Análisis Químico QUÍM.
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Química
(v. QUÍMICA ANALÍTICA). ANALOGÍA. Definición y acepciones. La a. es una propiedad de la significación (significado) de los términos (nomina) que se opone tanto a la univocidad como a la equivocidad. En efecto, mientras el término unívoco tiene un solo significado (significatum), el término análogo tiene varios; entre la significación del uno y la del otro hay una diferencia cuantitativa. En cambio, entre la significación análoga y la significación equívoca hay una diferencia cualitativa. Por eso, los escolásticos distinguieron, con más rigor, entre la equivocidad deliberada (áequivoca a consilio), que se identifica con la a., y la equivocidad casual (aequivoca a casu) o propiamente dicha. Tanto los equívocos deliberados como los casuales tienen varios significados, pero los significados de un término análogo son semejantes y conexos, mientras los significados de un término equívoco son desemejantes e inconexos entre sí. Así, p. ej., "hombre" es un término unívoco, "sano" es un término análogo (hay animales sanos, climas sanos, costumbres sanas, etc.) y "león" es un término equívoco (se aplica, de manera más bien arbitraria, tanto a animales como a personas y a distintas entidades geográficas).Otra acepción de la a., menos importante y en cierto modo derivada de la anterior, es la que aparece en la teoría del raciocinio (v.) o inferencia. Se opone entonces a la deducción (v.) y a la inducción (v.). En la primera, se pueden obtener conclusiones singulares a partir de premisas universales y, en la segunda, conclusiones universales dé premisas singulares, al menos según el planteamiento de ciertos autores. En cambio, en el raciocinio por analogía, son singulares tanto las premisas como la conclusión, pero su fuerza conclusiva no va más allá de la mera probabilidad. Se dice, p. ej., "en África del Sur los yacimientos de diamantes se encuentran entre rocas kimberlitas, luego en la provincia de Málaga, donde hay rocas kimberlitas, puede haber yacimientos de diamantes".Desarrollo histórico del concepto. De los matemáticos a los filósofos griegos. Originariamente, el concepto de a. fue de carácter matemático y así aparece en los escritos de Arquitas, Eudoxo y Euclides (v.), como autores más destacados. Efectivamente, los matemáticos griegos llamaban "lógos" (traducido al latín como ratio y proportio) a la relación de conmensurabilidad entre dos cantidades o, en general, dos números "a: b", en la cual a puede tomarse como unidad para medir b. Sobre esta base, dichos matemáticos denominaban "analogía" (vertida al latín como proportionalitas) a la equiconmensurabilidad de dos pares de números, por lo menos, "a: b : : c : d", donde el resultado de medir a con b coincide con el de medir c con d. Estos conceptos matemáticos penetraron poco a poco en la especulación filosófica griega. Ya Heráclito (v.) llamó lógos a la- ley general del cosmos. El propio Aristóteles (v.) nos habla de los "logoí epaktikoí" (rationes inductivae) de Sócrates (v.). En la misma línea se sitúa más tarde S. Tomás (v.), al proponer que en filosofía y en teología no se entienda por proportio sólo la relación de conmensurabilidad, sino más bien una relación (habitudo) cualquiera. Fue, sin embargo, Aristóteles el primero que empleó la a. como método filosófico. En efecto, al estudiar los distintos tipos de unidad (cfr. Met., lib. V, final del cap. 6), caracteriza la unidad numérica por la unidad de materia, la unidad específica por la unidad de definición, la unidad genérica por la’ pertenencia a la misma categoría y, la unidad analógica, por el "comportarse del mismo modo que algo respecto de otra cosa".Aunque los matemáticos griegos empleaban la a. continua "a: b : : b : c", en que las dos razones poseen un elemento común, y Platón (v.) se había ya aprovechado de ella en sus diálogos tardíos, Aristóteles sólo habla de a. cuando hay cuatro elementos o analogados. Cuando hay varios elementos o analogados, que resultan unificados por referirse todos a algo numérica o específicamente uno, Aristóteles habla de