Adulación HIST.
Categoria:
Historia
Se caracteriza por el afán exagerado de agradar, traducido en servilismo o elogios innecesarios. Este vicio fue puesto en evidencia por los moralistas observadores de las costumbres desde la más remota Antigüedad. En la S. E., la literatura sapiencial más antigua, más próxima de las normas empíricas del bien vivir, condena la duplicidad del lisonjeador (Prv 11, 9; 17, 20; 26, 2228; 29, 5; etc.). Pero fue sobre todo en la Grecia clásica donde el retrato del adulador se esbozó cuidadosamente. En la Ética a Nicómaco (lib. IV), Aristóteles sitúa la a. entre los vicios contrarios a la afabilidad. Su discípulo Teofrasto se complace en ilustrar la a., trazando con humor la figura del lisonjeador, en los cap. 2 y 5 de Los caracteres (obra divulgada en el s. XVII por la traducción de La Bruyére). La tradición patrística, especialmente en los medios monásticos, pone en guardia a los fieles contra los peligros de la a. San Juan Clímaco (tan familiar a los grandes místicos españoles de los s. XVI y XVII) declara: "El adulador es ministro del demonio, doctor de la soberbia, destructor del arrepentimiento, aniquilador de las virtudes, maestro del error" (Escala del paraíso, XXII: PG 88, 949 D).El estudio de la a. fue introducido en la Teología moral especialmente por Alejandro de Hales, que prolonga la tradición patrística, tratando de este tema a propósito de los "pecados de la palabra" (Súmma Theologica, p.II, 1.II, Inq.III, Tract.III, Sect.II, Q.VII); S. Tomás resume y profundiza los datos aristotélicos, analizando con agudeza las llamadas modernamente "virtudes sociales". En este conjunto se inserta la consideración de la "amistad" o "afabilidad", virtud que "orienta las relaciones ordinarias de la vida social, para que palabras y actitudes sean armoniosamente ajustadas como convienen" (S. Th., 22 gll4 al). S. Tomás sintetiza las reflexiones del Estagirita y el espíritu de la tradición cristiana. A la virtud de la afabilidad se le oponen dos vicios, como extremos diametralmente contrarios: el "litigio", la tendencia a litigar, o "espíritu de contradicción" (ib., gll6), y la a. (gll5); en esta última cuestión estudia el carácter pecaminoso de la a. (al) y su gravedad (a2). Con Aristóteles, S. Tomás reconoce dos modalidades típicas de la a.: La primera consiste en prodigar amabilidades por simple complacencia en agradar a otro, mientras que la segunda consiste en hacerlo con el propósito interesado de obtener ventajas de este modo. Como se observa, semejante conducta es viciosa, constituye un pecado, aunque no pase, por su naturaleza, de venial. Sin embargo, su fecundidad en diferentes dominios puede alcanzar mayor gravedad: elogiar y estimular malas acciones, adular con perspectivas de causar daños corporales o espirituales o ser ocasión de pecado; todo ello debe apreciarse según los criterios de gravedad del escándalo (v.). En resumen, la a. es una de esas flaquezas temperamentales que exponen a deslices de mayor gravedad. Se trata de una tendencia profunda y generalizada, como se desprende de los testimonios constantes y de la atención que mereció desde la más alta Antigüedad por parte de los observadores de las costumbres. Un indicio de esa proliferación de la a. se podría inferir de un hecho de lenguaje: el número considerable de sinónimos vulgares que existe, p. ej., en las lenguas ibéricas. A través del desprecio popular hacia el adulador se muestra la reacción espontánea del sentido moral que condena semejante desvío.En la línea de la psicología profunda, el sustrato psíquico de la a. parece ser en general un proceso de "compensación" del yo, intentando afirmarse gracias al servilismo (A. Adler) o un "mecanismo de defensa" que denota una actividad débil y frustrada (S. Freud).Como no cesaban de advertir los grandes predicadores (Bossuet, Bourdaloue, Vieira, etc.), la a. y el servilismo constituían los vicios de los cortesanos en una sociedad donde el beneplácito de los reyes y de los grandes era decisivo para avanzar en una carrera. El mundo moderno conoce varios tipos de a., desde el servilismo del mundo político ante aquellos que detentan el mando o la influencia, hasta las formas de demagogia con que los gobernantes "adulan" a las masas. La multiplicación de las "relaciones públicas", la cortesía generalizada en beneficio de la propia prosperidad comercial, etc., son factores positivos de nuestra época. Pero pueden dar ocasiones al renacimiento, en moldes rejuvenecidos, de aquella vieja a. analizada por Aristóteles, ridiculizada por Teofrasto y de la que dice la S. E.: "mejor es la corrección del sabio que la adulación del necio" (Eccl 7, 5).C. I. PINTO DE OLIVEIRA.
BIBL.: S. TOMÁS, S. Th., 22 8115 y comentarios; G. GUIBERT, La bontá, Turín 1944, 108 ss.; A. SERTILLANGES, La philosophie morale de St. Thomas d’Aquin, París 1922, 317 ss.
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