Canalejas y Méndez, José
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Biografía GER
Político español y jefe de Gobierno; n. en Ferrol, el 31 jul. 1854, hijo de un ingeniero industrial barcelonés y de madre sevillana. Trasladada su familia a Madrid, estudió en el colegio de Pantoja y en el Inst. de S. Isidro, hasta cuyas aulas llegó la agitación de las jornadas revolucionarias de septiembre de 1868. Un año después comenzaba los estudios de Filosofía y Derecho en la Universidad. Dos maestros ejercieron especial influjo sobre C., su tío, D. Francisco de Paula Canalejas, y Castelar. El pensamiento krausista, con tan hondo arraigo en las aulas universitarias por aquellos días, marcó también su huella sobre C., si bien en un espíritu amplio, poco propicio a las limitaciones de escuela o de partido. Auxiliar de cátedra desde 1873, año en que terminó la licenciatura, no alcanzó especial renombre como profesor y, tras un breve periodo de docencia, decidió ayudar a su padre en sus tareas como ingeniero de los ferrocarriles del sur de España. Cuando se trabajaba en la línea Madrid-Ciudad Real, fue nombrado C. secretario general de la compañía, labor que realizó con gran actividad y eficacia. Vacante en 1878 la cátedra de Historia crítica de la Literatura española, por muerte de Amador de los Ríos, opositó C. en reñida pugna de la que triunfó Menéndez Pelayo. Otra vez, en 1882, volvió a opositar, también con resultado negativo, lo que le decidió a retirarse definitivamente de la enseñanza.Comienzos de su carrera política. Su vida política se inició ideológicamente en la revolución de 1868. La plenitud de sus años jóvenes coincidió con una época en que los ideales demócratas gozaban de creciente adhesión entre la juventud española. El 20 dic. 1880 se celebró en el entonces famoso restaurante Fornos un banquete de la juventud democrática. Allí se reveló el talante de político y orador de C. Miembro del partido democrático progresista, cuyo jefe era Ruiz Zorrilla, contó con la especial protección de Cristino Martos, que actuó como verdadero padrino en su vida política. En las primeras Cortes liberales, tras la Restauración, las de 1881, tomó parte C. como diputado por Soria. Otro hombre, que años después sería su contrapunto político, Antonio Maura, aparecía también por primera vez en las tareas parlamentarias. En los años posteriores desempeñaría C. sucesivamente distintos cargos de gobierno, desde la subsecretaría de la Presidencia en 1883, con Posada Herrera, a varias carteras ministeriales: Fomento, Gracia y Justicia, Hacienda, Agricultura e Industria y Comercio. En los años críticos de la insurrección cubana, visitó los Estados Unidos y, a su regreso, paró en Cuba donde examinó el problema militar y político. Fuertes censuras lanzó más tarde al gobierno de Sagasta, con el que, sin embargo, colaboraría en 1902.La crisis del 98. Canalejas en el poder. El desastre de 1898 y la muerte de Cánovas, el hombre clave de la Restauración, determinaron la aguda crisis de ésta y el comienzo de quiebra y disolución de los partidos dinásticos. Fue precisamente la subida al primer plano político de dos jefes, Maura y C., la que detuvo temporalmente este proceso.Después de la "semana trágica" de Barcelona ( 1909) y del fusilamiento de Francisco Ferrer, caído el gobierno Maura y tras el breve mandato de Moret (22 oct. 1909.9 feb. 1910), subió al poder C. De forma franca y decidida se aprestó a la difícil tarea de salvar el maltrecho sistema canovista. Siempre se mostró C. como hombre de hechos y de realidades, distante de toda actitud doctrinaria: "España, tal como está, con todas sus imperfecciones, con todas sus ansias de renovación, es el punto de partida de nuestra obra política". Por eso siempre estuvo dispuesto al diálogo ya la postura abierta, si ello encaminaba a la meta oportuna. Su vida, señala Jesús Pabón, fue una gran transacción entre los principios de la revolución del 68, de que partía, y las realidades y los problemas de la Restauración que hubo de atender.Como hombre de gobierno se encontró enfrentado a situaciones tan espinosas como la de las relaciones Iglesia-Estado. Heredero del 68 y discípulo del krausismo, profesaba C. un anticlericalismo que él siempre quiso distinguir de una actitud antirreligiosa: "No existe problema religioso en España, lo que hay es un problema clerical, un problema de absorción de la vida del