Aragón (historia Medieval) GEOG.
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Geografía
I. CONDADO. Orígenes. Comprende el valle del Alto A. y recibe su nombre del río A., que nace en el valle de Canfranc, en la actual provincia de Huesca. Su población más importante es laca, centro vital de los valles de Ansó, Hecho y Canfranc, entre los Pirineos al N y las sierras de Salinas, Guara, La Peña y Loarre, como límites más notables en las restantes direcciones, sin que pueda precisarse exactamente su extensión y amplitud, dada la pobreza de fuentes documentales, que hacen también muy imprecisos los orígenes del condado de A. Éste, como los restantes condados pirenaicos, estuvo sometido a dos fuerzas de presión: los musulmanes al S y los francos al N. Las consecuencias de estas fuerzas en el acontecer histórico del condado de A. no son tampoco muy conocidas. Las fuentes documentales y narrativas, tanto de los francos como de los musulmanes, son muy parcas a este respecto. No obstante, se sabe que los reductos pirenaicos más septentrionales ofrecieron mayor resistencia a los musulmanes y que éstos estuvieron menos interesados en el dominio efectivo de las tierras que luego formarían el condado de A., limitándose más bien a imponer un vasallaje (v. FEUDALISMO), del que seguramente estarían exentas las comarcas situadas más al N, en parte también por su vinculación a los francos (v.) del otro lado de los Pirineos.Cronológicamente, el condado de A. abarca desde fines del s. VIII hasta 1035, año en que muere Sancho 111 de Navarra (v.), dejando A., a su hijo natural Ramiro 1 (v. il). El primer conde conocido de A. se denomina Aureolus en los Anales carolingios. Este conde es el que se llama Oriol (m. 809) en la historiografía española. A su muerte ocupa el condado el musulmán Amrus ben Yusu£, gobernador de Huesca y Zaragoza. Aznar Galindo 1, considerado el primer conde originario de A. y oriundo posiblemente de la Vasconia ultrapirenaica, recupera jaca ca. 811. La personalidad de este conde no es muy conocida. Se sabe que Galindo Aznar I, Céntulo y Matrona fueron hijos suyos (cfr. J. Traggia, Discurso histórico sobre el origen y la sucesión del reino pirenaico hasta don Sancho el Mayor, en Memorias de la R. A. de la Historia, IV, 56). Su hija Matrona casó con García el Malo, que se apoderó del condado de A. y repudió a su mujer para casarse con una hija del rey de Pamplona íñigo Arista (v. NAVARRA, REINO DE). Según Ch. Higounet (Les Aznar. Une tentative de groupement des comites gascons et pyrénéens, en Annales du Midi, LXI, 1948, 5-14), Aznar Galindo I, después de ser expulsado de A. por su yerno García el Malo, gobierna en Cerdaña y es conde de Urgel (820-839). Su hijo Galindo Aznar I recupera los territorios del condado de A. perdidos por su padre y los cede en herencia a su hijo Aznar Galindo II (m. ca. 893), quien sigue una política de acercamiento a Pamplona, casándose con una hija del rey navarro García Íñiguez. Para asegurarse la amistad de los musulmanes de Huesca, casa a una hija suya con el rey oscense Muhammad al-Tawil.Unión a Navarra. La línea masculina de los condes de A. pertenecientes a la familia Aznar se interrumpe a la muerte de Galindo Aznar II, hacia el 920, al pasar el condado de A. a formar parte dei reino de Pamplona por el matrimonio de Andregoto Galíndez, hija y sucesora de Galindo Aznar II, con el monarca navarro García Sánchez I. Al repudiar éste a su mujer para contraer nuevas nupcias (ca. 943), pretextando parentesco (eran primos hermanos), hereda los derechos del condado de A. el hijo de ambos Sancho Garcés II, Abarca, quien sucede también a su padre en el reino de Pamplona (970). Es entonces cuando, efectivamente, se une el condado de A. al reino de Pamplona.A la muerte de Sancho Garcés II Abarca .(994) gobierna el condado de A. su hijo Gonzalo, emparentado con los condes de Castilla por su madre Urraca Fernández, hija de Fernán González (v.). El gobierno de Gonzalo en A. parece ser por delegación, pues su hermano García Sánchez el Trémulo sé titula rey de Pamplona y A. (994-1004). No parece probable que Gonzalo sucediera a su padre en el condado de A., con independencia del rey de Pamplona, su hermano, como más tarde sucederá a la muerte de Sancho III de Navarra, por el concepto de monarquía patrimonial propia de los reyes navarros. En el patrimonio heredado por García Sánchez, A. es uno de los territorios del reino de Navarra, que Sancho Garcés II transmite íntegramente a su hijo con una idea de unidad e integración impropia de la época y poco frecuente en las costumbres sucesorias. Realmente, el gobierno de A. lo recibe el conde Gonzalo de su hermano, no de su padre.Vida del condado. En sus años de unión al reino de Pamplona (970-1035), el condado de A. sigue las vicisitudes del reino navarro, aunque en los documentos, crónicas e historias no se le menciona particularmente. Sus condes gobernadores mantienen, con seguridad, una política de neutralidad, un tanto ajena a la acometividad reconquistadora de los reyes de Pamplona, a fines del s. x y principios del s. xi. En A. parece haberse forjado más bien una idea de buena vecindad, de relaciones amistosas con los musulmanes más próximos y de alejamiento de la órbita de influencia de los reyes francos. En estas líneas generales se desenvolverá A., en los comienzos de su historia como reino. El cometido de condado reconquistados que se ha querido ver en A. no parece estar muy de acuerdo con la realidad. Ni jaca ni las estribaciones pirenaicas situadas en tierras del condado de A. desempeñaron el papel atribuido a Covadonga.En el reinado de Sancho III de Navarra (1004-35), el condado de A. es invadido, en parte, por