Carlistas, Guerras HIST.
Categoria:
Historia
Contiendas civiles en las que se enfrentaron los partidarios de la rama dinástica iniciada en D. Carlos María Isidro de Borbón (v.), llamados carlistas y defensores de principios políticos tradicionales (v. CARLISMO), con las fuerzas liberales adictas a la descendencia femenina de Fernando VII.Planteamiento general. Los movimientos carlistas se originaron a consecuencia de las medidas tomadas por Fernando VII respecto de su futuro descendiente en el trono español. Hasta 1829 la situación era teóricamente clara: falto el rey de sucesión directa tras su tercer matrimonio con Da Amalia de Sajonia, el heredero legítimo era su hermano D. Carlos. Sin embargo, a la muerte de la reina, en mayo de este año, la decisión de Fernando de contraer nuevo matrimonio con su sobrina Dá María Cristina de Borbón trastornó por completo la situación, pues consumado el enlace (9 dic. 1829), existía la posibilidad de que naciese un heredero varón que impediría a Carlos heredar el trono; pero por si el posible sucesor fuera hembra, D. Fernando trató de asegurar la Corona en su descendencia. Así, promulgó, el 29 mar. 1830, la Pragmática Sanción (v.), por la cual se derogaba el Auto acordado de 1713, es decir, la ley sálica, implantando una ley similar a la que las Cortes habían acordado en 1789, aunque en aquella ocasión sin valor alguno porque no contaron con el refrendo obligado del entonces monarca Carlos IV. Fernando la establecía ahora apoyándose en que contaba ya de antiguo con el consentimiento de la nación y, naturalmente, surgió la discordia, que quedó consagrada cuando el 10 oct. 1830 nació la princesa Isabel, futura Isabel 11, declarada automáticamente heredera de acuerdo con la Pragmática.Naturalmente esta herencia fue impugnada desde el primer momento por D. Carlos y sus partidarios, que ya comenzaban a llamarse carlistas (v. CARLOS MARÍA ISIDRO DE BORBóN; CARLISMO). El bando carlista contaba con indudable ventaja, hasta que el golpe de Estado de septiembre de 1832 -"sucesos de La Granja"- echó a María Cristina en brazos de los liberales, y permitió a éstos el acceso al poder. Cuando murió Fernando Vil, el 29 sept. 1833, el régimen que imperaba en España era ya virtualmente liberal. La reacción carlista fue inmediata.Primera guerra. Los movimientos iniciales surgieron en los más diversos puntos de España a escasas fechas de la muerte del monarca. El 3 de octubre, D. Manuel González sublevó a la guarnición de Talavera de la Reina y proclamó a D. Carlos como rey legítimo de España. La ejecución de los sublevados hizo que sus correligionarios se sublevaran inmediatamente en todo el país; en Bilbao, el marqués de Valdespina, Zabala, Bengoechea y La Torre; en Vitoria, Berástegui y Uranga; en Burgos, el cura Merino y en Navarra y Rioja, D. Santos Ladrón. Mientras, D. Carlos aceptaba desde Portugal la proclamación que realizaran sus partidarios. Mas el decreto gubernamental del 17 de octubre fue un duro revés: desposeía al infante de todos sus bienes y desarmaba a sus partidarios, pasando por las armas a sus principales jefes. A pesar de ello y de los nuevos triunfos liberales (Sarsfield, en Vitoria y Bilbao), los carlistas reaccionan y poco después forman un nuevo frente en Vascongadas y Navarra, iniciándose la guerra formalizada que estará marcada, para ello, por el signo de la más pavorosa carencia de medios. Aunque numerosos y entusiastas, puesto que se vieron apoyados por la gran masa campesina y amplios sectores populares, los carlistas tuvieron en contra a las clases más poderosas e influyentes del país (comerciantes, intelectuales, propietarios y la casi totalidad de la nobleza y el ejército), que contaron, además, con el decisivo apoyo de Francia, Inglaterra y Portugal, mientras que D. Carlos se veía desasistido por parte de las potencias que simpatizaban con su causa (Rusia, Austria, Prusia).En el desarrollo de las operaciones se pueden ver dos fases bien definidas: en la primera (1833-35), los carlistas, dirigidos por el genio militar de Tomás Zumalacárregui (v.), se mueven sobre objetivos fijos y en frentes bien delimitados; la _segunda, en cambio (1836-39), se caracteriza por las arriesgadas expediciones carlistas que recorren el país y llegan al Mediterráneo, o a las puertas de Madrid, con la intención de crear nuevos frentes al enemigo.Primera fase. Comienza con la derrota de Zumalacárregui ante