Apostolado I TEOL.
Categoria:
Teología
TEOLOGÍA DOGMÁTICA. 1. Origen bíblico e historia posterior del término. El sustantivo apostolado deriva de las voces griegas apostole, apóstolós, apostello, frecuentemente usadas en el N. T. con el sentido preciso de "enviado", "enviar" con un encargo o misión; sentido con el que no se usan en el griego literario, excepto Heródoto y Flavio Josefo que emplean un lenguaje popular. De manera expresa se denomina apóstol en el N. T. a cada uno de los Doce escogidos por Cristo para realizar la Iglesia (Mt 10, 2) y a S. Pablo (Rom 11, 13), quien a su vez extiende la expresión frecuentemente a "los otros apóstoles y los hermanos del Señor" (1 Cor 9, 5), así como también se refiere explícitamente al carisma del apostolado (p. ej., 1 Cor 12, 28; Eph 4, 11). Los Setenta, en la versión griega del A. T., no usan apóstolos nunca (sólo Aquila y Simmaco, en el s. ii, la introducen en 1 Reg 14, 6, con un sentido que apunta a la acepción cristiana); en cambio, utilizan el verbo apostello para traducir el hebreo sálah, "enviar" con un sentido más genérico que en el N. T. (Dt 22, 7; Ps 78, 49; ler 29, 31; Bar 2, 30; Cant 4, 13; 1 Mach 2, 15; 2 Mach 3, 7).El término apóstol comienza, pues, a ser aplicado y extendido en la Iglesia, con un sentido original y propio del N. T., para designar al emisario, al delegado, al que hace de embajador o plenipotenciario del mensaje cristiano (lo 13, 16; 2 Cor 8, 23; Philp 2, 25). También se usa con el significado de testigo o persona que atestigua y da testimonio (Mt 10, 2; Act 1, 26; 2, 37, etc.; 1 Cor 15, 7; Apc 21, 14). Otras veces se utiliza para designar a los predicadores del Evangelio (Rom 16, 7; 1 Cor 12, 28; Eph 2, 20; 3, 5; 4, 11).La principal referencia está en la epístola a los Hebreos: "por tanto, hermanos santos, partícipes de una vocación celestial, considerad al apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe, a Jesús, que es fiel al que le instituyó, como lo fue Moisés en toda su casa" (Heb 3, 1-2). En este texto, en efecto, puede encontrarse el origen, la raíz común, la razón de ser y la naturaleza de todas las actividades a las que convienen los términos apostolado, apóstoles, apostolicidad, etc. Cristo, enviado del Padre ("apóstol... de nuestra fe"), al cumplir su misión con fidelidad ("es fiel al que le instituyó" apóstol) da origen a que "toda la actividad del Cuerpo Místico" (v.) sea actividad apostólica (los cristianos se hacen "partícipes de una vocación celestial"), que consiste en "propagar el Reino de. Cristo en toda la tierra para la gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes de la redención salvadora, y por medio de ellos ordenar realmente todo el universo hacia Cristo" (Conc. Vaticano II, Decr. Apostolicam Actuositatem, 2). El apostolado es, pues, actividad del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia; cumplimiento cristiano de una misión recibida de Dios; cualidad Cristiana que hace del bautizado un apóstol. El protoapostolado radica en la misión del Verbo encarnado, que comunica su mensaje y envía a los "apóstoles" en los cuales están significadas de un lado la totalidad de la Iglesia y de otro la concreta misión jerárquica. Aquí vamos a tratar del a. en su sentido amplio y general, como misión de la totalidad de la Iglesia, distinta de la concreta misión jerárquica, que tiene un objeto (las funciones propias de la jerarquía eclesiástica; v.) y unos sujetos (Apóstoles, Obispos, Presbíteros; v.) diferentes de la misión apostólica general de la Iglesia, aunque dentro de ella. No tratamos aquí, pues, de la llamada Apostolicidad de la Iglesia, como nota distintiva de la misma que comprende su estructura jerárquica, es decir, la sucesión de la misión jerárquica de los doce Apóstoles (para ello, V. IGLESIA II, 5, y SUCESIÓN APOSTÓLICA).En el N. T. lo apostólico y el a. en general, están referidos, pues, a todos aquellos que reciben una misión de Cristo consistente en construir la Iglesia (V. REDENCIÓN; SOTERIOLOGÍA); misión que arranca de la de Cristo y de la del Espíritu Santo. (v.), entre las que media la Resurrección y la Ascensión. No tiene nada de extraño que S. Pablo extienda la idea de a. a todos cuantos proclaman con su vida la verdad de la Buena Nueva traída por Cristo y que no limite el concepto a los Doce (V. APósTOLES), a los estrictamente llamados a formar la primera jerarquía. Y ese a., que también es llamado diaconía (función, ministerio), es una realidad viva que se transmite no "por mediación del hombre" (Cal 1, 1).Durante la época patrística -debido especialmente a la necesidad de distinguir lo que fue auténtica enseñanza de los Doce, de las falsas enseñanzas del gnosticismo (v.)