Probabilidad y Probabilismo
Lo probable, según el Diccionario de la Real Academia, es por una parte lo "verosímil o que se funda en razón prudente", y en este sentido equivale a un posible (V. POSIBILIDAD) que cuenta con buenas razones para que sea así o para que suceda; y por otra parte, también se llama probable a lo "que se puede probar". Probabilidad viene de probable, haciendo referencia al primer sentido apuntado, que es el que se va a estudiar aquí.
En este sentido de verosimilitud y posibilidad con buenas razones a favor, la probabilidad se aplica tanto a juicios y conocimientos como a hechos. En primer lugar se entiende por probable aquel juicio o proposición respecto a la cual existen motivos importantes para que pueda ser afirmada como verdadera, pero sin que tales motivos o razones sean suficientes para que por ellas pueda ser excluido lo contrario; es decir, el juicio probable no supone certeza (v.) y se mueve en el terreno de la opinión. Cuando en un silogismo (v.) las premisas son contingentes, la conclusión que resulta de ellas es objeto de opinión, y el silogismo es llamado probable. En este sentido la probabilidad es objeto de estudio de la Gnoseología (v.) o Teoría del conocimiento; y en cuanto el conocimiento por probabilidad -ante la duda que surge cuando existen opiniones contrarias sobre la licitud de una acción- puede influir en la acción humana también se estudia en la Moral o Ética (v. MORAL in, 4). En segundo lugar se llama probable a un suceso o acontecimiento que puede ocurrir o no; y en este sentido equivale a posible; de la probabilidad de ciertos sucesos y fenómenos se ha ocupado la Física moderna con ayuda del cálculo matemático de probabilidades (v. CÁLCULO VI; ESTADÍSTICA), y desde él algunos físicos han incidido en las teorías del probabilismo gnoseológico y del indeterminismo ontológico, como veremos.
Así, pues, se pueden distinguir, inicialmente, dos significados fundamentales de la palabra probabilidad. El primero, que es más objeto de estudio en la gnoseología o epistemología, con repercusiones en la ética o moral, equivale a verosimilitud o aceptabilidad, y se le puede llamar probabilidad gnoseológica (aparte de lo que se puede llamar probabilidad moral). El segundo, que es más estudiado por las matemáticas y la física, equivale a posibilidad ontológica o posibilidad física, y se le puede llamar probabilidad numérica (la que a su vez puede ser matemática o estadística). Nos ocuparemos sucesivamente de cada una de ellas y de sus posibles sentidos y relaciones.
1. Probabilidad en el conocimiento y en el actuar humanos. Algunos filósofos, de los que se hablará luego (v. 2-4), han defendido la tesis de que no puede jamás darse un conocimiento (v.) cierto y seguro de la realidad (v.), sino que ésta la conocemos tan sólo de un modo aproximado. Según ellos, una proposición nunca puede ser afirmada como absolutamente verdadera ni como absolutamente falsa. Este probabilismo gnoseológico generalizado encierra en lo más íntimo de su doctrina una profunda y grave contradicción: ¿cómo podemos afirmar hallarnos en posesión de unas apariencias que tienen una cierta probabilidad de aproximarse a la verdad, si todo tipo de conocimiento que logre la verdad es inasequible, y asentir a unas apariencias con visos de verdad es ya formular un juicio, en cierta medida verdadero? (V. ERROR).
Es evidente que el entendimíento (v.) igual que los sentidos (v.) tienden a la verdad (v.), a un conocimiento cierto de la realidad. El hecho de que puedan equivocarse y de que se equivoquen es una muestra más de la tendencia al realismo (v.) del conocimiento; saber que el hombre puede equivocarse y que se equivoca es ya una certeza. Si no hubiese nunca conocimientos ciertos o evidentes (V. CERTEZA; EVIDENCIA), el tema de la probabilidad en el conocimiento no podría ni siquiera plantearse. Hay algunos conocimientos, conceptos y juicios, que son evidentes para todos; p. ej., todos los de los llamados primeros principios (v. PRINCIPIO; INTELIGENCIA); y a partir de unas evidencias y certezas puede llegarse con el razonamiento y con nuevas experiencias a otras certezas. Esto quiere decir que el hombre puede llegar, y de hecho llega, a determinadas certezas; pero no por ello en todo conocimiento y en toda acción humana consiguiente puede lograrse siempre una certeza absoluta; ello es debido a la complejidad de lo real y a las limitaciones del entendimiento humano.