Valdés cerca de Huesca (febrero 1834), tras la que el carlista logra sorprender a Oráa en Urdániz y Zubiri. Poco después aquéllos toman Vitoria (16 marzo) y Calahorra, mientras que se extiende el movimiento: en Vascongadas, Zabala, La Torre y Andechaga luchan contra Espartero; en Aragón luchan Carnicer y Quílez; en el Maestrazgo, Cabrera y, en la Rioja, Basilio García. También se lucha en Asturias, la Mancha, etc. El 22 de abril Quesada intenta atacar a Zumalacárregui, pero éste le sorprende en Alsasua, y aunque aquél inicia una campaña de represalias, es derrotado nuevamente en Muez, Allo y Gulina. El 12 de julio D. Carlos logra penetrar en España y, a pesar de que en el bando liberal Rodil sucede a Quesada, los éxitos carlistas continúan: Olazagutía (25 de julio), Artaza y toma de Viana (4 de septiembre). En octubre, Zumalacárregui vence a O’Doyle, en Alegría, y, al día siguiente, a Osma y Figueras, pero es derrotado por Oráa y Córdova en Mendoza; no obstante, logra recuperarse y causar a este último fuertes pérdidas en Arquijas.Los meses van transcurrienao con estas y otras aucrnativas hasta que, en la primavera de 1835, Valdés, nuevo ministro de Guerra, dirige una expedición contra los carlistas. Zumalacárregui, apostado en el puerto de Artaza, logra derrotarlo (22 de abril). Esta victoria y otra más sobre Espartero abre todo el norte a los carlistas: Estella, Tolosa, Eibar, Durango y Vergara cayeron en su poder. En estos momentos los consejeros de Carlos apoyaron la idea de atacar Bilbao, en lugar de ir hacia Madrid, porque suponían que el dominio de aquella plaza podía significar la ayuda extranjera necesaria para continuar la guerra. Sin embargo, la acción de Bilbao fue nefasta para la causa carlista: Zumalacárregui, herido en una pierna durante el sitio, fallecía el 24 de junio, con lo que privó al ejército de su capacitada dirección y obligó al abandono del cerco.A partir de entorices hay una continuada sucesión de mandos en el bando realista, sin que ninguno logre hacer olvidar la pérdida del guipuzcoano; y como ello coincide con un fuerte apoyo de las potencias amigas a los liberales, se incrementa el dominio gubernamental. Así, tras el desastre de González Moreno, sustituto de Zumalacárregui, en Mendigorría ante Córdova (16 de julio), la victoria de Maroto sobre Espartero en Arrigorriaga fue sólo un respiro hasta el fracaso de aquél en el segundo sitio de Bilbao. Durante el final de 1835 sólo destacan los movimientos del nuevo jefe carlista Eguía, contra Córdova, y las acciones guerrilleras en todo el país: Merino, Lobo y Villalobos en Burgos; Romo en Toledo; Becerra en Andalucía; en Cataluña, Tristany, Vilella y la expedición de Guergué (agosto) y, en Aragón, Maestrazgo y Valencia, Cabrera, Quílez y Forcadell, hasta que el primero, que había sido nombrado general en jefe, es derrotado en Molina por Palarea.Segunda fase. Se inicia con el enfrentamiento entre Córdova y Eguía, que transcurre con el triunfo del primero en Arlabán (enero) y de su enemigo en Plencia (25 febrero) y Lequeitio (12 abril), seguido de la derrota del carlista Sagastibelza en San Sebastián. A Eguía sucede Villarreal, organizador de las expediciones al interior, de las que destacan la de Miguel Gómez, que recorrió Asturias, Galicia, Castilla, Valencia, la Mancha, Extremadura y parte de Andalucía, y la de Basilio García, que atravesó la Rioja, parte de Castilla y de Aragón, sin que ninguna de ellas consiguiera el esperado levantamiento de la población en las zonas centrales del país. Entre tanto, la lucha se recrudece en Cataluña con la oposición entre el liberal Mina y Maroto, y, sobre todo, en Aragón y Valencia, donde Nogueras y Cabrera realizan crueldades sin límites. Fusilada la madre de éste por su enemigo, uno y otro originaron un periodo de venganzas y represalias que sólo terminó con la-destitución de Nogueras. En este sector las operaciones se redujeron a algunos intentos sobre Morella, Cantavieja y Gandesa. En el frente norte, la Sargentada de La Granja motivó la retirada de Córdova y el ascenso de Baldomero Espartero (septiembre), que inmediatamente libró a Bilbao del cerco carlista (noviembre-diciembre, 1836). Aun así, el triunfo de éstos, dirigidos por el infante D. Sebastián, sobre las tropas inglesas de Ewans en Oriamendi, obligó a los liberales a replegarse, hasta que Espartero (v.) atacó de nuevo, ocupando Hernani, Oyarzun, Irún, etc. Poco