las tropas de Abd al-Malik, hijo de Almanzor. Esto sucede en 1006-07. De la vitalidad pacífica del condado de A. en esta época es una muestra, en el orden espiritual y religioso, la reforma cluniacense llevada a cabo (1025) en el monasterio de San Juan de la Peña (v.). Es probable que el condado de A. recibiera en sus orígenes más impulso espiritual de sus anacoretas y monjes, que el proporcionado por los hechos de armas (cfr. A. Canellas López, El monasterio de San Urbez de Serrablo, "Universidad", Zaragoza enero-marzo 1943, 5). El cristianismo se difunde por medio de los monjes. La cultura se refugia en los monasterios, de los que el más importante es el de San Juan de la Peña; en el valle de Hecho, el de San Pedro de Siresa. Es muy posible que de estos monasterios partiera la idea de la reconquista, forjándose en ellos los principales núcleos de resistencia a los musulmanes y de independencia con respecto a otros dominios. La documentación a este respecto, como en todo lo que se refiere al condado de A., es bastante escasa y dudosa. No obstante, es fácil deducir que la población del condado sería más numerosa que en otras zonas del sur de A., al huir los cristianos de la dominación musulmana a las tierras más septentrionales. Prueba de la vitalidad de la población del condado de A. es la fundación de numerosos monasterios, algunos de ellos destruidos por los musulmanes invasores (cfr. J. M. Lacárra, Orígenes del condado de Aragón, en Primera reunión del Patronato de la Estación de Estudios Pirenaicos, Zaragoza 1943, 76). A los condes de A. se debe la fundación de varios monasterios, incorporados algunos de ellos al de San Juan de la Peña y otros despoblados, a partir del s. XI.En sus comienzos, el condado de A. fue más francés que español, como lo prueba el dialecto bearnés que se utilizaba antes de introducirse el castellano a través del sur de Navarra y de Soria, Desde un punto de vista jurídico, el condado de A. sigue las leyes visigóticas. Entre la población abundan los mozárabes (v.). Sus habitantes se acogían, con frecuencia, al amparo de los monasterios, en calidad de donados u oblatos, junto con sus bienes, para mayor seguridad de los mismos frente a las incursiones de los musulmanes, quedando obligados a defender los monasterios. En el s. x había barones y seniores, estos últimos con autoridad sobre villas y aldeas. El resto de la población se dividía en vasallos colonos, ingenuos y pageses de remensa, supeditados estos últimos a un señor, sin cuyo permiso no podían abandonar el predio o profesar en monasterio alguno.II. REINO. A. ha sido la resultante de la amalgama política de dos mundos geográficos dispares: los montes de Zaragoza (varios valles pirenaicos, entre ellos los dos recorridos por los aragones) refugio de cristianos tras el a. 711, y los llanos de España, paulatinamente reconquistados, de musulmanes. Tras la batalla de Poitiers (732) los emires pusieron tributo a los aragones, pero los señores mantuvieron cierta1ndependencia, libres de guarniciones musulmanas; alguna expedición militar, como la del 781 contra los refugiados del monte Pano, dio paso a un primer jefe pirenaico como el franco Aureolus, o al señorío de un gran propietario jacetano, como Aznar Galíndez 809-839 (v. i); serán cabecera de sucesivos caudillos locales que encuentran ayuda en parientes de Pamplona y que aislados crean una fuerte personalidad que incorpora a refugiados de las Galias o de España, todos importadores de novedades militares, religiosas y culturales. Así nace un condado de A., regido por condes protegidos de Pamplona, pero con derecho a transmitir su herencia a sus descendientes, hasta que dos siglos después recaiga el condado en la herencia de los reyes de Pamplona bajo Sancho el Mayor (10041035; v.). Ahora, los aragoneses están delimitados por la extremadura de Vadoluengo al Gállego, guarnecida por la línea de fortines desde Filera a Murillo, más la frontera oriental entre Murillo del Gállego y Secorun del Alcanadre. Estos aragones se enriquecen con el renacimiento comercial afroeuropeo, y entre Narbona y jaca los comerciantes dejan en la aduana aragonesa pingües ingresos.Ramiro I. La muerte de Sancho el Mayor significa la liberación de los aragones: era régulo de la comarca Ramiro I (1035-63) hijo natural del rey pamplonés; así se le conocía ya en 1015, y años después el padre asignó a Ramiro unas tierras, aunque supeditándolo a su hermano García de Pamplona (v. NAVARRA, REINO DE), soberano al que debe fidelidad. Pequeñas rectificaciones de la herencia tras la muerte de Sancho el Mayor, y la incorporación de Sobrabe y Ribagorza (v.) en 1039, ocasionarán la guerra entre Ramiro y su hermano, García de Pamplona: Ramiro en 1039 se adelanta al conflicto invadiendo el reino de Pamplona, donde sufre grave derrota en Tafalla. Pero tras esta acción, Ramiro ha incorporado a los aragones la zona de Sos , y en 1049 se le cita como señor desde Vadoluengo a los confines de Ribagorza. Debilitada Pamplona tras 1054, en que hereda el reino Sancho Garcés IV, éste pacta de igual a igual con su tío Ramiro, quien debió prometerle ayuda contra Fernando I de Castilla; logró así Ramiro ampliar su frontera desde Santa Engracia del Puerto a Vigüezal y valle del Roncal a su divisoria con el de Salazar. Así se conglomera con los aragones la honor de Bailo -antiguo feudo pamplonés- y los enclaves de Ruesta y Petilla: Ramiro traza buenas vías y defensas (deja en su testamento la mitad de sus bienes muebles para tales menesteres). A. se perfila ahora como una red de castillos defensores de pequeños territorios con explotación agrícola que sirven de dote a un barón encargado de su defensa con su propia