Motivación
La idea de motivación. De entre todas las ramas del saber psicológico, la correspondiente a la psicología de la m. se presenta como la más reciente, aunque, no por ello, la menos cultivada por los estudiosos. Hasta tal punto es esto verdad, que el abanico de posibilidades que se le brindan al psicólogo estudioso del tema va desde la teoría de la decisión y modelos probabilísticos, pasando, entre otros, por los temas de las diferencias individuales, afectividad educativa, trastornos y control de conducta, etc., hasta llegar al problema del sentido y perspectiva del quehacer psicológico, tanto desde una perspectiva ético-social como estrictamente filosófica. En el caso del hombre (v.) se ha de tener en cuenta su peculiar estructura somático-espiritual, considerando la naturaleza de su voluntad (v.), para evitar el caer en un puro mecanicismo (v.).
Es el caso, sin embargo, que hoy por hoy existe tal divergencia doctrinal en este campo que no es posible dar una precisa definición del término utilizado y más de un autor ha defendido su abolición. Para dar alguna idea de la cantidad de sinónimos más o menos semánticamente cercanos al concepto de m. en psicología, diremos que los psicólogos han expresado ideas de m. refiriéndose a emoción, deseo, urgencia, necesidad, demanda, actitud, instinto, interés, aspiración, incentivo, fin, etcétera. Se plantea, además, la necesidad de distinguir entre las m. de la conducta humana y’ las de la conducta animal, no infiriendo sin más los resultados de la investigación experimental en este terreno al hombre, cosa que no siempre se cuida.
Todo lo anterior no significa, desde luego, que el mundo motivacional se nos presente totalmente confuso. En efecto, hablar de la m. que ha llevado a una persona a conducirse de determinada manera significa, en principio- y en esto están de acuerdo todos los psicólogos-, hacer referencia a algo que trasciende a la pura observación de la conducta misma. Esto es, que las m. no se ven, no son directamente registrables. Por el contrario, representan una inferencia sobre la conducta observada, una explicación de esa conducta que va siempre más allá de la pura observación y descripción de los fenómenos observables. Más aún, como criterios operativos definitorios se asume que hay conducta motivada cuando se observa un cambio -en más o en menos- en alguno o todos de los siguientes aspectos: energización o facilitación de las respuestas que da un organismo vivo, eficiencia y vigor de la conducta, direccionalidad de la conducta, poder reforzante de un estímulo y debilitamiento de la conducta (v.).
Común a todas las notas existe, además, la idea de homeostasis y de su indiscutible y problemático valor funcional en el campo de estudio de la motivación. Homeostasis se llama a la postulación de un equilibrio biológico y psíquico. El ser vivo, en general, y el humano, en particular, viven gracias a la existencia de un equilibrio funcional entre las partes constitutivas, así como entre las exigencias de los componentes unos con respecto de otros y de ellos con relación a su medio vital externo. El valor indiscutible de este concepto reside en que puede explicar la conducta m. apelando a la pérdida del equilibrio y a los esfuerzos subsiguientes del organismo para restablecerlo. El problema, no del todo aclarado desde luego, estriba en que una teoría homeostática es circular, cerrada sobre sí misma y difícilmente puede explicar la aparición de conductas nuevas, como ocurre con frecuencia en el hombre. Como puede verse en el cuadro de la siguiente columna, el organismo vivo lo es en un estado de equilibrio -homeostasis-; al producirse una carencia, el organismo se conduce para subsanar el déficit, lo cual le lleva a una restauración del equilibrio y el circuito se cierra.
Un modo de actuar contra esta circularidad es la postulación de la existencia de un refuerzo secundario -estímulos (v.) que se han presentado junto a aquellos que satisfacen esta necesidad básica y que adquieren, por ello, el poder de provocar estados carenciales-. En definitiva, así se trata de posibilitar el control de la conducta de un organismo desde el exterior, para crear nuevas necesidades que antes no existían, tal y como ocurre en los campos de m. publicitaria y en los estudiosde campo sobre la m. del consumidor. Sin embargo, este enfoque deja fuera de consideración importantes aspectos de la conducta humana, en la que interviene de forma decisiva la libertad (v.) y deja sin explicar todos los resultados obtenidos en los experimentos llevados a cabo con estimulación eléctrica de ciertas partes del cerebro, p. ej., los que se refieren a la región septal en las ratas, que se ha presentado como especialmente sensible a la hora de lograr tipos de conducta no plenamente adaptativos.
