Caricatura ARTE
Categoria:
Arte
Concepto. Especialidad plástica cuyo medio expresivo es comúnmente el dibujo, pero que puede ser servida igualmente por todo otro vehículo (pintura al óleo, escultura, etc.) y que, deformando una realidad objetiva, persigue efectos cómicos, grotescos, satíricos, polémicos o incluso injuriosos para personas, situaciones o ideas múltiples. Si en nuestros días apenas puede encontrarse publicación periódica -diarios, revistas semanales- exenta de c., y las hay -con todo su contenido a ellas dedicado, ya con propósitos benévolamente humorísticos, bien con los de ridiculizar y satirizar en alguna dirección, ello es consecuencia de la riqueza y de la creciente difusión de medios gráficos, pero no debe hacernos olvidar que caricaturistas, por lo menos, ocasionales, los ha habido siempre y que los más ilustres artistas han practicado este entretenimiento. En efecto, si la c. ha mantenido en todo momento una doble intención: la de expresar un estado jovial y humorado de su autor, y la de referirse críticamente a algo que es o que puede parecer ridículo y que acaba por serlo mediante unos cuantos trazos hábiles de lápiz o de pluma, bien podemos juzgar de la enorme extensión de su historia, íntimamente unida a la del arte de la mejor seriedad. Bastará con deformar unos rasgos faciales o un tipo humano, con fingir en el prójimo actos grotescos, con transferir a los animales hábitos y hechos a los que se proyecta la sátira, y ya hay c., ello sin contar con los infinitos modos de ingenio a que esta propensión puede dar lugar. Y, no obstante haber sido practicada la c. por eminentes artistas, es raro que el que no lo haya sido muy en serio pueda pasar a la fama por procedimientos que, si son enteramente aceptables, nunca pasarán, por su carácter lúdico, de pueriles. En todo caso, vale la pena intentar comprimir en las líneas siguientes una historia de la c., casi tan vieja como el mundo.Historia. A los primeros remotos ejemplos pertenecen dos papiros egipcios, conservados en el British Mus. y en Mus. de Egiptología de Turín, en que animales como el asno, el león, el cocodrilo y el mono aparecen tocando instrumentos músicos, y gatos y gatas que actúan en un lujoso ambiente, elemental manera de protestar contra los excesos suntuarios de aquella mal organizada sociedad. No se nos ha conservado ningún testimonio de pinturas griegas, pero, aparte de las reminiscencias de la misma que nos ofrece la cerámica .pintada, es fácil espigar en los textos no pocas referencias a artistas del pincel especializados en escenas cómicas, como Ctesícolo, Clesides, Antífilo, Calaces y Galatón, y parece que el propio y celebrado Zeuxis falleció a consecuencia del ataque de risa que le produjo una ridícula figura de vieja que acababa de pintar. Naturalmente, el arte romano abunda en camafeos, esculturillas, etc., de carácter caricaturesco, con tendencia a convertir a los protagonistas en enanos, ello sin entrar en el capítulo de pornografías, que participa del mismo tono en las más de sus obras. También, un fresco de Pompeya reproduce una escena que nos ha llegado por otros conductos: la de la huida de Eneas de Troya, con Anquises y julo, sus cabezas trastocadas por las de monos o perros. Y la c. comenzó a hacerse política al representar en deformes retratos a tiranos como Calígula y Caracalla. La aparición y difusión del cristianismo no detuvo esta corriente, y antes bien dio motivo a groseras c. cual la descubierta por Garucci en el Palatino, de Roma, y que figura un asno crucificado.En el primer arte medieval escasea el género caricaturesco en la plástica, en tanto en la literatura se perfilan prontamente los prototipos de Renart, el zorro, símbolo de la astucia, que suele burlar al lobo y al oso. Pero estos personajes, con otros mil más, hallarán copiosa figuración en cuanto se formule el arte románico, donde se acompañan de multitud de grotescas carátulas y de escenas lúbricas o escatológicas, normalmente en los canecillos de los aleros. Ejemplo sobrado, por lo que toca al románico español, es el de la iglesia de S. Quirce (Burgos), de desenfadadísima iconografía. Aún más incisivos fueron los artistas góticos, los que crearon reiteradamente una entera mitología de Renart, que sirve para ridiculizar y satirizar mucha parte de la liturgia cristiana. Unas veces se trata del zorro o del asno que predica desde el púlpito a los fieles; otras