Áparición I REL. CRIST.
Categoria:
Religión Cristiana
I. Sagrada Escritura. II. Apariciones y revelaciones privadas. I. SAGRADA ESCRITURA. 1. Noción. El término a. deriva etimológicamente de la palabra latina apparitio, e indica la acción por la que alguien o algo sé hace visible a alguno. En una acepción amplia, designa la visión de un ser sobrenatural, espectro o fantasma. Pero en el lenguaje teológico, se entiende por a. toda manifestación sensible de una persona o de un ser, cuya presencia, en las circunstancias en que se produce, no podría explicarse por el curso natural de las cosas. Se trata, pues, de vivencias (v.) psíquicas, en las que objetos o personas invisibles a la experiencia normal humana se hacen perceptibles de una manera sobrenatural. Matizando las cosas, se debe distinguir entre a. y visión (v. VISIONES Y LOCUCIONES SOBRENATURALES), ya que mientras la a. supone la existencia real del objeto percibido, la visión no la implica necesariamente, sino que puede tratarse de algo que se presenta a los sentidos interiores o a la inteligencia.2. Posibilidad de las apariciones. Por tratarse de algo sobrenatural, las a. han encontrado la cerrada oposición de quienes niegan sistemáticamente el orden sobrenatural (v.). Para la crítica más radical, las a. que registra la Biblia no serían más que un rasgo común de las religiones semitas: ideas míticas (v. MITO) sin consistencia alguna en la realidad, o simples invenciones de los escritores sagrados, o incluso el resultado de disposiciones mórbidas. Sin embargo, desde el punto de vista creyente, hay que admitir, en principio al menos, que las a. son posibles, ya que Dios conserva la libre y omnipotente disposición y dominio sobre las leyes naturales de su creación (v. DIOS IV, 11). En efecto, una causa infinita en poder y sabiduría puede muy bien, por sí misma o por medio de las causas segundas, operar los fenómenos necesarios para una a. y coordinarlos tan perfectamente con el funcionamiento de las fuerzas físicas que el orden del mundo no sufra (v. MILAGRO II y III). De esta manera, Dios puede dar testimonio de Sí y de las realidades que se encuentran fuera del campo de la experiencia humana. Las a. no sólo no están excluidas del pensamiento bíblico, sino que juegan un papel incesante en el curso de la historia de la salvación (v. SALVACIÓN II), de tal modo que quien pretendiera atribuir tales fenómenos a causas naturales, se vería forzado a negar la posibilidad de que Dios entre en contacto con los hombres, con lo que quitaría al cristianismo su carácter de religión sobrenatural y revelada (v. REVELACIÓN II y III).En cuanto al modo en que se producen las a., unos opinan que no es el ser inmaterial lo que entra en contacto directo con los sentidos del hombre, sino que se sirve de un intermediario, de una causa instrumental que le obedece y manifiesta su presencia. Otros suprimen tal intermediario, y piensan que Dios o el espíritu, que se aparece, actúa sobre los sentidos del hombre para impresionarlos, como lo harían objetos realmente presentes y sensibles. Sea lo que fuere, lo cierto es que se da un influjo divino sobre el núcleo espiritual de la persona, influjo al que sigue una irradiación, determinada también por las características psicológicas de quien recibe la a. y de su ambiente, sobre la percepción sensible del hombre. Esto equivale a decir que las a. pueden producirse de distintas maneras, no existiendo un patrón fijo y normativo.Todo esto resulta incuestionable para cualquier creyente. Pero la discusión entre los biblistas comienza allí donde se trata de individualizar las a. y precisar su modalidad. Todo biblista tiene el derecho y el deber de examinar críticamente cada relato bíblico de a., para intentar precisar el pensamiento del autor sagrado.3. Apariciones en la Biblia. En la Biblia se alude a a. de Dios a los hombres. A este respecto podemos distinguir dos cosas: a) el hecho mismo de que Dios haya producido ciertos efectos sensibles milagrosos para dar una señal de su presencia; b) el que esos hechos constituyan una a. divina. Lo primero es claro: no sólo Dios puede producir esos efectos, sino que en el caso de Israel, a quien había escogido como pueblo suyo, haciéndole depositario de sus promesas y encomendándole la misión de preparar la venida del Mesías (v. ALIANZA; PUEBLO DE