Berlín, Congreso de HIST.
Categoria:
Historia
Célebre reunión de estadistas y plenipotenciarios europeos, celebrada en la capital alemana entre el 13 jun. y el 5 jul. 1878. En su génesis confluyen dos factores históricos fundamentales en la época: el principio de la balanza de poderes introducido por Bismarck (v.) a partir de 1870, y las apetencias, singularmente de Austria y Rusia, sobre el espacio balcánico (v. BALCANES III).El principio bismarckiano (que envolvía, en el fondo, una falta de principios) del equilibrio no se basaba, en sentido estricto, en la igualdad de fuerzas, ni mucho menos en normas éticas de convivencia internacional, sino en el reconocimiento mutuo de una influencia proporcional a las fuerzas de cada uno. Enraizado en la mentalidad positivista propia de la época, se basaba en los hechos, en las realidades físicas, y en modo alguno en las teorías o en las doctrinas abstractas. Las diferencias entre los Estados serían zanjadas por conferencias internacionales, en las que el Reich alemán, más fuerte individualmente que cada una de las restantes potencias europeas, podría arrogarse el papel de árbitro. Por eso no interesaba a Bismarck un sistema de alianzas, que pudiera hacer perder a Alemania su privilegiada posición en el conjunto de las individualidades nacionales del Continente.Sin embargo, era inevitable que las alianzas tendieran a formarse. Los tanteos en este sentido iniciados por Francia y Austria movieron al canciller germano a cambiar de táctica. Ya que no podía impedirse la formación de una alianza, era preciso que Alemania entrase en ella, y, a ser posible, la dirigiese. Las entrevistas de Berlín, en 1872, entre Guillermo 1 de Alemania (v.), Francisco José I de Austria (v.) y Alejandro lI de Rusia (v.) pusieron las bases de lo que un año más tarde quedaría formulado como Liga de los tres Emperadores. No se trataba de un compromiso estricto, sino de una especie de directorio europeo, sobre la base de la dignidad imperial, que presidiría en cierto modo el concierto de las naciones y garantizaría la paz continental sobre el equilibrio dinámico de la balanza de poderes. Alemania llevaba claramente la iniciativa, y por consiguiente, de hecho, la presidencia. Ahora bien, Austria y Rusia tenían intereses contrapuestos en los Balcanes, donde tanto una como otra aspiraban a la expansión territorial o a la creación de zonas de influencia sobre los despojos del decadente Imperio otomano. La gran preocupación alemana fue evitar a toda costa el enfrentamiento de sus dos aliados, con la consiguiente necesidad de decidirse por uno de ellos. El recrudecimiento de los nacionalismos balcánicos acabó provocando el conflicto rusoturco 1877 que Bismarck, pese a todas sus previsiones, no pudo evitar. Los rusos avanzaron en tromba hacia Constantinopla, con el consiguiente escándalo de Austria, que no podía tolerar la expansión unilateral del Imperio de los zares, y de Inglaterra, que temía por encima de todo la presencia de Rusia en los estrechos y en el Mediterráneo. La paz de San Estéfano (3 mar. 1878) reflejaba sólo aparentemente la moderación de San Petersburgo; respetaba la presencia turca en el Bósforo y los Dardanelos, aunque reservándose el derecho de libre paso, y sólo incorporaba a Rusia el territorio rumano de Besarabia. Pero creaba al mismo tiempo una Gran Bulgaria, con salida tanto al mar Negro como al Egeo, regida por un príncipe designado por los rusos, y con una capacidad evidente para controlar en cualquier momento la zona de los estrechos. Austria denunció violentamente el tratado de San Estéfano, y Gran Bretaña envió su escuadra a los Dardanelos. La guerra general parecía a punto de estallar.Fue entonces cuando se movió con peso decisivo la diplomacia alemana. Bismarck, con habilidad suprema, supo esperar hasta el momento más dramático de la crisis para hacer la llamada a una conferencia que salvase la amenazada paz de Europa: su papel de árbitro concertador hubo de ser aceptado forzosamente por todos. El Congreso de B. fue un torneo diplomático de alto nivel, en el que brillaron con luz propia los dos colosos de la política europea del momento: el propio Bismarck y el primer ministro británico, B. Disraeli (v.). La posición del canciller alemán, a pesar de las ventajas que le concedía su papel de anfitrión, era extremadamente incómoda; tenía que frenar el ímpetu de las apetencias rusas, sin descontentar por ello decisivamente a los hombres de San