Afirmar que todo lo real es racional es la afirmación característica del racionalismo (v.), que pretende llegar a una certeza absoluta en todo conocimiento y acción humana (y que llega a decir también que todo lo racional es real). Pero la realidad sólo es plenamente inteligible o cognoscible para la Inteligencia divina, cuyo conocimiento de las cosas es siempre exhaustivo y completo y parala que la esencia y el ser de las cosas no ofrece ninguna oscuridad, porque Dios (su Inteligencia y su Voluntad) es la fuente primera y radical de las cosas tanto de su esencia como de su existencia (v. DIOS IV, 13-14; CREACIÓN). Pero el hombre no es la fuente ni origen primero de la realidad, sino que es una parte de la realidad mundana, que se presenta ante él múltiple y cambiante, y que sólo poco a poco va desentrañando con su entendimiento y con su actuación, encontrándose ya en el principio de su conocer con la inefabilidad del ser mismo de las cosas (v. SER). Al no reconocer esto, el racionalismo incide en el monismo (v.) negador de esa multiplicidad y mutabilidad reales de las cosas; y así los racionalismos derivan fácilmente hacia el panteísmo (v.) o el materialismo (v.), formas supremas de monismo. Opuesto al monismo es el pluralismo (v.) que reconocen las filosofías realistas. Una filosofía realista admite las certezas y evidencias, y también en muchos campos las probabilidades y las opiniones, sin caer en el escepticismo (v.) o relativismo (v.) radicales (v. REALISMO).
El llegar a más o menos certezas, y a distintas clases de certezas o de probabilidades, depende por una parte del método de conocimiento (v. DEDUCCIÓN; INDUCCIÓN; ANÁLISIS; SíNTESIS; etc.) y por otra parte de la mayor o menor complejidad de la realidad que se estudie o que se pretenda conocer (v. POSIBILIDAD; POTENCIA; SER). No toda la realidad, o todos los aspectos de la realidad, pueden estudiarse con los mismos métodos (v. MÉTODO; METODOLOGÍA). En la vida cotidiana práctica hay que contentarse muchas veces con juicios probables o aproximados, con opiniones más o menos fundadas, o con lo que se llama certezas morales, que la mayoría de las veces son suficientes para actuar correctamente.
Con ello se plantea además el tema moral de cómo actuar cuando no hay certeza; es evidente que en la duda de si algo es bueno o malo, conveniente o inconveniente, no es lícito actuar sin antes resolver la duda (v. DUDA II). Si una vez puestos los medios ordinarios (estudio, consejo, consulta, etc.) la duda sigue sin resolverse y es necesario actuar, la ética y la moral estudian las diversas formas de tomar partido o elegir una posibilidad u opinión según su mayor o menor probabilidad de verdad o de bondad. Surgen así los llamados sistemas morales; entre ellos el probabilismo, según el cual basta que una opción o posibilidad de actuar sea simplemente probable, o tenga alguna probabilidad de ser correcta, para que pueda seguirse. Pero no siempre es lícito el probabilismo; en algunos casos, o para determinadas materias, si junto a una posibilidad de actuación, probaclemente buena, hay otra con más probabilidad de ser buena o mejor, hay que elegir ésta; el probabiliorismo es el sistema que exige siempre seguir lo más probable; para todo ello, v. Sistemas morales en MORAL III, 4.