Motivación antecedente y motivación finalística. Si bien los mencionados índices de comportamiento pueden tomarse como criterios descriptivos de la conducta motivada, tan sólo tangencialmente tocan el campo explicativo que se encuentra dividido en dos grandes bloques: en una parte, se encuentran los teóricos eficientistas -el porqué de la conducta- y que apelan a un principio motor de la conducta que sea anterior a la propia realización; en el otro bando, se sitúan los que defienden una causalidad finalista o teleológica, entendiendo que el hombre actúa para lograr fines y metas.
Dentro del primer campo existen y han existido representantes tan genuinos como Freud y la escuela de Skinner. Para S. Freud (v.) la conducta se realiza para restablecer un equilibrio, ciertamente, pero el motor de la conducta hay que buscarlo en una experiencia anterior; es precisamente esta apelación a una serie de vivencias de la vida pasada, según Freud, la que explica y confiere sentido a la conducta actual; existiría fundamentalmente un "por qué" anterior y determinista del modo y manera del actuar humano. Skinner, por su parte, desde una perspectiva diametralmente opuesta, afirma, con todo, que la conducta de todo ser vivo está controlada por las consecuencias -aversivas o gratificantes- que hayan seguido a una conducta igual o similar que se ha presentado en una ocasión anterior.
En el lado teleológico se inscriben aquellos otros autores de orientación primordialmente cognitiva -Kelly, Festinger, Lewin y Tolman, por citar algún ejemplo-, cuyo supuesto básico reside en la definición del organismo vivo y de su conducta como primordialmente direccional, orientada al logro de fines y metas inscritas en un futuro y que, por lo mismo, no existen en el presente. Es precisamente esta futurabilidad la que "tira" del organismo vivo desde un lugar que no ha existido hasta el momento. En esta orientación prevalecen las notas de actividad autoapropiativa de la realidad exterior como características definitorias del sujeto psicológico.
Una perspectiva complementaria. La suma de orientaciones que hemos hecho anteriormente puede comprenderse, asimismo, desde otra perspectiva que, tan sólo en cierto sentido, es paralela y ha sido sugerida en el último párrafo. Resulta sorprendente la generalidad -con muy escasas excepciones- que se observa en los estudiosos de la m., cuando se hace referencia a las ideas que del sujeto psicológico subyacen en sus concepciones con relación a la dimensión de determinantes interno-determinantes externos.
Por una parte, los teóricos emparentados y comprometidos con el mundo clínico apelan a una variedad de determinantes internos, a aspectos que controlan la conducta "desde dentro" mismo del sujeto. Dentro de este polo tan general se inscriben tanto los distintos biologismos, más o menos disfrazados, como las aportaciones de la clínica y los cognitivismos. No decimos, téngase bien presente, que los científicos situados en este lado, desprecien, por inoperante, al mundo exterior. Todos ellos admiten una influencia indudable de la estimulación exterior sobre el organismo que se conduce. Sin embargo, el mayor peso explicativo descansa en la actividad "espontánea" de este organismo, en su dotación biogenética y sociogenética.
Por otra parte, una gran mayoría de los teóricos de la psicología del aprendizaje (v.) acentúan fundamentalmente la importancia del ambiente que rodea a cada organismo a la hora de explicar la motivación. La m. recae, en este caso, en una concepción casi fisicalista en el sentido siguiente. Si son los estímulos exteriores los que mueven a actuar al organismo, el estudio científico de la m. debe situarse en el análisis sistemático y dimensional de ese ambiente, de los estímulos relevantes y específicos -específicos para cada especie animal- que mueven a actuar y que controlan el modo de conducta que presenta el organismo. A la par que ocurría en el caso anterior, no se eliminan los condicionantes internos. Lo que ocurre en este caso es que se trata de estudiar individualmente estos determinantes funcionales dependientes del ambiente que rodea al sujeto psicológico.
Es evidente que las dos posturas poseen parte de razón y que en ambas los resultados conseguidos están condicionados por la propia metodología de investigación utilizada. En último término, parece ser la última alternativa, a que hemos hecho referencia, la que permite menos sesgos incontrolados al nivel de la ciencia psicológica actual.
La motivación como un proceso psicológico básico. Entendiendo la m. tal y como hemos hecho nosotros resulta, indudablemente, un proceso básico que encuentra una serie de relaciones y aplicaciones en casi todos los campos psicológicos. A este respecto, cabe señalar la dificultad que se presenta, cuando queremos distinguir entre m. e instinto (v.) a un nivel de análisis funcional de conducta. En todo caso habría que considerar la mayor labilidad de las conductas motivadas por lo que se refiere a su consumación; la conducta motivada es mucho más plástica y manipulable que la conducta instintiva.