equivocidad (homónyma prós hén); de ahí la noción escolástica antes citada de equivocidad deliberada. Parece deberse a los neoplaténicos (v.) y a los aristotélicos musulmanes la ampliación del concepto de a. a cualquier consideración unificadora basada en relaciones. Así llegó a consolidarse la doctrina escolástica común reflejada en la frase "analógice, hoc est proportionaliter", tan frecuente en los escritos de S. Tomás.Aristóteles empleó la a. estricta o de cuatro elementos en sus investigaciones de biología y de ética, mientras fundamentaba su ontología en la equivocidad prós hén, al entender por ente la sustancia primera o cualquier cosa de algún modo relacionada con ella. Los neoplaténicos son quienes emplean. por vez primera en la investigación teológica la a., es decir, su "prós hén kai aph’ henós".De la Escolástica a la actualidad. Dentro de la Escolástica, la a. se convierte en el método metafísico por antonomasia. Se la considera, en efecto, necesaria para fundamentar los conceptos trascendentales (v.) imprescindibles para que la ontología sea una ciencia omnicomprensiva, a partir de la ausencia de significado común entre los géneros supremos o categorías (v.); gracias a la a. se hace proportionaliter unum lo simpliciter diversum. Por otro lado, la Teología debe obtener a partir de los citados trascendentales tanto los atributos de las creaturas como los de Dios, salvando cuidadosamente la trascendencia de éste respecto a aquéllas. Con este fin, la a. se aplica a la inversa, aunque este hecho pasa normalmente inadvertido, es decir, hace proportionaliter diversum lo simpliciter (ontológicamente) unum.Desde Duns Escoto (v.), pasando por Cayetano (v.) y Suárez (v.) hasta nuestros días, han menudeado entre los escolásticos las polémicas acerca de cómo entender correctamente y cómo aplicar con eficacia la a. Tal vez por ello, en la metafísica de los autores modernos y contemporáneos, la a. sólo se encuentra pudorosamente implícita o es excluida explícitamente por métodos como la intuición, el análisis trascendental, la dialéctica y algún otro menos claro. No es tarea de este artículo terciar en dichas polémicas, sino más bien insistir en algunos puntos, básicos durante el s. XIII, pero lamentablemente oscurecidos y aun confundidos después, así como en ciertos problemas latentes todavía hoy en la raíz misma de la a.Tipología de la analogía. Criterio clásico. Tiene, en primer lugar, gran importancia el tema de la tipología de la a. A este respecto, debe reconocerse que los textos de S. Tomás son una fuente fragmentaria y fluctuante y resultan, en cambio, muy útiles algunos de Alejandro de Hales (v.), S. Alberto Magno (v.) y S. Buenaventura (v.). Pues bien, complementando los resultados de la erudición con los de la combinatoria, surgen cuatro tipos irreducibles de a. desde el punto de vista de la distribución numérica de los analogados. Además de su ejemplificación clásica, se ofrece a continuación un esquema formalizado de cada tipo, planteado por razones de mera conveniencia como regla ddferencial. Siguiendo la notación propia de la Lógica simbólica (v.), los analogados se expresan mediante variables individuales "X. y, z, ... ", las relaciones fundantes (proportiones) mediante predicados diádicos "R, S, T, ..." y el significado (res signif icata) del término análogo por medio de un predicado monádico "f". Cuando éste se puede entender estrictamente (simpliciter) respecto a un analogado principal, se le antepone sin más, "fx", mientras es colocado entre paréntesis, "(f)y", al entenderlo en sentido amplio (secundum quid) respecto a los analogados secundarios, aunque tal distinción no es consustancial a los tipos de a. que se indican.a) a. de referencia (unius ad alterum)xRyp. ej.:el clima actúa sobre el animal
fyel animal se mantiene sano
(f)xel clima es sano
b) a. de divergencia (duorum ad unum) xRyp. ej.:la sustancia tiene cualidad
fyla cualidad es ente
xSzla sustancia tiene cantidad
(f)zla cantidad es ente
c) a. de convergencia (plurium ad unum)
fxp. ej.:la sustancia espiritual es buena
xRyel espíritu depende de Dios
fzla sustancia corpórea es buena