Se puede admitir, pues, un cierto probabilismo en lo relativo al conocimiento y valoración de ciertas materias o en lo relativo a la actuación humana en ciertas ocasiones; pero no es admisible un probabilismo, gnoseológico o moral, generalizado. Cuando el probabilismo se admite de forma absoluta y general, se hace equivalente al escepticismo (v.) y relativismo (v.), como ocurre en los autores que se van a mencionar: en los platónicos de la segunda y tercera Academias, en otros escépticos o eclécticos posteriores, en algunos moralistas, y más modernamente en algunos científicos positivistas o neopositivistas, que quieren trasladar las teorías matemáticas de la probabilidad, útiles para el estudio y conocimiento de ciertos fenómenos físicos, a todo el conocimiento y comportamiento humanos.
2. Probabilismo gnoseológico y moral. Los filósofos platónicos de la segunda y tercera Academias (v. PLATONICOS) elaboraron una doctrina gnoseológica exclusivamente probabilista a partir del escepticismo de sus precursores. En la suspensión de todo juicio humano recomendada por Pirrón de Elide (365-275 a. C.), que considera que una adecuación del pensamiento con el ser es poco menos que inviable, se encuentran los primeros esbozos conocidos de la concepción probabilista del conocimiento. Arcesilao de Pitane (316-241 a. C.) y Carnéades de Cirene (214-129 a. C.) parten del mismo supuesto a que llegó el escepticismo pirrónico: la adecuación del pensamiento a la realidad -ideal de la sabiduría- es un intento poco menos que frustrado, ya que piensan que no nos son dados los medios idóneos para conseguirlo. Pero estos dos autores sustituyen la "abstención" del conocimiento (pirronismo) por una "aceptación" que éste hace de lo plausible (to eúlogon), término empleado por Arcesilao (Sexto Empírico, Adversus mathematicos, VII,158), o de lo probable (to pizanón), según expresión de Carnéades (ib. VII,176). La principal objeción hecha al escepticismo había sido la de que la suspensión escéptica del juicio implicaba la suspensión de la acción del hombre, en cuanto actividad voluntaria encaminada a la consecución del bien y de la perfección; si nunca se puede alcanzar la certeza en los juicios, el hágase de la voluntad quedaría secado en su raíz, ya que nunca podría saberse si el acto a realizar sería bueno o malo para el sujeto ejecutante; el ser humano quedaba dentro del escepticismo, condenado a una abulia total e insalvable. Haciéndose eco de esta dificultad, y reconociendo la necesidad del actual humano, Arcesilao y Carnéades intentaron resolverla, pero no lograron superar del todo el escepticismo (reconociendo y partiendo de las certezas y evidencias reales), sino que se quedaron en un probabilismo generalizado.
La postura de Arcesilao es un probabilismo embrionario; mantiene la tesis escéptica de que es imposible obtener certeza sobre la verdad o falsedad de nuestros juicios, pero reconoce la necesidad natural de actuar inserta en el hombre, y así llega a aceptar el que la acción humana se guíe no por lo cierto, sino por lo "razonable" o "plausible" (eúlogon). Para desencadenar la acción basta con que el juicio emitido como rector de la misma sea plausiblemente, razonablemente, verdadero; con ello la conducta humana, la actividad del hombre, ya no será ciega y puramente animal, derivándose su racionalidad de lo "razonablemente" verdadero que sea el juicio que sirve de norma para la acción. Sin embargo, como el eúlogon, lo razonablemente verdadero, no impide el error de un modo absoluto, ya que se basa en una mera probabilidad de verdad, la actividad humana debe restringirse lo más posible.
