Antoninos, Dinastía de los HIST.
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Historia
Dinastía de emperadores romanos (a. 96-192). La transmisión del poder no se verificó, excepto en el caso de Marco Aurelio (v.) y Cómodo, atendiéndose a vínculos de sangre, sino por adopción del sucesor. Este concepto electivo merece aclararse. Excepto entre Nerva y Trajano existe siempre, aunque lejano en ocasiones, un vínculo familiar entre Emperador y sucesor-hijo adoptivo. Esta fórmula representa un compromiso entre los deseos del Senado y las ideas del ejército y de una buena parte del Imperio. El Senado aceptaba la elección del Emperador en su propio seno y en cuanto significara la elección del senador considerado más digno. El ejército sostenía un principio dinástico y hereditario basado más en conceptos de fidelidad a un jefe que en detalles constitucionales. Por ello la aplicación de esta política fue posible en cuanto los soberanos carecían de hijos legítimos y se interrumpió cuando éstos existieron. Así Marco Aurelio, no por exceso de amor paterno, sino ante la necesidad de atender a las peticiones del ejército y la mayor parte de los habitantes del Imperio, asoció al poder a su hijo Cómodo. Trazamos a continuación un esbozo de la política de los distintos soberanos, remitiendo para mayor detalle a los artículos monográficos.Nerva (a. 96-98; v.). De familia burguesa, fue elegido Emperador, en cuanto decano del Senado, tras el asesinato de Domiciano (v.). Su propósito de restaurar el gobierno senatorial -una entelequia inspirada en el concepto del princeps ciceroniano- chocó en primer lugar con el desinterés de la población de Roma, en segundo con la crisis económica y en tercero con las exigencias del ejército que no aceptaba el asesinato de Domiciano y exigía que sus asesinos fueran ajusticiados. Nerva tuvo que acceder a esta solicitud -pese a la protección que el Senado había concedido a los magnicidas- y entregarlos a los pretorianos, quienes los ajusticiaron. Este incidente fue signo de una crisis que exigía la designación de un sucesor. La persona elegida debía ser grata al Senado, al menos a un sector considerable del mismo, y apreciada en el ejército. El designado fue un militar de origen español, M. Ulpio Trajano, en aquellos momentos legado en Germania. La adopción, octubre del a. 97, fue irregular, desde el punto de vista de la legislación romana, por falta de presencia y consenso explícito del adoptado.Trajano (a. 98-117; v.). Nerva m. en enero del a. 98. El nuevo Emperador debía el trono al acuerdo entre senadores españoles y galos, apoyados por el sector militar del Senado que aceptaba gustoso la perspectiva de elevar al trono a uno de los suyos. Recibida la noticia de su nombramiento, gracias a su pariente Adriano, continuó en Germania hasta el verano del a. 99, ocupado en trabajos militares. El nuevo Emperador había probado su experiencia militar, pero no se había ocupado de las tareas administrativas. Supo en este sentido rodearse de colaboradores de confianza, entre ellos su paisano Licinio Sura. Esta política administrativa y el ingreso notable que supuso para el tesoro del Imperio el botín de las guerras dácicas, le permitió que el Imperio no sintiera, en apariencia, las estrecheces económicas que tuvo que soportar Nerva. En este sentido corresponde a Trajano la terminación de obras públicas emprendidas por Nerva y otras iniciadas por Domiciano. Pero sus guerras, las dos campañas dacias (v. DALIA) y la de Oriente, fueron sumamente costosas, aunque la población de Roma no alcanzó a percatarse de ello. Fomentó la economía con la construcción del nuevo gran puerto de Ostia, obras públicas, normas protectoras de la agricultura en Italia y de los artesanos. Pero todo ello significó un aumento de la burocracia y del gasto público. Consiguió mantener magníficas relaciones con el. Senado, hasta el punto de recibir el título de Optimus princeps. Los últimos años del reinado acusaron ya cierta quiebra, el cansancio por las continuas guerras y cierto malestar económico que se simboliza en el déficit del tesoro