-, se emplea el término en relación con los Apóstoles, y así serán iglesias apostólicas las iglesias o comunidades cristianas directamente fundadas por uno de los Apóstoles. Ya, sin embargo, desde la Edad Media comienza a aplicarse la idea de a. a la vida apostólica que es la vida de imitación de Jesucristo, y no tan sólo la idea de evangelizar a los no creyentes. Desde el s. xvi se comprende que imitar a Jesucristo equivale a participar de su vida y de su misión redentora y salvadora entre los hombres. Se retorna, por tanto, a la primitiva idea de a. como actitud cristiana que encuentra su raíz en la misión de Cristo.2. El apostolado en general. La raíz que conduce a comprender su realidad se encuentra, pues, en primer lugar, en la Cristología. Pero son inseparables el Verbo encarnado de su obra, la Iglesia; por tanto, es desde una consideración cristológica y eclesiológica como únicamente es abarcable la realidad apostólica. La ya larga vida de la Iglesia y los estudios eclesiológicos, llevados a cabo desde antes del conc. Vaticano I, pero especialmente con ocasión del Vaticano II, permiten hoy considerar la realidad del a. de un modo más completo. El Vaticano II es un excelente punto de partida para considerar la realidad eclesial del a. cristiano, que como "fenómeno pastoral" siempre ha tenido lugar en la vida interna y externa de la Iglesia, aunque la reflexión teológica no mantuviera sobre 61 una particular atención en alguna época concreta de la historia.Desde este punto de vista es importante tener en cuenta que "todos los fieles, desde el Papa al último bautizado, participan de la misma vocación, de la misma fe, del mismo Espíritu, de la misma gracia... Todos participan activa y corresponsablemente -dentro de la necesaria pluralidad de ministerios- en la única misión de Cristo y de la Iglesia" (A. del Portillo, Fieles y laicos en la Iglesia, Pamplona 1969, p. 38). Esa igualdad radical de todos los bautizados arranca de la igualdad de su consagración bautismal (v. BAUTISMO III). "El Hijo de Dios, en la naturaleza humana unida a Sí, al triunfar de la muerte con su muerte y resurrección, redimió al hombre y lo transformó en criatura nueva (cfr. Gal 6, 15; 2 Cor 5, 17). Y cuando comunicó el Espíritu Santo a sus hermanos, llamados de entre toda la gente, hizo místicamente de ellos como su cuerpo. En ese cuerpo la vida de Cristo se comunica a los creyentes que se unen misteriosa y realmente por medio de los sacramentos a Cristo paciente y glorificado. En efecto, por el Bautismo nos configuramos con Cristo: `Pues hemos sido bautizados todos nosotros en un solo Espíritu para no ser más que un solo cuerpo’ (1 Cor 12, 13)" (Const. Lumen gentium, 7). Y en todo el cap. II de la Lumen gentium se insiste en la igualdad radical de todos los bautizados que les lleva a estar "destinados al culto de la religión cristiana; y, hechos hijos de Dios por la regeneración, tienen el deber de confesar ante los hombres la fe que recibieron de Dios a través de la Iglesia" (no 11). De manera más explícita se hace alusión a que es toda la Iglesia la que goza del carisma del a. en el Decr. Ad gentes (no 2-5) del mismo Vaticano II. El razonamiento eclesiológico que allí se hace, como fundamento doctrinal y dogmático de la forma de a., que históricamente ha venido designándose como actividad misional, es sencillo y luminoso: "Por su naturaleza, la Iglesia peregrina es misionera -equivale a decir, como hemos visto, apostólica-, pues tiene su origen, por designio de Dios Padre, en la misión del Hijo y én la misión del Espíritu Santo" (no 2).Con frecuencia la actividad apostólica y el a. se suelen poner en relación con el mandato que constituye a los doce Apóstoles en jerarquía (Mt 28, 19-20; Me 16, 15-16, y Io 20, 21-23). Sin embargo, es importante observar que la misión apostólica de la Iglesia, según el Decr. Ad Gentes (no 5) se fundamenta en Me 3, 13: "Desde el principio, el Señor Jesús `llamó a Sí a los que Él quiso, e instituyó a doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar’ (Me 3, 13). Así, los Apóstoles fueron semilla del nuevo Israel y origen de la sagrada Jerarquía". Y solamente en un estadio ulterior es cuando aparece el mandato que constituye a los Apóstoles en Jerarquía, en los pasajes citados de Mt 28, 19-20, etc. Para nuestro razonamiento son claras estas palabras: "Por eso la Iglesia (toda la Iglesia) tiene el deber de propagar la fe y la salvación de Cristo (a. en sentido general) : en virtud de un mandato expreso que el orden de los Obispos, al que ayudan los Presbíteros, recibió de los Apóstoles, junto con el Sucesor de Pedro y Pastor Supremo de la Iglesia (misión apostólica de la jerarquía), y en virtud de la vida que Cristo infundió a sus miembros, `a partir de quien todo el cuerpo, compacto y unido por todos los ligamentos que lo unen y alimentan según la capacidad de cada miembro, crece y se fortalece en la caridad’ (Eph 4, 16) (misión apostólica de toda la Iglesia) " (Ad gentes, 5) . Esta transmisión de la vida de Cristo comunicada a su Cuerpo, la Iglesia, es la que origina la actividad apostólica de cada uno de los miembros, el a. de todos y cada uno de los fieles en tanto que fieles, es decir, no según las peculiaridades de la función jerárquica, sino según la realidad de su incorporación a Cristo mediante el Bautismo, condición que es común a todos los fieles, "desde el Papa al último de los bautizados" como decíamos antes.Así, pues, la misión apostólica de la Iglesia -y de cada uno de sus miembros- tiene ontológicamente como dos momentos diferentes: los Apóstoles llamados por voluntad expresa de Cristo son, en primer lugar, semilla del nuevo Israel, origen de todo el Pueblo de Dios que es receptor de la misión total de la Iglesia; los Apóstoles, en un segundo momento, son llamados por el Señor a constituir, dentro de la totalidad del Pueblo de Dios, el orden de los Obispos, al que ayudan en su misión los presbíteros, en virtud de un mandato expreso de Cristo que lleva consigo unas peculiaridades concretas respecto de su a. específico. Radicalmente, por tanto, los Apóstoles son los primeros eslabones entre la misión del "Apóstol de nuestra fe" (Heb 3, 1-2, antes citado) y la misión de todo el Pueblo de Dios que es la totalidad de la Iglesia. Efectivamente, el mismo Vaticano II, al tratar de los laicos (v.), señala que su a. -su misión peculiar- es "una participación en la misión misma de la Iglesia" (Lum. gent., 33) y no una participación en la misión de la Jerarquía (v. Misión de la Iglesia, en IGLESIA III, 3).Respecto del a. en general, podemos afirmar, pues, cuanto se afirma respecto de la igualdad radical que se da en el Pueblo de Dios, a tenor de las afirmaciones sustanciales que se encuentran contenidas en el cap. II de la Const. Lumen gentium. "Uno de los frutos del Concilio ha sido poner de relieve aquello que es común a todos los fieles, a todos los miembros del Pueblo Sacerdotal de Dios, situando, dentro de esta unidad primaria y fundamental, la diversidad de funciones que existen dentro de la Iglesia: `Hay, pues, un único Pueblo de Dios elegido: un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo (Eph 4, 5); es común la dignidad de los miembros por su regeneración en Cristo, común la gracia de la adopción filial, común la llamada a la perfección, una sola salvación, una sola esperanza y una caridad indivisible. No hay, pues, ninguna desigualdad en Cristo y en la Iglesia -ni por la raza o nacionalidad, ni por la condición social o por el sexo-, porque no hay judío ni griego; no hay esclavo ni hombre libre; no hay varón ni mujer. Pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gal 3, 28; cfr. Col. 3, 11)’. Y también: `Si bien algunos, por voluntad de Cristo, están puestos como doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, también es cierto que entre todos rige una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y la actividad común a todos los fieles para la edificación del Cuerpo de Cristo’ (Lum. gent., 32)" (A. del Portillo, o. c., p. 47).3. Objeto y condiciones del apostolado. Aunque ya ha quedado sustancialmente afirmado que el a. tiende a identificarse con la misión total y única de la Iglesia, puede decirse de modo más preciso que el objeto del a. consiste en lograr "que la totalidad del mundo se integre en el Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor, y