Con Carnéades, el probabilismo académico llega a su máxima sistematización. Se dio plena cuenta de los puntos débiles de la doctrina de Arcesilao; en primer lugar, el eúlogon es una noción poco desarrollada y muy confusa, dado que, dentro de lo "razonablemente" verdadero, caben diversos grados; en segundo lugar, la idea de Arcesilao de reducir al mínimo la actividad humana es algo absurda, ya que la acción continua es una exigencia de la propia vida del hombre. Queriendo resolver una y otra dificultad creó Carnéades su teoría de la probabilidad (pithanótes). Mantiene la tesis escéptica (y en ello está también su fundamental error) de que no podemos alcanzar certeza de la verdad o falsedad de un juicio, pero afirma que es posible llegar a establecer una mayor o menor probabilidad sobre una u otra. La probabilidad de verdad de un juicio admite una graduación en más o en menos, en cuyos extremos, como límites inasequibles, estarían la certeza de verdad y la certeza de error. En consecuencia, hay juicios que tienen más probabilidad de ser verdaderos que otros, y esta escala de probabilidad sería suficiente para cimentar una conducta racional; la conducta humana no se basaría así en certezas, sino en representaciones probables (pithanaí). Carnéades distingue entre tres tipos de representaciones probables, es decir, probablemente verdaderas: 1) la representación simplemente probable (fantasía pithané), que se presenta dotada de una probabilidad de verdad suficiente para servir de reguladora de aquellas acciones que no implican una gran trascendencia para el sujeto que las realiza; 2) la representación probable y no contradicha por otras (fantasía pithané caí aperíspastos), y que ha de servir de norma de acción en actos de mayor importancia; 3) la representación probable y examinada en todos sus elementos, es decir, analizada exhaustivamente y confirmada por otras representaciones (fantasía pithané caí diexodeuméne), que es la que debe guiar las acciones de gran repercusión en la vida humana. Pero, en cualquier caso, la certeza es algo inasequible; lo que se llama certeza no es más que una probabilidad máxima (cfr. Sexto Empírico, Adversus mathematicos, VII,176-189).
Este escepticismo de Arcesilao y Carnéades, un tanto mitigado, si se compara con el de Pirrón, alcanzó gran difusión con Clitómaco de Cartago (ca. 187-110) y tuvo repercusiones en el campo de la filosofía de la praxis: si ningún ser ni juicio poseen unos rasgos de evidencia por los que podamos proclamarlos como verdaderos de un modo absoluto, tampoco ninguna doctrina podrá ser mantenida como rigurosamente cierta, y; por tanto, sobre cualquier problema todas las opiniones de las escuelas serían indiferentes, y por indiferentes, aceptables. En esta línea estaría el eclecticismo (v.), en el que se recogen, sin crítica y valoración previas, sistemas y tendencias de índoles distintas. Representante conspicuo de esta línea de pensamiento es el romano Marco Tulio Cicerón (v.; 106-144). Una derivación del probabilismo se hallaría en el pensamiento de Sexto Empírico (s. II-III), que aboca a un fenomenismo, en el que se niega a la razón humana la posibilidad de moverse en otro terreno que no sea en el de los fenómenos sensibles (v. ESCEPTICISMO I). Tal escepticismo fue continuado en el pensamiento moderno por Charron (1541-1603), Montaigne (v.;1533-92) y el español Francisco Sánchez (v.; 1551-1623).
El probabilismo de los académicos (cfr. S. Agustín, Contra Académicos) se mueve en el ámbito de la teoría del conocimiento, y cabe distinguirlo de aquel otro, enraizado en el ámbito de lo práctico, según el cual en nuestra propia conducta obramos de acuerdo con lo más conveniente y adecuado, y del que se ocupa la Ética. El primer tipo de probabilismo, que podríamos llamar gnoseclógico, ha recibido diversas versiones en el seno de pensadores contemporáneos: plausibilismo (Meyerson), perspectivismo (Ortega), indeterminismo (v. 3-4), etc. Por lo que hace al segundo, el probabilismo moral, las posturas son sutilmente distintas. Así, Bartolomé Medina (v.; 1528-80) defiende la tesis de que entre dos opiniones moralmente probables puede optarse por cualquiera de ellas, aun cuando la rechazada ofreciese, en rigor, mayores visos de probabilidad. En el s. xvii, el llamado probabiliorismo (probabilior, más probable) se enfrenta a la postura del pensador español; entre varias opiniones probables en materia moral, hay que optar indefectiblemente por aquella cuya probabilidad sea mayor (v. MORAL III, 4).
