Ángeles II TEOL.
Categoria:
Teología
Los ángeles, tema difícil. Algunos autores contemporáneos han afirmado que, para el hombre actual, el tema de los á. resulta difícil. Esa afirmación es exagerada, ya que supone absolutizar como imagen del "hombre de hoy" lo que es, tal vez, expresión sólo de algunos ambientes. Sin embargo, y con esa reserva, conviene tenerla presente, a fin de atender pastoralmente a esa situación. Resumiendo, puede decirse que las dificultades provienen de motivos dispares: A) Una de ellas es subjetiva ambiental. El hombre del s. xx se halla habituado a la desconfianza racional de todo lo que no cae bajo el dominio del dato concreto de la experiencia. Quienes se mueven en esa esfera racionalista acaban, como advierte Regamey, por negar de raíz todo el orden sobrenatural y, por tanto, la existencia de seres superiores al hombre, seres-espíritu. Aun en el campo religioso, en que el peso de las costumbres y de las creencias es tan hondo, se evaden con la teoría de los mitos: el á. sería un personaje mítico. Bultmann, que no puede zafarse de la presencia permanente del á. de Dios en la S. E., adopta una actitud radical de negación: "El conocimiento de la potencia y de las leyes de la naturaleza ha extinguido la fe en los espíritus y en los demonios. Los astros se mueven por leyes cósmicas; las enfermedades y su curación son efecto de causas naturales. No se puede usar la luz eléctrica o los rayos X e invocar el mundo de los espíritus" (L’interpretation du N. T., París 1955, 142-143). B) Hay otra dificultad objetiva, consistente en la imposibilidad de un conocimiento directo, por el método de la experiencia, de la "mismidad" de esos seres superiores. Son espíritus puros y, por tanto, se escapan, como objeto de conocimiento, a la garra de la razón. C) Hay, en fin, para el creyente -y el teólogo lo es- un problema de tipo documental: por un lado, la inmensa tradición literaria y devocional; por otro, los datos escasos de la revelación sobre la íntima naturaleza de los á.Históricamente, fue S. Tomás -Doctor Angélicoquien trazó y trabó la arquitectura de una angelología teológica. En él se apoyan estas líneas, intentando una exposición sumaria del tema.Existencia. La existencia de los á. es, fundamentalmen. te, una verdad de fe. La fe será, por consiguiente, el punto de apoyo para sondear la naturaleza de los á. Las páginas de la S. E. -como los cuadros de fray Angélico- están llenas de á. Pero ángel (mal’ák, en hebreo) significa enviado; quiere decir, como anota con agudeza S. Agustín, que es nombre de oficio, no de ser (PL 37, 1348). El dato revelado es, pues, constante, patente (S. Gregorio Magno, Homil. 34: PL 76, 1249). No se puede negar la realidad de embajadas tan decisivas para la fe como la de la Anunciación. La Iglesia afirma en el Credo la existencia de "seres invisibles"; en el conc. IV de Letrán (1215) y en el Vaticano I (1870) lo define expresamente; la Liturgia canta la existencia de los á. en el Prefacio y la invoca en el Canon: "Te rogamos, oh Dios todopoderoso, que mandes llevar estos dones a tu excelso altar por manos de tu santo ángel". Para el hombre moderno, "que no atina a pensar en los ángeles con la ingenuidad y la sutileza de los antiguos", no hay otra argumentación que ofrecerle si no es la de la fe. La razón -obstaculizada por prejuicios o predisposicionesno halla razones demostrativas concluyentes. Sin embargo, el Doctor Angélico formula una razón de conveniencia de extraordinaria hondura teológica, teleológica y perfectiva: "Es necesario admitir la existencia de algunas criaturas incorpóreas -dice-, porque lo requiere la perfección del universo" (1 q50 al). Quien ve con ojos limpios el opus creationis como obra maravillosa de Dios, sabe encontrar y unir los hilos que la tornan inteligible. Con todo, es la fe la que juega aquí el papel primordial.Esencia. El análisis del teólogo se hace sutilísimo. Los á. son criaturas, totalmente espirituales, sustancias