veces, el zorro es burlescamente enterrado por sus víctimas las gallinas, cual podemos ver en un curioso capitel trecentista de la catedral de Oviedo. Por otra parte, el éxito general de las Danzas de la Muerte, de tanto prestigio popular literario y plástico, sacando a plaza a clérigos, frailes, burgueses, emperadores y reyes, todos satirizados, obtendrá reiteradas versiones en multitud de aditamentos plásticos de edificios religiosos, y la xilografía y el grabado se encargarán de hacer llegar tales sátiras a prácticamente cualquier punto de la Europa de entonces. Aun no siendo España el país más afecto a estos desahogos, bastará recordar bajorrelieves de las sillerías de coro del maestro Rodrigo Alemán (el apellido y la oriundez informan bien acerca del verdadero lugar de expansión de la c.) en Plasencia y Zamora, p. ej., para advertir el instinto caricaturesco del artista. Pero ello nos ha injerido ya de lleno en el Renacimiento, etapa en que la c. comienza a ser género propio y caracterizado. Si Leonardo da Vine¡ había dicho que "debemos hacer reír hasta a los muertos", predicaba con el ejemplo, gustando de trazar ridiculísimas c., de las que es buena muestra un dibujo a pluma con cinco grotescos personajes (Bibl. Real de Windsor). Caricaturescos en mucha proporción son varios de los personajes de jerónimo Bosco y de Peter Brueghel el Viejo, siendo de destacar de éste las escenas bufas grabadas por Pieter van der Heyden y L. Vostermann. En lo sucesivo, la nómina de grandes artistas que derivan hacia la c., sin duda en ratos consagrados al ocio y al entretenimiento, es infinita. Recordemos a Agostino Carracci, a Jacques Callot, al Caballero Bernini. Si, en el s. XVI, la c. se había servido de procedimientos de complicada perspectiva para disimular y enriquecer la. imagen grotesca, el XVII no trataba de hacerlo, y Bernini trazaba las c. del card. Borghese o de los servidores pontificios con una naturalidad que bien pudiéramos titular de novecentista.Este arte alcanzó grandísimo predicamento entre los dibujantes ingleses del s. XVIII, animados por cuanto de cómico contenía la obra de William Hogarth, y las estampas de Thomas Rowlandson y de lames Gillray (éste utilizando a menudo el género para atacar la Revolución francesa), son antológicas en la historia del dibujo bufo. Con ello crearon en Inglaterra una tradición que seguiría George Cruikshank y que perseveraría durante muchas décadas en las páginas del Punch. Al llegar a este momento, cabe preguntarse si Goya merece el dictado de caricaturista. Pues bien, por altos que hayan podido ser sus móviles, por superior que se revele la realización, la respuesta no puede ser sino afirmativa, a la vista de tantos asnos, de tantas metamorfosis impregnadas de intención satírica. Era la suya, en este respecto, una actitud declaradamente romántica, y no olvidemos que en el Romanticismo se perfila, el arte de la c. como una gran arma política, sobre todo en Francia. Si Delacroix, pese al acento normalmente elevado de su arte, no ha tenido empacho en hacer c., si las ha ensayado Géricault, no hay duda de que este no precisamente fácil camino ha quedado abierto para muchos. El gran caricaturista político será Honoré Daumier (v.), y no sólo en sus litografías, sino también en sus estatuillas. Todo el reinado de Luis Felipe de Orleáns ha sido, constantemente, satirizado por Daumier, que luego hará blanco de sus aceradas sátiras al segundo Imperio. Eso sí, con una dignidad en todo momento como para ennoblecer por sí mismo la c. como género artístico. En consecuencia, el procedimiento se ha prestigiado, hasta el punto de que no se podría trazar sin sus testimonios la agitada historia política de Europa, pródiga en revistas satíricas de muy varia calidad, en el último tercio del s. XII. Pero ese mismo auge motivó que la c. dejase de ser exclusivamente un arma política, convirtiéndose en acto normal e inocente en las manos de un Beardsley, de un Rops, sobre todo de un Toulouse-Lautrec (v.), del que el principal objetivo de sus sátiras dibujadas era él mismo. Sin embargo, la era de la c. benévola y sólo superficialmente hiriente acabó con el s. XII.En el actual, de acuerdo con la creciente violencia de los conflictos de todo orden, resultaría ser más agresiva particularmente si era practicada por grandes artistas como Alfred Kubin, George Grosz, Paul Klee (v.), etc. Porque, de nuevo, esta especialidad