comitiva, más los habitantes de la zona: así nacen los honores que delimitan la primera frontera del reino, línea inmóvil a caballo de los montes. Ramiro I no será propiamente su rey con plenitud de derechos: dependía de la rama primogénita reinante en Pamplona a la que debe fidelidad; no se llama a sí mismo rey de A., y actúa "en servicio de Dios, casi como rey, en bailía de Dios y sus santos".Sancho Ramírez. Esta situación se altera con su hijo Sancho Ramírez (1063-94), que no se limita a conservar la tierra heredada, sino que proyecta la conquista del llano, lo que exige caballería como la musulmana, máquinas para batir muros, infantería abundante para los cercos y ahuyentar a los socorros. Este dinámico rey visita al principio de su reinado al papa Alejandro II y ofrece el reino a Dios y a S. Pedro: devoción que explica su fórmula en gobierno "por la gracia de Dios" y su condición de "caballero de San Pedro".La debilidad del reino taifa de Zaragoza (v. TAIFAS, REINOS DE) facilitará la política expansiva del rey a costa del reino oscense. En 1063 inicia la ofensiva por la zona más débil (Abizanda-Ferarrúa) y pone sitio a Graus, en cuya acción muere Ramiro I; pero los musulmanes reciben ayuda de al-Mugtadir de Zaragoza, de Alfonso VI de Castilla y de Sancho IV de Pamplona. Ello provoca una inteligente ofensiva basada en tres objetivos: ataque a Barbutania, una inesperada ocupación del reino de Pamplona y ciertas rectificaciones en su frontera central. La ofensiva de Barbutania es favorecida por cruzados de ultra puertos que conquistan (aunque por poco tiempo) Barbastro; más duradera es la ocupación de Alquezar (1067) punto de partida para expediciones entre Alcanadre y Cinca. Pero estorba la alianza de al-Mugtadir de Zaragoza y Sancho IV de Pamplona: y una operación contra el reino oscense en 1073 provoca una reacción musulmana contra Alquezar (1075). El asesinato en Peñalén de Sancho IV de Pamplona (v. NAVARRA, REINO DE) cambia el panorama: las tierras navarras de la izquierda del Ebro eligen rey al de A., lo que permite a éste fácil rectificación de la frontera con los moros: se refuerza Loarre, convertido en capilla real, y se crean nuevos distritos militares que se acercan a la ciudad de Huesca.Así se abre la reconquista de la tierra nueva o llanura de España: el programa de Sancho Ramírez, seguido por sus sucesores, se propone conquistar Huesca y Barbastro ciudades extremas del llano subpirenaico, Tudela y Tortosa extremos del Ebro musulmán, Zaragoza y Lérida claves de la defensa islámica, y Calatayud y Daroca en la vía de Levante. En 1084 se inicia este ambicioso plan: Zaragoza está dividida entre los dos hijos de Muqtadir; campañas relámpago y construcción de fortalezas (en 1086 junto a Huesca se elevará Montearagón que dificulta la vía entre Barbastro y Huesca). Por entonces (1089), Sancho Ramírez renueva su fidelidad a la Santa Sede, acogiéndose a la protección de Urbano II. Los cinco años siguientes se dedican a conquistar Egea, Huesca y Barbastro; y en la ofensiva contra Huesca halla la muerte el rey. Deja un A. con fuerte aumento de población, fronteras seguras, buena base hacendística (parias de taifas y aranceles aduaneros) con que comprar armas y amigos, más una incipiente administración, una capital, residencia real, en jaca y la acuñación de mancusos- de oro. Ha logrado una revolución social de la tierra y la europeización del país por vías matrimoniales (él mismo da ejemplo) y atracción del clero de Francia. Por vez primera A. pesa en el concierto de Estados.Pedro 1 (1094-1104) y Alfonso I (1104-34). Hijos de Sancho Ramírez, continuarán el plan paterno sobre el llano de España. La compleja operación se inicia con la ocupación de Huesca (1096) y Barbastro (1101), protegidos con nuevos distritos militares; aseguramiento de El Castellar frente a Zaragoza (fortificación de Luna y edificación de Juslibol en la aldea de Mezimeguer), y guarnición de un fluido campo de fortines en la tierra de nadie. Alfonso I (V. ALFONSO 1 DE ARAGÓN, EL BATALLADOR) sigue al principio la reconquista por la técnica de "mordidas", ya en la cora de Lérida ya en los Arbas, hasta 1107 que abre un paréntesis de 10 años dedicados por el rey aragonés a sus negocios castellanos, tras su casamiento con la reina Urraca (v.). Las "mordidas" incorporan tierras de diferente estructura social y económica: entre los ríos Aragón y Gállego domina el desierto, y del Gállego al Cinca abundan los poblados y fortines. El rey asume el señorío de estas tierras nuevas, las repuebla con gentes que pactan la defensa y cultivo, se respetan los grupos musulmanes, judíos y mozárabes, se atraen a otros pobladores con libertades especiales; parte de la tierra la reciben barones en premio a sus servicios militares.En 1117 Alfonso I reanudó la reconquista del llano: la presa era Zaragoza, pero había surgido como novedad un ideal de cruzada. En diciembre de 1118 se rendía la ciudad por hambre, en 1119 capituló Tudela, se tomó Tarazona, se llegó a Soria, Almazán y Medinaceli; en 1120 cayeron Calatayud y Daroca, se deshizo la contraofensiva musulmana en Cutanda y se llegó por oriente hasta Gudar y Horta. Este reino de Zaragoza hizo popular entre los aragoneses el negocio de la reconquista, ya que era empresa exclusiva real sin que obligase al súbdito. Falló en cambio a Alfonso 1 la reconquista de Lérida y Tortosa: motivos políticos le hicieron desistir tras un intento fallido de 1123 en el asedio de Lérida (pues Ramón Berenguer III la consideraba en zona expansiva de Barcelona); 10 años después (1133) en el sitio de Fraga derrotaban los musulmanes a Alfonso I, que murió refugiado en Sariñena, lo que motivó un fuerte retroceso de la frontera