completas, superiores al hombre e inferiores a Dios, con una enorme capacidad de inteligencia y de amor (1 854.59-60), elevadas al orden sobrenatural, sometidas a una prueba que determinó la distinción entre á. buenos y á. malos (v. DEMONIO). Los á. buenos, los que están en la presencia de Dios, los bienaventurados, "forman una multitud inmensa, superior a la muchedumbre de los seres materiales" (1 q50 a4), porque Dios, que hizo perfecta la creación, abre más la mano en la cantidad a medida que sus criaturas son más perfectas, más espirituales. No hay, además, dos á. de la misma especie, sino que cada uno tiene la suya propia (cfr. ib., a4).La angelología aquiniana es uno de los tratados en que el genio teológico del Doctor Angélico logra mayor cohesión y penetración. Existencia, esencia, número, especies, etc., van engarzándose en forma sistemática tan magnífica, "que nadie antes de él logró una teología de los á. tan acabada, ni nadie después de 61 la ha podido mejorar" (A. Martínez, o. c. en bibl., 9). De hecho, el tema de los á. le fascinaba, como aparece claro recogiendo los innumerables textos escritos que les dedicó; es un leit motiv que tuvo su réplica en los pinceles del Beato Angélico (v.). Sorprende el contraste de esta afición teológica, o pictórica, con el desdén que algunos teólogos "modernos" sienten por el tema. S. Tomás o fray Angélico viven un mundo angélica; el hombre tecnificado, un mundo terreno. Como actitudes humanas paradójicas, como "moradas vitales", entrañan, en su diversidad, una lección: es necesario llevar a los hombres hacia la comprensión de la realidad del espíritu, liberándolo así de la estrechez mental materialista y enriqueciendo así su alma. Para ello no hace falta extenderse en imaginaciones sobre los á. -lo que sería contraproducente-, sino la firme adhesión a lo que hay revelado sobre su existencia y misión.Misión. Que los á. ejercen determinados ministerios lo indica su mismo nombre. Lo revela la S. E. Para el teólogo, Dios llama a sus criaturas a participar, de muy diversos modos, en el gobierno del universo. La jerarquía -los coros- de los á., el lenguaje, la misión, etc., son temas a los que el Doctor Angélico consagra una nutrida serie de cuestiones bellísimas (1 gl06-114). Tienen, pues, los á. una misión especial que cumplir: en términos abstractos, hacer ostensible la bondad de Dios; en términos concretos, participar como instrumentos de Dios en la economía salvífica del hombre.La Biblia nos ofrece una galería de polícromos paisajes con á.: el á. que velaba al pueblo de Dios (Ex 14, 19; 23, 20-23; Ps 90, 9); el á. que sirve (Heb 1, 14); el á. que se alegra (Le 15, 10); el á. que protege a los pequeñuelos (Mt 9, 10); el á. que guía a los difuntos (Le 16, 22), etc.Las sugestivas descripciones, mezcla de fe y de imaginación, de sensibilidad e ingenio, que los Santos Padres nos legaron sobre la acción angélica fueron reelaboradas por S. Tomás, no sólo en un plano de especulación teológica, sino también en un plano de dinamismo cristiano: es la teología de los ángeles custodios (1 g113) y la de los demonios (ángeles caídos) tentadores (lb., gll4). Una observación aguda: "Los hombres pueden desoír las inspiraciones que les dan invisiblemente los ángeles buenos, iluminándolos para obrar el bien"; pero queda intacto el libre albedrío: "de ahí que el perderse los hombres no se ha de atribuir a la negligencia de los ángeles, sino a la malicia de los hombres" (lb., gll3 al ad2).Devoción a los ángeles. La devoción a los á. ha echado raíces profundas en el pueblo cristiano. Fácilmente se comprueba que es una de las devociones mayores de la piedad de los fieles. Ello se debe, por lo pronto, al excepcional papel que la S. E. les atribuye en la realización de los designios de Dios, tanto en el A. T. como en el N: T. La Iglesia naciente no podía olvidar la compañía de estos mediadores, enviados o mensajeros de Dios, amigos del hombre. Son sus protectores divinos en las