Alumno EDUC.
Categoria:
Educación
1. Concepto. A. es la persona que recibe las influencias formativas de los maestros o educadores. Los términos discípulo, educando y escolar son similares al primero y muchas veces se confunden con él. El a. es el sujeto de la educación; es, realmente, el punto de partida y el de llegada de cualquier tarea que se tilde de formativa. Aunque existe un tipo de alumnado, que es aquel que en cualquier momento es capaz de apropiarse alguna influencia educativa, con el término a. queremos limitarnos a los que están en la edad propia de una escolaridad sistemática. Empero, este sentido amplio del concepto a que hemos aludido tiene hoy una mayor expresión por el frecuente uso que está adquiriendo la acepción educación permanente. Al enfrentarnos con este tema hemos de reparar en que el a. es, primeramente, un ser individual, un ser en posesión de unas particularidades que es necesario atender. Pero el a. es también parte de una colectividad, y esta circunstancia no puede olvidarse en ningún momento. El tratamiento individual del a. puede lograrse correctamente atendiendo a los principios que nos dicta la Psicología del a. (v. PSICOLOGÍA PEDAGÓGICA. Por ella comprobaremos muy pronto la diversidad tan grande que existe entre ellos, según su edad, sexo, etc., pero incluso entre los de la misma edad y sexo, encontraremos notables variaciones que hacen más compleja la tarea del educador y nos alertan ante la pretensión de un trato universal del a. El a., por otro lado, no es solamente un escolar; es, antes que eso, un niño o un joven con unos intereses propios que conviene atender con el cuidado que merecen. Como parte de la colectividad, el a. ha de prepararse para poder participar activamente algún día en la aventura de su desarrollo. Pertenece, en primer lugar, a la pequeña colectividad escolar. En ella mantiene una estrecha relación con su maestro, y esta interacción educativa o relación educativa constituye un fundamental capítulo de la Ciencia de la educación. La didáctica moderna tiende a poner esta interacción educativa en una posición equilibrada en la que tanto el maestro como el alumno intervienen del mismo modo activo en el proceso formativo, como veremos más adelante. El a. es también sujeto del aprendizaje. En este sentido, al educador ha de preocuparle no tanto la adquisición de conocimientos por parte del discípulo, cuanto el desarrollo de sus potencialidades intelectuales. En este aspecto del aprendizaje, más que en otros, podrá apreciarse claramente la gran diversidad de a. que existe, hecho que reafirma la postura de los partidarios de la individualización didáctica. En educación, a la hora de hacer una clasificación de los alumnos, se han seguido diversos criterios. Enumeraremos algunos: a) Criterio puramente cronológico, teniendo en cuenta simplemente la edad vital; b) Criterio intelectual, conforme a su cociente intelectual; c) Criterio psicológico, atendiendo a su desarrollo mental; d) Criterio social, que reúne a los a., aun de distintas edades, pero en atención a la influencia que ejercen los mayores en los menores, etc.2. El alumno desde el punto de vista psicológico. Al abordar esta cuestión es preciso que comencemos por el tipo más corriente de a., es decir, por el niño. Veamos, en efecto, cuál es su naturaleza y de qué modo se desarrolla; todo esto, naturalmente, con miras a un objetivo más importante: el logro de una buena educación que facilite su contacto social y aumente sus posibilidades de felicidad terrena y sobrenatural. Sobre la naturaleza del educando queremos destacar en primer lugar la siguiente cita de Pío XI, en su enc. Divini Mius Magistri: "Nunca debe olvidarse que el sujeto de la educación cristiana es el hombre total, el alma unida al cuerpo en unidad de naturaleza, con todas sus facultades naturales y sobrenaturales, como muestran la recta razón y la Revelación; el hombre, por tanto, cayó de su estado original, pero fue redimido por Cristo y restaurado en la condición natural de hijo adoptivo de Dios, aunque sin los privilegios sobrenaturales de la inmortalidad corporal o el control perfecto de las pasiones". Estas palabras recuerdan a los educadores algo fundamental: que el proceso educativo debe proyectarse hacia un doble desarrollo, el de su naturaleza física, y el de su naturaleza espiritual. Reconozcamos que con demasiada frecuencia se consideran hoy como estudios psicológicos de escasa consideración aquellos que aluden al alma ó al pecado original. Sin embargo, puesto que todas las disposiciones del niño se reúnen formando un solo