después se veía obligado a retroceder para hacer frente a la expedición que el propio D. Carlos dirige al interior. Éste, tras recorrer parte de Aragón y Cataluña, se reunió con Cabrera, sin que pudiera ser molestado por Espartero, que en aquellos precisos momentos tenía que hacer frente al ejército de Zaratiegui, quien había llegado en rápida expedición a las mismas puertas de Madrid. Rechazado este peligro, el jefe cristino salió en persecución del pretendiente, que tras llegar también hasta la misma capital, había emprendido la retirada al no observar la menor -colaboración por parte de sus habitantes. En Aranzueque (19 septiembre) y luego en Retuerta (5 octubre), Espartero logró completas victorias sobre sus enemigos, obligándolos por último a regresar a su reducto vasco. Tales sucesos provocaron una grave escisión en el bando realista, pues sólo Cabrera conseguía algunos éxitos, Morella y Cantavieja, en Levante. Poco después, Maroto, jefe carlista desde enero de 1839, inicia conversaciones para firmar la paz, y, a pesar de la oposición de una gran parte del partido, que da lugar al fusilamiento de Guergué, García, Sanz y Carmona, firma un convenio en Oñate (29 agosto), confirmado dos días más tarde con el famoso abrazo de Vergara. Para entonces, D. Carlos ya había abandonado España. La guerra había concluido.Nuevas tentativas. Pocos años después de esta primera guerra, se reanudó la lucha en algunas regiones españolas. Ofendidos por la elección matrimonial de Isabel II, que había rechazado la candidatura del conde de Montemolín, hijo de D. Carlos, los carlistas se lanzaron al campo en 1846, especialmente en Cataluña. Tristany, Eroles y a la muerte de éstos, Gonfaus y Casadessus fueron los primeros, pero pronto el movimiento se extendió a Aragón, Guipúzcoa y Navarra. La llegada de Cabrera en junio de 1847 le dio un fuerte impulso, pero tras los iniciales triunfos en Suria y Amer, el cansancio del país y los primeros reveses aconsejaron abandonar la empresa. Cabrera volvió a Francia con sus hombres. En mayo de 1849 todo había terminado.Sin embargo, Carlos, conde de Montemolín, no cejó en su empeño y años después organizó un nuevo alzamiento. Ortega, capitán general de Baleares, Elío, el marqués de la Romana, Garrigó y otros, estuvieron complicados en él, pero el fracaso fue completo. Reunidos en Mallorca (29 mar. 1860) el pretendiente, los principales jefes y una escuadra carlista, desembarcaron el 1 de abril en San Carlos de la Rápita. Aunque iniciaron inmediatamente las operaciones camino de Amposta, un movimiento surgido en la misma tropa -donde muchos no sabían qué misión tenían-, obligó a Carlos a ocultarse hasta que fue hecho prisionero el 12 de abril. Para quedar en libertad se vio obligado a firmar, el 23, su renuncia al -trono, mientras que sus colaboradores de Madrid permanecían inactivos ante el fracaso de la intentona. Tal fue el conjunto de campañas que algunos autores consideran como la segunda guerra carlista.Segunda guerra. El trágico desenlace de la aventura de 1860, que detuvo los intentos carlistas, no los redujo totalmente. Muerto el conde de Montemolín y al carecer su heredero, D. Juan, de las condiciones necesarias, el hijo de éste, D. Carlos, llamado Carlos VII, encauzó nuevamente las ilusiones carlistas. Tras una reunión plenaria del partido en Londres (21 jul. 1868) y la formal abdicación ’de su padre en París (3 octubre), tuvieron lugar en España las primeras sublevaciones en su nombre (1869 y 1870), pero su fracaso dio lugar a que Cabrera se apartase definitivamente del movimiento (febrero 1870). Cuando Amadeo de Saboya fue elegido rey de España, el carlismo protestó y se decidió a la acción, sobre todo tras su fracaso en las elecciones generales de 1872. A pesar de plantearse en los mismos escenarios, debido a las aspiraciones foralistas de vascos, navarros y catalanes, la nueva guerra va a ser sustancialmente distinta de la primera. Frente a la popularidad de D. Carlos María Isidro, el nuevo pretendiente contó mucho menos con el apoyo de las masas modestas, que habían sido ya captadas, en gran parte, por las corrientes de tipo socialista. Sin embargo, Carlos VII se valió de su juventud, de su dinamismo y, sobre todo, de algo fundamental que le faltó a su abuelo: una proclamación ideológica formal, una doctrina. "El carlismo aparecía no como una regresión al espíritu del Antiguo Régimen, sino como