Carlismo HIST.
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Historia
Se da el nombre de c. a un movimiento ideológico, histórico, político y hasta cierto punto social, todavía no bien estudiado ni comprendido, que tiene un lugar importante en el desenvolvimiento de la historia española a partir de la guerra de la Independencia (v.).1. Peculiaridades. El nombre de c. viene de aquellos que, a la muerte de Fernando VII, defendieron los derechos de D. Carlos María Isidro (v.) frente a Da Isabel (v. ISABEL II DE ESPAÑA), pero sin que esto suponga la existencia de unos fundadores o de alguien que haya dotado a este movimiento de sus trazos fundamentales. Es, pues, una tendencia orgánica, más que organizada, que no tiene grandes políticos de renombre o jefes de relieve extraordinario (salvo Carlos VII) y que, sin embargo, pervive sin variaciones ni alteraciones fundamentales cuando los partidos que la vencieron en las guerras y que tantas veces le dieron por acabada, perecieron hace ya tiempo; y ello a pesar de sus intentos de adaptación a las circunstancias a través de continuos cambios y, a veces, verdaderas transformaciones. Incluso la misma monarquía liberal que la desplazó ha desaparecido también.El fenómeno histórico que supone esta pervivencia a lo largo de casi 150 años, sin jefes de renombre, sin políticos de primera fila, sin los recursos del Estado, teniendo que sostener dos largas guerras (v. CARLISTAS, GUERRAS) a base de voluntarios, contra un Estado organizado y ayudado por potencias extranjeras; que mantienen intactos durante 100 años unos principios sin que haya exposiciones sistemáticas de su doctrina política, y que estos principios tengan la fuerza suficiente para movilizar miles de combatientes en el momento en que son necesarios, todo esto es suficiente para poder afirmar que el c. es algo más que uno de tantos partidos políticos del s. XII.2. Evolución. El c. no se nos presenta en ningún momento como algo cristalizado, sino que ha ido sufriendo la evolución propia de todo lo que está vivo. Ni siquiera ha recibido el mismo nombre en sus 150 años de existencia. Mediante el estudio de las fuentes se pueden precisar tres etapas bien definidas dentro de esta evolución, coincidentes, cada una de ellas, con una denominación distinta. Hasta 1827, los autores emplean el término realismo para designar la tendencia política que surge en las Cortes de 1812-13, tan distinta de los puntos de vista de los nuevos reformadores como de los que defienden una vuelta al Antiguo Régimen sin admitir cambios en su estructura. Estos realistas que durante los últimos años de Fernando VII fueron agrupándose alrededor del infante D. Carlos, son los que reciben el nombre de carlistas a partir de 1833, cuando el infante trata de hacer valer sus derechos al trono frente a la figura de Da Isabel. En este momento, lo que era una cuestión de principios en el realismo pasa a un segundo plano para ceder su puesto a lo que se ha llamado la "cuestión dinástica" y centrando todo el problema ideológico en una persona, el infante D. Carlos María Isidro.Después de 1868, este movimiento empieza a denominarse en las fuentes con el nombre de tradicionalismo (v.). El c. amplía la base y debe a la figura de Carlos VII un renacimiento espléndido que luego no se mantuvo. Es esta última una etapa claramente política, que renueva tanto la primera, fundamentalmente ideológica, como la segunda, dinástica o legitimista.Realismo. Cuando la invasión francesa de 1808 puso de manifiesto la quiebra de un sistema político insuficiente para las circunstancias de la época, la conciencia de que había que dar seguridad al sistema estaba tan en el ánimo de los hombres que asumieron la dirección de los negocios públicos que, cuando se reunieron las Cortes extraordinarias de 1810, el afán reformador se manifestó con mayor fuerza que el interés por la misma guerra. Parte de estos diputados reformadores eran hombre formados en la Ilustración, que en su afán por enmendar la Constitución, apenas hicieron otra cosa que adoptar el código que los revolucionarios franceses habían dado a su país.Pero junto a estos ilustrados doceañistas destacan las figuras de otros diputados (Inguanzd, Ostolaza, Borrull, Dou, Aguiriano) que descubren en sus discursos lo que luego serían los principios del c.Existe un documento inmediatamente posterior a las Cortes Extraordinarias que contiene la doctrina política de los realistas. Se trata del Manifiesto de 1814, largo documento que se ha citado demasiado a la ligera en muchos casos. No se trata de una invitación hecha al rey para que vuelva a gobernar según el patrón absolutista, sino que expresa unas ideas tan reformadoras como