individuo y un solo carácter, estas disposiciones no pueden desarrollarse independientemente. Los individuos, esto parece claro, responden no sólo a inquietudes de tipo terreno, sino también a otras de tipo sobrenatural. El criterio que hoy domina para el estudio de las particularidades de los educandos es el evolutivo o genético, que da origen a la llamada Psicología evolutiva (v.); considera este criterio la vida del hombre como un proceso en constante cambio ascendente o descendente hacia la muerte. El estudio científico del niño podemos decir que comenzó con J. A. Comenio (v.) sobre todo en su obra Orbis sensualium pictus (1658). Posteriores trabajos de Pestalozzi (v.), Frñbel (v.) y Preyer, y las numerosas investigaciones de principios de este siglo sobre el tema, debidas a autores como Binet, Cattell, Piaget, Gessell, Pieron y otros, desembocaron en la concepción de unas conclusiones aceptadas por casi todos.Y estudiado el a. niño, nos encontramos, tras el periodo de la infancia, con el a. adolescente (v. ADOLESCENCIA). El concepto fundamental de la adolescencia, en el campo psicológico, todavía no está claro para muchos, precisamente por el carácter de transición (es una edad en que ya no se es niño, pero tampoco se es adulto) que tiene esta etapa de la vida y que conlleva una profunda crisis. Se concibe como un crecimiento cualitativo, caracterizado por la aparición de nuevas tendencias y nuevas formas de conocimiento (surge la manifestación reflexiva y crítica del propio pensamiento): es el nacimiento de la intimidad, con todas sus consecuencias. En esta fase se distinguen dos etapas: primera, comienzo de la adolescencia, o pubertad para muchos autores (12 a 15 años aproximadamente), en que la madurez somática de los órganos sexuales no está con frecuencia todavía lograda, aunque sí lo esté el desenvolvimiento interno de la vida psíquica a efectos de independencia de los adultos e incorporación a la sociedad; el entendimiento y el sentimiento adquieren gran desarrollo, apareciendo los intereses lógicos y la orientación hacia una comprensión causal y finalista de los hechos; las nuevas formas de conducta se caracterizan por la inseguridad y el alejamiento de la realidad, alejamiento que se plasma en la excentricidad de propósitos, modales y hasta de indumentaria; tras su ausencia durante la segunda infancia, reaparecen la impertinencia y la rebeldía como consecuencia del deseo intenso de independencia y de los inevitables choques con el ambiente; todo, en busca de la afirmación de la personalidad; van tomando cuerpo las tendencias sentimentales; se perfila la actitud religiosa al enfrentarse el sujeto por vez primera con los trascendentales problemas del origen y destino del hombre. La necesidad de concretar el puesto que va a ocupar en la sociedad, el problema de la vocación, la cuestión de las relaciones con el sexo opuesto en una palabra, la formación de un claro ideal de vida, de acuerdo con la propia personalidadson otros tantos aspectos de la nueva modalidad en que el adolescente se enfrenta con el mundo y que constituyen los más grandes y delicados problemas de su educación. Aquí la ayuda de los mayores, padres y educadores, ha de basarse en un "profundo respeto a las determinaciones recta y verdaderamente libres del adolescente, y en una actitud de amistad que logre la sincera apertura de la intimidad". (V. GARCÍA Hoz, Dice. Pedagogía Labor, p. 14).
La segunda etapa, o de madurez adolescente (15 a 18 años aproximadamente) se caracteriza por la conquista total del mundo interno; continúan con fuerza los instintos sociales y sigue acrecentándose la energía vital del a.; el entendimiento adquiere un completo desarrollo,aunque el sujeto siga precisando comprensión y apoyo (sigue siendo difícil de entender), sobre todo en las situaciones en que quiere sacudirse por completo de la autoridad de los mayores. Su autovaloración sobrestimará los propios méritos, echando a veces por tierra valores muy estimables que pudieran limitar su propio espíritu creador. Quiere perfeccionarlo todo sin reparar en dificultades. A medida que el tiempo avanza, el sujeto se siente cada vez más seguro de sí mismo. Al final del periodo estará somáticamente formado del todo y psíquicamente se hallará preparado para la incorporación a la vida. A ello contribuirán estas dos fuerzas: el amor y el trabajo o colaboración social. Ya en las puertas de la juventud, ha podido adquirir una cultura general (segunda enseñanza) que le ponga en situación de decidirse por la profesión que más se ajuste a sus aptitudes e intereses.