DIOS; MESÍAS), convenía que las hiciera para dar así al israelita un signo o testimonio de su intervención. Ahora bien, ¿constituye eso a. de Dios? Si con ello quisiéramos decir que Dios se había hecho perceptible por los sentidos, es obvio que estaríamos diciendo algo inexacto: Dios, espíritu puro, no cae bajo la experiencia sensible, sino que es perceptible sólo por la inteligencia. Ahora bien, nada impide que Dios produzca signos de su presencia, y en ese sentido puede y debe hablarse de a. de Dios. No olvidemos que Dios condesciende con la naturaleza humana, y el pueblo de Israel, como todos los que le rodeaban, no era dado a un tipo de conocimiento abstracto filosófico, sino que procedía de manera más concreta e intuitiva. Le convenía, pues, que Dios le hiciera sentir su, presencia de una manera concreta, directa, casi tangible. Si el hombre conoce a Dios, es porque Dios se ha manifestado a él. Lógicamente, esto llevará a una multiplicidad de modos de manifestación divina: bien porque, de hecho, Dios ilumine la inteligencia del hombre; bien porque los hombres crean verle en las fuerzas de la naturaleza, en los sueños, en cualquier cosa fortuita; bien porque tratándose de un conocimiento especulativo que los israelitas habían adquirido acerca de su Dios, lo expresaban de manera concreta y casi diríamos sensitiva, o con recursos literarios que distan mucho de los nuestros (v. DIOS III).El lenguaje bíblico no posee un término técnico para designar las a., pero se emplean varios verbos que expresan dicho concepto. Esta simple constatación descubre la poca precisión que existe en este terreno. A esto hay que añadir que los medios por los que, según la Biblia, Dios se ha dejado ver son los más variados; que según la época y su medio ambiente, los textos describen uno u otro modo concreto, de suerte que se advierte una evolución; más aún, que existen diversas mentalidades respecto a este contacto entre Dios y los hombres. Todo esto deja entrever que el problema que nos ocupa es muy complejo, quedando excluida de antemano cualquier explicación que pretenda ser absoluta. Por otra parte, es bien sabido que las etapas más antiguas de la religión de Israel son las más oscuras bajo todos los aspectos; ahora bien, es precisamente en esa alta época donde con mayor frecuencia hablan los textos bíblicos de a. de Dios. Por tanto, sería necesario examinar caso por caso para tratar de descubrir el sentido de lo que narra el libro sagrado. Dado que esto es imposible aquí, intentaremos establecer y distinguir las diversas concepciones, aunque teniendo presente la parte de hipotético que se da siempre en tales sistematizaciones.4. Apariciones en el Antiguo Testamento. Los israelitas tenían una conciencia viva de la presencia de Dios en medio de su pueblo escogido. Y, dado su lenguaje concreto y en ocasiones antropomórfico (v. ANTROPOMORFISMO III), expresan esa presencia divina de una manera concreta y material. Si bien esta concepción es prácticamente constante a lo largo de todo el A. T., no resulta difícil advertir un claro desarrollo en tal mentalidad.1) En la etapa primitiva. Hay textos antiguos que literariamente suponen una visión corporal de la acción de Dios, es decir, una a. divina. Unas veces, esto se logra a través de las fuerzas de la naturaleza: tormentas, rayos, nubes, etc. En la mayoría de las religiones antiguas, los dioses son, al principio, personificaciones de las fuerzas naturales. En Israel, en cambio, queda claro que son manifestaciones sensibles de la presencia divina. Son las conocidas teofanías (v.), en las que Israel se complacía desde los tiempos más remotos hasta épocas muy bajas de su historia. En rigor, se trata de a. indirectas.Más difíciles de interpretar son los lugares en que se dice que Dios se presentó a ciertos hombres bajo forma humana; es el caso más claro de a. Esto ocurre en los textos más antiguos del A. T. Ya en los relatos de los tiempos primitivos de la Humanidad, no se dice expresamente que Dios se haya aparecido al hombre; pero ello se infiere lógicamente del contexto: Dios conversa con Adán (Gen 3, 8-24; intima a Caín su sentencia (Gen 4, 9-15); da instrucciones a Noé (Gen 6, 13-21). A partir de la historia patriarcal (v. PATRIARCAS I), se dice repetidas veces que. Dios se apareció a ciertos hombres: a Abraham (Gen 12, 7), a Isaac (Gen 