Petersburgo, y evitar, al mismo tiempo, el desencanto de Austria respecto de la alianza alemana. El habilísimo ministro inglés se movía, en cambio, sobre un terreno mucho más fácil, pues las circunstancias ponían todas las bazas a su disposición, y pudo permitirse el lujo de luchar en dos frentes: mantener alejada a Rusia de los vitales estrechos, y cuartear todo lo posible el sistema de alianzas continental. No cabe una afirmación simplista sobre cuál de los dos propósitos prevaleció. Es evidente que las intenciones fundamentales de Bismarck fueron cumplidas, y que el papel de Alemania como árbitro europeo quedó más confirmado que disminuido en el congreso, aunque Disraeli vio alejados a los rusos del Mediterráneo, y se jactaría luego en su patria de haber pulverizado en unos días la aparatosa Liga de los tres Emperadores. (La alianza germanorusa seguiría subsistiendo, sin embargo, aunque en precario, hasta 1890).En cuanto a los propósitos de las otras dos grandes potencias implicadas, eran bien sencillos y perfectamente contrapuestos: el de Rusia, lograr las menos modificaciones posibles del tratado de San Estéfano, y mantener la dirección y el control del movimiento nacionalista eslavo en los Balcanes; el de Austria, hacer retroceder a Rusia a su punto de partida, o bien, caso de consentirle alguna ventaja, obtener por su parte las máximas compensaciones territoriales.En estas condiciones, se desarrolló el congreso durante tres semanas de difíciles debates. La maestría del canciller alemán consiguió llevarlo a un fin aceptable por todas las partes, aunque se tratase, en el fondo, de un arreglo a medias. A Rusia no se le despojaba propiamente de sus conquistas, puesto que se aceptaba como buena la ocupación de Besarabia, pese a tratarse de un territorio reconocidamente rumano; a Rumania se la compensaba con la anexión de la Dobrudja, territorio que, en cambio, estaba habitado por búlgaros. Austria era consolada con las extensas y multirraciales provincias de Bosnia y Herzegovina, que aunque seguían bajo la soberanía nominal del sultán, serían ocupadas militarmente, gobernadas y administradas por Viena, en un régimen similar al de un protectorado. La víctima propiciatoria era la Gran Bulgaria, que en un plazo de semanas vio realizado y truncado su sueño de potencia balcánica. Macedonia fue devuelta a Turquía, con lo que los estrechos contarían con un hinterland que el sultán podía convertir en glacis defensivo; Dobrudja, como ya queda dicho, pasó a Rumanía, y en la franja S se creó un pequeño principado semiautónomo, la Rumelia Oriental, dependiente para ciertas cosas de Constantinopla. La soberanía de lo que quedaba la "Pequeña Bulgaria" fue confiada a Alejandro de Battenberg, con singular acierto diplomático, pues aquel príncipe, por unas u otras razones, era bienquisto de rusos, alemanes y británicos.En cuanto á los estrechos, se confirmaba el principio de la navegación libre, pero sólo para los barcos mercantes; los navíos de guerra habrían de solicitar el oportuno permiso de la Sublime Puerta, que sería libre para concederlo o denegarlo.La conclusiones del Congreso de B., obtenidas tras un difícil forcejeo de las potencias sobre uno de los campos más espinosos de la política europea, fueron un típico ejemplo de la diplomacia positivista, y condujeron a una solución de hecho, no de derecho. Se evitó una guerra general, y se logró mantener, a fuerza de complicados equilibrios, el sistema de alianzas y la estabilidad de la balanza de poderes, que continuó determinada por las mismas fuerzas, y en la misma proporción, que hasta entonces. Pero la salida había sido francamente artificiosa. No sólo no resolvió las tensiones del complejo avispero balcánico, sino que enredó aún más la situación, y aumentó los irredentismos nacionalistas al adjudicar a los distintos Estados territorios correspondientes, desde el punto de vista étnico, a sus vecinos. En aquel debatido espacio saltaría la chispa que acabaría provocando la primera conflagración mundial. V. t.: BALCANES III.J. L. COMELLAS GARCÍA LLERA.
BIBL.: S. M. GORIAINOV, La question d’orient á la veille du traité de Berlin 18701876, París 1948; W. MEDLICOTT, The Congress of Berlin and after. A diplomatic history of the Near East senlement, Londres 1938; W. WINDELBAND, Bismarck und die Europüischen Müchte, Fssen 1942; W. SETOWATSON, Gladstone, Disraeli and the Eastern Question, Londres 1936.
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