Berlin, Conferencia de HIST.
Categoria:
Historia
Reunión diplomática de los plenipotenciarios de los principales países colonizadores, celebrada en la citada capital, en febrero de 1885, para resolver los litigios derivados de la expansión por tierras africanas.La conferencia de B. encaja perfectamente en el marco de la política internacional del último cuarto del s. xix, dominada por el juego de la balance of powers, el arbitraje y la idea positivista de que los hechos, siempre que no representen una flagrante violación, tienen más fuerza legitimadora que los principios. El canciller alemán, Bismarck (v.), típico representante de la concepción política positivista, y árbitro de hecho del concierto europeo por aquella época, fue quien convocó la conferencia, como siete años antes había convocado el congreso de Berlín (v.) para resolver la cuestión de los Balcanes (v.).En 1885, la corriente colonialista (v. COLONIALISMO) atravesaba el momento más intenso de su historia. Hasta 1870, aproximadamente, apenas se habían expandido más que los ingleses, dotados de antiguo de una decidida vocación colonizadora, y que se habían granjeado ya por entonces un fabuloso Imperio en las cinco partes del mundo. Pero la industrialización masiva del continente europeo, a partir sobre todo de mediados de siglo, ponía a las grandes potencias de Occidente en la doble e imperiosa necesidad de agenciarse nuevos mercados y buscar materias primas abundantes y a bajo precio de coste. África, prácticamente virgen de colonizaciones, excepto la británica, hasta 1870, se vio reclamada por una serie de economías nacionales europeas, que buscaban en el continente negro el estaño, el cobre, el caucho, el marfil y los productos tropicales. Incluso’ el oro y los diamantes. Francia comenzó su expansión africana en 1872, Bélgica en 1878, Italia en 1880, Alemania en 1882, España en 1884. Los portugueses ampliaban mientras tanto sus viejos establecimientos. La colonización de África, de empresa británica, pasó a ser empresa europea. Eran inevitables los roces, máxime que no existía en el reparto el menor criterio de distribución, ni convención alguna previa. En Europa, el concierto de las naciones se regía por una especie de tácitas reglas del juego, que nadie en el fondo se atrevía a violar, y que garantizaban en cierto modo el statu quo de la balance of powers. En África no existía convención alguna, y el reparto de zonas de influencia se hacía caóticamente, sin atender a razones de proximidad geográfica, ni de homogeneidad étnica o territorial. Chocaban portugueses e ingleses, franceses y belgas, y los establecimientos alemanes no se hicieron sin el recelo británico, hecho que aconsejó a Bismarck la máxima prudencia. Lo que provocó la crisis fue la erección del Estado Libre del Congo, por Leopoldo II de Bélgica, forma de colonialismo solapado, que ponía en manos del rey de los belgas y de su poderosa Compañía un territorio inmenso en el centro de África. Protestaron Gran Bretaña, Francia y Portugal, y cuando empezó a temerse una intervención armada, el canciller alemán, fiel a su consigna de arbitraje, llamó a la conferencia a las potencias interesadas.Los reunidos en B. trataron, en realidad, de dos cuestiones distintas: una, el establecimiento del Estado Libre del Congo, su licitud, sus límites y condiciones de su desarrollo; otra, la fijación de una serie de normas que resolviesen en adelante cualquier clase de competencias. Un tercer tema que no llegó a cuajar, fue la delimitación de unas líneas maestras para el reparto geográfico del continente africano, que, si no hubiese impedido las lacras del colonialismo, hubiera permitido al menos su armónico desarrollo.En B. se discutió y se aprobó por fin el hecho consumado del establecimiento del Estado Libre del Congo: reconocimiento que no fue sólo un éxito diplomático de Leopoldo II y los belgas, sino también, en cierto modo, de Alemania, que no quería que franceses y británicos se saliesen con la suya; eso sí, la expansión congoleña sería limitada, y no faltaría una cierta participación de todas las partes interesadas. Pero donde quizá brilló a mayor altura la diplomacia alemana fue en la proclamación de la igualdad inicial de derechos, que elevaba los tímidos escarceos del colonialismo germano a un plano de legalidad teórica similar al que pudieran alegar, p. ej., los británicos. Sólo a partir de las conclusiones