puedan serlo las de la misma Constitución, si bien respetando la legislación tradicional española, es decir, sin romper la continuidad. A este interesante documento respondic el rey con el Decreto de Valencia de 4 de mayo, ajus tándose en gran parte a sus peticiones, sobre todo en k referente a las Cortes, punto en que el Manifiesto insistía muy especialmente.Cuando en 1820, con el alzamiento de Riego, se proclama de nuevo la Constitución, los realistas vuelven a defender sus ideas tradicionales, a las que añaden la defensa de los fueros.Al terminar el Trienio Constitucional, Fernando VII promulga el Decreto de 1823, en el que olvida todas las promesas hechas en el Decreto de 4 de mayo. A partir de este momento, los realistas, o una parte de ellos, comienzan a agitarse: hay levantamientos -Capapé, Bessiéres- y hasta una guerra civil, la de los Agraviados, en 1827; pero si puede afirmarse el carácter realista de estos levantamientos, no ocurre lo mismo con su contenido, del que no se puede afirmar que sea reformista.En los seis años que transcurren hasta la muerte de Fernando VII, nace el problema dinástico con la publicación de la Pragmática (v. PRAGMÁTICA SANCIÓN) de 1830, según la cual se llamaba a sucesión a las mujeres; la forma oscura, casi secreta, en que nació la ley, la hizo, desde los comienzos, dudosa y fue el germen de las guerras dinásticas de todo el s. XII. Carlismo. Después de los sucesos de La Granja de 1832, D. Carlos fue prácticamente desterrado a Portugal, aunque no rompió las relaciones con el rey, que no pudo lograr su alejamiento a Italia. Cuando se enteró D. Carlos de la muerte de Fernando VII ejerció al momento sus derechos a la sucesión, publicando en Abrantes el Manifiesto de 1 oct. 1833, por el cual anunciaba que se había hecho cargo de la corona. En el mismo octubre se inició el alzamiento carlista en España, con focos en casi todas las provincias, pero centrándose, sobre todo, en la región situada al N del Ebro. El motivo de ello se originó en el hecho de haberse violado la ley de sucesión, que por su carácter de Ley Fundamental, sólo podía alterarse mediante acuerdo conjunto del rey con las Cortes, y no sólo por uno de ambos.La primera guerra carlista, entre los defensores de D. Carlos y los partidarios de Isabel, que detestaban el Gobierno y todos los resortes del Estado, duró hasta 1840. Al principio fue favorable a los carlistas, que tuvieron en Zumalacárregui (v.) una figura militar excepcional, pero su muerte en el sitio de Bilbao, les debilitó, aunque conservaran todavía fuerza durante algún tiempo, llegando en una ocasión hasta las puertas de Madrid. Dos factores contribuyeron a inclinar la balanza de la guerra del lado liberal: la desamortización de los bienes de la Iglesia hecha por Mendizábal (v.), cuya renta permitió al gobierno pagar a sus descontentos ejércitos, y las disensiones políticas en el campo de D. Carlos. Éstas- culminaron en los llamados fusilamientos de Estella, en los que Maroto se deshizo de algunos de los jefes carlistas; poco después, este mismo general pactó con el general Espartero, el más relevante de las fuerzas isabelinas, la firma del Convenio de Vergara. El general carlista Cabrera aún se mantuvo algún tiempo en Cataluña. La guerra terminó en 1840; D. Carlos salió de España. Al poco tiempo, la reina gobernadora, Ma Cristina, hubo de seguir el mismo camino del destierro, al chocar con Espartero por cuestiones de política partidista.Al terminar la guerra, D. Carlos y su familia residieron en Francia. En 1845, el infante abdicó en su hijo Carlos Luis, conde de Montemolín (Carlos VI para los carlistas).Desde entonces, y hasta 1868, el c. vivió con menos pujanza. Cuando hacia 1844 y 1845 se planteó la cuestión del matrimonio de Isabel II, un sector del partido moderado, entonces en el poder, intentó dar una solución al problema, ya propuesta antes de morir Fernando VII, mediante la unión de ambas ramas. En efecto, el marqués de Viluma y Balmes propusieron a Montemolín como candidato ideal para la reina, pues además de acabar así el pleito dinástico, la vacilante autoridad del trono se vería reforzada con el sentido de autoridad y fuerza del c. Montemolín había declarado que "no hay sacrificio compatible con mi decoro y mi dignidad que no me halle dispuesto para dar fin a las discordias civiles y acelerar la reconciliación de la Real familia", pero el matrimonio no cuajó por la general oposición de los liberales. En 1848 fracasó un desembarco en San Carlos de la Rápita, en conexión con un antiguo liberal, el general Ortega. La figura de Carlos VI, romántico, indeciso, sin la claridad de criterio y la firmeza de su padre, de personalidad un tanto desvaída, no