hasta el Aguas Vivas: se despobló Daroca y muchos abandonaron Barbastro (1138); sólo Belchite, en medio del desierto, defendía a Zaragoza.La muerte del Batallador sin hijos, abrió una sucesión difícil: había testado en favor de tres órdenes militares de Tierra Santa, lo que iba contra la tradición política aragonesa, inspirada en el mantenimiento de la unidad de tierras, estatuto jurídico de la familia y linaje del rey y estatuto de la nobleza. Según estos principios, Ramiro II, como hijo de Sancho Ramírez, reclamó la sucesión al reino que su padre había recibido de Ramiro I (A. Sobrarbe y Ribagorza); la alta nobleza vaciló en reconocerle, no así el alto clero y las ciudades de Jaca y Huesca; pero Ramiro II no reclamó el reino de Zaragoza, conquista de su hermano difunto, ni Pamplona, adquisición de su padre: la sucesión de estos lugares era cuestión política y dependía de la voluntad de los estamentos: Zaragoza se adhirió a Ramiro II (excepto Tudela) y Pamplona prefirió a García Ramírez descendiente de García II de Navarra.Ramiro II (1134-37). Transmitió a su hija Petronila (tenida con Inés de Poitiers con quien casó en 1135), sus derechos a la herencia del Batallador, derechos que ejerció en nombre de esta niña su esposo Ramón Berenguer IV (1137-62; v.) de Barcelona que se llamó "príncipe y gobernador de Aragón", y en quien renúnciaron las órdenes militares herederas de Alfonso I, con ciertas compensaciones; sólo Zaragoza, ocupada en 1134 por Alfonso VII de Castilla, fue cedida en feudo al conde de Barcelona.De Ramón Berenguer IV a Pedro II. Príncipe de A., supone para la Reconquista la supresión del antagonismo entre catalanes y aragoneses en la raya del Cinca; la separación de Pamplona crea un tapón con Castilla evitador de roces; se reanuda la Reconquista a base de sitios de fortalezas en el Bajo Aragón, río Martín, repoblación de Daroca (1142), conquista de Tortosa con ayuda genoyesa (1148) y de Lérida y Fraga (1149); últimamente se ocuparían Alcañiz y Monforte (1157). Alfonso 11 (1162-94) completará la frontera tradicional de A.: Valderrobres ocupado en 1169, montes de Aliaga y Cantavieja, Alfambra y su cuenca, hasta más allá de Teruel. Y, finalmente, Pedro 11 (1194-1213) ocupará la sierra de Javalambre, Rubielos de Mora (1204) y el rincón de Ademuz (1210), con la ayuda de las órdenes militares (Santo Redentor, Alfambra, Calatrava, Santiago y Temple).La repoblación del nuevo A. fue variada en consideración de lo que era cada tierra; así el valle del Ebro, agro rico, distinto del monte pirenaico, con núcleos urbanos, exigió respeto a la herencia musulmana (capitulaciones con los moros del agro, respeto de riegos e instituciones, mantenimiento de morerías y juderías en los pueblos), aunque se acrecentó la población con inmigrantes cristianos. En la frontera fue difícil hallar pobladores: el fuero de Sepúlveda, que perdonaba delitos a los que se establecieran en estas zonas fronterizas, se aplicó al sur de A., desde Belchite a Teruel, naciendo extensas comunidades, verdaderas repúblicas gobernadas desde una ciudad. En los nuevos territorios se restauraron las diócesis de tradición visigoda, con curiosos pleitos para recordar los viejos límites;- vinieron prelados de ultrapuertos, se dotó a las iglesias con bienes de las antiguas mezquitas, y se favoreció la cultura (escuela de traductores de Tarazona). Al terminar el reinado de Pedro II ya había cuajado una conciencia aragonesa; un mosaico de tierras aglutinadas por el rey, bajo una administración común, con nobles que reciben tierras al modo feudal catalán; 10 de ellos, los ricos hombres, representan los intereses supremos del reino. Esta unificación fue lenta: leyes, clases sociales, economía y administración, fueros jacetanos y de extremadura, primeras leyes territoriales dictadas por el rey o su curia, moneda jaquesa que se usa hasta Lérida, contribuyen a esa unidad, que bajo Pedro II se plasmará en el reconocimiento de la ciudad de Zaragoza como capital del reino.III. CORONA. 1. Concepto y origen. Con este nombre se conoce la confederación de Estados integrada en sus orígenes por el reino de A. (v. iI) y el condado de Barcelona (v.), á los que se añadieron más tarde los reinos de Valencia y Mallorca (v.), las islas mediterráneas de Sicilia y Cerdeña, y el reino de Nápoles (v.).La expansión demográfica de Aragón-Navarra y de Barcelona en el s. xi permitió a Alfonso I el Batallador (v.) y al conde Ramón Berenguer IV (v.) realizar numerosas campañas contra los musulmanes en las que chocaron los intereses de ambos Estados. Alfonso I el Batallador murió tres días después de haber atacado la ciudad de Fraga, en poder de los musulmanes, en un intento de cerrar el paso por el O al condado de Barcelona. En su testamento, el monarca aragonés dejaba sus dominios a las órdenes militares, pero su decisión no fue acatada ni en A. ni en Navarra. Mientras los aragoneses aceptaron como rey a Ramiro II el Monje, hermano de Alfonso 1, los navarros eligieron a García Ramírez (1134) (v. NAVARRA, REINO DE). Ambos reinos buscaron la protección y amistad del rey de Castilla, Alfonso VII (v.), para consolidar su posición, y Ramiro II se vio obligado, además, a contraer matrimonio para asegurar la sucesión a la corona. El nacimiento de una niña planteó nuevos problemas: según la costumbre aragonesa la mujer no puede reinar por sí misma, aunque sí puede transmitir el reino a sus hijos; era necesario, pues, buscar un marido a la heredera. La elección recayó sobre el conde barcelonés, convertido así en marido de Petronila (1137).2. Política peninsular. Tras solucionar los problemas surgidos a raíz del testamento de Alfonso I el Batallador, Ramón Berenguer IV