3. Probabilidad en Física y Matemática. El tema de la probabilidad en la Física y Matemática empieza a estudiarse fundamentalmente en el s. XVI buscando una justificación de los métodos inductivos (v. INDUCCIÓN). Bacon de Verulamio (v.; 1561-1626) propuso una tabla de ausencias y de presencias de los hechos observados, respecto a la cual se podría pronosticar la frecuencia con la que debería aparecer un determinado fenómeno. Sin embargo, los empiristas ingleses (V. EMPIRISMO) no supieron sacar partido de ese esbozo de teoría de la probabilidad que se anunciaba en la lógica "inductiva" de su compatriota. Y así, David Hume (v.; 1711-76) le niega valor a la probabilidad, en la medida que ésta es de naturaleza subjetiva, se asienta en creencias u opiniones y se opone a la verdadera naturaleza del conocimiento humano que, según Hume, debe limitarse a la tarea de observar los hechos presentes. Para él no existe un fundamento objetivo por el que se pueda pronosticar que el sol saldrá mañana o que el curso de los ríos discurrirá en idéntico sentido a como hoy lo hace. Hume, preso* en su fenomenismo, no da valor científico a la probabilidad.
El estudio matemático-científico de la probabilidad surge en los círculos de la filosofía del continente, y así Pascal (v.) y Fermat (v.) (teoría del juego) en el s. XVII y Bernoulli (v.) a principios del XVIII, con su obra Ars Conjectandi (1713), le dan carta de naturaleza en el seno de las ciencias naturales. Sabido es como el primero de ellos llegó a aducir el cálculo de probabilidades para confirmar la existencia de Dios; su famoso argumento de la apuesta. Aunque la razón no pudiese discernir la existencia de Dios (entre Él y nosotros media un tremendo abismo), lo que sí puede hacer siempre es apostar: apostamos por la existencia de Dios; si ganamos, lo ganamos todo; si perdemos, no perdemos nada. Se trata de una apuesta en la que tenemos todas las probabilidades de ganar y ninguna de perder (Pensamientos, 233 ss.).
Leibniz (v.; 1646-1716) con su teoría de los posibles vino a dar, desde su ángulo racionalista, gran impulso al cálculo de probabilidades, después aprovechado y desarrollado en Matemáticas y Física. Distingue el filósofo alemán entre lo que llama verdades de razón -necesarias, a priori, indemostrables, etc-, y verdades de hecho -contingentes, a posteriori, necesitan ser demostradas, etc.-; sobre esta distinción, que es incompleta, intenta racionalizar y reducir las segundas a las primeras. Si conocemos adecuadamente los posibles y sus condiciones de componibilidad, podremos afirmar qué posibles llegan a la existencia y prever todo cuanto haya de acontecerles. Aplicando a los posibles el principio de contradicción -propio de las verdades de razón- y el de razón suficiente (de toda cosa hay una razón para que sea así) -propio de las verdades de hecho-, deducimos de ellos sus posibilidades composibles: Conocido un sujeto, por una combinación de posibilidades (el Ars Combinatoria de Raimundo Lulio parece un antecedente de esta teoría),podemos deducir los predicados que hayan de convenirle (p. ej., conocido el sujeto César, podría deducirse que habrá de vencer en las Galias y ser asesinado por Bruto). Aun cuando un conocimiento exhaustivo de todas las posibilidades no nos sea posible debido a la finitud de nuestro entendimiento, sí puede serlo para una Inteligencia Infinita. En el conocimiento de las posibilidades según Leibniz hay que tener en cuenta: a) Principio de utilidad; una combinación es tanto más probable cuanto más útil y eficaz sea. b) Cálculo de probabilidades; en el "mejor de los mundos posibles" (optimismo absoluto), la combinación más probable debe ser real. Como se ve, se trata de una concepción excesivamente racionalista de la probabilidad, que parece anular la libertad humana (V. OPTIMISMO; POSIBILIDAD).
