Aureliano
Categoria:
Biografía GER
Emperador romano entre el 270 y el 275. N. en Moesia en el 214. M. asesinado cerca de Bizancio en el 275. Su nombre completo fue Lucius Domitius Aurelianus. Pese a su corto reinado fue uno de los Emperadores más notables que tuvo Roma y, desde luego, una de las grandes figuras del turbulento siglo III. Ya en los primeros años de su carrera militar se distinguió varias veces: una cuando al frente de trescientos hombres derrotó a los sármatas en las fronteras de Illyricum, y otra cuando, contando unos 30 años, venció a los francos, que saqueaban las Galias, cerca de Maguncia. Estos hechos acaecieron en el reinado de Gordiano (238-244). Posteriormente se sabe que A. tomó parte en una conspiración urdida contra Galieno. (254-268). Años después, siendo emperadores Valeriano (254-260) y Claudio II el Gótico (269-270), alcanza A. sus primeros altos cargos y honores. Fue nombrado dux y, tras sus victorias sobre los godos, citado por Valeriano como liberator lllyrici y restitutor Galliarum. Con Claudio II, y como jefe de toda la caballería, se lució en sus campañas contra los godos, secundando eficazmente los movimientos de Claudio. Estando en dichas campañas le sorprendió la muerte de éste y la elección de su persona para el Imperio, decisión que, como era habitual, tomó el ejército al margen del Senado que había elegido a Quintilo, hermano de Claudio. Muerto Quintilo poco después, A. quedó como único candidato para el Imperio (270).A la subida de A. el Imperio se hallaba en una situación sumamente crítica. Palmira se había convertido en un reino que pretendía romper del todo sus lazos con Roma. El limes renano y danubiano era perforado con frecuencia por hordas bárbaras que amenazaban, tanto por tierra como por mar, las grandes ciudades del Imperio. Por otra parte, las Galias llevaban ya doce años separadas del Imperio gobernándose por su cuenta, con Emperadores propios elegidos al margen del Senado y de cualquier otra autoridad. A. por el momento, y con muy buen acuerdo, dejó este último problema de lado. Lo urgente era el limes. Los yutungos (grupo de tribus germánicas), franqueando el Danubio por el Noricum y la Rhaetia, se habían presentado con 40.000 jinetes ante la propia Italia en los últimos momentos del reinado de Claudio II. Para cortarles la retirada, A. fue a buscarlos por el N, por la Panonia y el Noricum, cogiéndoles por la espalda y obligándoles a pedir merced. Sin embargo, A. se negó a renovar el pacto de alianza que alevosamente habían roto los yutungos. No pudo sacar mayor partido de su victoria porque intrigas de la corte le obligaron a regresar a Roma dejando a los yutungos que repasasen el Danubio sin más obstáculos. Otro peligro similar obligó a A. a dejar Roma para salir al paso de una partida de sármatas y vándalos que, en gran número, habían entrado en Panonia.
