Cánovas Del Castillo, Antonio
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Biografía GER
Estadista y escritor español, artífice de la Restauración monárquica en 1874, y seis veces presidente del Consejo de Ministros. N. en Málaga el 8 feb. 1828, de una bien relacionada familia de la clase media, aunque modesta por sus medios económicos. En marzo de 1843 falleció el padre, encargándose C., a los 13 años, del sustento de su madre y cuatro hermanos menores. A partir de entonces dio muestras de un extraordinario espíritu combativo y una constante iniciativa ante la vida. A los 15 años era profesor y director de una revista, que no pudo prosperar. Poco después (primavera de 1845) emprendía el viaje a Madrid.En la capital, hervidero de ansias políticas, entonces bajo el régimen de los moderados, C. fue protegido por su tío, el costumbrista Estébanez Calderón, al tiempo que iniciaba la carrera de Derecho y se relacionaba con los medios intelectuales y políticos del momento. Su carácter seguro y nervioso a un tiempo, a veces hasta agresivo, su intuición peculiar, y su habilidad para llegar al fondo de las cuestiones, le granjearon prestigio y consideración, amigos y enemigos. A los 20 años no era ya un desconocido en la vida madrileña.1. Cánovas historiador. En 1849 ingresa en la redacción de La Patria, órgano del partido puritano, y pronuncia conferencias en el Ateneo. Su principal afición de entonces parece haber sido la Historia, como lo demuestra el que en el plazo de tres años escribiese la Historia de la decadencia de España; una novela histórica, La campana de Huesca; un drama histórico sobre la princesa de Éboli, que no llegó a publicar; y que colaborase con varios artículos en el Compendio histórico de todas las monarquías. El C. historiador no desapareció nunca, ni aun en los momentos de más agotadora actividad política, y culminaría en 1887, con sus excelentes Estudios del reinado de Felipe IV. Puede decirse que C. hubiera alcanzado fama como historiador, de no haber sido ésta eclipsada por su fama como político. Su técnica heurística y su juicio crítico alcanzan un nivel muy poco frec1:1ente en su época. C. se preocupó fundamentalmente del periodo de los Austrias, y sobre todo del s. XVII, el que señala la decadencia de España. Historiador pragmático, estimaba que de los momentos infelices es de donde pueden obtenerse las lecciones más provechosas. Práctico también en su tendencia innata a llevar las ideas a la vida, quiso aplicar aquella lección a la realidad de la España de su tiempo. "La historia me ha llevado a la política", declaró una vez a Charles Benoist.2. Las ideas de Cánovas. Verdadera excepción en la historia española del s. XIX, C. fue a la vez un pensador y un político de acción. Su obra política es consustancial a su ideología, y no hubiera podido comprenderse sin ella. Sus principios ideológicos son, preponderantemente, los de un pragmático; pero parte de unos cuantos postulados teóricos - las que él llama "verdades madres" - sobre los cuales tiene que basarse, a su juicio, toda edificación política que se intente en España. Estas "verdades madres", inherentes a la naturaleza misma y a la historia del país, son, ante todo, la libertad, la propiedad, la monarquía, la dinastía y la soberanía con- junta del rey con las Cortes. Todos estos principios forman la Constitución interna, constitución que nadie ha proclamado, pero a la que todos deben atenerse, porque brota del propio ser de España.Una vez admitidos estos principios fundamentales, por encima de toda discusión, C. propugna un sistema capaz de discutir todo lo demás, abierto a todas las tendencias, flexible y adaptable a todas las circunstancias, donde se sustituya la revolución por la evolución, y donde toda oposición tenga un cauce legal para manifestarse: cauce destinado precisamente a evitar los desbordamientos. Es más: el régimen que C. concibe exige necesariamente una oposición en contra de la tendencia, habitual hasta entonces en el liberalismo español, de distinguir entre partidos legales (gubernamentales), y.partidos ilegales, o cuando menos peligrosos (de oposición). En el sistema canovista, la oposición se opone a la mayoría que gobierna hasta por deber constitucional: pero de ningún modo se opone al régimen, del cual, como tal oposición, forma parte. La flexibilidad de la concepción política de C. le ganaría partidarios desde los primeros momentos de su dedicación política, aunque no llegaría su consagración definitiva hasta el momento de la Restauración.3. Loss de la carrera política. Como archivero del general O’Donnell, tuvo C. ocasión de participar en los preparativos de la revolución de 1854, que derribó al gobierno moderado de Sartorius. Parece comprobado que fue C. quien redactó el Manifiesto de Manzanares, programa político de aquel golpe, en que se pretendía una síntesis o Unión Liberal entre los dos principales grupos entonces existentes, moderados y progresistas. Sin embargo, el prevalecimiento de estos últimos - bienio progresista, 1854-56-, desengañó a C., que sólo a regaña- dientes colaboró con el nuevo régimen, y ocupó algunos cargos secundarios. Durante dos años (1855-57), fue agente de Preces en Roma, dedicado, aparte de su función diplomática, a los estudios históricos.El 30 jun. 1858, subía al poder O’donnell, con el primer gobierno de la Unión Liberal, y C. fue elevado al puesto de director general de Administración Local, pasando, en 1860, a subsecretario de Gobernación. En 1864, siendo primer ministro Alejandro Mon, C. ocupó al fin la poltrona del citado departamento, cargo que le duró cinco meses, hasta la caída de Mon. Fue más tarde (junio de 1865) ministro de Ultramar, bajo un nuevo gobierno de O’Donnell. Pero el centrismo un poco vacuo y amorfo de la Unión Liberal restó espontaneidad y gusto a su colaboración con el régimen. Es seguro que ya por entonces soñaba C. con una realidad política distinta, capaz de superar la marcha vacilante y de cortas miras de los gobiernos isabelinos.La revolución de 1868 le cogió ya en una actitud de completa neutralidad. " y o no he de hacer ni deshacer barricadas", escribió por entonces al marqués de la Montera. No participó en absoluto en la caída de Isabel 11, el régimen provisional, el reinado de Amadeo I y la primera República. En medio de aquellas rápidas mutaciones, serie de ensayos fracasados (1868-74), fue C. afirmando su acervo ideológico y su plan de un sistema político "del todo nuevo". Concretamente, proyectaba ponerlo en práctica mediante la restauración de la dinastía borbónica en la persona del príncipe Alfonso. El rápido descrédito, en aquellos años difíciles, de todos los hombres y de todos los sistemas, fue prestigiando progresivamente su plan de concordia y amplitud constructiva. Cuando el 27 dic. 1874, el golpe del general Martínez Campos pro- clamaba rey a Alfonso XII, C. era ya el hombre indiscutible del nuevo régimen.4. La Restauración. La situación política de España en aquel punto histórico equivalía, como ha notado Federico Suárez, a una página en blanco, sobre la que se pudiera escribir a voluntad. Había fracasado, en 1868, el régimen personificado por Isabel II, la "reina de un partido"; pero también habían fracasado, entre 1868 y 1874, todos los demás regímenes, de corte radical, destinados a sustituirle. El momento era absolutamente propicio para que C. ensayase un sistema de nueva planta, aparte de que el descrédito de todas las soluciones extremas avalaba, en la mayor parte de la opinión pública, una solución de síntesis como la que C. propugnaba.Convertido desde el primer momento en jefe del Gobierno Provisional, tuvo a su disposición los elementos precisos para llevar a cabo su obra. El nuevo monarca, Alfonso XII, hombre inteligente, abierto y dócil a las sugerencias de los políticos, se hizo pronto popular, y dejó hacer, con tacto exquisito, a los hombres que edificaban el nuevo orden constitucional. En aquella obra resultaba imprescindible, de acuerdo con el pensamiento de C., la "colaboración del adversario". El político que mejor se avino a esta colaboración - es decir, a oponerse lealmente- fue Práxedes Mateo Sagasta, concesivo y tolerante por principio como el mismo C. Como jefes del