fue de peso ni de especial significación para el c.A su muerte le sucedió en la jefatura del c. su hermano Juan III, que era hombre de ideas muy s. XII, avanzadas y nada concordantes con los principios que el c. había encarnado. El Manifiesto que dio en febrero de 1861 es muy significativo de su actitud, pues expresaba su intención de amoldarse a las ideas de la mayoría del país y de ver consagrado su derecho por la soberanía nacional tan pronto pudieran hacerlo. Este documento motivó el que la princesa de Beira, segunda esposa de D. Carlos María Isidro, le dirigiera en septiembre del mismo año: "Los principios democráticos que has proclamado destruyen por su fundamento toda legitimidad, y con el hecho de proclamarlos has renunciado a tus derechos a la Corona confesando que lo esperas todo de la soberanía nacional... En la Monarquía española, el rey no puede lo que quiere, debiéndose atener a lo que de él exijan, antes de entrar en el trono, las leyes fundamentales de la Monarquía... El monarca, en España, no tiene derecho a mandar sino según religión, ley y fuero... Ahora bien: tus principios políticos están en oposición directa con las leyes de la Monarquía española, luego debes renunciar a tus principios o dejar toda esperanza de reinar en España". Su hijo, el futuro Carlos VII, pidió a su padre la abdicación, pero no la obtuvo hasta que, a raíz de la revolución de 1868, D. Juan vio el fracaso de los principios que sustentaba. Carlos VII asumió entonces la responsabilidad de dirigir el c.Tradicionalismo. El trono de Isabel II se hundió con la revolución llamada Gloriosa. En los años inmediatamente anteriores y por la actitud de D. Juan, el c. había fijado su doctrina política. El tesón con que había defendido durante 35 años sus principios y los derechos de sus reyes le habían convertido, en medio del caos de ideas fluctuantes e impuras en que debía apoyarse la monarquía liberal, en la única fuerza capaz de sostener lo que se caía a trozos, quizá porque, por ser la única corriente que hundía sus raíces en el pasado, era firme.Poco antes de la revolución, el general Prim envió, sin éxito, una delegación a Carlos VII para proponerle que se uniera a ella, con la promesa de proclamarle rey al ser destronada Isabel II, siempre y cuando consintiera en refrendar sus derechos por sufragio universal.Ya por entonces, los presagios amenazadores para el trono habían desengañado a no pocos, que habían pasado a engrosar las filas carlistas. La actividad desplegada en estos años fue enorme. Folletos y artículos, especialmente de Navarro Villoslada, Gabino Tejado, Magín Ferrer, Aparisi y Manterola, difundieron y popularizaron el pensamiento y la posición del c. Desde 1868 a 1871, el c. se amplía con la llegada de neocatólicos y monárquicos desengañados de la monarquía liberal. Llegó a contar con 83 periódicos políticos, 14 revistas y otros tantos periódicos satíricos. Hay también documentos oficiales de esta tercera época que permiten conocer el pensamiento carlista en esos años: la Carta-Manifiesto y el Testamento político de Carlos VII, reveladores ambos de la fidelidad con que se mantenían los principios proclamados en 1814.La Carta-Manifiesto fue la bandera de la segunda-guerra carlista (1872-76). En ella, Carlos VII aprobaba y reconocía la validez de las ideas difundidas por sus partidarios en periódicos y folletos; prometía gobernar con Cortes "que verdaderamente representen" a todas las fuerzas del país, dar una Ley Fundamental definitiva y española; reconocía la necesidad de una profunda reforma social y política; preconizaba una autoridad enérgica que sujetara a todos, y se sujetara, ella misma, a la ley; defensa de la unidad católica; Cortes que fueran una "ordenada y pacífica junta de independientes e incorruptibles procuradores de los pueblos, pero no asambleas tumultuosas y estériles de diputados empleados o diputados pretendientes"; descentralización y libertades forales; municipios con vida propia. "Si el país es pobre, decía, vivan pobremente hasta los ministros, hasta el mismo rey". Por parte de los carlistas, la guerra se hizo con la oposición de algunos de sus más notables políticos, como Nocedal; a los cuatro años, agotados todos los recursos, se perdió, y en 1876 D. Carlos volvió a pasar la frontera por Valcarlos.De nuevo entró el c. en otra etapa. Todavía, a raíz del desastre de 1898, se hicieron preparativos para volver a la guerra, pero no se siguió adelante por no aumentar las dificultades del país.A la muerte de Carlos VII quedó como cabeza del c. su hijo D. Jaime. Alfonso XIII había comenzado a reinar. La figura más brillante del c. en esta etapa fue Vázquez de Mella (v.), que, no obstante, tuvo