continuó la política expansiva del condado de Barcelona y del reino aragonés, de inclinación mediterránea la primera y de penetración peninsular la segunda. Tras participar en la conquista de Almería por Alfonso VII de Castilla (1147) las tropas aragonesas, apoyadas por los genoveses, conquistaron Tortosa, Lérida y Fraga (1148-49), entre otras poblaciones. El éxito militar de castellanos y aragoneses fue seguido de un tratado (Tudilén 1151) por el que Alfonso VII y Ramón Berenguer IV se repartían las zonas de influencia y de futura conquista en territorio musulmán. Al segundo correspondió la zona situada al norte del Júcar y la ciudad de Denia con sus pertenencias, así como el reino de Murcia a excepción de Lorca y Vera (v. RECONQUISTA). Aseguradas las fronteras de la corona, Ramón Berenguer IV intervino activamente en el sur de Francia, en apoyo del conde de Provenza, ,y aseguró, mediante alianzas con Inglaterra y con el Imperio alemán, la hegemonía catalana en Occitania.Alfonso II el Casto, hijo y heredero de Ramón Berenguer IV, que reinó desde 1162 a 1196, continuó la política de alianza con Castilla y de penetración en el mediodía francés a través del apoyo prestado a los condes de Provenza contra los de Tolosa, que tenían tras de sí a los monarcas franceses. Durante su reinado se reconquistó la zona de Teruel y el monarca logró atraer a la influencia aragonesa el señorío independiente de Albarracín, creado hacia 1170. La alianza con Castilla se manifestó en la ayuda aragonesa al asedio y conquista de Cuenca (1177) y en el acuerdo firmado en Cazorla (1179) por el que se rectificaron los límites fijados en Tudilén a la expansión catalana y aragonesa: el reino de Murcia quedó ahora reservado a las fuerzas castellanas. Durante los últimos años del reinado de Alfonso II el Casto comenzó a adquirir importancia política la herejía albigense (v.). El sucesor de la corona, Pedro II el Católico (1196-1213), hizo frente al problema planteado por los albigenses: la amenaza eclesiástica contra las tierras influidas por la herejía (Tolosa y Provenza principalmente) tuvo como primer efecto el acercamiento entre el rey aragonés y el conde de Tolosa. Pese a los intentos de acuerdo con el pontífice Inocencio III (v.), la Cruzada dirigida por Simón de Montfort, teóricamente contra los albigenses y en la práctica en beneficio de la monarquía francesa, tuvo lugar en 1208. Pedro II el Católico murió en Muret (1213), en un último intento de defender a sus súbditos y aliados del sur de Francia. El año anterior había intervenido decisivamente al lado del castellano Alfonso VIII en la batalla de las Navas de Tolosa (v.), en la que se puso fin al Imperio almohade.La colaboración de los monarcas cristianos en las Navas (1212) fue la señal de partida en los reinos hispánicos hacia nuevos rumbos: Castilla y León iniciaron la marcha hacia el estrecho de Gibraltar; Aragón renunció al mantenimiento del imperio pirenaico e inició una política de expansión por el Mediterráneo. Catalanes y aragoneses, dirigidos por Jaime I (1213-76; v.), incorporaron a la corona los reinos de Mallorca (1229) y Valencia (1235-44); en su avance por el litoral mediterráneo, chocaron con los intereses castellanos en Murcia, por lo que se firmó el tratado de Almizra (1244), que fijó definitivamente las fronteras entre Castilla y A.3. Dualidad catalanoaragonesa. Cataluña y A. a pesar del tiempo transcurrido desde la unión, mantuvieron acentuadas sus diferencias jurídicas, económicas, sociales y políticas, y tuvieron intereses distintos, cuando no opuestos. La conquista de Mallorca fue obra esencialmente catalana, barcelonesa, y el nuevo reino estuvo incorporado a Cataluña hasta la muerte del Conquistador; el reino valenciano fue conquistado conjuntamente por aragoneses y catalanes, y ambos Estados intentaron imponer sus costumbres y leyes, por lo que el monarca creó un nuevo reino independiente y distinto de Cataluña y A. La proyección mediterránea de la corona fue obra de las ciudades, de los mercaderes de Barcelona interesados en utilizar Mallorca como base militar para la defensa de la navegación comercial catalana y, en consecuencia, la repoblación de la isla fue obra exclusivamente de los catalanes.La conquista de Valencia, por el contrario, fue, en sus orígenes, obra de la nobleza aragonesa, que vio los nuevos territorios como una prolongación natural de sus dominios. Tras las victorias iniciales, Jaime I, temeroso de un excesivo aumento del poder nobiliario, convirtió la guerra contra Valencia en empresa nacional, en la que junto a la nobleza intervinieron los municipios aragoneses y los catalanes en gran número. En el norte del reino predominó la repoblación (v.) de carácter señorial; en el sur, el rey se reservó los centros urbanos, mientras en el campo permanecieron los musulmanes. Los nobles consideraron las nuevas tierras como prolongación de sus feudos y honores, en tanto que los aragoneses de los concejos se adaptaron a la nueva situación, y junto a los catalanes se unieron al monarca contra la nobleza. Para los nobles no existía un nuevo reino, sino la continuación de A., pero los demás tenían plena conciencia de que había surgido un nuevo reino con centro en Valencia, con fuero, moneda y cortes particulares. Jaime I dio a todo el reino, en 1248, un fuero especial. El de A., impuesto en principio por los nobles, perdió vigencia, aunque recobró importancia en los momentos de debilidad de la monarquía.4. Política mediterránea. Al morir en 1250 el emperador alemán Federico II, el Pontífice intentó llevar a la práctica la idea del supremo poder pontificio y pretendió gobernar el Imperio según sus propios intereses. La primera medida