Actividad y Activismo I. Filosofía y Teología Dogmática. FIL.
Categoria:
Filosofía
El término actividad proviene del latín activitas, que significa acción prolongada y eficaz. Frecuentemente se considera sinónimo de acción, si bien con la diferencia de matiz que se acaba de señalar. También se puede entender por a. el conjunto de las acciones de un determinado ser: así se habla de la a. de un volcán, de una persona u organización, etc. En este sentido el término a. tiene un valor semántico más amplio e indeterminado que el de la voz acción.’En el ámbito filosófico la a., en los sentidos mencionados, fue estudiada por la filosofía clásica al considerar a los seres concretos y verlos dotados de una naturaleza (v.)o principio de actividades que los define y caracteriza: cada ser obra, en efecto, según su naturaleza, de manera que al actuar expresa su naturaleza a la par que la lleva a perfección. También la estudiaron al considerar la acción (v.) y analizar el proceso de la misma, especialmente en los seres dotados de inteligencia y voluntad, precisando los niveles y dimensiones de su actuar, lo que les llevó a distinguir entre el agere obrar moral y el (acere o hacer técnico (v. MORAL I; ARTE).
Desde la perspectiva del sentido último de la a. de los seres, con la consiguiente visión del mundo que ello implica, ofrecen numerosas aportaciones el pensamiento indio, persa y griego, pero especialmente el cristiano. La Revelación (v.) divina da en efecto a conocer el designio salvador de Dios, y lleva, por tanto, a ver el mundo como realidad unificada por el decreto creador de Dios y encaminada por Él hacia el fin o consumación al que la destina. La fe cristiana implica así reconocer que el universo conocerá dos estados (el presente y el definitivo o eterno), y a comprender la historia (v.) como un proceso cuyo eje pasa por las criaturas espirituales, y la a. de éstas, fundada en Dios, como ordenada a la situación definitiva o eterna, en la que los seres espirituales (ángeles y hombres) gozarán de la visión de Dios y de la unión entre sí, en una perfección que redunda en toda la realidad material. En esa fe han procurado profundizar los pensadores cristianos, en direcciones sustancialmente convergentes, si bien acentuando uno u otro aspecto. Así, de una parte, diversos Padres griegos (S. Gregorio de Niza, S. Máximo el Confesar, p. ej.) y, entre los medievales, S. Tomás de Aquino, ofrecen profundas visiones de la unidad y orden del cosmos, analizando cómo en él se entrecruzan y armonizan las a. de las diversas criaturas; mientras que otros dedican atención preferente al drama de la historia humana en cuanto que marcada por el pecado, como S. Agustín en su visión teológica de la historia. En cualquier caso, todos coinciden en definir la a. humana como una acción por la que el sujeto, haciendo propias las exigencias del querer divino (conocidas por la Revelación o a través de la realidad creada en la que, aunque de otro modo, también resuena la voz de Dios), orienta hacia el amor de Dios y los demás su propio espíritu y opera sobre el mundo exterior ordenándolo según ese amor. De esa forma queda claro que la a. no implica dispersión, ni degenera en un activismo sin sentido, sino que es reconocida como enriquecimiento del sujeto y realización del bien que anticipa y prepara la consumación final.En la historia moderna de la Filosofía el vocablo a. recibe una acentuación peculiar en Kant (v.), que define la a. como aquel poder que tiene el espíritu para realizar síntesis entre diversas representaciones mentales (Anthropologie, I,7). Ve así en la a. no ya como la ha entendido la filosofía realista, anterior y posterior a él una acción en la que el sujeto se encuentra referido a una realidad distinta de él (el mundo material, los demás, Dios), sino una espontaneidad del sujeto cognoscente supuestamente independiente de toda referencia a la realidad extramental. De esa forma abre el camino a los diversos sistemas idealistas de la época del Romanticismo, desde Fichte (v.) hasta Hegel (v.). Para Fichte la a. (Tütigkeit) es el autoponerse del Yo: "El Yo es escribe porque se pone, y se pone porque es. Por eso ponerse y ser son la misma cosa. Y a su vez la noción de ponerse y la de actividad son la misma cosa. Toda la realidad es, pues, activa y toda cosa activa es realidad" (Sdmtliche Werke, I, Berlín 1945, p. 134). Para Hegel, la "substancialidad originaria" se manifiesta en la a. por la que, a través del proceso dialéctico, se actúa a sí misma como espíritu absoluto (Ciencia de la lógica, lib. 2, sec. 2, c. 3 Ba; sec. 3, c. 3 A; Enciclopedia, 225 y 577).A partir de Hegel proceden diversos activismos, como el de Stirner, que exalta la energía del querer egocéntrico que no se inclina ante nada (cfr. sus obras Das Einsige), o el actualismo de G. Gentile (v.), con su concepción del espíritu como perenne a. que se crea a sí misma; así como la filosofía de la praxis de Marx (v.), con su exaltación de la capacidad productora del hombre a través de la que espera alcanzar una plena reconciliación entre la humanidad y la naturaleza. Independientemente de Hegel, pero entroncando con sus precedentes kantianoracionalistas, proceden otros activismos, como el de Nietzsche (v.) y su doctrina del superhombre, o no ya con acentos heroicos, sino escépticos como los del pragmatismo y el positivismo en los que, perdida la referencia al bien y a los valores, la a. es reducida a mero hecho, con la consiguiente caída en el sociologismo (v.), el permisivismo moral, etc. Todo lo cual pone de manifiesto, de un modo u otro, que para evitar sea un escepticismo sea un monismo totalitario, es necesario superar la separación entre sujeto y realidad introducida por Kant, y reconocer así a la a. humana como fundada en la capacidad de radicación en el ser, el conocimiento y el amor.J. L. ILLANES MAESTRE.
BIBL.: J. STALIMACH, Dynamis und Energeía, Meisenheim am Glan 1959; A. MARI, Dialectique de l’agir, París 1955; C. FABRO, Partecipazione e causalitá, Turín 1960; R. CRIPPA, Attivitá, en Enciclopedia Filosofica, t. 1, Florencia 1967, 586588, y en general la citada en ACCIóN I.
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