, alcanzó su objetivo: Nápoles (22 feb. 1495). El pueblo italiano, imbuido de las predicaciones de Savonarola, acogió a los franceses como enviados del cielo. Pero pronto C. se abandonó a las delicias del país; su ejército, al no ser pagado, se dedicaba al saqueo y al pillaje, ganándose el odio de los napolitanos que ya no lo veían como liberadores sino como conquistadores. Además la rapidez de este éxito puso en guardia a las potencias europeas. Se formó una Liga (31 mar. 1495), que reunió a Venecia, los Estados Pontificios, Génova, Milán, Fernando el Católico y al emperador Maximiliano. El rey, viendo el peligro que amenazaba sus fronteras, organizó la retirada. Habiendo dejado a Gilberto de Montpensier con unos 12.000 hombres en Nápoles, partió (20 mayo 1495) para cruzar los Apeninos; pero antes tuvo que librar un combate en Fornovo di Taro con las tropas dirigidas por el marqués de Mantua. Fue un gran triunfo francés que no representó mayor beneficio. Las tropas españolas de Sicilia se lanzaron a la liberación de Nápoles. Las fuerzas del conde de Montpensier fueron hechas prisioneras por el ejército que, mandaba Fernández de Córdoba (v.). Tal fue el desenlace de la expedición sugerida por una vanidad pueril, conducida locamente, y terminada sin más resultado que debilitar el ejército y el Tesoro. Como dice Commynes, contemporáneo de Luis XI y C., "convengamos en que este viaje fue dirigido por Dios tanto a la ida como a la venida, pues para nada sirvieron el jefe y los conductores".No obstante este fracaso, no abandonó el rey de Francia la idea de una nueva expedición. Entre tanto se dedicó a realizar algunas reformas interiores. Una de ellas fue el edicto de 2 ag. 1497, que declaraba a París sede permanente del Gran Consejo, evitando las molestias que representaban los traslados de la corte tanto para ésta como para los que solicitaban sus servicios; creando además 12 consejeros que en unión de los magistrados y bajo la presidencia del canciller deberían atender las peticiones. Poco después, 7 abr. 1498, a los 28 años, murió C. a consecuencias de un golpe que se dio en la frente con el dintel de piedra de una puerta baja del castillo de Amboise. Fue muy llorado porque, como dice Commynes, era el hombre mejor hablado que se había conocido; "yo creo, dice, que jamás profirió palabra que pudiera disgustar a hombre alguno...; era delgado y de baja estatura, pero tan bueno que no es posible ver mejor criatura". Como no le sobrevivieron los hijos tenidos de Ana de Bretaña, le sucedió su primo el levantisco duque de Orleáns (v. LUIS XII). Casó éste con la viuda y así la Bretaña pudo continuar siendo francesa. Ésta fue la vida de un joven rey soñador, pero que, pese a pertenecer a la Edad Media, inició una política internacional al estilo de los nuevos tiempos que se avecinaban, buscando así otros campos donde consumir las energías que antes se agotaban en rencillas feudales.MARÍA L. DE LA BANDERA.
BIBL.: 1. VICÉNS VIVEs, Historia General Moderna, I, 2 ed. Barcelona 1951; A. MAUROIS, Historia de Francia, 3 ed. Barcelona 1961; V. ORTIZ DE LA PUEBLA, Historia General de Francia, I, Barcelona 1874.
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