circunstancias adversas. El episodio de S. Pedro, preso por Herodes Agripa, vigilado por "cuatro escuadras de soldados", y liberado prodigiosamente por un á., mientras "la Iglesia oraba incesantemente a Dios por él" (Act 12, 4 ss.), es índice y símbolo de lo que va a ser la devoción a los á. Los elementos esenciales están ya ahí. La manifestación histórica, ininterrumpida a lo largo de los siglos, se reviste de mil facetas, de las que son testimonio irrecusable la poesía y la pintura, estereotipadoras y alimentadoras de la piedad popular, que, a su vez, nutre y se nutre de la savia de la liturgia. En este sentido, es admirable la "presencia" de los a. en la acción litúrgica de la Iglesia. F. Oppenheim, analizando este aspecto, concluye que apenas hay acto de culto litúrgico en que no estén presentes los á. De este modo, la Iglesia peregrinante une su oración a la de la Iglesia beatífica, pues la liturgia del cielo corre a cargo de los á., que, conforme a su oficio, se hallan también presentes y activos en la liturgia de los hombres. Y, por la dinámica misma de la fe, los á. que cerraban las puertas del Paraíso terrestre son ahora los que ayudan y guían al hombre a la conquista del Paraíso celeste, fusión de las "dos iglesias", plenitud de la Historia de la Salvación. Incluso se tratará de imitar a los á. en cuanto es posible; la "vida angélica" es un ideal de encarnación religiosa (cfr. G. M. COLOMBÁS, Paraíso y vida angélica. Sentido escatológico de la creación cristiana, Montserrat, 1958).En tan rico contexto devocionel, podemos aún distinguir el culto genérico a los á. y el culto a algunos á. en concreto. Tres arcángeles han recibido culto especialísimo: S. Miguel (v.), defensor de los derechos de Dios contra Luzbel, protector del Pueblo de Dios y "ángel custodio" de la Iglesia; S. Gabriel (v.), el mensajero mesiánico del A. T., el á. de la Anunciación; y S. Rafael (v.), el á. de los viajeros y de los médicos.Aparte del culto a determinados á., la devoción popular se ha centrado también en los á. custodios o de la guarda. La teología, en su arquitectura doctrinal, presenta una fértil enseñanza sobre la misión del á. custodio, que los autores espirituales han trasplantado a la tierra feraz del pueblo. La historia de la devoción a los á. de la guarda pone de relieve cómo enraizó ésta en la península Ibérica y cómo se propagó después a otros países. El Libre dels angels, de Francesc Eiximenis, publicado en Barcelona, 1494, figura en cabeza de los libros devocionales de este tipo. En realidad, la literatura sobre la devoción a los á. custodios, tanto a nivel teológico como a nivel popular, es un bosque.El culto a los á. ha sido establecido en la reforma litúrgica de 1969 de la siguiente manera: 29 de septiembre, fiesta (2a clase) de S. Miguel, S. Gabriel (antes: 24 de marzo) y S. Rafael (antes: 24 de octubre); 2 de octubre: memoria de los á. custodios (cfr. Kalendarium Romanum. Ex Decreto S. Oec. C. Vat. lI instauratum. Editio typica, Typis Polyglottis Vaticanis, 1969, 30 y 104-105).ÁLVARO HUELGA.
BIBL.: S. TOMÁS, Suma teológica, 1, q50-64, trad. de A. SuÁREz y com. de A. MARTÍNEZ, III, Madrid 1950; R. REGAMEY, Gli angeli, Catania 1960; G. KITTEL, TWNT I, 72-87; F. DE VIANA, Motores de cuerpos celestes p ángeles en S. Tomás de Aquino, "Estudios Filosóficos" 8 (1959), 359-382; 1. DANIELou, Les anges et leur misson d’aprés les Péres, París 1952; J. DUHR, Anges, en DSAM 1, 580-625; E. PETERSoN, El libro de los ángeles, Madrid 1957; J. MARITAIN, Le péché des anges, "Rev. Thomiste" (1956) 197-239; CH. JOURNET, L’aventure des anges, "Nova et vetera" (1958) 127-154; J. VILLETE, L’ange dans l’art d’Occident, Laurens 1940; S. FUMET, Mikael, ¿Quién como Dios?, Madrid 1957; F. OPPENHEIM, L’intervento degli angeli nel culto, "Ephemerides Liturgicae" 48 (1944) 86-96; I. DÉ S. Jost, La doctrina del ángel Custodio, "Rev. de Espiritualidad" 8 (1949) 265-287, 438473.
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