Sensismo II. Sensismo Escocés.
La escuela escocesa del sentido común, encuadrada en el clima cultural de la Ilustración (v.), representa una reacción espontánea y polémica contra el escepticismo en que, con Hume (v.), desemboca el empirismo británico (v.). Intenta la escuela salvar la validez del conocimiento humano de la crítica que lo ha reducido al nivel de la mera creencia. Y de esa forma garantizar la capacidad del hombre para alcanzar la realidad del mundo, la realidad del yo y la realidad divina. Busca un fundamento nuevo a la moral, que la libere de concepciones para las que el motor básico de la conducta humana son el egoísmo, el hedonismo (v.) o el utilitarismo (v.). Rehúye los enfoques racionalistas, en buena medida causa u ocasión del criticismo empirista, y se esfuerza por atenerse a los hechos y a la experiencia, dentro de un enfoque de esta última que no se limita a interpretarla como conocimiento sensible (v. CONOCIMIENTO I, 6), sino que abarca también lo que podríamos llamar el buen sentido del hombre medio.
Cuando nos referimos, por tanto, al sensismo escocés estamos bien lejos de la actitud gnoseológica conocida con el nombre de sensismo (v. t). Éste es todavía más extremoso en su concepción que el empirismo (v.), contra el cual, precisamente y de manera muy especial, combate la escuela escocesa.
Ésta no es una escuela de altos vuelos especulativos, sino más bien un conjunto de hombres que, a lo largo de más de un siglo, ha mantenido una actitud de defensa del funcionamiento concreto y válido de la inteligencia (v.) en su actividad espontánea y "natural". Son el sentido común (v.), los buenos sentimientos, las tendencias "naturales", etc., los que, ajenos al mismo tiempo a las aparentemente grandiosas concepciones especulativas y a las actitudes hipercríticas, dan sentido a la vida, a través de una adecuada instalación en la realidad (v.), instalación de la que brota una conducta desinteresada y humanitaria.
Inicia la corriente Francis Hutcheson (1694-1746), pero su principal impulsor, y su más importante figura, es Thomas Reid, al que seguirían lames Oswald (1715-69), James Beathie (1735-1803), Dugald Stewart (1753-1828), Thomas Brown (1778-1820), William Hamilton (17881856) y otros. Nos detenemos especialmente en la exposición del pensamiento de Reid.
Thomas Reid (1710-96) Ministro presbiteriano, enseñó primero en el Marischal College de Aberdeen, y, desde 1764 a 1780, Filosofía moral en la Univ. de Glasgow, cátedra en la que sucedió a Adam Smith. Obras suyas son Inquiry into the Human Mind (Londres 1864), Essays on the Intellectual Powers (Glasgow 1785) y Essays on the Active Powers (Glasgow 1788). Aunque Reid es contemporáneo de Hume, la primera obra de aquél se publicó unos 12 años después de que éste dejara de hacer filosofía. La Investigación es básicamente una teoría de la sensación, y en ella Reid intenta demostrar que en la propia sensación viene ya dada la existencia del mundo exterior.
Inicialmente, es Hume el objeto casi exclusivo de los ataques de Reid. Pero, posteriormente, encontrará las raíces del pensamiento de Hume en Berkeley (v.), y las de éste en Locke (v.), y las de éste en Descartes (v.), y contra todos ellos llevará su actitud crítica. En este proceso a la filosofía moderna sólo se salva Bacon (v.), cuyo método se esforzará Reid por seguir. No hay, pues, más método que el baconiano, fundado en la experiencia, la observación y la inducción (v.). Reid se limita a los hechos y a los fenómenos (v.), sobre los que versan tanto las ciencias filosóficas y matemáticas como las físico-naturales: las primeras tienen por objeto los hechos de la experiencia interior; las otras, los de la experiencia externa. Es preciso reconocer los límites del conocimiento humano, y no intentar rebasarlos planteándose problemas metafísicos, que, por abstractos y trascendentes al mundo fenoménico, dirá Reid, nos son inabordables.