La victoria de A. se vio de nuevo neutralizada por la actitud de sus tropas que, eludiendo la lucha, obligaron a A. a aceptar la paz que los bárbaros ofrecieron. Estos repasaron el Danubio entregando en cambio a A. un cuerpo de 2.000 jinetes que fue incorporado al ejército romano. De la lealtad de estas gentes da cuenta el hecho de que, poco después, fueron ellos mismos los que se encargaron de aplastar a una banda bárbara que, deseosa de botín, se había infiltrado en la retaguardia romana. No ocurrió lo mismo con los yutungos, pues, rompiendo una vez más lo pactado, descendieron de nuevo sobre el norte de Italia amenazando Milán. A. se colocó, como antes, a espaldas de los invasores, pero una emboscada hábil de los bárbaros dio al traste con el ejército romano. Esto ocurrió cerca de Placentia (Piacenza) a fines del 270. Por Roma y por Italia, en general, cundió el pánico. Pero el afán de saqueo de los bárbaros salvó la situación, pues, desparramados sus efectivos en bandas sueltas por el país, permitió a A. batirlas una a una obligando al resto a cruzar el Danubio. Tampoco pudo ahora A. sacar un provecho mayor de su victoria, pues las intrigas de la corte le obligaron a volver a Roma castigando de un modo implacable a los promotores, lo que le acarreó la aversión general. Fue entonces cuando A., temeroso de que 108 bárbaros llegasen en un descuido a Roma, acometió la grandiosa obra de circunvalar la ciudad en redondo con una imponente muralla de ca. 19 Km. de longitud. La Urbs no estaba defendida entonces más que por el viejo recinto serviano, antiquísimo (del s. IV a C.) e insuficiente, pues dejaba fuera buena parte de la Roma republicana e imperial. Las obras se iniciaron a comienzos del 271, pero, aunque lo principal se hizo todavía en tiempos de A., su terminación correspondió a su sucesor Probo, que las culminó en el 279. Los muros aurelianos han llegado virtualmente completos a nosotros. Toda la obra es de hormigón revestido de ladrillo. De trecho en trecho se alzan torres cuadradas de unos 30 m. de altura. La prisa justificada y la consecuente tendencia a ahorrar tiempo hizo que se incorporaran a él algunos edificios periféricos que ya por su volumen se prestaban muy bien a la defensa, como los Castra Praetoria de Tiberio, el Amphitheatrum Castrense, algún acueducto, etc.
Más seguro el Imperio por lo que al limes danubiano se refiere y bien defendida Roma con su gran anillo de murallas, A. inició su. campaña de Oriente contra el reino de Palmira. Era ésta una de las más activas ciudades caravaneras del desierto sirio. Se llamó antes Tadmor. Sus ruinas, impresionantes, se hallan a unos 200 Km. al noroeste de Damasco. El carácter fronterizo de la ciudad y su alejamiento de Roma favorecieron una tendencia independizante que fue consolidándose a lo largo del s. III. Fue Odenato (258-266), uno de sus más notables príncipes, el que supo aprovecharse de las dificultades que Roma pasaba por entonces en Oriente para proclamarse dueño absoluto de Palmira fundando un extenso reino. En efecto, Sapor se había apoderado de Antioquía, y el Emperador romano, Valeriano, había caído en manos de los persas con todo su ejército (260). Odenato vio la oportunidad buscada y se dio el título de rey atribuyéndose la Siria, Palestina, Arabia y Cilicia. Lo curioso del caso es que todo ello pudo lograrlo sin herir las susceptibilidades de Galieno, al que Odenato había ayudado y del que había recibido varios títulos honoríficos como testimonios de gratitud. Pero Odenato fue asesinado heredándole su hijo Vaballato habido de Zenobia. Esta mujer singular va a ser la protagonista principal de los acontecimientos inmediatos. Efectivamente, Vaballato fue anulado por su ambiciosa madre que se erige reina y señora del reino de Palmira, sacudiendo abiertamente la tutela de Roma. A. dejó que todo esto madurara hasta no verse libre de las graves amenazas del Danubio. Pero una vez asegurado el orden en el limes centroeuropeo, se presentó ante los palmitanos y en dos enérgicas y brillantes campañas (271-273) no sólo quebró el poder de Zenobia, sino que se hizo dueño de su persona y de Vaballato tras entrar en Palmira a la que entregó al saqueo. Zenobia y su hijo fueron conducidos a Roma para figurar en el triunfo de A.