Esta plasticidad es lo que asemeja la m. al aprendizaje (v.). En este sentido hay que señalar que los teóricos del aprendizaje fueron los primeros en intentar un análisis sistemático de la conducta. De entre todos hay que señalar a C. L. Hull como un representante de excepción. Para este autor, la conducta observable se encuentra directamente relacionada con el concepto teórico de potencial excitatorio. Éste, a su vez, es el producto de un factor de aprendizaje (hábito, H) y un factor emocional (nivel impulsivo, D) que es la motivación. La relación teórica que se espera, por otra parte, entre m. y aprendizaje es curvilinear en forma de U invertida. Existiría un nivel motivacional óptimo que Tendría una intensidad intermedia. Hasta llegar a este punto teórico, la relación entre m. y aprendizaje sería positiva -a mayor m., mayor aprendizaje efectivo-. Sin embargo, a partir de este punto la relación se invertiría, de modo que si se incrementa la m., se disminuye el rendimiento efectivo.
Esta hipótesis general, conocida en el mundo psicológico como la Ley de Yerkes-Dodson, no ha encontrado más que una verificación parcial puesto que, de hecho, se han encontrado en los últimos tiempos relaciones sistemáticas en forma de S entre los procesos a los que nos estamos refiriendo. Probablemente los resultados negativos pudieran explicarse apelando a la existencia de las diferencias individuales en cuanto a m. se refiere, así como al hecho de que la m. no fuera un factor homogéneo sino que estuviera compuesto por una cierta heterogeneidad de características, cuyas relaciones entre sí fuesen complejas y hasta opuestas. Esto nos lleva al tema de las relaciones entre m. y personalidad (v.).
Resulta relativamente fácil -al menos a un nivel de análisis lógico- el distinguir los términos de aprendizaje y m.: el primero refleja o bien un proceso automático como en el caso de ciertos procesos de condicionamien-, to (v.) -pautas elementales de conducta- o bien un proceso cognitivo. El segundo, por su parte, lleva aparejado siempre un componente energético-emocional. Sin embargo, la relación entre motivación y personalidad se presenta más problemática. Ambos aspectos tratan de la parte emocional del ser humano; y bajo este punto de vista resultan indistinguibles. El problema se hace más grave por cuanto que el concepto de impulso, impulsividad o, como se viene llamando por algunos autores modernos, activación -que fue tradicionalmente asimilado a m.- ha sido reinterpretado y parcialmente operacionalizado como extraversión, neuroticismo y rigidez, todos los cuales hacen referencia al mundo de la psicología de la personalidad y, dentro de él, las llamadas "dimensiones básicas".
Una doble línea de ataque existe para resolver este problema. La primera hace referencia al mismo grado de "basicidad", y en este sentido, hay que decir que aquellos factores de personalidad, a los que nos acabamos de referir, no pueden ser directamente cambiados, manipulados en un experimento; mientras que lo que se viene llamando m. sí lo puede ser. La m. se presentaría desde aquí, como algo dependiente de la situación de prueba y manejable "desde fuera" del sujeto a la vez que las estructuras de personalidad representarían un aspecto psicológico más enraizado dentro del sujeto y, en todo caso, ya estructurado en función de su propia historia personal.
La segunda concepción es mucho más dinámica (v. PERSONALIDAD). En este caso la personalidad representaría aquellos hábitos de reactividad emocional muy consolidados en el sujeto, "sobreaprendidos" y difíciles de cambiar. El mundo motivacional, por otra parte, estaría representado por aquellos hábitos emocionales reactivos no perfectamente consolidados, cuya variación resulta relativamente fácil. El paso de la m. a la personalidad, y a la inversa, sería una cuestión gradual, dinámica y susceptible de estudios experimentales controlados.
V. t.: CONDUCTA; VOLUNTAD; FIN; DIDÁCTICA; PERSONALIDAD; PERSONA.
V. PELECHANO BARBERÁ.
BIBL.: A. GEMELLI y G. ZUNINI, Introducción a la Psicología, 3 ed. Barcelona 1958; R. BRENAN, Psicología general, 2 ed. Madrid 1961; C. W. ALLPORT, La personalidad: su configuración y desarrollo, Barcelona 1968; A. SCHNEIDERS, Psicología de la adolescencia, Barcelona 1967; J. NUTTIN, Psicoanálisis y concepción espiritualista del hombre, Madrid 1961; J. L. ATKINSON, An Introducción to Motivation, Nueva York 1964; C. N. COFER y M. H. APLLEY, Motivation: Theory and Research, Nueva York 1964; G. A. KIMBLE, Hilgard y Marquis. Condicionamiento y aprendizaje, México 1969; M. H. MARX (ed.), Learning: Interactions, Nueva York 1970; A. W. STAATs, Learning, language and cognition, Nueva York 1968; V. GARCIA Hoz (dir.), Diccionario de Pedagogía, voces Motivación del aprendizaje y Motivo, t. 11, 2 ed. Barcelona 1970, 641-643.
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