Tradicionalismo I. Filosofía.
Concepto. Se llaman "tradicionalistas" a las actitudes y corrientes religiosas, filosóficas, sociológicas y políticas que no sólo subrayan el valor y la vigencia de la tradición -de lo recibido de los que nos precedieron- como criterio de verdad y de conducta en los más diversos planos de la vida humana, sino que lo entienden de tal modo que niegan otras fuentes de conocimientos y cierran el paso a todo cambio o innovación.
Ciertamente, la tradición en todas las cosas humanas tiene un notable valor, unas conquistas adquiridas que permiten o facilitan a las generaciones sucesivas la posibilidad de dar pasos adelante, de contar ya con un valioso patrimonio de todo orden (cultural, social, político, etc.); ello queda reflejado en el dicho popular de que la experiencia y la historia son maestras de la vida y de la ciencia. Por eso, en toda labor de investigación y pensamiento y en toda actividad y acción humana se ha de contar con la tradición, con la transmisión de conocimientos y logros anteriores, para no dar pasos en falso y para no estar siempre empezando. En el artículo TRADICIÓN (Teología) se trata ya de todo esto y de la diferencia entre la tradición simplemente humana, que transmite logros mezclados con errores y rutinas que hay que depurar, y la tradición de la Revelación divina, que transmite las verdades reveladas. El sentido con que se usan los términos tradicionalismo y tradicionalistas en la historia de la filosofía no es el del normal aprecio y valoración de la tradición, sino que es más radical y va más allá, como se ha señalado al principio; y, como es lógico, no siempre coincide con el sentido en que se usan en otras disciplinas u ocasiones, como en política o en el lenguaje ordinario.
Quizá la expresión más absoluta del t. radical sea la formulada por el teatino italiano Gioacchino Ventura di Raulica (1792-1861): "Toda novedad en religión es herejía; toda novedad en filosofía es un absurdo; toda novedad en política es revolucionaria ". Actitudes de este género se han dado siempre a lo largo de la historia humana, pero precisamente en los momentos en que los cambios son más profundos es cuando adquieren particular beligerancia y radicalidad. El t., en sentido más específico y propio, es una corriente de pensamiento típicamente decimonónica que surge en Francia como reacción frente a la Revolución francesa; mientras los apologistas de la Revolución la presentaron como obra de la razón humana individual, que se atrevía a eliminar sistemáticamente todo el orden histórico, juzgado decadente e irracional, los tradicionalistas trazaron una apología de las épocas históricas precedentes llegando a una idealización casi absoluta del pasado. En el ámbito literario, el t. está profundamente ligado al movimiento romántico (V. ROMANTICISMO), como ponen de relieve, de manera particular, las figuras de Mme. Staél (v.) y Chateaubriand (v.), y tiene numerosas manifestaciones. Aquí, sin embargo, nos referiremos sólo al t. filosófico.
Representantes e ideas. Sus más característicos representantes son los pensadores franceses loseph de Maistre (v.; 1753-1821), Louis de Bonald (v.; 1754-1840) y Félicité Robert de La Mennais (v.; 1782-1854), y en cierto modo el español Juan Donoso Cortés (v.; 1809-53). Otros autores son Bonnetty (1798-1879), G. C. Ubaghs (1800-75), Ventura di Raulica, etc.
Desde el punto de vista filosófico, el t. es esencialmente una teoría gnoscológica sobre los criterios de verdad (v.). Arranca de una concepción pesimista de la naturaleza humana y de sus condiciones concretas de existencia, tanto en el plano del conocimiento como en el ámbito de la conducta. El pecado original (v. PECADO III) -piensanintrodujo en el hombre una debilidad radical que le mantiene inerme ante las perspectivas presentadas por la verdad y el bien. Hay aquí, por un lado, un claro rechazo del mito rousseauniano del buen salvaje (V. ROUSSEAU), Y, por otro, netas resonancias de la tendencia agustinianojansenista (v. JANSENIO) siempre presentes en la tradición espiritualista francesa. Los tradicionalistas afirman que la razón individual es incapaz de superar el escepticismo; dicho de otro modo, que la inteligencia es impotente por sí sola para alcanzar la verdad.