partido conservador (o canovista) y liberal (o sagastino) respectivamente, ambos hombres polarizarían toda la dinámica política de la época de la Restauración.El 15 feb. 1876 se reunieron las Cortes que iban a elaborar las leyes fundamentales del nuevo régimen C., siempre conciliador entre las tendencias extremas, se convirtió inevitablemente en árbitro de la situación parlamentaria. Pidal, situado a la extrema derecha, o Castelar, a la extrema izquierda, acabaron reconociendo el sentido realista que encerraban los planes del primer ministro. La Constitución de 1876, salida de aquella asamblea, es la más flexible de toda la historia contemporánea de España, y, sin ceder en las cuestiones funda- mentales - las "verdades madres"-, se adaptaba con absoluta agilidad a cualquier situación ministerial. Artículos como5. El turno de los partidos. C. fue tres veces jefe de gobierno entre 1875 y 1881, siendo sustituido durante dos cortos paréntesis por gabinetes presididos por los generales Jovellar y Martínez Campos. En el primer periodo gubernamental (1875-76), afianzó C. la restauración monárquica en la persona de Alfonso XII, y organizó su propia fuerza política, el partido monárquico-constitucional, pronto llamado conservador. En el segundo, 1876-79, arbitró la obra constituyente y la configuración del otro partido, simétrico opuesto al suyo, y que se avino a presidir Sagasta. Fue esta obra - la de lograr una oposición homogénea, fuerte y colaboradora a un tiempo- la que exigió el máximo tacto y talento político de C. Cuando se hubo logrado un único partido liberal, capaz de seguir a Sagasta como jefe indiscutible, la estabilidad del régimen de la Restauración quedaba asegurada..
En 1881, juzgó C. haber Legado el momento de iniciar el turno propiamente dicho con la oposición, y desgastado como ya estaba por el ejercicio del poder durante seis años casi ininterrumpidos, dejó el mando al partido contrario. Los liberales gobernaron - primero con Sagasta, luego con Posada Herrera- de 1881 a 1883, limitándose C. a hacerles una discreta oposición, y aprovechando el relativo descanso para coordinar sus propias huestes, y coronar la fusión de los conservadores con la Uni6n Cat6lica de Pidal. En enero de 1884, volvió al poder el nuevamente fortalecido partido conservador. Un suceso inesperado, la muerte de Alfonso XII el 25 nov. 1885, en plena juventud, vino a plantear la crisis antes de tiempo. C. juzgó que la débil monarquía de la regente María Cristina de Habsburgo quedaría consolidada, si las propias izquierdas se constituían en sus guardianes. Jugada maestra para sus panegiristas, lamentable error para sus detractores, el hecho fue que C. cedió el poder a Sagasta en plenos funerales del monarca.Si C. fue el hombre indiscutible del reinado de Alfonso XII, el patriarcal y transigente Sagasta fue la figura de la regencia de María Cristina. O, cuando menos, el político que asumió el mando por un espacio más largo de tiempo. La pendulación del turnismo, no obstante, siguió operándose al ritmo previsto, sin que C. tuviese que alarmarse demasiado acerca de la estabilidad del régimen que él había configurado. El nacimiento de Alfonso XIII, hijo póstumo del fallecido monarca, vino a asegurar la tan deseada continuidad. Relativamente libre de cuidados, pudo C. dedicarse, mientras estaba en la oposición, a sus estudios literarios o históricos, o a la redacción del conjunto de ensayos políticos y sociales que llevan por título Problemas Contemporáneos.De julio de 1890 a diciembre de 1892, volvió a ser C. presidente del Consejo de Ministros. Hubo de enfrentarse a la crisis económica, patente desde dos años antes, ya un naciente problema social (fruto de buena parte de la rápida industrialización, y, en muchos casos, de un capitalismo desaprensivo), y de atender a la propia disgregación de su partido, en el que C. tuvo que hacer hábiles equilibrios entre Silvela, partidario de la fidelidad a los principios, y Romero Robledo, inclinado a los oportunismos ya las tácticas. Con todo, las medidas de orden, la acentuación del proteccionismo económico, y la buena mano de