adoptada que la separación de los dominios alemanes en Italia del Imperio y el nombramiento como rey de Sicilia de Carlos de Anjou (v. Arrlou, CASA DE), conde de Provenza y adicto a la política pontificia. A este nombramiento se opuso el heredero de la corona aragonesa, Pedro III el Grande (v.), que se basó en la defensa de los derechos de su mujer Constanza de Sicilia y en los intereses políticos y económicos de Cataluña. Frente al candidato pontificio, Carlos de Anjou, se alzaron en Sicilia los Staufen Manfredo y Conradino, y, vencidos ambos, sus partidarios se refugiaron en Cataluña junto a Constanza. La penetración de los angevinos en el mercado tunecino, controlado por los catalanes, fue causa decisiva de la intervención de Pedro III el Grande en Sicilia, reino que conquistó en 1282. La reacción pontificia no se hizo esperar. Martín IV depuso al rey aragonés y entregó sus Estados a Carlos de Valois. A. tuvo que luchar en un doblé frente, en Sicilia y en los Pirineos, atacados por el pretendiente francés, que contaba con la ayuda de Felipe III de Francia, y al que se unió el rey de Mallorca, Jaime II (v.), enemistado con su hermano Pedro 111 el Grande. En el interior de la corona, la nobleza aragonesa utilizó en su beneficio las dificultades reales y creó la Unión aragonesa de nobles para defender sus privilegios frente al monarca. La tensión militar decreció a fines de 1285, por la muerte de Felipe III de Francia, Pedro III el Grande y Carlos de Anjou.El nuevo rey, Alfonso III el Franco renunció a intervenir directamente en el Mediterráneo, confió la defensa de Sicilia a su hermano Jaime e inició una política tendente a castigar a quienes habían abandonado a Pedro III el Grande en los momentos difíciles. Castilla fue invadida por los ejércitos aragoneses y el reino de Mallorca confiscado. A su muerte (1291), Jaime II -hermano de Alfonso- continuó la política de Pedro 111 el Grande. Concedió prioridad al mantenimiento de Sicilia y firmó la paz con Sancho IV de Castilla (v.) para dedicarse a la política mediterránea, pero la alianza castellana era incierta, subsistía la presión francesa en los Pirineos, el reino de Mallorca no estaba seguro y Sicilia no había sido pacificada, por lo que Jaime II modificó sustancialmente su política y llegó en 1295 (tratado de Anagni) a un acuerdo con el pontificado, con Felipe IV de Francia y con Jaime II de Mallorca: renunció a Sicilia teóricamente (de hecho la isla siguió en manos de Federico, el menor de los hijos de Pedro III el Grande), devolvió Mallorca a su homónimo Jaime II y obtuvo, a cambio, el apoyo mallorquín en su política, la devolución del valle de Arán, ocupado desde 1283 por los franceses, y la investidura de Córcega y Cerdeña.A lo largo del s. XIII, los monarcas aragoneses actuaron en tres direcciones: Pedro II el Católico y Jaime I, durante parte de su reinado, se orientaron hacia el sur de Francia e intentaron anexionar Tolosa y Provenza, pero esta orientación terminó en la derrota de Muret (1213) y en la firma del tratado de Corbeil (1258). Desde el reinado de Jaime I se habla de una política peninsular y de una política mediterránea. Se ha querido ver en esta doble dirección un enfrentamiento de tendencias, pero en realidad ambas políticas son formas distintas de conseguir un objetivo concreto: el dominio comercial del Mediterráneo occidental, para lo que es preciso dominar territorialmente o controlar comercialmente no sólo las islas del interior (Baleares, Sicilia, Córcega y Cerdeña), sino también las costas peninsulares (hispánicas e italianas) y continentales (norteafricanas) que delimitan esta zona del Mediterráneo. Anagni es, en este sentido, una obra maestra: las islas Baleares y Sicilia no dependerían políticamente de la corona, con lo que se evitan problemas militares, pero se adherían a su política comercial, se obtenía el derecho a conquistar Córcega y Cerdeña, y el monarca quedaba en libertad para intervenir en la Península y llevar a cabo la anexión del reino de Murcia, decisivo para el control comercial del norte de África. El pretexto para esta intervención se lo dio a Jaime II la guerra civil castellana, entre los partidarios de Fernando IV (1295-1312) y los infantes de la Cerda, en cuyo nombre el monarca aragonés invadió y ocupó Murcia. El tratado de Agreda (1304) puso fin a la guerra y reconoció a Jaime II la posesión de Elche, Elda, Novelda, Orihuela y Alicante, y la paz peninsular fue puesta de nuevo al servicio de la política mediterránea aragonesa: Castilla y Aragón se comprometieron a unir sus fuerzas frente al reino ’de Granada; por su colaboración, los aragoneses recibieron la zona de Almería. La guerra granadina fue un fracaso y, durante los últimos años de su vida, Jaime II volvió a ocuparse del Mediterráneo y llevó a cabo la conquista de Cerdeña (1323-24).Alfonso IV el Benigno, rey de A. en 1327-36, continuó la política mediterránea de Jaime II en Cerdeña. Contó, para ello, con el apoyo incondicional de los mercaderes y de la nobleza catalana, a los que se unieron los nobles aragoneses. En la Península se mantuvieron las buenas relaciones castellano-aragonesas, ratificadas por el matrimonio entre Alfonso IV y Leonor de Castilla. La defensa del comercio catalán, extendido desde finales del s. XIII por todo el Mediterráneo, exigió la conservación y el control de Cerdeña, donde el monarca tuvo que hacer frente a sublevaciones de la nobleza y a los intentos genoveses de dominar la isla, cuya posesión era vital para el comercio catalán, para el avituallamiento en granos de Barcelona y para la propia monarquía, dueña y administradora de las salinas de Callar¡ y de las minas de plata de Iglesias. A pesar de los