de B. dejó Bismarck la puerta abierta, ya sin recelos, al movimiento colonial alemán.Aquellas conclusiones son un ejemplo bien expresivo del sentido táctico que informa la política internacional del momento. Se las condensó en los cuatro puntos siguientes: 1) la posesión de las zonas costeras da derecho a la ocupación del interior; 2) el derecho a colonizar una zona determinada emana de la ocupación efectiva, y no de supuestos geográficos, históricos, jurídicos, etc.; 3) la navegación de los grandes ríos africanos, como el Congo, el Níger o el Zambeze, será libre para buques de todas las naciones. Y 4) se reconoce la existencia del Estado Libre del Congo, bajo la soberanía de Leopoldo II de Bélgica.Los dos últimos puntos son el resultado de convenciones concretas; los dos primeros constituyen expresión acabada del derecho de la fuerza teóricamente enunciado por la filosofía de F. W. Nietzsche y convertido en práctica política por Bismarck, y, en general, por los estadistas del positivismo. Era la táctica del hecho consumado convertida en principio. La igualdad inicial de derechos de ocupación concedidos a todas las potencias colonizadoras, o a las que aspirasen a serlo, sólo aparentemente estaba en contradicción con la teoría de la fuerza. Lo que prescriben los acuerdos de B. es la primacía del hecho: cada territorio puede ser colonizado por aquel que llegue primero y tome posesión efectiva; no basta el simple descubrimiento, como tampoco bastan razones o argumentos de cualquier clase. Lo que prevalece es la presencia física. Con lo que el principio podría ser enunciado también así: que cada potencia colonice lo que pueda y hasta donde pueda. Los límites de las posibilidades de cada una quedan fijados por la medida de las posibilidades de las demás. Éste es justamente el principio esencial de la balance of powers vigente en Europa el tanto pesas, tanto vales que se aplica ahora, bajo el mismo esquema mental, a la expansión colonialista. La teórica igualdad queda convertida, de hecho, en el reconocimiento de las distintas capacidades de cada país para colonizar.La conferencia de B. resolvió la crisis de 1885, y dio, hasta cierto punto, cauces al movimiento colonizador; pero no garantizó la concordia de las potencias, ni mucho menos un racional reparto de los territorios africanos. Sus conclusiones eran únicamente una orientación práctica, no un ordenamiento jurídico. Por otra parte, fomentaron las prisas de cada potencia por llevar a la práctica sus planes antes de que se adelantase cualquier posible competidor, con lo cual los asentamientos se hicieron precipitadamente, sin método y hasta sin sentido muchas veces, y dando prioridad a la ocupación del territorio antes que a una auténtica y sólida obra de colonización. En cuanto al prurito de ocupar las costas, para obtener luego el derecho de progreso hacia el interior, llevó a una carrera de establecimientos costeros, en tanto que otras zonas, una vez aseguradas, se mantuvieron durante años en el más completo abandono. Las mismas prisas favorecieron también las ocupaciones parciales o incompletas, que darían lugar, muchas veces, a litigios o incidentes como el ultimatum de la Gran Bretaña a Portugal, en 1891, o el encuentro de Fachoda entre franceses e ingleses, en 1898.Los acuerdos de B., por otra parte, proponían un modus operandi, pero la idea de una planificación conjunta de la ocupación de África, como hemos dicho, no prosperó. Así, fue precisa la celebración de ulteriores conferencias bilaterales que precisasen las respectivas zonas de influencia, como la convención francobritánica de 1890; o el tratado secreto entre Inglaterra y Alemania de 1893, sin contar, claro está, los "acuerdos a la fuerza" derivados de los incidentes antes citados. La falta de un criterio racional de distribución ha influido en la actual disarmonía de las jóvenes repúblicas africanas, donde pugnan dos conceptos distintos de patria: el determinado por las unidades geográficas, étnicas, sociales, económicas, etc., y el definido por las fronteras de la antigua colonia, que ha servido de base a la formación de cada recinto nacional. V. t.: COLONIALISMO.J. L. COMELLAS GARCÍALLERA.
BIBL.: G. HARDY, La politique coloniale et le partage de la terre aux XIX et XX siécles, París 1937; S. E. CROWE, The Berlin Westa/rica Conference, 1885, ’Londres 1942.
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