templo del Espíritu Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda al Creador universal y Padre todo honor y gloria" (Lum. gent., 17). Con otras palabras, el a. es aquella actividad que la Iglesia lleva a cabo por misión recibida de Cristo y del Espíritu Santo, encaminada a hacer presente la Vida y la Bondad divina en la humanidad y en la creación entera, hasta que llegue la consumación escatológica del Reino (1 Cor 15, 28; V. REINO DE DIOS).El a. participa de la condición itinerante de los hombres. Dentro de la economía de la salvación, el a. es un ideal de encarnación (v.), que consiste en llevar a su plenitud y endiosamiento todo lo terreno; es igualmente un ideal de redención (v.) para vencer el mal y el pecado que hay en el mundo, al igual que Cristo vence desde la Cruz redentora; y es finalmente un ideal de transfiguración que únicamente se alcanzará en la resurrección (v.) de toda carne y en la renovación escatológica del universo (V. ESCATOLOGÍA II y III). La apertura salvífica que supone el a. como actividad de la misión total de la Iglesia, entronca radicalmente con la apertura de la vida divina que tiene lugar en la misión del Verbo encarnado, que nos redime en la Cruz y en la Resurrección gloriosa y se transfigura en su Resurrección y Ascensión a los cielos; y la misión apostólica de la Iglesia, destinada a traer la paz al corazón del creyente, participa de la pasión y muerte como de la resurrección de Cristo. Aunque a ese objeto tienda finalmente el a. de la Iglesia, no puede entenderse que el a. solamente deba estar pendiente de esa plenitud de las almas y de los cuerpos, de la humanidad y del cosmos, en la que permanecen incluso las obras del trabajo humano (cfr. Gaudium el spes, 39), sino que posee unas condiciones que acompañan al ser de la Iglesia en la tierra. Las condiciones que fundamentalmente encontramos expresadas para el a. en el Vaticano II podrían ser éstas:a) El a. es misión en el mundo: "La obra redentora de Cristo, aunque de por sí tiende a salvar a los hombres, se propone también la restauración de todo el orden temporal. Por ello, la misión de la Iglesia no es sólo ofrecer a los hombres el mensaje de Cristo y su gracia, sino también impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico" (Apostolicam Actuositatem, 5) (V. IGLESIA IV, 4; MUNDO in, 1).
b) El a. es misión histórica: El a. cristiano se encuentra enmarcado en la historia de la salvación (v.), que mantiene una íntima relación con la historia humana. La acción apostólica debe inscribir en la historia y en las diversas culturas, cuyos valores propios y genuinos deben ser respetados, el dinamismo del misterio de la encarnación y del misterio de la Pascua del Señor (efr. Lum. gent., 17) (V. HISTORIA VI).c) El a. es único y universal: El a., por ser parte de la misión única de Cristo y de la Iglesia, participa también de esta condición radical, porque uno es el Señor, una es la fe, uno el Bautismo en Cristo, y uno también el término escatológico al que el a. tiende. Pero unidad no equivale a uniformidad. Las expresiones paulinas acerca de la Iglesia como Cuerpo de Cristo son bien elocuentes respecto de la unidad fundamental de la Iglesia, cuya Cabeza es el propio Cristo, y la diversidad de funciones que en la Iglesia, como organismo vivo, existen (efr. 1 Cor 12, 12 ss.). El a. es único pero no es uniforme. Aquí también puede aplicarse cuanto señala el Vaticano II respecto del pluralismo o variedad de funciones y de formas válidas en múltiples terrenos de la vida interna de la Iglesia: "con este criterio de actuación (los cristianos) manifestarán cada vez de modo más pleno la auténtica catolicidad, y al mismo tiempo la apostolicidad de la Iglesia" (Decr. Unitatis redintegratio, 4). La unidad fundamental y la pluralidad de funciones, de formas y de iniciativas apostólicas, hacen que el a. de la Iglesia sea también universal, católico. La Iglesia se dirige a todos los hombres "para salvarlos a todos" (1 Cor 9, 22); y es además el germen firmísimo de la unidad fundamental del género humano (cfr. Lum. gent., 1) (v. t. IGLESIA II, 2 y 4).d) El a. es una condición fundamental de la ontología de la existencia cristiana: la gracia (v.) es siempre esencialmente un don de caridad (v.) que ha de revertir hacia el prójimo. El ser personal cristiano se realiza principalmente en la entrega a los