y la inflación.Adriano (a. 117-138). Trajano no había designado en vida su sucesor. Entre sus coetáneos se creyó que le sucedería Licinio Sura y también Urso Serviano. Pero, sin embargo, fue su pariente Adriano quien habría de ocupar el trono. Por ello, cierta propaganda quiso tachar de apócrifa la adopción de Adriano. Éste era muy distinto de su predecesor. Había gustado siempre de mostrarse como intelectual y amante de las letras griegas: siendo muy joven había sido nombrado arconte de Atenas. Pero a ello -no en vano sus contemporáneos le definieron como polifacético- unja una notable experiencia militar. Sin ser pacifista, renunció a la política militar de Trajano: expansión e insostenibles conquistas en Oriente. Cuatro ejecuciones calmaron, junto a alguna destitución, la inquietud entre los generales tras su proclamación como Emperador. Adriano concibió el Imperio como una unidad -en su tiempo el concepto de las "provincias fieles" sustituyó en el arte y la literatura al de las "provincias dominadas"- y se empeñó en mantenerla reforzando al ejército en sus tareas defensivas y viajando personalmente para atender necesidades y atenuar las diferencias entre los territorios. Su política fue, en cierto modo, un "despotismo ilustrado" o un paternalismo. Intentó atenuar las diferencias entre Senado y equites; su consejo privado reunió a unos y a otros, pero su propósito de ordenar el Estado aumentó la burocracia. Desde el a. 138 al 192 la política administrativa romana fue consecuencia de las bases sentadas por Adriano. Su política económica, concluidas las guerras y los grandes gastos militares, consiguió superar el déficit heredado de Trajano. Suprimió definitivamente el arriendo de impuestos y a su muerte el Estado romano encontró una abundante reserva en el tesoro. Su única campaña militar fue la del a. 134, motivada por la rebelión judía.Antonino Pío (a. 135-161; v.). Adriano deseaba adoptar como sucesor a M. Annius Verus, más tarde Marco Aurelio (v.), que algunos consideraban su hijo ilegítimo. Como este candidato era demasiado joven, adoptó a L. Ceionius Commodus (a. 136), que murió poco después. Adriano adoptó entonces a T. Aurelius Antoninus, que tomaría el nombre de Antonino Pío, pero obligándole a adoptar a su vez al futuro M. Aurelio y al hijo de Ceionius, L. Vero.El nuevo Emperador, Antonino Pío, era ya un anciano al acceder al trono. Su vida pública se había caracterizado por la modestia y la prudencia. Era, por consiguiente, la persona ideal para continuar la política de Adriano y, al mismo tiempo, mitigar las desconfianzas e incluso odios que había producido su gobierno en el ambiente senatorial. En su reinado se fraguó la doctrina, aunque sus raíces se remontaban en parte a la época de Adriano, expuesta por Elio Arístides de Esmirna, diferenciando en la sociedad el grupo directivo, los capacitados por educación, rango y familia para gobernar, y el grupo de ciudadanos cuyo deber era acatar, obedecer y producir. Esta doctrina era singularmente grata a cuantos creían pertenecer -y de hecho pertenecían- al grupo directivo, senadores, equites y burguesía municipal. A esta política responde también el esfuerzo del Estado en pro del desarrollo de la enseñanza, aunque éste continúe dirigido y concebido en beneficio de la "clase directiva". El gobierno de Antonino Pío se caracterizó por su política de ahorro -ningún soberano romano parece haber dejado tal superávit- y de respeto a las formas constitucionales, singularmente al Senado. Su legislación humanitaria amplió la de Adriano. En cierto modo su reinado representó -como se ha dicho en múltiples ocasionesel apogeo del Imperio, pero reveló cuanto había en él de supervivencia y de imposibilidad de evolución dentro de las normas establecidas.M. Aurelio (a. 161-180; v.) y Lucio Vero (a. 161-169). El reinado de Antonino Pío podría considerarse como una regencia. Sus sucesores habían sido educados para el trono. Prudentemente, M. Aurelio aceptó asociar al poder -con cuasi equivalencia de poderes- a L. Vero. Esta asociación se mostraba tanto más favorable cuanto que la