Explicando los orígenes del racionalismo (v.) -al que se oponen- La Mennais afirma que fue con Descartes que apareció la razón individual, considerada como única guía segura del hombre ’ y cuando se afirmó la evidencia como único criterio de verdad. Por su parte, De Maistre subraya la importancia de la noción de experiencia en Bacon para ciertas teorizaciones modernas del conocimiento (v.) humano. A partir de ambos filósofos -piensan los tradicionalistas- la Modernidad constituye un esfuerzo sistemático por instaurar el imperio de la razón individual a través de una crítica continua de la Revelación, las tradiciones, las costumbres, las estructuras políticas, etc. (en este sentido tienen un concepto excesivamente unitario de "modernidad": V. MODERNA, EDAD III, 1-2). El proceso crítico -añaden- conduce necesariamente al ateísmo, al panteísmo, al materialismo, etc.; en una palabra, a las "locuras de la razón humana", y culmina de modo inevitable, desde una perspectiva filosóficoreligiosa, en el escepticismo (v.); y desde una perspectiva político-social, en la revolución (v.). Los tradicionalistas critican al racionalismo moderno porque sustituye la realidad (v.) -sobre todo la compleja realidad humana, personal y social- por las rrtíones de las cosas y por la noción de hombre (y no les falta razón en esta crítica). Los conceptos son constitutiva mente abstractos, intemporales, utópicos, mientras que las cosas -y muy en particular los hombres- son concretos, temporales, ubicados en un lugar. No existe el hombre, dicen, y por ello carece de sentido hablar de los derechos del hombre y del ciudadano; existen los franceses, los ingleses, los españoles, etc., cuyos derechos y deberes son constitutivamente distintos. Hasta tal punto condicionan a los hombres sus dimensiones espacio-temporales (la historia) que sólo desde esta perspectiva resultan alcanzables e inteligibles.
De Bonald afirma, por su parte, que el hombre no ha podido inventar el lenguaje (v.). No se puede pensar sin palabras, que son "la expresión natural del pensamiento". Luego mal hubiera podido inventarse lo que es una condición esencial de todo invento, de todo uso de la inteligencia. "Es necesario que el hombre piense su palabra antes de que diga su pensamiento" (La législation primitive, 1, 5 ed. París 1857, 56). El lenguaje, por tanto, no puede venir sino de Dios, no ya sólo en cuanto es el autor de la naturaleza humana, sino en cuanto donación expresa; la facultad de pensar es innata, pero el arte de pensar, y de hablar, es adquirido. Con el lenguaje Dios debió dar al hombre unos principios básicos: creencias, normas de conducta, etc. Esa revelación primitiva sería, en rigor, la única fuente originaria de la verdad. La tradición, en cuanto criterio de verdad, no es sino la transmisión de padres a hijos, de generación en generación, de aquellos conocimientos y normas que Dios entregó al hombre con el lenguaje. Porque proceden de nuestros primeros padres, esas verdades son comunes a todos los hombres, a todos los pueblos.
Ni la razón individual, por tanto, ni la experiencia sensible, ni el sentimiento, ni ninguna otra facultad estrictamente humana, individualmente considerada, ofrece garantías, seguridad, al conocimiento. La confianza en cualquiera de tales supuestas capacidades termina inevitablemente en el escepticismo, una vez comprobados los errores a que conducen. Sólo la palabra de Dios, a través de la revelación primitiva o a través de revelaciones posteriores, es garantía de verdad y de certeza. De ahí la vinculación existente entre el t. y el fideísmo (v.). "La razón general, o la razón humana, es, pues, la regla de la razón particular de cada hombre, como la razón de Dios, primitivamente manifestada, es el principio y la base de la razón humana" (La Mennais, Déjense de l’Essai sur l’indillérence, cap. X, París 1820).
La Mennais insistirá en que la razón individual no puede sino "dudar de todo y de sí misma" (Essai sur Pindifférence... 11, cap. XIII, París 1820). De Maistre dirá de ella que "no engendra sino disputas, mientras que el hombre, para su actuación en el mundo, no necesita problemas, sino creencias firmes" (Mélanges, en Oeuvres, Lyon 1887, 246). No hay, pues, más criterio de verdad que la tradición, lo recibido de nuestros mayores, que se manifiesta en las creencias comunes y en las decisiones de la autoridad. "La infalibilidad en el orden espiritual y la soberanía en el orden temporal son dos palabras perfectamente sinónimas", dirá De Maistre.
La jerarquía eclesiástica se sintió obligada a reaccionar ante los excesos del t. para defender la capacidad natural de la inteligencia humana, particularmente en lo relativo a la posibilidad de probar la existencia de Dios y otros pracambula fidei (V. FE III, B). A través de una serie de decisiones pontificias, que se inician con la Enc. Mirari vos, de Gregorio XVI (1832), y continúan con la imposición de retractaciones a La Mennais, Bautain y Bonnetty, se va estableciendo una doctrina que el Conc. Vaticano 1, en 1870, formuló de modo definitivo (V. FIDEíSMO Y TRADICIONALISMO).
ANTONIO DEL TORO.
BIBL.: V. BELLAMY, La théologie catholique au XIXe siécle, París 1891; G. BOAS, French Philosophy of the Romantic Period, Baltimore 1934; M. FERRAZ, Histoire de la philosophie en France au XIXe siécle (Traditionalisme et Ultramontanisme), París 1880; L. FoUCHER, La philosophie catholique en France au XIX, siécle avant la renaissance thomiste et dans son rapport a vec elle (1800-80), París 1955; A. GóMEZ IZQUIERDo, Historia de la filosofía en el siglo XIX, Zaragoza 1903; E. HOCEDEZ, Histoire de la théologie au XIXe siécle, 1, Bruselas-París 1949; A. V. ROCHE, Les idées traditionalistes en France, Urbana 1937; J. VACANT, Études théologiques sur les constitutions du Concile du Vatican, París 1895.
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