demás (cfr. Ad gentes, 7).e) El a. encuentra su raíz en la vida sacramental de la Iglesia: La incorporación al Pueblo de Dios (V. BAUTISmIo), el robustecimiento en la fe y la mayoría de la edad en Cristo (V. CONFIRMACIGN), serían suficientes títulos para comprender que el a. nace y se alimenta de la vida sacramental y litúrgica tanto como de las disposiciones interiores. Pero es preciso insistir en que la Eucaristía (v.) es el sacramento apostólico y misionero por excelencia: realiza la presencia real y sustancial de Cristo entre los hombres y con É1 la presencia del Dios Trino; es el Sacraménto en el que se anuncia la muerte y resurrección, la Pascua de Jesucristo, hasta que venga (cfr. 1 Cor 2, 16).4. Pluralidad funcional del apostolado. La imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios (v.) evoca la unidad e igualdad fundamentales de los bautizados en Cristo y en el Espíritu. Sin embargo, esa imagen es necesario completarla con la de Cuerpo Místico de Cristo (v.) -tal como hace el Vaticano II-, que expresa claramente que "en la edificación del cuerpo de Cristo también se da la diversidad de miembros y de funciones" (Lum. gent., 7), de acuerdo con la doctrina paulina de 1 Cor 12. "Hay, pues, en la Iglesia una igualdad fundamental junto a una desigualdad funcional" (A. del Portillo, o. c., 48). "La Cabeza de este Cuerpo es Cristo" (Lum. gent., ib.), pero el Espíritu, que distribuye los dones, hace que surjan, según las necesidades de la misma Iglesia, a la cual Cristo ama como su propia esposa, la diversidad de funciones, como fruto del reparto de dones y carismas (v. ESPIRITU SANTO III; CARISMA I y II).El a. -como hemos visto- surge de la misma misión del Verbo encarnado, que prolonga a lo largo de la historia humana su acción salvadora a través de la misión de la Iglesia. La Iglesia, inseparable de Cristo que es su Cabeza, es a su vez inseparable de sus miembros, los fieles cristianos, que en el organismo vivo del Cuerpo de Cristo ocupan distintos lugares, diversidad de funciones, ministerios o diaconías. Todos los miembros participan de la misión única y total de la Iglesia porque son fieles; pero cada miembro debe cumplir su función, su peculiar misión, de acuerdo con el lugar que el Espíritu le ha asignado en el Cuerpo de Cristo, en ese organismo vivo que es la Iglesia.El Vaticano II ha insistido en la correlación entre consagración y misión, al tratar de los diferentes miembros que en la Iglesia existen (cfr. Lumen gentium, 21, 28, 29, 31, 44, en relación con la consagración y la misión de obispos, presbíteros, diáconos, laicos y religiosos; doctrina posteriormente desarrollada en los correspondientes decretos Christus Dominus, sobre la "función pastoral de los obispos"; Presbyterorum Ordinis, sobre el "ministerio y vida de los presbíteros"; Apostolicam actuositatem, sobre el "apostolado de los laicos", y Perfectae caritatis, sobre la "renovación de la vida religiosa"). Y aunque ontológicamente la consagración preceda a la misión, existencialmente la exigencia de la diversidad de funciones precede a la diversidad de misiones y consagraciones. El Episcopado, p. ej., no tendría existencialmente razón de ser si no existiera una Iglesia particular, una porción del Pueblo al que tuviera que regir pastoralmente. El servicio a la totalidad de la misión es lo que da razón de ser de la diversidad de las funciones, que son otros tantos servicios. La idea de servicio es inseparable de la idea de misión o de función en el seno de la Iglesia. Cristo, que es Señor y Maestro, se presenta como el "Siervo de Yahwéh" (v.) (cfr. Is 42, 1-9; 49, 1-6; 50, 4-11; 52, 13-15, y 53, 1-12) y como "siervo de los discípulos" (cfr. lo 13, 1-20), porque Cristo establece una relación entre los _designos de Dios y el destino humano. La Iglesia ha proclamado repetidas veces en el Vaticano II que se siente "servidora de la humanidad", precisamente por designio de Dios. La Iglesia "obedece no a un precario proyecto del hombre, sino a un designio de Dios. La Redención, la salvación del mundo, es obra de la amorosa y filial fidelidad de Jesucristo -y de nosotros con P11- a la voluntad del Padre celestial que le envió" (J. Escrivá de Balaguer, Conversaciones, no 1, 3 ed. Madrid 1969, p. 18). La misión de Cristo, de la Iglesia y de cada cristiano es una misión relativa, entre Dios que distribuye los dones