26, 2), a Jacob (Gen 32, 31). En tiempo del Éxodo (v.), volvemos a encontrar semejantes a.: a Moisés (Ex 3, 1-6), a Moisés con Aarón, Nadab, Abihu y 70 de los ancianos de Israel (Ex 24, 9-11). Se dice que Moisés veía a Dios "cara a cara" (Ex 33, 11; Dt 34, 10) y que hablaba con Él "boca a boca" (Num 12, 8).Ante esta claridad de los textos, cabe preguntar: ¿qué alcance dar a esas expresiones?, ¿de qué manera se comunicó Dios a esos hombres?, ¿cómo les hizo sentir su presencia? Señalemos ciertos datos que pueden orientar hacia una solución: a) Ningún relato describe la figura de Dios, su aspecto, sus rasgos; todo el interés se pone en que Dios se ha comunicado a los hombres y ha entrado en contacto con ellos. b) Existen detalles en los textos que impiden toda interpretación materialista. Así, en un relato como el de Gen 18-19, primero se dice que aparecen tres hombres (18,2), dos de los cuales son ángeles en 19, 1; el texto vacila; en diversos pasajes, entre el singular y el plural, como demuestran las variantes de las versiones; los especialistas creen probable que la tradición primitiva sólo hablaba de tres hombres, dejando su identidad en el misterio. Otro relato parecido en crudeza es el que narra la lucha de Jacob con Dios (Gen 32, 23-31); aparte de la incertidumbre que rodea todo el pasaje, el Ser misterioso permanece en la oscuridad de la noche y del misterio, y se niega a dar su nombre, además de que primero se habla de un hombre, mientras que Jacob expresa la idea de que el hombre no puede ver a Dios; es evidente que en el relato se quiere dar, una etimología popular del nombre Israel. La a. de Dios a Moisés (Ex 3) queda matizada por el versículo segundo, donde se dice que "el ángel de Yahwéh se le apareció en forma de llama de fuego"; además, Moisés no puede acercarse a contemplar la zarza y cubre su rostro para no ver a Dios. En Ex 33, 11, se dice que Yahwéh hablaba con Moisés "cara a cara"; pero cuando éste pide ver la gloria de Dios, se le dice: "mi rostro no podrás verlo, porque no puede verme el hombre y seguir viviendo", y sólo le permitirá ver su espalda (vers. 18-23). c) Las traducciones posteriores subrayan esa trascendencia divina. Así la versión griega de los Setenta, que traduce el pasaje de Ex 24, 10 (donde se dice que Moisés y los ancianos vieron a Dios) por "ellos vieron el lugar donde se encontraba el Dios de Israel", mientras que en Num 12, 8, en vez de decir que Moisés vio la imagen de Yahwéh, se dice que vio la gloria de Yahwéh. d) Se deben tener en cuenta las expresiones o formas literarias. Así, "presentarse ante el rostro de Yahwéh" o "ver ese rostro" significa "entrar en el santuario" (cfr. Ex 23, 15.17); la expresión "cara a cara" tiene frecuentemente un sentido metafórico para indicar la intimidad de una unión; el "rostro de Yahwéh" es la cara o lado dirigido hacia el hombre, por lo que significa la ayuda de Dios (cfr. Os 5, 15). Por tanto, "ver a Dios" se hace sinónimo de experimentar su ayuda o vivir en su presencia (cfr. Ps 17, 15).2) Purificación ulterior de tal lenguaje. Existen, pues, datos que exigen discernimiento al interpretar los textos que hablan de a. divinas. Pero dichos textos dicen realmente que Dios se apareció a algunos hombres. Y no cabe duda de que el pueblo, al menos en sus estratos inferiores, podía tomar tales pasajes en su materialidad. Al menos, existía el peligro de acercar demasiado a Dios y los hombres. Y Dios mismo iba llevando a Israel á una conciencia cada vez más clara de la trascendencia divina: Dios está infinitamente por encima del hombre, y no puede ser encerrado dentro de los límites de lo humano. El principio de que "el hombre no puede ver a Dios y seguir viviendo" (cfr. Ex 33, 20) se convirtió en axiomático en Israel. Pero, por otra parte, se seguía siendo consciente de que Dios estaba presente en la vida del pueblo. Estos dos principios no siempre eran fáciles de conciliar: ¿cómo expresar literariamente las cosas, sin traicionar ninguno de los aspectos de la verdad? Los autores sagrados se esforzaron en hacerlo: así introdujeron matices en los relatos, subrayaron que no era Dios mismo quien aparecía sino efectos de su acción, etc. Dios, por otra parte, se había, en ocasiones, comunicado durante los sueños (v. SUEÑOS II). Y otras veces quienes se hacen presente son los ángeles (v.), como