mediocridad de L. Vero confería a M. Aurelio mejor perspectiva. Política general de la dinastía, a partir de Adriano, había sido no provocar guerras. Adriano sólo tuvo que enfrentarse con la judaica y Antonino Pío con luchas fronterizas en África. Los nuevos emperadores tuvieron que afrontar el problema de una campaña contra los partos que atendió L. Vero. La campaña, sin ser brillante, no fue desafortunada, pero el ejército vencedor trajo consigo a su regreso la peste. Ésta afectó a las provincias occidentales, aunque se ignora su magnitud. En el intermedio, L. Vero murió en el a. 169, los bárbaros atacaron la frontera danubiana (a. 167) y el a. 171, tras romper la línea fronteriza, alcanzaron Aquileya. Desde el a. 172 al 175, M. Aurelio tuvo que luchar en el Danubio. Abandonó el frente el a. 175 para trasladarse a Asia y sofocar la rebelión del legado Avidio Casio. De regreso a Italia permaneció en Roma casi dos años (176-178) antes de regresar, debido a nuevas luchas, al frente del Danubio.El pensamiento de M. Aurelio, transmitido biográficamente, muestra su pesimismo. Si sus ideas preconizaban una creciente liberación, sus realizaciones acusan el progreso del intervencionismo del Estado en la vida privada. Su política social no se tradujo en la realización de sus ideas. Cuanto realizó encaja más en el concepto de beneficencia -las fundaciones alimentarias al estilo de Trajano- que en el orden de su pensamiento estoico. Soberano ecónomo y pacífico, tuvo que afrontar grandes gastos que condujeron al Estado romano a la bancarrota y a la inflación. Las dificultades de reclutamiento mostraron sobradamente la división existente en la sociedad y la insuficiencia de las medidas militares de Adriano. Finalmente, el Emperador, que en sus apurites privados se mostraba hombre de gran rectitud y tolerancia, tuvo que transigir con la persecución del cristianismo.Cómodo (a. 180-192). César el a. 166, augusto y colega de su padre el a. 177, Cómodo es sin duda uno de los emperadores criticados por la historiografía senatorial. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el disoluto Cómodo se presenta en sus hechos harto más bondadoso y tolerante que su padre el Emperador filósofo. Con Cómodo renació el concepto divino de la monarquía, que el Senado intentara negar a la muerte de Adriano, y se planteó de nuevo el conflicto entre el Emperador -consciente y paciente de las necesidades contemporáneas- y el Senado, obtusamente cegado en el mantenimiento de sus anacrónicos privilegios. El proceso de inflación, que produjo la quiebra de la banca de Roma y que se acusó en este reinado, no fue responsabilidad de Cómodo -que había sabido disminuir los gastos estableciendo la paz en el Danubio en contra de quienes mantenían veleidades imperialistas- ni el aumento del estipendio militar fue capricho o adulación, sino necesidad ante el aumento de los precios. Si Augusto ha sido definido como un juglar que consiguió mantener en equilibrio, sin chocar ni rozarse, fuerzas contrastantes, Cómodo, al igual que sus sucesores, pudiera ser definido también como Emperador de quien se pretendían soluciones milagrosas que complacieran a todos sin exigir la ayuda o el sacrificio de nadie. Es habitual transmitir, al hablar de Cómodo, una serie de anécdotas procedentes de la ironía del círculo senatorial, pero ninguna de ellas resiste a una crítica serena ni puede ser, a su vez, tema para una crítica desventajosa de la política de Cómodo. Su asesinato fue exclusivamente consecuencia de una conjura de corte sin, deber es reconocerlo, participación del Senado, del ejército -que siempre le fue fiel- ni del pueblo de Roma. V. t.: ROMA III, 2.ALBERTO BALIL.
BIBL.: R. SYME, Tacitus MI, Oxford 1957; VARios, Les empereurs romains d’Espagne, París 1965; A. GARZETTI, Nerva, Roma 1950; R. PARIBENI, Optimus Princeps, I-II, Mesina 1926-27; S. PEROwNE, Hadrian, Londres 1960; W. HÜTTL, Antoninus Pius, Praga 1936; F. CARRATA-THOMÉs, 11 regno di Marco Aurelio, Turín 1953; F. GRosso, L’imperatore Commodo, Turín 1964.
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