y carismas (la vocación, porque es Él quien llama para cumplir una determinada función), y los hombres. El Vicario de Cristo usa frecuentemente este título apostólico: "Siervo de los siervos de Dios".La pluralidad de funciones del a. no puede establecerse a priori de la vida de la Iglesia más que en aquellas funciones que lo son por institución divina, por institución de Cristo. Y, a tenor de ello, habrá de mantenerse que su sentido -si se tiene suficientemente en cuenta la idea de servicio- no se agota en la mismidad de cada función. El Vicario de Cristo es Sierro en grado sumo porque existen los siervos de Dios. Si por institución divina existe la Jerarquía sagrada es porque igualmente por designio de Dios existe el decreto de salvación de todos los hombres, y porque esa salvación la tiene que realizar históricamente un resto fiel que es el Pueblo de Dios. La const. Lumen gentium distingue efectivamente la existencia de una misión de la Jerarquía y una misión del laicado (cfr. cap. III y IV), inmediatamente después de haber afirmado la radical y fundamental identidad que se da entre los fieles que forman parte del único Pueblo de Dios. También es importante señalar que en la Constitución dogmática sobre la Iglesia -la Lumen gentium- se incluye el reconocimiento del estado peculiar de vida de los religiosos. Todo ello habla de la diversidad de funciones del a., al margen de las iniciativas apostólicas que a lo largo de la historia hayan podido darse en el seno de la Iglesia."Ya en el año 1945, mons. J. Escrivá de Balaguer, una de las figuras precursoras del Concilio Vaticano 11, ponía vigorosamente de manifiesto estos conceptos con las siguientes palabras: `Debemos considerar a la vez, sin confundirlas, dos nociones fundamentales: de una parte, la noción de estado, que distingue al sacerdote del simple fiel; y de otra, la vocación a la santidad, común a todos los cristianos. El estado clerical se caracteriza por un conjunto de deberes exigidos por la misión específica que corresponde, en el servicio de Dios, al sacerdote, que está llamado, por razón del sacramento del orden que ha recibido, a ayudar a sus hermanos con los servicios propios de su ministerium verbi et sacramentorum, del ministerio de la predicación y de los sacramentos. El estado laical ofrece también un aspecto que le es propio, que viene a ser dentro del Cuerpo Místico de Cristo el ministerio peculiar de los seglares: asumir sus responsabilidades personales en el orden profesional y social, para informar de espíritu cristiano todas las realidades terrenas, a fin de que en todas las cosas Dios sea glorificado por Jesucristo (1 Pet 4, 11).`Pero siendo distintos los estados correspondientes al sacerdote y al seglar -como consecuencia de la diversidad de sus respectivas tareas o ministerios-, es en ellos única y común su condición de cristianos, por haber sido llamados a formar parte de un solo cuerpo (Col 3, 15), y porque igualmente se les aplican aquellas palabras de San Pablo a los corintios: Christi bonus odor sumus Deo (2 Cor 2, 15), somos el buen olor de Cristo, delante de Dios. Por exigencia de la común vocación cristiana -como algo que exige el único bautismo que han recibido- el sacerdote y el seglar deben aspirar, por igual, a la santidad, que es una participación en la vida divina (S. Cyrillus Hierosolymitanus, Catecheses, 21, 2). Esa santidad, a la que son llamados, no es mayor en el sacerdote que en el seglar: porque el laico no es un cristiano de segunda categoría. La santidad, tanto en el sacerdote como en el laico, no es otra cosa que la perfección de la vida cristiana, que la plenitud de la filiación divina, pues todos somos a los ojos de nuestro Padre Dios hijos de igual condición, cualquiera que sea el servicio o ministerio que a cada uno se asigne: hijos pequeños, a quienes -justamente por su pequeñez- se les ha reservado el reino de los cielos (Mt 19, 14)’ (J. Escrivá de Balaguer, Carta, 2-II-1945)" (A. del Portillo, o. c., 49-50).La diversidad de funciones apostólicas está en relación con la santidad de la vida: todos estamos llamados a la plenitud de la vida cristiana, a la santidad y a la perfección de la caridad (cfr. Lum. gent., cap. V). La santidad, la perfección de la caridad, la plenitud de vida cristiana, exigen el a. Correlativamente podría decirse que exigen el fiel cumplimiento de