intermediarios entre Dios y los hombres. Clasificando las diversas expresiones con las que se hace referencia al presentarse de Dios, subrayando a la vez su trascendencia, según un orden ascendente de espiritualización, mencionemos: el Ángel de Yahwéh, la Gloria de Yahwéh, el Rostro de Yahwéh y el Nombre de Yahwéh.a) El Ángel de Yahwéh. Debe distinguirse de los simples ángeles (v.), aunque la linea divisoria no siempre puede señalarse. Se confunde con el mismo Dios que se aparece; en otras palabras, es una a. de Dios. En efecto, en los textos más antiguos, el Ángel de Yahwéh no es un ser creado y distinto de Dios, sino que es el mismo Dios en la forma visible en que aparece a los hombres (cfr. Gen 16, 7.10-11). Los autores creen que los textos primitivos, que hablaban directamente de a. divinas, fueron suavizados con la introducción del Ángel de Yahwéh,_ sin que podamos determinar la fecha de tales retoques. Queda así claro que Yahwéh no se aparecía directamente, sino que se manifestaba bajo esa forma sensible que llamaban ángel de Yahwéh. Que dicho ángel sea concebido como idéntico a Yahwéh y, a la vez, como distinto, era algo que no ofrecía dificultad para el lenguaje oriental.b) La Gloria de Yahwéh. Se trata de algo que pertenece inmediatamente a Yahwéh, una parte de su ser, destinada a hacerse visible a los hombres. Designa, pues, una realidad objetiva, que se concibe como algo concreto destinado a ser visto, lo que se deduce de su asociación con fenómenos de orden luminoso. Resulta evidente que esta expresión salva la presencia de Dios, declarada por el esplendor reflejado, y salva su trascendencia, puesto que no se ve ya la esencia misma de Dios. (v. GLORIA DE DIOS).c) El Rostro de Yahwéh. Es cierto que, a veces, sobre todo posteriormente, se habla del rostro de Yahwéh en un sentido metafórico. Pero, en otros casos, nos encontramos con un fenómeno similar a lo que ocurre con el ángel y la gloria de Yahwéh, -es decir, se trata de algo que se identifica con Dios, pero que, por otro lado, se presenta como independiente y estando al lado de Dios. Jacob dice que ha visto el rostro de Dios (Gen 32, 31). Cuando Moisés pide a Dios que les acompañe por el desierto, Éste promete: "mi Rostro irá contigo" (Ex 33, 14). Se hace difícil no concluir que se trata de otro modo de a. divina, por la que el Dios trascendente se comunica a los hombres y les garantiza su presencia.d) El Nombre de Yahwéh. Con la noción del nombre de Dios (V. NOMBRE II), la idea de una a. visible de Dios a los ojos humanos, que ha sido ya evitada con las expresiones estudiadas, desaparece por completo. En esta expresión, destaca la concepción dinámica del nombre de Yahwéh como garantía de la presencia divina (Ex 20, 24) y el uso del nombre como término intercambiable por Dios (Is 56, 6). El pensamiento israelita daba cierta independencia al nombre respecto del mismo Dios, como gozando de un carácter hipostático (Ex 23, 21). Esto se refleja cuando se dice que Dios, como manifestado en su Nombre, estaba presente en el santuario (v.).3) Aparición en los Profetas. En las relaciones del profeta (V. PROFECÍA Y PROFETAS I) con DIOS, la a. divina ocurre con frecuencia, aunque, a veces, es más bien sugerida que descrita. Estudiando los pasajes concretos al respecto, chocamos con el mismo hecho general que hemos encontrado en las etapas más antiguas de la religión de Israel, esto es, que la proximidad inmediata de Dios empujaba a aquellos hombres a significar la presencia divina con expresiones humanas. Que este lenguaje no deba ser tomado literalmente se deduce del hecho que los profetas esfuman los detalles en lugar de presentarlos con precisión, hablando de manera vaga y parabólica. A Elías se le dice que va a ver pasar a Yahwéh, pero lo único que representa a Yahwéh es el susurro de la brisa, ante el cual el profeta incluso se tapa- el rostro (1 Reg 19, 9 ss.). Amós dice que ha visto a Yahwéh, pero muestra un asombroso desinterés por, describir cómo era (9, 1). Isaías dice también que ha visto a Dios, pero el elemento visto juega un papel secundario en el relato: sólo menciona la orla del manto y los serafines que lo rodean (Is 6). Miqueas, hijo de Yimla, dice: "he visto a Yahwéh sentado en su trono" (2 Par 18, 18), sin que tampoco describa lo más mínimo cómo era. _ Cuando Ezequiel intenta describir