se significa por la dedicación que le brindan los más famosos, entre los que es necesario contar mucha parte de la vasta obra de Picasso, singularmente las datadas en sus años de juventud, rica en dibujos grotescos y risibles. Y, además, actuaban en plenos dominio y tiempo de c. especializada, dando lugar a publicaciones periódicas que, a menudo, y a la manera del veterano Punch inglés, pregonaban nombres de legendarios bufones como Le Nain Jeune y Triboulet en Francia; Simplizissimus en Alemania; Pasquino en Italia; Boloud Istok en Hungría... Estas y otras revistas humorísticas determinaron casi en todos los países escuelas nacionales de humorismo gráfico, lo que no ha obstado a que este género, igual que otro de especie plástica cualquiera, haya evolucionado más o menos de cerca o de lejos al seguir los ritmos generales de la pintura o del dibujo. La tendencia actual más caracterizada es la de la c. absurda y extremada, tanto la que se limita a deformar los rasgos de una persona determinada, como la que, auxiliándose de un pie escrito, persigue la sonrisa, quedando todo ello extremadamente lejos de los benévolos caricaturistas de hace un siglo, que se limitaban tantas veces a plantar la cabeza nada exagerada de un personaje sobre un cuerpecillo diminuto.Pero, para salir de las generalizaciones, será conveniente tratar de contemplar, aunque sea a grandes rasgos, una apresurada historia de la c. española militante desde hace un siglo. Su decano había sido Fracisco Ortego Veredo (1833-81), excelente cronista humorístico de los tipos de su época y autor de sátiras políticas en el periódico El Fisgón. Sigue la pléyade de humoristas de las publicaciones del último momento del reinado de Isabel 11 y de las etapas sucesivas (La Gorda, La Flaca, Gil Blas), en los que la intención política, harto clara, priva sobre la entidad artística del dibujo. Ya a comienzos de nuestro siglo, el gran caricaturista madrileño es Ramón Cilla, de indudable gracia, cronista del eterno tipo de cesante. Después, se abre en la prensa española, diaria o semanal, toda una rica etapa de caricaturistas, cada uno con estilo perfectamente diferenciado y personal, que realizan su ’labor mejor entre los años 1910-30. El gran maestro de la c. política es Luis Bagaría, el que tanto en la revista España como en el diario El Sol era dueño de un estilo muy suyo, muy sintético y curvilíneo, muy grotesco y temido por los satirizados. Mientras Joaquín Xaudaró, que actuaba en ABC y Blanco y Negro se atenía a una c. inocente y de carácter más bien realista, en cierto modo contrapesada por el similar, aunque más gracioso estilo de Ricardo Tovar en La Voz, K-Hito (es decir, Ricardo García), era el caricaturista de El Debate, así como director de la revista humorística Gutiérrez, y en todo momento demostró sus dotes de acerado polemista. Ya antes de 1936, caricaturistas como López Rubio y Tono se dieron a un género de este arte de dibujo absurdamente sintetizado. Tal género era, precisamente, el que había de privar después de la Guerra, tanto por seguimiento de esta tradición como por influjo de los caricaturistas italianos. Su principal medio de expresión ha sido la revista La Codorniz, de humor literario y gráfico premeditadamente absurdo y desconcertante, con cultivadores tan notables como Herreros, Munoa, Máximo, Serafín, Chumy Chúmez, Mingote, etc., cada uno de los cuales ha logrado gran entidad en el género. En todo caso, la variedad de modales caricaturescos es hoy tan amplia que se hace imposible delimitarla mediante normas. Y, por cierto, los caricaturistas hacen bien en utilizar esa amplitud. Si el arte serio parece a veces exceder de sus fronteras tradicionales, y bordear lo cómico y lo grotesco, no se puede coartar, en nombre de nada, la libertad de trazos de una c. cuya primera razón de ser es el absurdo.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: J. F. F. CHAMPFLEURY, Histoire de la caricature, París 1865; J. O. PICÓN, Apuntes para la historia de la caricatura, Madrid 1877; B. LYNCH, A history of Caricature, Londres 1926; J. FRANCÉS, El mundo ríe, Madrid 1921; íD, El arte que sonríe y que castiga, Madrid 1924; ÍD, La caricatura, Madrid 1930; B. G. DE BARROS, La caricatura contemporánea, Madrid s. a.; 1. BALTRUSAITIS, Anamorphoses, París 1956; W. HOFMANN, La caricature de Vinci d Picasso, París 1958.
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