Astronomía II. Sistemas Astronómicos. CIENCIA
Categoria:
Ciencia
En mayor o menor grado todos los pueblos han sentido la inquietud de interpretar los fenómenos celestes, dándoles un sentido, ya fuera éste mítico, astrológico O científico; pero es natural que las rudimentarias ideas y observaciones de los pueblos hasta la invención del telescopio y el descubrimiento de la ley de gravitación, hayan limitado sus concepciones cosmológicas (v. COSMOLOGÍA). Así, los llamados s. a. sólo son interpretaciones más o menos afortunadas de la cosmología del sistema solar.La concepción de una Tierra plana domina casi todas las cosmologías primitivas, suponiéndola unas veces limitada, lo que exigía un dios o animal sobrenatural que la soportase, y otras ilimitada. Poco a poco la idea de curvatura se va imponiendo y los caldeos y babilonios conciben la Tierra como un hemisferio flotando en el agua. La esfericidad de la Tierra, ya citada por Parménides (s. V a. C.) y atribuida a Pitágoras (s. vi a. C.), triunfa como idea básica, con raras excepciones (Epicuro), al ser adoptada por Platón. Finalmente, la hipótesis del giro o rotación de la Tierra no aparece hasta Hicetas de Siracusa, Heráclides de Ponto (s. V a. C.) y sobre todo Aristarco de Samos (s. ni a. C.)Los caldeos, que llegan a adquirir una cierta perfección en las observaciones y conocen las revoluciones sinódicas de los planetas, la desigualdad de las estaciones, el periodo de eclipses (saros), etc., no vierten su inquietud hacia la Cosmología, sino a la Astrología o predicción del porvenir. Los griegos, en cambio, gracias al florecimiento de la Filosofía, sienten una gran inquietud cosmológica, aunque ésta se encuentre dominada por la Geometría y el carácter de perfección que asignan a la circunferencia o a la esfera. Así, Eudoxio de Cnido (s. IV a. C.), que ya conoce el movimiento geocéntrico de los planetas, imagina un sistema de esferas concéntricas que giran, cada una, alrededor de un eje apoyado en la esfera siguiente (envolvente), de modo que cada planeta está fijo al ecuador de una de estas esferas. Con este esquema Eudoxio interpreta el movimiento de la Luna, el Sol y los cinco planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Posteriormente, para explicar la variación de brillo de los planetas, se introduce la excéntrica, que es una circunferencia recorrida por los planetas, en tanto que la Tierra se encuentra en su interior, aunque sin ocupar el centro. Sigue a ésta la hipótesis de los epiciclos, o circunferencias recorridas por los planetas, al mismo tiempo que su centro se desplaza sobre otra circunferencia deferente. Esta teoría, propuesta por Apolonio de Pérgamo (v.) (s. III a. C.), es seguida por Hiparco y Ptolomeo y llega a adquirir una gran preponderancia en el mundo antiguo, pese a que su carácter geocéntrico obliga a aumentar el número de epiciclos a medida que se perfeccionan los métodos de observación.
Ningún progreso notable es efectuado hasta Copérnico (1473-1543), toda vez que los árabes se limitan a transmitir los conocimientos adquiridos de los griegos, sin aportar ninguna idea nueva. A este respecto, debe mencionarse a Filolaos (s. v a. C.), que admite la existencia de un fuego central y, sobre todo, a Aristarco de Samos, que es un auténtico precursor de la hipótesis heliocéntrica de Copérnico, quien, dándose cuenta de la incapacidad del sistema geocéntrico para explicar los movimientos aparentes de los planetas, dedica gran parte de su vida a demostrar la hipótesis heliocéntrica, reconociendo que los centros de los epiciclos de Mercurio y Venus coinciden en el Sol y que el movimiento de Marte, Júpiter, Saturno, así como el movimiento anual del Sol, se explican más fácilmente con tal hipótesis. Las dificultades que tiene el sistema heliocéntrico para ser admitido, obligan a Tycho Brahe (v.) (1546-1601), gran astrónomo de su tiempo, a emitir una hipótesis intermedia según la cual suponía que los planetas se movían alrededor del Sol, mientras éste lo hacía alrededor de la Tierra. Finalmente, la demostración del movimiento elíptico por Kepler (v.) (1571-1630), junto con sus famosas leyes, sirven de base a Newton para enunciar la ley de gravitación universal, pilar sobre el que se asienta la Mecánica celeste.R. CID PALACIOS.
BIBL.: P. DUHEM, Le Systéme du Monde, París 1913; A. BERRY, A Short History of Astronomy, Nueva York 1961; J. L. E. DREYER, A History of Astronomy from Thales to Kepler, Nueva York 1961.
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