la a. que ha tenido, tampóco concreta detalles (1, 26 Is.). Por otra parte, hay que tener en cuenta el carácter general de las visiones proféticas. Desde el punto de vista psicológico, la mayoría de las a. descritas por los profetas parecen ser percepciones de imágenes internas, evocadas por Dios en su fantasía. No olvidemos que los antiguos no se preocupaban de distinguir entre a. inmediatas y mediatas, externas e internas.5. Aparición en el Nuevo Testamento. Existe mayor claridad. Se habla, con relativa frecuencia, de a. de ángeles, que actúan como ministros de Dios: unas veces, para comunicar un mensaje (Mt 28, 2 ss.); otras, para prestar un servicio (Mt 4, 11). No se describe su forma, aunque, a veces, de habla de "jóvenes vestidos de blanco" (Mc 1_6, 5).En relación con el mismo Dios, existe la convicción de que ningún hombre puede verle aquí en la tierra (lo 1, 18). La única manera de ver al Padre es a través de Cristo; cuando Felipe pidió a Cristo que les mostrara al Padre, contestó: "el que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Io 14, 8-9). En cambio, la cuestión es muy distinta respecto a Cristo. Ya cuando la Transfiguración (v.), Cristo se apareció a los Apóstoles, transformado de su forma humana en una forma gloriosa (Mt 17, 1 ss.). Pero fue, sobre todo, tras su Resurrección cuando se aparecerá en su estado glorioso, una y otra vez. Las a. de Cristo resucitado juegan un papel decisivo. Todos los Evangelios y S. Pablo narran varias a. de Cristo resucitado, bien a algunas personas en privado (Mt 28, 9), bien colectivamente a todos los Apóstoles (Mt 28, 16 ss.). En la perícopa final de Marcos se da como un resumen de algunas de estas a. (19, 9 ss.), lo mismo que hará S. Pablo (2 Cor 15, 5-7), quien añade la que tuvo él mismo camino de Damasco (v. RESURRECCIÓN DE CRISTO; ASCENSIÓN I).No se trata de alucinaciones (v.), sino de auténticas a. del cuerpo del Resucitado, el cual, manteniéndose idéntico al que tenía antes de morir, se presenta ahora en un estado nuevo, que modifica su figura exterior y lo libra de las condiciones sensibles de este mundo. Fue ese cuerpo de Cristo resucitado lo que, en su carácter sobrenatural, atrajo a los discípulos y se les manifestó. Le vieron, le tocaron y comieron con Él. Sólo así encuentra explicación adecuada la seguridad con que, a partir de entonces, los Apóstoles atestiguan su Resurrección (v.).Por otra parte, los Evangelios ofrecen tres datos convincentes. En primer lugar, los Apóstoles no prestaron seria atención, durante la vida mortal de jesús, cuando anticipadamente les anunciaba su futura Resurrección. En segundo lugar, después de la muerte de Cristo, los Apóstoles no se acogían esperanzados a tal profecía de resucitar, sino que estaban desanimados. En tercer lugar, incluso cuando Jesús se les aparece, ellos dudan, desconfían, creen ver un espíritu (Lc 24, 37). En cuanto a la a. de Jesús a S. Pablo, éste dice que le ha visto (1 Cor 9, 1), y no diferencia esta a. y las que tuvieron los Apóstoles (1 Cor 15, 8). Pablo tuvo experiencia de visiones internas (2 Cor 12, 1 ss.); pero nunca apoyará su predicación sobre ellas. En cambio, respecto a lo que le sucedió camino de Damasco (Act 9), su afirmación de que ha visto a jesús es rotunda. Es más, tal a. cambió radicalmente el alma de Pablo: antes odiaba y perseguía a Cristo y a sus seguidores; ahora se convierte en su más entusiasta apóstol. Tal cambio en un espíritu recio y fuerte como el de S. Pablo no pudo ser fruto o consecuencia de una simple alucinación. V. t.: ÁNGELES II; ANTROPOMORFISMO III; Dios III; IMAGEN DE DIOS; SUEÑOS II; TEOFANÍA II; VISIONES Y LOCUCIONES SOBRENATURALES; RESURRECCIÓN.J. GARCÍA TRAPIELLO.
BIBL.: TWNT, V, 324-335’y 340-362; E. Jacos, Théologie de 1’Ancien Testament, Neuchátel-París 1955, 58-88; P. vAN IhlsCHOoT, Théologie de l’Ancien Testament, I, París-Tournai 1954, 142-236; H. M. FERET, Connaissance biblique de Dieu, París 1955; M. J. LAGRANGE, L’ange de Yahwe, "Rev. Bibliquen 12 (1903) 212-225; 1. BOTTERwFCK, "Gott erkennenn im Sprachgebrauch des Alten Testament, Bonn 1951; A. BRUNNER, Gott schauen, "Zeitschrift für atholische Theologien 73 (1951) 214-222; R. SCHACKENBURG, Visión de Dios, en Diccionario de Teología Bíblica, ed. J. B. BAUER, Barcelona 1967, 1068-1073.
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