Isaac Newton (v.; 1642-1727) combina el método de observación de la naturaleza con la cuantificación matemática y llega a un concepto de predicción más riguroso que el del empirismo y menos rígido que el de Leibniz: la necesidad física, al poder ser matematizada, se reduce a necesidad matemática y los pronósticos de ésta podrán anunciar cuál será el comportamiento de los fenómenos de la naturaleza. Generalmente se utiliza el cálculo de probabilidades en aquellos casos en los que por intervenir en la aparición de un determinado fenómeno un número excesivo de causas, o por complejidad de alguna de ellas, resulta extraordinariamente difícil un conocimiento exhaustivo de cada una por separado, y entonces mediante ese cálculo es factible determinar el grado de probabilidad de un acontecimiento o serie de acontecimientos. Este tipo de probabilidad referente a eventos puede llamarse ontológica, frente a la gnoseológica, que es más bien la correspondiente a los juicios de probabilidad.
Suele distinguirse entre probabilidad matemática y estadística. La primera sería aquella en la que siendo todos los casos posibles de idéntica naturaleza, en número finito y conocidos de antemano, podemos evaluar su grado de probabilidad en forma fraccionaria. El denominador indica el número de casos posibles; el numerador, el de casos favorables: p. ej., si en una caja hay seis bolas rojas y cuatro verdes, la probabilidad de que salga una verde es de 4/10. Cuando el grado de probabilidad resulta después de haber efectuado varias observaciones y abarca a todos los casos de una misma especie, tal probabilidad puede ser llamada estadística (p. ej., tablas de mortalidad empleadas por las compañías de seguros). Para el desarrollo matemático del cálculo de probabilidades, v. CÁLCULO VI; y para el desarrollo de los cálculos estadísticos, v. ESTADíSTICA. Para la probabilidad ontológica o metafísicamente considerada, v. POSIBILIDAD Y POTENCIA.
De la probabilidad matemática podríamos decir que es a priori, en la medida que por ella establecemos cálculos en función de consideraciones generales independientes de la experiencia de casos efectivamente dados (es la probabilidad típica de los juegos de azar). De la segunda más bien hay que afirmar que es a posteriori, pues ella resulta tras una deducción de los sucesos realmente ocurridos de acuerdo con las normas de la estadística (es la probabilidad utilizada por la Física moderna: principio de la irreversibilidad, de la indeterminación de las moléculas, sustitución del concepto clásico de causalidad por el de implicación de probabilidad, etc., v. 4; rige en ella la siguiente ley: la probabilidad es ilimitada para los conjuntos en desorden; pero limitada para los conjuntos ordenados).
El concepto de probabilidad estadística ha sido ampliamente tratado por Hans Reichenbach (v. NEOPOSITIVISTAS LÓGICOS). Parte éste de una concepción pragmática y empirista de la probabilidad (frente a B. Russell, para el que la inducción presupone "un principio extralógico, no basado en la experiencia"). Su concepción es empirista, en el sentido de que la inferencia inductiva, según él, no permite unos resultados que posean otra certeza que no sea la probabilística, ya que pensar lo contrario -dice- equivaldría a militar en las filas de los racionalistas, admitiendo con ellos una "armonía preestablecida" entre razón y naturaleza, la posibilidad de una síntesis a priori. Tras la observación de frecuencias ocurridas en el pasado, montamos una probabilidad desde el supuesto de que tales frecuencias serán aproximadamente válidas para el futuro. El pragmatismo de la tesis de Reichenbach radica en la aceptación de un enunciado -lo que llama supuesto- no por ser verdadero (tal cosa según él nunca se puede afirmar), sino por poseer mayor grado de frecuencia, es decir, de probabilidad. La inducción probabilística es una recomendación del mejor supuesto, no porque sea verdadero, sino porque posee una probabilidad mayor de cumplimiento que los restantes. Con estas tesis, Reichenbach se sale del campo de la Físico-Matemática y aboca a un escepticismo gnoseológico, análogo al de Carnéades (v. 2), en la medida que reduce el conocimiento a meras leyes de probabilidad que suministrarían unos supuestos que de antemano no sabemos si son verdaderos o falsos. Otra interpretación de la probabilidad sería la defendida por el también neopositivista Rudol f Carnap (v.). Para éste la probabilidad no debe reducirse a una predicción de frecuencias, sino que más bien ésta tiene por objeto pronosticar el grado lógico de confirmación de los acontecimientos. Para ello, la inferencia inductiva como elección de unos enunciados probabilísticos debe fundamentarse en la lógica. En rigor. Carnap lleva a cabo un rechazo del psicologismo (v.) en el campo de la lógica inductiva, como ya Frege y Husserl lo hicieron en el de la lógica deductiva.