El periodo de la juventud (v.), que para algunos comienza ya con la pubertad, pudiera fijarse entre los 18 y 25 años aproximadamente. Cierto que resulta algo difícil separarla de la adolescencia, con la que a veces se confunde y fusiona en el, pero es claro que, a pesar de seguir el crecimiento progresivo o periodo de expansión gradual del individuo hacia la vida adulta, esta etapa es de calma, de consolidación, de equilibrio entre las tendencias individuales y las sociales. Quizá cuatro notas fundamentales caractericen la juventud: a) plenitud biológica; b) consolidación de la personalidad; c) productividad económica; d) amor y amistad. Si bien para la mayoría de los sujetos esta etapa cae fuera del influjo formativo escolar sistemático (sólo una minoría continúa su formación en centros docentes superiores), para todos la educación no hará sino proseguir los planes establecidos en el periodo crítico anterior, tratando, en esta última fase del crecimiento, de cimentar definitivamente el porvenir del individuo, capaz ya de vivir por sí mismo, de entregarse a una tarea y de abrirse paso en el mundo y la existencia.Por último, la adultez, cuyo comienzo se interfiere, para muchos, con los últimos años de la juventud, comprende, según la opinión más extendida, la edad viril (de 25 a 40 años), la edad madura (de 40 a 60), la vejez (de 60 a 7580) y la decrepitud (desde los 7580 años hasta la muerte). Aunque resulta una inconsecuencia hablar de psicología especial del a. adulto, cuando, de hecho la Psicología general se refiere justamente a él, sí parece conveniente subrayar las características esenciales de cada etapa adulta para que la acción educativa correspondiente logre su mayor fruto. La edad viril es la fase ascendente de la vida que culmina con la plenitud; tienden a unificarse las fuerzas anímicas, llegando cada individuo al desenvolvimiento máximo dentro del propio módulo; las conquistas de la juventud se consolidan, se funda una familia, se adquiere experiencia y se alcanza, o al menos se cimenta, la estabilidad del éxito personal. Con la edad madura llegan los mejores años de la vida intelectual, con un de decadencia casi imperceptible; se tiende a la introversión, y la actividad es más reposada, más segura, sin vacilaciones; disminuye el número de ilusiones quedando solamente las firmes que han resistido los embates de la vida; la razón domina a los sentimientos y se ejerce influjo social. Con la vejez o senectud, si bien la fuerza espiritual puede permanecer íntegra, disminuye la fuerza física y los órganos sensoriales comienzan a dar señales de cansancio; cede la audacia y se miden los esfuerzos, siendo posible una actividad, incluso fecunda, si está bien reglamentada. Por fin, la decrepitud trae la lenta extinción de la energía corporal y psíquica.3. Herencia y educación. La acción escolar relativa a las realidades de la herencia debe dirigirse a descubrir los caracteres heredados que sean dignos de tenerse en cuenta e incluso de ser mejorados. La escuela deberá también facilitar un medio adecuado para que aquellos caracteres se desarrollen del mejor modo. En cuanto a las formas gravosas que han sido heredadas, una vez descubiertas, se intentará reformarlas o anularlas si fuera posible. Siempre que no se olviden los datos que facilita un estudio cuidadoso de la individualidad de cada alumno, los educadores harán bien en intentar conocer los detalles hereditarios de los mismos. Las cualidades hereditarias no pasan de ser disposiciones; las positivas precisan formarse y las negativas pueden dirigirse por otros rumbos. Las cuestiones de la herencia merecen destacarse al estudiar el a. y su mundo.4. Interacción educativa. El a. o educando presupone un profesor o educador. La educación es siempre el resultado de un proceso que podemos denominar de doble agente. En la heteroeducación, este rasgo puede observarse nítidamente, pero la claridad no es tanta en el proceso autoeducativo. Sin embargo, el concepto autoeducación (v.) como afirma Nohl, no es en el fondo más que una "transposición analógica" del verdadero acontecer educativo que consiste en la influencia de un hombre sobre otro hombre. Las relaciones entre el educando y el educador han llenado muchas líneas en los tratados sobre estas cuestiones; ciertamente, no es otro el tema que el de la comunicación educativa, que viene tratándose ya desde S. Agustín y S. Tomás, en sus obras tituladas ambas De Magistro. Es normal que a lo largo de la historia de la Pedagogía haya seguido planteándose profusamente el problema, pues alrededor de 61 gira toda la obra educativa. Entre los trabajos especulativos dedicados últimamente a este tema