esfuerzos del monarca, conrinuaron las sublevaciones en Cerdeña, prácticamente hasta comienzos del s. xv, aunque en ningún momento se llegó a la separación de la isla del reino catalano-aragonés.5. Esfuerzos de unificación. El matrimonio de Alfonso IV con Leonor de Castilla y las ambiciones de ésta pusieron en peligro la integridad del reino al pretender Leonor obtener para sus hijos Fernando y Juan diversas tierras y privilegios en perjuicio del heredero de la corona Pedro IV el Ceremonioso (v.), pero se evitó el enfrentamiento gracias a la actitud conciliadora de Alfonso XI de Castilla (v.) y del nuevo monarca aragonés Pedro IV (1336-87).Libre del peligro de una guerra con Castilla, Pedro IV el Ceremonioso inició una ambiciosa política tendente a unificar la actuación de los Estados regidos por catalanes: los reinos de Mallorca y Sicilia, y los ducados de Atenas y Neopatria fundados éstos en 1311, por los almogávares (v.) catalanes que abandonaron Sicilia tras la firma del tratado de Caltabellota (1302), por el que se llegó a un acuerdo entre los angevinos y Federico de Sicilia. De haberse cumplido los deseos del monarca, los catalanes se habrían adueñado del Mediterráneo occidental y habrían jugado un importante papel en el oriental, pero los intentos pacíficos de influir sobre los reinos mediante alianzas matrimoniales y en los ducados, a través de representantes, fracasaron. Mallorca, junto con los condados del Rosellón y Cerdeña, fue conquistada tras una guerra que duró desde 1343 a 1349. Los ducados de Atenas y Neopatria, más relacionados con la dinastía siciliana que con la catalana, prefirieron mantener su vinculación a Sicilia y, sólo al final del reinado de Pedro IV, se incorporaron a la corona en momentos poco propicios para cumplir la misión de enlace comercial y político que les asignaba Pedro IV el Ceremonioso. Anexionados en 1380, dejaron de existir ocho años después. Pedro IV intentó reforzar los lazos que unían a Sicilia y Cataluña mediante su matrimonio con Leonor de Sicilia y el de su hija Constanza con Federico IV. Basándose en los derechos de su mujer y de su hija, Pedro IV intentó anexionar el reino al morir Federico en 1371, pero la oposición del Pontífice y de los angevinos hizo inútiles sus intentos y el reino siciliano no se incorporó a la. corona aragonesa hasta la época de Martín I el Humano.Durante los años de lucha por la ocupación de Mallorca, Pedro IV tuvo que hacer frente a la sublevación de los nobles aragoneses y valencianos agrupados en la Unión.El pretexto para la sublevación fue el nombramiento de Constanza, hija de Pedro, como heredera de la corona (1347). Los infantes Jaime de Urgel y Fernando, hermano y hermanastro respectivamente del monarca, se consideraron defraudados en sus derechos como presuntos herederos de la corona, y utilizaron el descontento endémico de la nobleza aragonesa para sus propios fines. Prisionero de los nobles, Pedro IV tuvo que transigir, pero consiguió vencerlos en 1349 y poner fin a las actividades de la Unión, cuyos privilegios fueron abolidos.Entre 1348 y 1350, A., al igual que toda Europa, sufrió los estragos de la peste negra (v.), que diezmó la población y cuyos efectos se hicieron sentir durante largos años en todos los aspectos de la vida. Desguarnecida Cerdeña y abandonada la explotación de las salinas de Callare por muerte de sus defensores y administradores, el comercio catalán y los ingresos de la monarquía corrían grave peligro, por lo que fue preciso enviar a la isla nuevos contingentes militares y reorganizar la explotación y venta de la sal. Pese a estas medidas, Cerdeña fue atacada por los genoveses y Pedro IV el Ceremonioso tuvo que aliarse a Venecia para conservar el dominio de la isla (1350).La defensa de sus intereses mediterráneos llevó a la corona a enfrentarse con Génova, apoyada ésta por Castilla. Pedro IV el Ceremonioso intervino activamente en la guerra civil que enfrentaba al monarca castellano, Pedro I (v.), y a la nobleza dirigida por Enrique de Trastámara (v. TRASTÁMARA, CASA DE). El premio que Pedro IV esperaba obtener de su participación era el reino de Murcia, vieja aspiración de la monarquía aragonesa. Con su apoyo fue proclamado rey de Castilla Enrique, pero A. no obtuvo ningún beneficio de esta sustitución.6. Expansión por el Mediterráneo. La muerte de Martín 1 el Humano, en 1410, abrió una nueva etapa en la historia de la corona de A. Disputaron la sucesión, por haber fallecido el rey sin hijos, el infante Fernando de Antequera, regente de Castilla, el conde Jaime de Urgel y Luis de Anjou. El primero contó en favor de su candidatura con su posición en Castilla, con el apoyo del Pontífice, el aragonés Pedro de Luna, con la adhesión de Navarra y Portugal a su política y con el control efectivo del ejército castellano, el mejor preparado y equipado de la Península, reclutado mediante los subsidios votados por las Cortes para la guerra de Granada. Jaime de Urgel tuvo a su favor a gran parte de la población cata? lana con excepción de los mercaderes barceloneses que apoyaron a Luis de Anjou. En A. y Valencia hubo equilibrio entre los partidarios del angevino y del conde de Urgel. La oportunidad de Fernando de Antequera se presentó en 1411 al ser asesinado el arzobispo de Zaragoza, jefe de los angevinos aragoneses. Sus partidarios acusaron del asesinato a los urgelistas y pidieron ayuda al único candidato capaz de dársela, Fernando, cuyos ejércitos ocuparon fácilmente A. y Valencia y decidieron a su favor la elección realizada en Caspe, en 1412 (V. CASPE, COMPROMISO DE).Con el nombramiento de Fernando, Cataluña pudo contar con la colaboración de marinos vascos para su política mediterránea, defendida