Reid renuncia, por tanto, a las cuestiones metafísicas; no intenta demostrar la realidad del mundo exterior sino que la da por evidente. Es el suyo un realismo (v.) que Hamilton llamó "natural" (y también "dualismo natural"), y que podríamos, quizá con más razón, denominar "realismo ingenuo". Para evitar todo riesgo y cualquier fractura en ese realismo, Reid niega la existencia de ideas representativas, idea que Locke, siguiendo a Descartes, consideraba objeto del conocimiento humano. Tales ideas ni hacen falta ni son posibles: todo conocimiento se resuelve en una percepción inmediata de la cosa que es su objeto, sin necesidad de intermediario alguno.
Gran importancia tendrá en Reid la distinción entre sensación (v.) y percepción (v.). La sensación es rigurosamente subjetiva y se mueve en el plano de la apariencia. Más tarde, la definirá como el aspecto afectivo de la percepción, en la cual estará integrada. La percepción, por el contrario, implica tanto una "concepción" de la forma de la cosa como una "creencia" en la existencia real de ésta; la percepción es un acto simple (y en eso se distingue del razonamiento), por el que se capta la realidad. Sin embargo, no todo nuestro conocimiento procede de la experiencia y de la inducción. La fuente de nuestras certezas en las cuestiones lógicas, matemáticas, morales, estéticas, metafísicas, etc., es el sentido común (common sense). Sin esas creencias naturales y espontáneas no podría concebirse ni pensarse nada. En la base de ellas está lo que Reid llama un "instinto", una "disposición natural", el sentido común.
El sentido común es la capacidad intelectual necesaria para moverse en la vida y para saber distinguir, de modo inmediato e intuitivo, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. No tiene nada que ver con los sentidos externos ni internos, ni con el sensorio común de Aristóteles. Es una especie de inclinación o disposición natural, un instinto, por el que la inteligencia ve facilitada su tarea de formalizar los primeros principios del conocimiento y de la moral. El término no acaba de perder su ambigüedad, pero Reid parece designar con él un "iuicio" espontáneoe inmediato de la razón, que no por ello deja de estar vinculado a la percepción. La misma palabra "común" unas veces apunta a un supuesto consenso universal en torno a los principios, y otras, a una fuente única de esos principios fundamentales.
En cualquier caso, esos principios (verdades de sentido común) deben ser admitidos sin discusión, aunque no se puedan demostrar. Y, de forma análoga, es preciso aceptar la validez del testimonio de los sentidos, la relación de causa a efecto, la de los atributos con la sustancia. Si los matemáticos y los físicos parten de principios que no demuestran, no se comprende por qué los filósofos han de empeñarse en discutir los principios fundamentales del conocimiento humano. Entre esas verdades de sentido común se encuentran: a) todo cuanto nos atestigua la conciencia, o el sentido último existe realmente; b) los pensamientos de que tengo conciencia son pensamientos míos, de mi espíritu, de mi yo; c) lo que mi memoria recuerda distintamente ha sucedido realmente; d) estamos seguros de nuestra propia identidad personal y de la permanencia del yo a través del tiempo; e) las cosas que percibimos por los sentidos existen realmente, y son tal como las percibimos.
También nuestra vida práctica está conducida por una facultad intuitiva e inmediata, a la que Reid llama "sentido moral". Es éste el que nos facilita la formalización de las ideas del bien y del mal, de la dignidad o indignidad de una acción. Por ello, la conducta humana está regulada por el "sentido moral", cuyos juicios es preciso seguir ciegamente.
Visión crítica. Dejando aparte la ambigüedad del concepto de sentido común y a pesar de toda la buena voluntad de Reid, no se pueden ocultar las dificultades de su doctrina, que continuarían en sus seguidores. Basten unas palabras de É. Gilson y T. Langan: "Tal intento de restaurar la metafísica tenía que fracasar aun antes de hacer su prueba, pues estaba contagiado de la misma enfermedad que pretendía curar: el empirismo. Francis Bacon estaba acertado en propiciar la observación como método científico; pero si a la observación no se le añade algún otro método, nunca podrá por sí sola llegar a conclusiones metafísicas. Su propio defecto aseguraba el buen éxito de tal doctrina, pues ofrecía tentaciones irresistibles para cualquier apologética. De tal modo, la filosofía del sentido común había de resultar bien recibida en todo lugar donde hubiera hombres deseosos de lograr conclusiones metafísicas... sin tener que recurrir a auténticas especulaciones metafísicas...