C. para terciar en todas las querellas internas, permitieron de momento la superación de la crisis. Aun así, la tendencia progresiva de C. a preferir las tácticas a los principios - es decir, su acercamiento a la fracción romerista- terminaría por acarrear la inanidad, y, tras su muerte, la descomposición del partido conservador.6. El problema cubano. Muerte de Cánovas. Tras un nuevo turno de Sagasta, subió C. por última vez al ministerio el 23 mar. 1895. Entretanto, se había planteado el problema de la guerra de la independencia de Cuba, que absorbería las energías del nuevo gobierno casi total- mente. C., decidido partidario de la tesis que consideraba a aquella isla parte integrante e inseparable de España, estaba dispuesto a conceder a los cubanos los mismos derechos y libertades políticas de que gozaban los peninsulares, poniendo como única condición el cese del alzamiento; pero de ninguna manera consentiría en concesiones de tipo autonomista. Fue enviado a La Habana el general Martínez Campos, que ya en ocasión anterior (paz del Zanjón, 1879) había pacificado la isla. Fracasada su gestión, tal vez por su táctica de mezclar la acción diplomática con la militar, C. asumió la responsabilidad de una grave medida: la sustitución de Martínez Campos por el general Valeriano Weyler, partidario de la política dura (enero 1896). La decisión le ganó la oposición enconada de Sagasta y sus liberales, y de una parte de la opinión española. La política de C. ante el problema de Cuba se había hecho ya irreversible.Pronto cobró la lucha caracteres dramáticos. No ya por el carácter decisivo de las operaciones, sino por el creciente intervencionismo de los Estados Unidos, que el gobierno español trataba de contener por medios diplomáticos. C. mostró entonces su incuestionable talento negociador, pero no se preocupó de dar a España un juego de alianzas internacionales capaz de respaldar su actitud. Los efectivos de Weyler avanzaban en su penosa labor de controlar palmo a palmo el terreno de la isla antillana, pero a un ritmo más lento que el deseado, en tanto que la amenaza de una intervención norteamericana --en Cuba y en Filipinas, donde también había estallado un movimiento independista- se cernía cada vez más próxima. En el verano de 1897 se retiró C. a descansar al balneario de Santa Agueda (Guipúzcoa), y declaró a su íntimo amigo Antonio María Fabié, que a su regreso a Madrid tomaría una decisión trascendental respecto a Cuba. No hubo lugar a ella. El 8 ag. 1897, el primer ministro fue asesinado en Santa Agueda por un anarquista italiano, Angiolillo.7. Juicio crítico. Como publicista, ensayista e historiador’ fue C. un talento superior sin duda a la estimación que por ello tiene. El político ha oscurecido, injustamente, al intelectual, y en este sentido cabe decir que su figura está necesitando una reivindicación. Como estadista, se le reconoce unánimemente como uno de los hombres más destacados de su siglo, y como el artífice del régimen más estable - y, de rechazo, del económicamente más próspero- de la historia del liberalismo español. Con todo, no han faltado los críticos. Los hombres del 98, y a su cabeza Costa, han censurado su falta de proyecciones nacionales. C. logró un sistema de estabilidad entre los partidos, no entre los españoles. Estado y pueblo quedaron más distantes que nunca. Ortega critica, sobre todo, la artificiosidad del sistema. García Escudero ha destacado lo circunstancial de sus principios, que fueron desvirtuando con el tiempo la naturaleza del régimen. Hoy se echa de ver en aquel sistema la falta de una política social, que acabaría dando al traste con todo el dispositivo de la Restauración.JOSÉ LUIS COMELLAS.
BIBL. : M. FERNÁNDEZ ALMAGRO, Cánovas, su vida y su política, Madrid 1951; A. Mª FABIÉ, Cánovas del Castillo. Su juventud. Su edad madura. Su vejez, Barcelona 1928; CONDE DE VALLELLANO, Cánovas, Madrid 1846; MARQUÉS DE LEMA, Cánovas o el hombre de Estado, Madrid 1931; J. L. COMELLAS, Cánovas, Madrid 1965; J. Mª GARCIA ESCUDERO, De Cánovas a la República, Madrid 1953.
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