una adecuación de la tradición española a los tiempos contemporáneos. Se hablaba de formas representativas auténticas y de preocupación social" (J. L. Comellas, Historia de España Moderna y Contemporánea, 1474-1965, Madrid 1967, 491).El movimiento iniciado en abril permitió la entrada del pretendiente en España el 2 de mayo, pero la inmediata derrota en Oroquieta le obligó a retornar a Francia. Al mismo tiempo, el general Serrano, enviado por eJ gobierno, pacificaba el norte gracias al convenio de Amorebieta, firmado con la junta de Vizcaya. Los triunfos liberales no evitan las maniobras carlistas en Navarra (Pérula) y Guipúzcoa (Santa Cruz), pero, sobre todo, en Cataluña, en donde junto con Savalls, Auguet y Miret, se mueve ahora el hermano de Carlos, D. Alfonso, que ha llegado para dirigir el movimiento. Poco después, Valdespina subleva Vizcaya (febrero 1873), mientras que la abdicación de Amadeo 1 (11 febrero) y la desorganización del régimen republicano permiten nuevas ventajas a los carlistas. Así, el triunfo de Beramendi y la victoria de D. Alfonso en Oirista y en Alpens (junio), quizá la acción más importante en Cataluña. Gracias a todo ello, el 16 de julio volvía a penetrar en España D. Carlos, quien al mes siguiente entraba en Estella (24 agosto), y hacía de ella su capital. Aun antes de terminar el año, los carlistas lograban los triunfos de Santa Bárbara de Mañeru (6 octubre) y de Montejurra (7, 8 y 9 noviembre) en el frente navarro-aragonés; penetraron en Torroella y Montagut en Cataluña y tomaron Segorbe, Burriana y Murviedró ’en el Maestrazgo. Iniciado el a. 1874 con tan buenas perspectivas y dominando Lizarraga casi toda Guipúzcoa, tras la encarnizada batalla de Velabieta, pronto se comenzó el sitio de Bilbao (febrero), que nuevamente habría de resultar desastroso. Mandaban el ejército carlista Elío, Dorregaray y Valdespina, y contra ellos fue Moriones, que tras su fracaso en Somorrostro, fue reemplazado por Serrano, con Primo de Rivera, Zavala, Concha y López Domínguez como ayudantes. Las acciones se sucedieron encarnizadamente ante la resolución carlista de no abandonar las posiciones, pero al fin hubieron de hacerlo y Serrano pudo entrar y reforzar la ciudad (3 mayo 1874). Conseguido esto, los liberales marcharon sobre Estella (25, 26 y 27 ,junio), pero la resistencia carlista y la muerte de su jefe, Concha, les obligó a retirarse precipitadamente. Los legitimistas intentaron entonces apoderarse de Irún, y aunque fracasaron, lograron vencer a Loma en Urnieta (7-8 diciembre). Mientras tanto, en Cataluña, los carlistas habían tomado Sarriá, luego Olot (14 marzo) y más tarde Blanes, Tordera, San Felíu de Guixols y Seo de Urgel (5 agosto), aunque sin que tales éxitos lograsen acabar con la división interna. Pero, al fin, la proclamación de Alfonso XII como rey de España (27 dic. 1874), vino a dar su último giro a la guerra. Martínez Campos, nombrado jefe liberal en Cataluña, ocupó Olot y más tarde, ya unido a Jovellar, Seo de Urgel (26 ag. 1875).Poco después el ejército del norte se divide en dos: uno, al mando de Martínez Campos, intentará cortar la retirada a los carlistas y apoderarse de Estella; el otro, dirigido por Quesada, debería tomar Vizcaya. El primero ocupó Elizondo y más tarde Irún y Tolosa (febrero 1876), mientras que su lugarteniente, Primo de Rivera, tomaba Estella; Quesada presionó desde Bilbao y Orduña para lograr envolver al enemigo. El propio monarca decidió ponerse al frente de sus tropas. El 28 febrero, D. Carlos y muchos de sus hombres, ante la imposibilidad de seguir luchando, cruzaron la frontera de Francia por el puente de Arnegui. El 17 de marzo Alfonso XII regresaba a Madrid. Todo había concluido.V. t.: CARLOS MARÍA ISIDRO DE BORBóN; ISABEL II DE ESPAÑA; CARLISMO; ZUMALACÁRREGUI, TOMÁS DE.J. M. RODRÍGUEZ GORDILLO.
BIBL.: A. PIRALA, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, Madrid 1853; M. FERRER, D. TEJERA y J. ACEDO, Historia del Tradicionalismo español, Sevilla 1942; S. GALINDD HERRERO, Breve Historia del Tradicionalismo Español, Madrid 1956; R. SÁNCHEZ, Historia de D. Carlos y de la guerra civil de España, Madrid 1844; OVILO Y OTERO, D. Carlos María Isidro de Borbón. Historia de su vida militar y política, Madrid 1844-45; R. OYARZUN, Historia del Carlismo, Madrid 1939; CONDE DE RODEZNO, Carlos VII, duque de Madrid, Madrid 1929.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.