zRyel cuerpo depende de Dios
fvcualquier accidente es bueno
vRyel accidente depende de Dios
(f )yDios es bueno (planteamiento quoad nos)
d) a. de paralelismo (duorum ad duo): fxp. ej.:es rey el
xRyque domina a sus súbditos
zRvel león domina la selva
(f)zel león es rey (de la selva) Consideraciones posteriores. En la Escolástica tardía, estos matices clásicos se han perdido, hasta llegar a distinguir sólo entre a. de referencia, comúnmente llamada de atribución, y a. de paralelismo, usualmente denominada de proporcionalidad. Los tratadistas dividen la primera de ellas en intrínseca (caso de la bondad, ejemplo tomado para c) y extrínseca (ejemplo de la salud, dado para a); y la segunda, en propia (como cuando se llama principio, tanto al corazón respecto al organismo como a los cimientos respecto a la casa) e impropia o metafórica (ejemplo del rey de la selva para d). La base de estas subdivisiones es aplicable a cualquier tipo de a., es decir, a los cuatro antes indicados, y depende del estatuto metafísico que corresponda a la relación fundante de la a. respecto a los analogados. En efecto, puede ser para ellos una relación trascendental o una relación predicamental, que dan lugar respectivamente a la atribución intrínseca y la proporcionalidad propia, por un lado, y a la atribución extrínseca y la proporcionalidad metafórica, por otro. Tampoco suele prestarse atención al hecho de que la relación trascendental puede ser, a su vez, inmanente o trascendente respecto a los analogados. Si es inmanente, la a. toma como elementos no tanto a los analogados indivisos como a sus constitutivos físicos y metafísicos (materia y forma, sustancia y accidentes, acto y potencia, esencia y esse), según es usual entre los metafísicos tomistas, aunque algunos han empezado a ver en ello dificultades acerca del carácter real de la relación fundante de la a.
Los modos. Suele decirse que así como los términos unívocos, o sea los géneros, se dividen en especies por adición de diferencias, en cambio y dada la imposibilidad de practicar con ellos tal adición, los términos análogos se dividen en modos. Esto tiene su raíz y justificación en la hoy poco conocida doctrina común de la Escolástica clásica acerca de la significación (significatio) de los términos. En efecto, ésta señala a dos elementos fácilmente distinguibles, a saber, la esencia o perfección significada (res significada) y el modo de significar (modus significandi), a su vez basado en un modo de ser (modus essendi) que da lugar a un modo de predicar (modus praedicandi) (v. Mono). En el simbolismo usado arriba, la res queda representada mediante "f" y, el modus, mediante la relación fundante "R, S, ... ". En metafísica son modos diversos de una misma perfección su estado puro o participado, en acto o en potencia, etc. Pues bien, mientras para cada término unívoco se mantienen tanto la misma res como el mismo modus, se entendía en el s. XIII que el significado de los términos análogos se refiere a todos los modos posibles de la misma res, cada uno de cuyos modos es sólo propio de un analogado. De ahí que se dijera que la razón propia (ratio propria) de cada analogado era la res en uno de sus modos, mientras la res sola o, mejor, en cualquier modo constituía la razón común (ratio communis) a todos los analogados. Por supuesto y contra lo sostenido por Cayetano, para que haya a. ha de haber razón común y no basta con predicar proporcionalmente, es decir, metafóricamente, de un analogado la razón propia de otro.Problemática. Hay dos problemas principales acerca dé la a. El primero surge en cuanto, según los escolásticos, toda relación (esse ad) tiene como fundamento una forma inherente (esse in) a su sujeto. Así, no está claro cómo un término unívoco (simpliciter) puede ver ampliado relacionalmente (proportionaliter) su ámbito de aplicabilidad. El segundo fue señalado ya por S. Tomás, al advertir que cuando se pasa del conocimiento de las creaturas al de Dios no sólo resulta alterado el modus signi f icandi sino también la res signi f icata.J. PÉREZ BALLESTAR.
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