Freichet y Weinberg han intentado sistematizar en sendos esquemas los distintos tipos de probabilidad. Según Freichet: a) Probabilidad referente a juegos; se trata de determinar la probabilidad de un acontecimiento futuro: es igual al número de los casos favorables partido por el de los casos posibles; entraría dentro del terreno de la probabilidad matemática. b) Probabilidad referente a problemas demográficos: es igual al número de los casos favorables partido por el total de las pruebas; es la típicamente estadística. c) Probabilidad lógica (la defendida por Carnap); se trata del grado de creencia en la ocurrencia de una serie de fenómenos: sobre los hechos dados, pronosticamos los posibles. Según Weinberg: a) Probabilidad como límite de frecuencias (estadística). b) Probabilidad en la que verdad y falsedad aparecen como casos límites de una serie continua de valores de probabilidad (de ella nos hemos ocupado al hablar de Reichenbach). Como la anterior, puede englobarse en la probabilidad estadística. c) Probabilidad como una rama de la lógica (Peirce, Wittgenstein, Carnap, Waissmann, etcétera). Si las dos probabilidades primeras corresponden a una interpretación pragmática, esta tercera se mueve en el ámbito de la semántica.
4. Probabilismo o indeterminismo físico-matemático. Uno de los más importantes impulsos de la Física reciente ha venido de considerar gran parte de las leyes físicas como leyes estadísticas, es decir, leyes que expresan valores relativos o medios que se distinguen por su constancia y estabilidad. En un principio la utilización de las leyes estadísticas (v. ESTADÍSTICA I) y del cálculo de probabilidades (v. CÁLCULO VI) se circunscribió al estudio de los fenómenos sociales y de los fenómenos de azar (p. ej., el número de nacimientos de varones o hembras, el número de veces que puede salir una cifra en una ruleta o en un bombo de lotería, etc.). Pero la mecánica cuántica (v. MECÁNICA IV) vino a aplicar en el orden microcósmico las leyes estadísticas, calculando, p. ej., las posiciones o las trayectorias de las partículas por probabilidades. El uso del cálculo de probabilidades se hace necesario por el indeterminismo infraatómico, indeterminismo que no quiere decir que la mecánica cuántica afirme que la realidad (las partículas, sus posiciones, sus movimientos, etc.) sea indeterminada en el sentido de que en ella reine el azar (aunque algunos erróneamente la hayan interpretado así), sino que es un indeterminismo en su conocimiento; es decir, que, dadas las posibilidades de observación y de medida, no se pueden precisar con exactitud todas las variables que intervienen en los fenómenos infraatómicos, influyendo en esas variables el mismo hecho de observarlas y de tratar de medirlas. Para los que interpretan este indeterminismo como si fuese un indeterminismo ontológico o real (y no simplemente gnoseológico), las leyes con las que se estudia el orden microcósmico quieren decir que los sucesos que prevén no han de producirse indefectiblemente sino que tienen una probabilidad enorme de producirse, que en la práctica equivale a la certeza; pero teóricamente sería posible la excepción.