de la comunicación, debemos mencionar el de E. Redondo (Educación y comunicación, Madrid 1959).El concepto de comunicación, en general, sobrepasa los límites de la Pedagogía; cuando deseamos aplicar ese concepto en la ciencia educativa, ha de quedar ceñido dentro de sus límites. Habrá, entonces, verdadera comunicación o relación educativa cuando esté condicionada por las notas distintivas de la educación, es decir, perfectibilidad e intencionalidad. La comunicación es necesaria en toda educación, puesto que ésta es un perfeccionamiento y no hay perfeccionamiento posible sin que haya comunicación. Podemos llamar también acto pedagógico a esta comunicación educativa; y para que sea lo más acertada posible debe estar en posesión de unas notas o características que vamos a enumerar: 1) Debe ser, en primer lugar, un acto de afecto, de amor y de simpatía hacia el a. Amor y simpatía condicionan siempre de modo positivo cualquier relación. 2) No debe olvidarse, empero, que es un acto de autoridad, como así lo indica la diferencia de nivel que hay entre las dos partes de la relación. 3) Es también un acto de conocimiento; el educador transmite su sabiduría al educando. 4) Finalmente, es un acto de participación, pues el educando acepta voluntariamente el ofrecimiento. La interacción educativa que estamos tratando es, pues, una relación dinámica entre dos seres, de la que se obtiene en ambos un enriquecimiento espiritual deseado por uno y facilitado por el otro.En un intento de resumir modernas opiniones sobre esta cuestión diremos: en la relación maestroa., al primero corresponde principalmente disponer las circunstancias más propicias para que el segundo pueda obrar por sí mismo. El acto educativo de cada uno se va invirtiendo de modo gradual: el del educador se limita cada vez más, a medida que el del educando encuentra modos para concebir por sí mismo los proyectos educativos más propicios. Cualquier imposición sobra en la relación educativa; orientación y guía son los mejores medios. No se educa al a. imponiéndole normas teóricas, sino haciendo que participe en un acto que a él sobre todo importa; como decía Plutarco: "las almas no son vasos que hay que llenar, sino fuegos que se han de encender".5. El sujeto del aprendizaje. No deduzcamos de las anteriores afirmaciones que la labor docente debe desaparecer por completo llegado cierto momento. La didáctica más reciente intenta no caer en una posición de autoaprendizaje a ultranza que encuentra con dificultad un apoyo lógico, aunque ha tenido bastantes ensayos en los últimos años. Abandonando un poco nuestras consideraciones educativas generales, vamos a reparar ahora solamente en el capítulo del aprendizaje, el a. como sujeto del aprendizaje. La didáctica tradicional fue partidaria de la continua intervención del docente, mientras el discente se limitaba a recibir. Con la escuela nueva cambia el planteamiento, y es el discente el elemento actuante principal. La didáctica actual de que hemos hablado viene a ser una síntesis de ambas posturas extremas, adoptando una actitud en que uno y otro deben participar activamente en el desarrollo educativo. La función del a. como sujeto del aprendizaje tiene, eminentemente, un matiz de asimilación. De ambas actividades, la del a. es la que más efecto produce en favor del aprendizaje; la actuación del docente estará orientada a producir la mayor autoactividad posible en el discente. No hay aquí contradicción alguna respecto a lo afirmado más arriba. Lo que más interesa es, sin duda, lograr una efectiva autoactividad en el a., pero esto sólo podrá lograrse bajo la sabia dirección y orientación del maestro. El a., en cuanto sujeto del aprendizaje, es un tema muy tratado últimamente en los estudios sobre educación e instrucción y, sobre todo, por la Psicología pedagógica (v.). Algunos aspectos de la cuestión fueron tratados al hablar del a. desde el punto de vista de la Psicología. Pero queremos volver ahora sobre el asunto desde el ángulo del proceso del aprendizaje. (v. APRENDIZAJE I). Se realiza este aprendizaje del a. de acuerdo con las leyes siguientes resumidas por H. Bastien: 1) Ley de la totalidad. Todo hombre, en su realidad histórica, ligado al pasado y al futuro, participa en el proceso del aprendizaje. 2) Ley de la motivación. Cuando el aprendizaje tiene un efecto que supone un interés profundo para el sujeto, se hace más fácil. 3) Ley delglobalismo. Percibimos y comprendemos totalidades, no elementos fragmentarios. 4) Ley del desarrollo. Cualquier adquisición nueva no se suma por yuxtaposición a la anterior, sino que se incluye vitalmente en el sujeto, convirtiéndose en parte orgánica del todo.