divergencias políticas con D. Jaime, hasta el punto de quedar dividido el c. en dos tendencias, siendo causa de fricciones internas y de que el c. decayera en su actuación.D. Jaime no se casó. Al morir sin descendencia, le sucedió su tío D. Alfonso Carlos, hermano de Carlos VII, que había hecho la guerra de 1872 en el frente de Cataluña. El c. renació con pujanza en 1931, cuando se proclamó la II República española. En 1936, y poco antes de comenzar el Alzamiento Nacional, D. Alfonso Carlos autorizó a los carlistas a sumarse al movimiento contra el caos en que había desembocado la República, siendo decisiva su intervención por los miles de requetés voluntarios que, desde el comienzo, se volcaron, sobre todo, en Navarra. Los Tercios de Requetés tuvieron una actuación sobresaliente en la guerra de 1936-39, siendo casi legendarios los de Lácar y Montejurra.Ya muy en segundo término la cuestión dinástica, y en aras de un interés común muy superior, el c. -denominado, desde Carlos VII, Comunión Tradicionalistase fundió, en 1937, con Falange Española y de las JONS en una agrupación superior llamada Falange Española Tradicionalista y de las JONS, que unificó los grupos integradores del Movimiento Nacional. Sin embargo, la contribución del c. no fue puramente militar; su influencia en el Estado nacido a raíz de la guerra fue mucho más profunda y, ciertamente, merecedora de un estudio serio. Basta observar, p. ej.,que la expresión (y el contenido) Leyes Fundamentales fue patrimonio cuidadosamente guardado por el c., así como el concepto de procuradores (desde 1812 los liberales los sustituyeron por Constitución y Diputados), que a través del c. llegaron al nuevo Estado.No obstante su fusión con Falange Española y otros grupos en el Movimiento Nacional, el c. no perdió su personalidad e idiosincrasia. La cuestión dinástica se mantuvo dentro de él. D. Alfonso Carlos designó a D. Javier de Borbón-Parma como regente, de modo que, al fallecer el último rey carlista, D. Alfonso Carlos, quedó D. Javier con la misión de designar como rey a quien tuviere mejores derechos, acabando por reclamarlos él mismo, aunque no sin contradicción. Alegó mejores derechos un Habsburgo, D. Carlos (el Carlos VIII de los carlistas), que tampoco fue generalmente reconocido. Incluso otro grupo constituyó la llamada Regencia de Estella, por creer que en ninguno de ellos concurrían derechos claros e indiscutibles. En realidad, después de lo que supuso la Guerra española de 1936, y del agotamiento de la rama carlista, el problema es más sentimental que real.3. El carlismo en la historia española. Es muy difícil llegar a una comprensión de la historia española del s. XII sin tener en cuenta al c. Cuando desapareció el Antiguo Régimen en España, quedaron dos tendencias, reformistas ambas, en lucha por la conformación del Estado: una, la liberal, arrancando de los principios de la Revolución francesa, es la que prevaleció y conformó la vida oficial del Estado; otra, la carlista, que, hundiendo las raíces en la tradición española, pretendía la renovación sin ruptura con el pasado. Fue derrotada, pero no vencida, y ha sobrevivido lo suficiente para legar al nuevo Estado, al cabo de 150 años, no pocos de sus tesoros doctrinales. A lo largo del s. XII, los caracteres del c. (popularidad, sentido concreto de la libertad, descentralización, política basada en unos principios, enraizamiento y continuidad con el pasado) aparecen como el contenido de una poderosa corriente que se opuso al liberalismo, cuyos caracteres (intelectualismo, concepto abstracto de la libertad, centralización y uniformismo, política de circunstancias, ruptura con el pasado y enraizamiento en la Revolución francesa), si bien llegaron a conformar todo un siglo, no por eso lograron borrar todo lo que de positivo tenía el c., ni hacerlo desaparecer. El sentido renovador del c. -ya observado por C. Marx a mediados de siglo-, que hasta hace pocos años había pasado inadvertido a los historiadores, hace que hoy sea indispensable su consideración para penetrar en el sentido de la historia española desde la guerra de la Independencia a nuestros días.F. SUÁREZ VERDEGUEA.
BIBL.: F. SUÁREZ, La crisis política del Antiguo Régimen en España, 2 ed. Madrid 1958; R. OYARZUN, Historia del Carlismo, San Sebastián 1939; CONDE DE RODEZNO, La Princesa de Beira y los hijos de don Carlos, Madrid 1938; íD, Carlos VII, duque de Madrid, 3 ed. Madrid 1944; M. FERRER, C. TEJERA y 1. ACEDO, Historia del Tradicionalismo español, Sevilla 1943 SS"; C. SECO, Don Carlos y el Carlismo, "Rev. de la Univ. de Madrid" (1955); M. FERRER, Escritos políticos de Carlos VII, Madrid 1957.
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