Alarico
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Biografía GER
Rey visigodo que gobernó este pueblo del 395 al 410. Al final del s. IV, el Imperio romano se hallaba en un estado de extrema debilidad militar y política. Poco a poco, el ejército se había ido reclutando entre los bárbaros, que llegaron a obtener la ciudadanía romana y a ocupar las más altas dignidades del ejército, teniendo en sus manos los destinos de Roma. Los visigodos estaban ya establecidos cerca de sus fronteras en el s.III, pero hasta el final del s.IV no entraron definitivamente en él, empujados por los movimientos de los hunos en el Oriente europeo. En el 376 los visigodos cruzaron el Danubio para asentarse en la Tracia como federados (foedus), es decir, como miembros del Imperio. Rápidamente, toman conciencia de su fuerza dentro del decadente Imperio, llegando a vencer al emperador Valiente en la batalla de Adrianópolis (378). Entre los visigodos aumentó la importancia del partido nacionalista que veía con desagrado la sumisión a Roma. Iste es el momento en que, para dar todavía más impulso al pueblo visigodo, se puso a su cabeza A., hombre audaz y ambicioso, que mantuvo el desasosiego en el Imperio durante 15 años.Búsqueda de tierras. A. pertenecía a la familia de los Baltos, de la nobleza visigoda; en el tiempo del foedus con Roma, era todavía un niño; hacia el 390, aparece al frente de su pueblo en Tracia, y en el 394 lucha contra el usurpador Eugenio al lado del emperador Teodosio I el Grande. Al morir éste en el a. 395, el Imperio quedó dividido entre sus dos hijos, Honorio y Arcadio, aunque en realidad estaba en manos de Estilicón en Roma, y Rufino en Bizancio. La rivalidad latente ya desde hacía tiempo entre Oriente y Occidente, cristaliza en las personas de Rufino y Estilicón, y será aprovechada por A., que ese mismo año fue elegido rey por su pueblo. Esta elección dará a las empresas del pueblo visigodo un carácter nacional del que, hasta entonces, habían carecido. A partir de su acceso al trono, A. recorre el Imperio, en una búsqueda incesante de tierras en las que su pueblo pueda asentarse y vivir. Después de reclamar el título de magister militum, que le fue negado, A. se dirigió hacia Constantinopla, donde Rufino consiguió detenerle mediante negociaciones; fue entonces hacia Macedonia y Tesalia, atravesó el paso de las Termópilas, y, penetrando en Grecia, se instaló en el Peloponeso, después de dominar Corinto, Argos y Esparta. Allí permanecieron los visigodos hasta el 397, en que Estilicón acudió con su ejército. Arcadio, deseoso de afirmar que sus derechos eran iguales a los de Roma, conminó a Estilicón a que reuniese sus tropas y no volviese a cruzar la frontera del Imperio de Oriente. No contento con eso, le declaró enemigo del Imperio y firmó un tratado de paz con A., nombrándole magister militum per Illyricum. A. aprovechó su cargo en el Imperio para preparar a su ejército, proporcionándole armas en espera del momento oportuno para invadir Italia. La ocasión se presentó cuando en el 402 Estilicón tuvo que llevar sus tropas a la frontera del Danubio, atacada por vándalos y alanos. A. atravesó los Alpes, alcanzando Aquileya y Milán, pero la llegada de Estilicón le obligó a seguir hacia el sur, y en Pollenza, el 6 abr. 402, se dio una batalla entre los ejércitos visigodo y romano, que tuvo un resultado incierto. Estilicón decidió entonces negociar con A., al que dio el título de magister militum del Imperio de Occidente, consiguiendo que se retirase a Dalmacia, donde reorganizó sus fuerzas. En el 403 volvió a penetrar en Italia, marchando sobre Verona. Esta vez, Estilicón le infirió una fuerte derrota, volviendo después a pactar con él, ya que deseaba atraerse a los godos a su 6ando, en contra del Imperio de Oriente. A. volvió a las regiones de Dalmacia y Panonia, y durante cuatro años se mantuvo en paz con el Imperio, hasta que a principios del 408 se dirigió a Noricum (Austria), desde donde reclamó 4.000 libras de oro al Imperio de Occidente por su ayuda. Estilicón logró que se las diesen, pero poco después fue muerto por el partido nacionalista romano. A su muerte, gran parte de sus soldados se pasaron a los ejércitos de A., que, cada vez más fuerte, aumentó sus exigencias. Esta vez Honorio, influenciado por el mismo partido nacionalista romano, no accedió a sus peticiones, por lo que A. penetró de nuevo en territorio italiano llegando hasta Roma, a la que asedió hasta recibir una gran contribución de guerra. Se retiró después a Tuscium, y, fracasados varios intentos de negociar la paz con Honorio, que se había refugiado en Rávena, volvió a dirigirse a Roma para tratar directamente con el Senado; éste, temeroso, eligió emperador a Atalo, prefecto de la ciudad, que nombró a A. magister utriusque milicia, y a su cuñado Ataúlfo comes domesticorum equitum.Saqueo de Roma y muerte de Alarico. Cortados los envíos de víveres que, desde África, abastecían a Roma, una gran plaga de hambre asoló la ciudad. Atalo no fue capaz de hacer frente a esta situación y A. acabó por destronarle, intentando de nuevo negociar con Honorio, con el que mantuvo una entrevista cerca de Rávena. Al no tener éxito en ella, se dirigió por tercera y última vez sobre Roma, a la que saqueó durante tres días (24 ag. 410). A pesar de las violencias cometidas durante el saqueo, A., aunque arriano, consiguió librar del asalto las basílicas de San Pedro y de San Pablo, en las que se refugiaron muchos romanos. Después del ataque a Roma, A. se dirigió al sur de Italia con la intención de pasar a África; pero no pudo ver a su pueblo definitivamente establecido, pues murió poco después, a finales del mismo a. 410, siendo sepultado cerca de Cosenza, en el lecho del río Basento. Le sucedió en el trono visigodo Ataúlfo.M. SOLEDAD AMBLÉS.
BIBL.:M. BRION, La vie d’Alaric, París 1930; A. THIERRY, Alaric, en Recits de I’Histoire Romaine au Vème siécle, I, París 1888; H. VON EICKEN, Der Kampf der Westgothen und Romer unter Alarich, Leipzig 1876; F. DANH, Historia primitiva de los pueblos germánicos y romanos, Barcelona 1918; F. LOT, Les invasions germaniques. La pénétration mutuelle du monde barbare et du monde romain, París 1945; E. DEMOUGEOT, De l’unité d la division de l’Empire Romain, París 1951; M. TORRES LÓPEZ, Las invasiones y los reinos germánicos de España, en Historia de España, III, dir. R. MENÉNDEZ PIDAL, Madrid 1963.
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