6. Aspecto sociológico. El a., desde el mismo momento de serlo, menos en los casos poco comunes que hemos venido eludiendo, forma parte de un grupo con otros escolares o compañeros de clase; pertenece también a una comunidad nacional, a otra local, a la comunidad familiar, etc. Como todo hombre, el a. es, además de una concreta individualidad, un ser social; es preciso, pues, aunque sea de un modo sucinto, mencionar su aspecto sociológico. Conviene que todo a. sea también tratado y guiado como el ser sociable que es y como miembro activo que será algún día de esa misma sociedad (v. EDUCACIÓN X). Nuestros educadores han de tener muy presentes estas consideraciones y deberán servirse de las ciencias sociales para buscar soluciones a los interrogantes que sin duda surgirán. Dos perspectivas fundamentales podemos tratar de este asunto, aplicado a los a.: el desarrollo de la sociabilidad y la sociología de la clase o grupo escolar. Este grupo puede ser una importante piedra de toque para observar ya las reacciones sociales de cada uno de los a. El desarrollo de la sociabilidad o estudio sociológico del desarrollo y la conducta de los niños es un tema que adquiere en varios campos más importancia cada momento. Cuestiones tan aceptadas como la de que en el periodo egocéntrico infantil (de los tres a los seis años aproximadamente) el niño asegura fundamentalmente su individualidad, son discutidas a raíz de estudios sociológicos como los de Dewey (v.) La escuela y la sociedad, Durkheim (v.) Educación y Sociología y Cousinet La vida social de los niños. Cousinet dice que a esa edad existe una verdadera pugna entre las tendencias individuales y las sociales de los niños, siendo ambas igualmente apremiantes. Hoy puede ya asegurarse que el desarrollo del niño depende conjuntamente de un dinamismo de maduración interna y del ambiente en que se desenvuelve. En cuanto a la cuestión del grupo escolar, hemos de decir que constituye en sí una experiencia social valiosísima para cada a.; éste, como elemento integrante del grupo escolar, es un tema importante que puede ser estudiado ampliamente en cualquier buen tratado de Pedagogía social. Del mismo modo, no menos interesantes son otras cuestiones como la vida propia del curso o clase, la necesidad de asociarse de sus elementos, el grado de permeabilidad del grupo, etc.V. t.: PSICOLOGÍA PEDAGÓGICA;PEDAGOGÍA;CONDUCTA 11; EDUCADOR; COMENIO.D. DEL RÍO SADORNIL.
BIBL.: A. D. REDDEN y F. RYAN, Pedagogía general y Filosofía de la educación, Madrid 1963, 81 ss.; A. AGAZZI, Psicología del niño, Alcoy 1959; J. GóTTLER, Pedagogía sistemática, Barcelona 1955, 115 ss.; R. TITONE, Metodología didáctica, Madrid 1966, 364 ss.; R NASSIF, Pedagogía general, Buenos Aires 1958; W. A. KELLY, Psicología de la educación, Madrid 1964; CH. BüHLER, Infancia y juventud, Buenos Aires 1946; M. J. HILLEBRAND, Psicología dei aprendizaje y de la enseñanza, Madrid 1964; V. GARC1A Hoz, Selección pedagógica, Madrid 1948; íD, Y oTRos, Diccionario de Pedagogía, Barcelona 1964; F. SECADAS MARCOS, La vida afectiva del escolar, en Orientaciones Pedagógicas para Directores Escolares, Madrid 1965, 79 ss.; E. UZCATEGUI, Necesidad y medios de conocer a los alumnos como grupo, "Vida Escolar" 68, Madrid 1965; A. DE LA ORDEN, Diagnóstico de las dificultades discentes, en Orientaciones pedagógicas para Directores Escolares, Madrid 1965; A. LE GALL, Caracterología de la infancia y adolescencia, Barcelona 1962; J. PIAGET, Representación del mundo en el niño, Madrid 1933.
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