desde los primeros momentos por Fernando, que logró restablecer las relaciones comerciales con Egipto, firmó treguas con Génova, puso fin a las luchas nobiliarias en Sicilia y pacificó Cerdeña, preparando así la política de expansión mediterránea que llevó a cabo su hijo Alfonso V el Magnánimo (v. 14161458). Consciente de la difícil situación de la corona, Fernando de Antequera se limitó a conservar los dominios mediterráneos de la corona y a facilitar, mediante tratados y negociaciones, la supervivencia del comercio catalán. Menos realista, Alfonso V el Magnánimo emprendió una política de grandeza que no se correspondía con la situación de la corona y que agravaba más que solucionaba los problemas planteados. Pacificada Cerdeña en 1420, el monarca intentó hacer efectivo el dominio teórico de la corona sobre Córcega, pero la oposición genovesa y la posibilidad de ocupar el reino de Nápoles por donación de la reina Juana obligaron al monarca a renunciar a la ocupación de Córcega. Las dificultades interiores del reino y los asuntos castellanos apartaron al monarca aragonés de Italia durante algunos años y sólo en 1442 logró conquistar el reino de Nápoles. Desde este momento, el nuevo reino se convirtió en el eje de sus dominios, con lo que causó graves perjuicios a los reinos peninsulares, abandonados por el monarca en momentos de gravedad.Durante sus prolongadas ausencias de la Península, Alfonso V confió la dirección de los reinos a su mujer María de Castilla y a su hermano Juan de Navarra (v. JUAN II DE ARAGÓN Y NAVARRA), quienes hallaron graves dificultades para el cumplimiento de sus funciones, debido al distinto concepto del poder que tenían el rey y los súbditos aragoneses y catalanes. Educado en la escuela paterna, Alfonso V se consideraba rey absoluto y no reconocía límites a su autoridad, por lo que chocó con la nobleza aragonesa y con las Cortes catalanas acostumbradas a imponer su voluntad mediante la concesión o denegación de subsidios. Las necesidades monetarias obligaron a Alfonso V a transigir, pero la oposición se mantuvo y desembocó años más tarde en la guerra civil entre los catalanes y Juan II, sucesor de Alfonso V. A los problemas suscitados por el mantenimiento del reino de Nápoles y por la realización de una política ambiciosa en el oriente del Mediterráneo donde Alfonso V pretendía detener el avance turco, se añadió en Cataluña el malestar de los campesinos, payeses de remensa, y de los menestrales de Barcelona. Estas luchas de marcado signo social tuvieron su equivalente en Mallorca, en la sublevación de los campesinos ayudados por los menestrales de Palma frente a los ciudadanos, y ambos movimientos fueron expresión del malestar económico, político y social de Mallorca y Cataluña. El problema remensa y el planteado por los menestrales de Barcelona fueron básicos en las relaciones entre la monarquía y las Cortes catalanas y crearon en el país una división que perduró hasta finales del s. XV.7. Crisis de la corona. El enfrentamiento entre la Biga, que agrupaba a los patricios y a los grandes mercaderes de Barcelona, y la Busca, en la que se integraban los menestrales y pequeños comerciantes, fue consecuencia de la crisis económica iniciada en el reinado de Pedro IV el Ceremonioso. El predominio de los ciudadanos fue aceptado mientras el desarrollo de la industria y el comercio se mantuvieron, pero, a medida que se modificaba la situación, los estamentos populares culpaban del empeoramiento a los que gobernaban la ciudad y creían posible la reforma de la situación a través de la intervención en el gobierno y en la administración de Barcelona de los grupos menestrales. Menestrales y campesinos contaron con el apoyo de la monarquía en tanto que los intereses de los dueños de la tierra y de los ciudadanos fueron defendidos por las Cortes y por su organismo permanente, la Diputación del General de Cataluña.La guerra abierta entre la Diputación y el monarca Juan II (1458-79) se inició en 1462. Tras la firma de la Capitulación de Villafranca del Panadés, la autoridad del monarca, al que se prohibió entrar en Cataluña sisa permiso de la Diputación, desapareció por completo. Juan 11 aceptó, obligado por las circunstancias, pero inmediatamente buscó apoyo en el interior y en el exterior, y mientras los remensas mantenían la guerra en las montañas gerundenses, las tropas de Luis XI de Francia (v.) acudían en apoyo del monarca aragonés. Para enfrentarse eficazmente al rey, los catalanes eligieron como reyes de Cataluña a Enrique IV de Castilla (v.), que renunció; al condestable Pedro de Portugal, muerto durante la guerra; y, finalmente, a Renato de Anjou. Con esie último nombramiento consiguieron anular la alianza entre Juan II y Luis XI que puso sus ejércitos al servicio de Renato y de los catalanes. Juan II, ante la nueva situación, buscó el apoyo de Castilla, logrado mediante el matrimonio del príncipe Fernando de Aragón (V. FERNANDO II DE ARAGÓN) con la infanta Isabel de Castilla (v. ISABEL 1 DE CASTILLA). La Diputación fue vencida en 1472; y la corona, aunque mantuvo jurídicamente su personalidad, quedó sometida de hecho a Castilla desde ese año. V. t.: VALENCIA (REGIÓN) III; SICILIA II; CERDEÑA II; MURCIA (REGIÓN) III; FRANCIA IV; CASTILLA II; ROSELLóN II; CERDEÑA; CATALUÑA IV; GÉNOVA II.V. t.: CASTILLA I; BANU QASI, SOBRARSE Y RIBAGORZA; PALLARS; HUESCA II; ZARAGOZA II.V. t.: I; III.A. CANELLAS LÓPEZ, J. L. MARTIN RODRÍGUEZ, CARLOS R. EGUÍA.
BIBL.: F. SOLDEVILLA, História de Catalunya, Barcelona 196263; M. SANCxís GUARNER, Historia del País Valencid, Barcelona 1965; J. M. LACARRA, Aragón en el pasado, Zaragoza 1960;
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