Resueltos ya sus dos más graves problemas, A. vuelve la vista a las Galias. Aquí ocurrian cosas graves desde el año 268. Razones políticas, económicas y militares habían dado lugar a que Póstumo, un general de oscuros orígenes, lograra hacerse dueño del ejército y se proclamara modestamente, no ya Emperador de todos los romanos, como era la norma de estos pronunciamientos, sino simple y llanamente de las Galias, renunciando a mayores títulos. Creó así una especie de Imperio occidental en el que, de un modo o de otro, estaban incluidas en su esfera de influencia tanto Hispania como Britannia. Por lo demás, Póstumo siguió luchando contra los bárbaros del limes como lo hubiera hecho siendo Emperador de Roma. Los mismos títulos que se daba eran idénticos a los tradicionales que llevaban los Emperadores "legítimos". Su gobierno, que ejercía desde Tréveris, fue de paz y de progreso para las Galias. Póstumo fue asesinado (268) y sube al poder Tétrico, de origen indígena. Pacífico, débil y poco amigo del papel que se le había impuesto, no resiste al primer intento serio de A. por reincorporar las Galias al Imperio. Y, así, conocedor Tétrico de que A. se dirigía hacia las Galias con un fuerte ejército, ya victorioso de los bárbaros y de los palmiranos, en lugar de organizar la resistencia con las siete legiones de que disponía, escribe a A. rogándole le libere de su situación. En plena batalla y pese al espíritu combativo de sus soldados;. Tétrico se pasa al campo de A., el cual se hizo dueño de las Galias sin mayor esfuerzo. Tétrico fue a figurar al lado de Zenobia en el triunfo de A. Una y otro recobraron después su libertad. Zenobia vivió en Tívoli y Tétrico desempeñó aún cargos de confianza al servicio de A.
La prudencia de A. le hizo abandonar la Dacia y retirarse al limes del Danubio por esta parte. El repliegue fue sólo militar y administrativo. Allí quedaron los civiles que quisieron y ellos fueron los que lograron mantener la latinidad de lo que hoy es Rumania, cuyo idioma neolatino es hermano del español, francés, portugués e italiano;. Con lo que quedó de la Dacia al sur del Danubio se formaron dos Provincias: Dacia Ripensis y Dacia Mediterranea, a costa de Moesia y Tracia. Con el repliegue de A. toda la inmensa labor de Trajano se vino abajo.
A. creó una modalidad religiosa con el culto al Sol Invictus en el que pretendió fundir otros muchos credos, dando lugar a un sincretismo religioso con el Sol como deidad suprema. En Roma levantó un gran templo en su honor y el culto al Sol fue elevado a religión oficial del Imperio. Proyectó volver a Oriente para solidificar la situación de Roma frente a los partos y ya tenía reunido su ejército en el Danubio cuando uno de sus secretarios, por pura venganza personal y al margen de toda conspiración, lo asesinó.
A. fue el predecesor de Diocleciano en el intento de establecer el absolutismo. En el aparato exterior, se mostraba con un poder despótico, adoptando las insignias de los Imperios orientales, tales como la diadema de oro y los vestidos de pedreria. Para llevar a cabo la política absolutista a la que tendía, comenzó una serie de proyectos, que la muerte prematura le impidió llevar a su fin. Tales proyectos se reflejaron en la eliminación de la constitución augustana, sustituyendo a los gobernadores senatoriales de las provincias por praesides de rango ecuestre; en el saneamiento de la economía a base de las aportaciones de las provincias conquistadas, confiscaciones y el proyecto de reforma monetaria; en la política interior, reprimiendo con dureza las intrigas políticas del Senado, administrando personalmente justicia y promulgando nuevas leyes; y en el proyecto de una teocracia, que estableciera el culto del Estado y la divinización del Emperador como religión universal, todo ello reunido en el culto al Sol Invictus. Ya en algunas inscripciones apareció A. como "dios y señor por nacimiento" o "dios nacido hombre".
Durante el s. III la extensión del cristianismo permitió comprobar a los políticos del momento que la religión cristiana no interfería las relaciones de sus miembros con la sociedad. A. pensó destruir la resistencia de los cristianos al monoteísmo solar para evitar el peligro que ellos suponían a sus ambiciosos proyectos absolutistas. Las reformas y proyectos de A. dejaron encaminado el posterior periodo de Diocleciano.
A. GARCÍA Y BELLIDO.
BIBL.: R. MATINGLY, Aurelianus, en Cambridge Ancient History, I, Londres 1939; K. GROSS, Aurelianus, en RAC; E. WILL, Le sac de Palmyre, en Mélanges Piganiae, III, París 1966; R. ROHL, La época imperial romana, en Historia Universal, II, Madrid 1933; M. ROSTOVTZEFF, Historia social y econ6mica del imperio romano, Il, Madrid 1962; L. ROMO, Essai sur le regne de l’Empereur Aurélien, París 1904; ÍD, El imperio romano, Madrid 1936.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.