la propia misión apostólica de acuerdo con la peculiar consagración de cada cual (v. II).Función apostólica de la Jerarquía será -a tenor del Vaticano II- alimentar a todo el Pueblo de Dios con la Palabra y los Sacramentos, y regir pastoralmente su "grey"; no parece necesario desarrollar aquí el contenido de este ministerio sagrado del interior de la Iglesia (puede verse: OBISPO; PRESBÍTERO; DIÁCONO; RELIGIOSOS; MAGISTERIO ECLESIÁSTICO; SACERDOCIO; JERARQUÍA ECLESIÁSTICA; etc.). Pero el Pueblo de Dios tiene también, dentro de su misión única, la función de animar cristianamente el orden temporal, y respecto a éste "a la jerarquía corresponde señalar -como parte de su Magisterio- los principios doctrinales que han de presidir e iluminar la realización de esa tarea apostólica (cfr. Lum. gent., 28; Gaud. et spes, 43; Apost. actuos., 24)" (J. Escrivá de Balaguer, Conversaciones, n° 11, 3 ed. Madrid 1969, p. 32).Por su parte, "la específica participación del laico en la misión de la Iglesia consiste precisamente en santificar ab intra -de manera inmediata y directa- las realidades seculares, el orden temporal, el mundo", aunque además de esta tarea que le es específicamente propia, el laico, por su condición de fiel tiene una serie de facultades fundamentales: "participación activa en la liturgia de la Iglesia, facultad de cooperar directamente en el apostolado propio dé la jerarquía o de aconsejarla en su tarea pastoral si es invitada a hacerlo, etc.", dice J. Escrivá de Balaguer (o. e., n° 9, p. 30), y añade: "A los laicos, que trabajan inmersos en todas las circunstancias y estructuras propias de la vida secular, corresponde de forma específica la tarea, inmediata y directa, de ordenar esas realidades temporales a la luz de los principios doctrinales anunciados por el Magisterio; pero actuando, al mismo tiempo, con la necesaria autonomía personal frente a las decisiones concretas que hayan de tomar en su vida social, familiar, política, cultural, etc. (cfr. Lum. gent., 31; Gaud. et spes, 43; Apost. actuos., 7)" (o. c., n° 11, p. 32) (v. LAICOS)."En cuanto a los religiosos, que se apartan de esas realidades y actividades seculares, abrazando un estado de vida peculiar, su misión es dar un testimonio escatológico público, que ayuda a recordar a los demás fieles del Pueblo de Dios que no tienen en esta tierra domicilio permanente (cfr. Lumen gentium, 44; Perfectae caritatis, 5). Y no puede olvidarse tampoco el servicio que suponen también para la animación cristiana del orden temporal las numerosas obras de beneficencia, de caridad y asistencia social que tantos religiosos y religiosas realizan con abnegado espíritu de sacrificio" (J. Escrivá de Balaguer, o. c., n° 11, p. 33) (v. t. RELIGIOSOS).5. La Teología y el apostolado. La actual toma de conciencia que tiene lugar en el interior de la Iglesia no es fruto de una concreta enseñanza teológica. Más bien ha sido un proceso inverso: la realidad de la conciencia apostólica de muchos fieles -laicos o sacerdotes- ha provocado la reflexión teológica sobre el a., como una constante eclesial que se ha dado siempre, de una u otra forma. El a. -si excluimos algunas esencialidades someramente expuestas más arriba- es la misma vida de la Iglesia, y esta vida concreta que ha tenido lugar a lo largo de los siglos es difícilmente reducible a categorías intelectuales, especialmente cuando de esas categorías pretenda extraerse una concreta metodología. En éste, como en tantos otros terrenos de la vida de la Iglesia, la postura intelectualmente correcta ha de ser la de una sana apertura a la realidad viva desde la fe vivida. Con otras palabras, una excesiva categorización intelectual teológica del a. no puede conducir más que a su anquilosamiento, porque en la práctica equivaldría a olvidar que la Iglesia tiene como Cabeza a Cristo, que envió al Espíritu sin el cual "nadie puede decir: ¡Anatema es Jesús! y nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino por influjo del Espíritu" (1 Cor 12, 3).Más explícitamente aún, cabe decir que la vida de la Iglesia a lo largo de los siglos no es reducible a la historia de sus instituciones y a la del pensamiento teológico. El proceso mediante el cual el a. ha cuajado en instituciones y ha sido objeto de consideración desde la Teología, es precisamente el inverso. Es decir, en la Iglesia se han dado siempre