Hay que añadir que algunos fenómenos físicos de mayores dimensiones, como los de la propagación del sonido, de la termodinámica, los estudiados por la teoría cinética de los gases, etc., que resultan de la interacción de innumerables partículas, obedecen realmente a leyes estadísticas. Esto, unido al hecho de que el mundo macroscópico está constituido por los microscópicos, ha llevado a algunos a la pretensión de generalizar para toda la naturaleza las leyes estadísticas. De tal forma que, según los indeterministas, ninguna ley de la naturaleza sería estrictamente causal, es decir, expresaría una relación cierta de causa a efecto (v. CAUSA; DETERMINISMO I), sino que expresarían siempre y únicamente la máxima probabilidad, sin excluir la posibilidad, mínima y en la práctica despreciable, del suceso contrario. Así, p, ej.: "Un cuerpo pesado, abandonado a sí mismo, cae. Esto sucede porque la gravedad atrae al cuerpo y los choques de las partículas del aire se neutralizan entre sí; pero no sería imposible en la concepción probabilista que sucediese de otra manera. Si, por una combinación en extremo improbable, los choques de las moléculas, en lugar de anularse, se encontrasen concordes en la misma dirección, supongamos en la opuesta al sentido de la caída durante un tiempo considerable, se observaría el fenómeno admirable de que un cuerpo grave, abandonado a sí mismo, en lugar de caer, se elevaría hacia lo alto, suspendido por los choques concordes de las moléculas del aire" (V. Marcozzi, o. c. en bibl. 30-31). En la concepción indeterminística probabilista algo análogo podría decirse para toda clase de fenómenos.
Pero hay que observar que muchas leyes biológicas no son estadísticas. "Las leyes que presiden la reproducción celular, el desarrollo ontogenético (del individuo), etcétera, ciertamente no lo son. En efecto, éstas operan en sentido opuesto al de las leyes probabilistas en cuanto éstas tienden al máximo desorden de las partículas (átomos, moléculas, etc.), hacia el caos, mientras que las de la vida tienden continuamente, al menos en parte, a sustraerse a tales leyes para constituir positivamente un orden estable de probabilidad mínima que no puede en modo alguno explicarse en virtud de las leyes estadísticas, precisamente porque está en oposición a éstas". Pero también en el mundo físico existen leyes absolutas y deterministas que no pueden reducirse a leyes puramente estadísticas. "Tal es como ha demostrado Planckel primer principio de la termodinámica, es decir, el principio de conservación de la energía (nada se crea y nada se destruye), el principio de máxima y de mínima, el principio de indeterminación de Heisemberg, que pone un límite mínimo a la imprecisión de las medidas". "Añádase que no es admisible un indeterminismo físico fundamental por parte de la verdad misma externa, o sea ontológica. Se puede concebir un indeterminismo físico universal incluso, en cuanto resulta de nuestra ignorancia de las fuerzas y leyes que actúan en la naturaleza, pero no se puede admitir una absoluta indeterminación de ellas. Ésta implicaría que la naturaleza se determina libremente o bien que permanece indeterminada. Pero si se determina libremente debe ser espiritual, porque únicamente pertenece a estos mismos seres espirituales la libre determinación. En efecto, la determinación libre presupone la elección entre dos o más objetos. Lo cual no puede hacerse sin la inteligencia, que es privativa de los seres espirituales. Si, por el contrario, se admite que la naturaleza permanece indeterminada, al producir efectos determinados, se admitiría la contradicción, es decir, que lo indeterminado es causa de lo determinado. En consecuencia, el indeterminismo ontológico no es admisible" (Marcozzi, o. c., 31-32, 35-36). Para todo esto, v. t. DETERMINISMO III. Creer que la aplicación de los métodos estadísticos a la física moderna supone la invalidez del principio de causalidad (v. CAUSA) es algo derivado no de los hechos sino de un prejuicio positivista, de una falsa intelección de los métodos y de la realidad del conocimiento científico (v. MÉTODO; CONOCIMIENTO I-II; MATERIA II, 1); intelección que no distingue bien entre los grados de ser (v.) o de realidad (v.), y que lleva fácilmente a la confusión entre ser, naturaleza y libertad, y entre las diversas clases de causas y de posibilidades (v.) y potencias (v.) de ser (v. lo dicho en 1).
V. t.: POSIBILIDAD; MORAL III, 4; CÁLCULO VI; ESTADíSTICA.
JORGE IDAS ; J. BARRIO GUTIÉRREZ , R. ALMAZÁN HERNÁNDEZ.
BIBL.: Sobre probabilidad y probabilismo en Gnoseología y Moral: 1. M. DE ALEJANDRO, Gnoseología de la certeza
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