Por la misma razón, los sucesores de Reid no hicieron riada para mejorar tal filosofía, que traslucía dos grandes defectos: no haber presentado nunca una tabla satisfactoria de sus principios fundamentales y no dar un método para distinguir la evidencia (que es propia de la verdad) de la pseudo-evidencia que presentan los prejuicios más arraigados. Por esto, dicha doctrina sólo pudo apelar al sentido común cuando quiso mantener conclusiones contra las fuerzas conjuntas de Descartes, Locke, Berkeley y Hume; si era sentido común, sólo podía contestar: porque no es justificable ni por la experiencia ni por la demostración racional. Sus seguidores, evidentemente, no podían hacer más de lo que hizo Reid, si se empeñaban en seguir el mismo método y tropezar por análogos caminos". (Filosofía moderna, Buenos Aires 1967, 331 ss.).
Influjo de la escuela escocesa en España. La escuela escocesa del sentido común ejerció un cierto influjo en algunos pensadores continentales, pero en ninguna parte alcanzó repercusión análoga a la lograda en Cataluña.
Cualesquiera que fueran las razones de ello, sin embargo, lo cierto es que la introducción de la filosofía del sentido común constituye uno de los más importantes fenómenos culturales de la vida catalana del s. XIX.
La escuela catalana del sentido común está constituida fundamentalmente por Martí d’Eixalá y, sobre todo, por Lloréns y Barba. Pero no puede olvidarse a Jaime Balmes (v.), que, aunque se mueve en una línea de los neoescolásticos (v.) y acepta cierta influencia del espiritualismo (v.) francés de la época, no está del todo lejos, en algunas de sus tesis, de las concepciones filosóficas de Reid. También el poeta andaluz José Joaquín de Mora (1773-1864) se mostró influido por la escuela escocesa. Publicó Cursos de Lógica y Ética según la escuela de Edimburgo (2 ed. Sevilla 1843).
Ramón Martí d’Eixalá (1808-57) fue catedrático de la Univ. de Cervera, posteriormente de Barcelona, y publicó un Curso de Filosofía elemental (Barcelona 1841) y Consideraciones filosóficas sobre la impresión de lo sublime (Barcelona 1845). Aunque no conocía la filosofía escocesa en sus fuentes originarias, sino a través de las versiones francesas de Royer-Collard y de Jouffroy, fue su introductor en España. De acuerdo con esa escuela, defendía la observación directa y la introspección como métodos filosóficos, y el sentido común, sin necesidad de demostración, como vía de acceso a la verdad.
Xavier Lloréns y Barba (1820-72) fue también catedrático de la Univ. de Barcelona. Discípulo de Martí d’Eixalá, influyó a su vez en personalidades tan importantes como Letamendi, Menéndez Pelayo (v.) y Torras y Bages (v.). Apenas publicó nada en vida, pero sus Lecciones de filosofía, recogidas taquigráficamente por un alumno, fueron editadas en 3 vol. (Barcelona 1920). V. t.: ILUSTRACIÓN I, 2, d.
ANTONIO DEL TORO.
BIBL.: J. BERRIO, El pensament filosófic catalá, Barcelona 1966; T. CARRERAS ARTAU, Introducció a la historia del pensament filosófic a Catalunya, Barcelona 1931; E. CASSIRER, Filosofía de la Ilustración, México 1943; G. FRAILE, Historia de la Filosofía española. Desde la Ilustración, Madrid 1972; F. GONZÁLEZ CORDERO, El instinto intelectual, fuente de conocimiento, Madrid 1956; A. Guy, Los filósofos españoles de ayer y de hoy, Buenos Aires 1966; F. HARRISON, The Philosophy of Common Sense, Londres 1907; F. MASFERRER, Xavier Lloréns y Barba i la filosofía catalana, Barcelona 1872; J. MCCOSH, The Scottish Philosophy Biographical, Expository, Critical, Londres 1875; F. MIRABENT, La estética inglesa en el siglo XVIII, Barcelona 1927; T. T. SEGERSTEDr, The Problem of Knowledge in Scottish Philosophy, Lund 1935; A. SETH, Scottish Philosophy, 2 ed. Londres 1890; íD, The Scottish Contribution to Moral Philosophy, Londres 1898.
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