los dones y carismas del Espíritu Santo que han movido a los cristianos en general al a.; en una etapa ulterior, esa actividad e iniciativas apostólicas han originado las instituciones o el reconocimiento de la existencia de dones y carismas por la autoridad de la Iglesia (en cumplimiento de su misión sagrada de gobernarla); y también ha provocado la reflexión teológica sobre el conjunto de fenómenos en los que se han dado esos dones y carismas. Ese reconocimiento de la jerarquía, cuyo oficio es velar por la vida de la Iglesia, abarca desde las formas asociativas del a., hasta el reconocimiento de la dimensión apostólica que tienen numerosas tareas, consideradas antes como "neutras" desde el punto de vista del a. Aunque el reconocimiento de actividades plenamente laicales, pero emprendidas con responsabilidad apostólica, no es o no necesita ser una sanción o aprobación explícita de carácter jurídico; en todo caso se configura como un mero ius invigilandi respecto de la fe y rectas costumbres, que deja íntegro el derecho de los fieles a su libre iniciativa. Así, la función de la jerarquía nada tiene que actuar ni sancionar positivamente cuando el cristiano, por el hecho de estar bautizado, siente la urgencia caritativa de acercar sus amigos a Dios, de orar por ellos, de ayudarles a decidirse a cumplir mejor sus deberes, o de, con ocasión de su trabajo, impulsar a las personas con las que se relaciona a mejorar su vida, contribuyendo así a que la sociedad sea más recta y más justa.Por otra parte, la propia Jerarquía al profundizar en la realidad de la Iglesia (que es el entero Pueblo de Dios, o la totalidad del Cuerpo Místico de Cristo) y la necesidad de contar con grupos de laicos católicos que, como ciudadanos, contribuyan y colaboren con la misión de la propia jerarquía (especialmente debido a las crecientes dificultades que el Estado moderno impuso a las funciones jerárquicas) han provocado formas de actividad apostólica de colaboración con el a. de la Jerarquía (p. ej., V. ACCIÓN CATÓLICA).Este doble y diferente origen de asociaciones y formas de a., actualmente reconocidas y sancionadas por la autoridad de la Iglesia, no puede ser confundido en una reflexión teológica. La, teología del a., hasta época muy reciente, en síntesis daba los siguientes pasos: la misión del Verbo encarnado proviene de Dios Padre; después de la Ascensión el Espíritu Santo envía a los Apóstoles, que son el origen de la jerarquía; ésta recibe, pues, su misión de Cristo y del Espíritu Santo; y el resto de los fieles reciben su misión de la Jerarquía. El conc. Vaticano II ha impuesto un giro copernicano en esta importante cuestión. Efectivamente, Cristo recibe la misión del Padre, obedece a un decreto intratrinitario, y el Espíritu Santo realiza su misión cerca de los hombres, cuando el_ Hijo asciende al Padre. Pero es toda la Iglesia la que es enviada por Dios como continuación inseparable de la Obra del Verbo encarnado, y cada uno de los fieles recibe su peculiar misión de la Iglesia. La Jerarquía debe reconocer los dones y carismas que asisten a cada fiel para el cumplimiento de la peculiar misión apostólica que reciba de la Iglesia, aunque también quepa la posibilidad de que sea la propia jerarquía quien, mediante un mandato, llame a algunos grupos de fieles laicos a una colaboración directa e inmediata en su específica tarea apostólica. Pero son dos puntos de partida diferentes para una consideración total del a. V. t.: IGLESIA III, 3; BAUTISMO II Y III; CONFIRMACIÓN I.CARLOS ESCARTÍN.
BIBL.: 1) Obras generales: a) para los aspectos bíblicos pueden verse: J. BONSIRVEN, Les enseignements de Jésus Christ, 8 ed. París 1950; X. LÉCN DuFouR, Apóstoles, en Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona 1966; B. OCHARD, E. F. SUTCLIFFE y oTRos, Verbum Dei (comentario a la S. E., especialmente t. III y IV), 2 ed. Barcelona 1962; A. ROBERT y A. TRICOT, Iniciación bíblica, México 1957. b) Aspectos eclesiológicos y generales: G. BARAUNA y OTROS, La Iglesia del Vaticano 77, 3 ed. Barcelona 1968; J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones con..., 3 ed. Madrid 1969; Ca. JOURNET, Teología de la Iglesia, 3 ed. Bilbao 1966; P. A. LIÉGÉ, Vivir como cristiano, Andorra 1962; H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Bilbao 1958.
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