Estado, de la vida laica, social, por los elementos clericales" (Sesión del Congreso, 17 jul. 1901). En este plano, comenzó su política obligando a las órdenes religiosas a someterse a las leyes y decretos de registro y pago de impuestos industriales y comerciales. Su famosa ley del candado, sobre limitación en el establecimiento de nuevas órdenes religiosas en España y su interpretación del artículo II de la Constitución, de acuerdo con el espíritu de libertad de conciencia, atrajo sobre él la oposición de grandes sectores del clero y de las derechas españolas. El marqués de Comillas brindó una hábil fórmula de conciliación, aprobándose la ley sobre órdenes religiosas sólo por dos años, si en ese plazo no se votaba otra ley de asociaciones. La tensión con la Iglesia se vio también disminuida por la magna celebración del congreso eucarístico de Madrid (1911), cuya clausura presidió el propio rey.Marruecos. Los problemas internos. El problema de Marruecos había sido uno de los caballos de batalla del partido liberal. Percibió C. con clara visión política que el futuro de España en el norte de Africa. peligraba más por la equívoca actitud de Francia. que por la misma oposición marroquí. Cuando una columna francesa tomó Fez (3 jun. 1911), C., que ya había advertido al gobierno francés, ordenó el avance de las tropas españolas sobre Larache, Arcila y Alcazarquivir. La presencia del crucero alemán Panther en la rada de Agadir, una demostración de fuerza que puso en grave peligro la ya precaria paz europea, fue aprovechada por la prensa francesa para suponer secretas relaciones entre los gobiernos alemán y español. Para España, diría C., "el de Marruecos es un problema de fronteras, no un mero problema colonial". Un nuevo tratado hispano-francés, negociado en 1912, establecería de forma definitiva, aunque con nuevas reducciones en el territorio, el protectorado español.Tuvo que enfrentarse C. en el mismo seno de la nación con abundantes problemas, urgentes de solución, que iban desde la cuestión catalana a los movimientos obreros, las intentonas republicanas y la misma hostilidad de las clases conservadoras. Por paradojas del destino, el jefe del partido liberal, el hombre de la izquierda, se convirtió en el gobernante autoritario, que supo llevar la habilidad política hasta donde era posible, para más allá imponer las medidas de rigor necesarias. Gran habilidad y comprensión demostró ante las aspiraciones catalanas. Su colaboración con Prat de la Riba y su proyecto de mancomunidades abrió un camino hacia la autonomía, quizá prematuro para que pudiese triunfar, pero que le valió el reconocimiento y la amistad de grandes sectores de Cataluña. Una severa autoridad requirieron los desórdenes que culminaron en la insurrección del guardacostas Numancia, los sucesos de Cullera y la huelga general ferroviaria de 1912. La rebelión del Numancia (2 ag. 1911), anclado junto a Tánger, venía a ser el remedo de la reciente revolución portuguesa, llamado al rápido fracaso. El juicio sumarísimo de los revoltosos y las posteriores ejecuciones provocaron una secuela de huelgas que tomaron caracteres trágicos en Cullera, donde las masas lincharon a tres funcionarios judiciales. El restablecimiento del orden dio origen a una campaña difamatoria contra C., de la que participó la más extremista prensa extranjera. Supo también hallar solución a la huelga general de ferrocarriles, reemplazando a los huelguistas por obreros ferroviarios llamados de la reserva del ejército al servicio activo.Centro de enconadas pasiones, atacado desde la derecha por su ideología liberal y desde la izquierda por su política de represión, iba a caer C. víctima de un atentado ante el escaparate de una librería de la Puerta del Sol (12 nov. 1912), cuando se dirigía al ministerio de la Gobernación. Su asesino, un anarquista, Manuel Pardiñas, privaba a España del hombre de mayor talla política que había tenido la monarquía de Alfonso XIII. Después de su muerte, el desmoronamiento del régimen era cosa de años y ninguna solución transitoria lo contendría.M. ESPADAS BURGOS.
BIBL.: I. FRANCOS RODRíGUEZ, La vida de Canaleias, Madrid 1918; D. SEVILLA ANDRÉS, Canaleias, Barcelona 1956; DUQUESA DE CANALEJAS, La vida íntima de Canaleias, Madrid s. a ; El partido liberal. Conversaciones con D. José Canalejas., ed. D. LÓPEZ, Madrid 1912.
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