Alma
Una de las materias sobre que se suscitan ahora más objeciones anticatólicas es la que versa acerca del alma en general. Todas estas objeciones serán resueltas en dos artículos que tratan, el primero del alma humana, y el segundo del alma de los brutos.
El alma humana
El alma humana es necesariamente o un ser realmente existente, un hecho, o un concepto puramente ideal, una simple palabra. Si el alma humana es un ser realmente existente, habrá de ser o [75] substancia, como lo es por ejemplo una piedra, o accidente de una substancia, como la forma o figura rectangular, cúbica o redonda de la misma piedra. Si es substancia, habrá de ser o substancia corpórea, es decir, extensa, o incorpórea y simple. Si el alma humana es incorpórea o simple, habrá de ser espiritual, y tener subsistencia propia, no dependiente de un cuerpo ni del conjunto que forma con el mismo cuerpo; será o no espiritual si no subsiste según su propia naturaleza, si recibe la subsistencia del cuerpo o del compuesto que forma juntamente con el cuerpo. Ahora investigaremos si el alma humana es una realidad, si es substancia, si es simple y si es espiritual.
1° Algunos de estos problemas que acabo de enunciar son verdaderamente difíciles, y para resolverlos es preciso, a juicio de Santo Tomás, mucho estudio y penetración Requiritur diligens et subtilis inquisitio (Sum, Theol. p. 1. q. 87. a 1.)
Fácil será probar, sin embargo, si hemos de creer al gran Doctor, que el alma humana es una realidad, y no una simple palabra, o un concepto puramente ideal. Basta, en efecto, un sencillo raciocinio para convencernos de esta verdad. Se entiende aquí por alma humana, el principio, sea cual fuere, del conocimiento, y principalmente del pensamiento humano, que consiste en el acto de concebir o aprehender algún objeto inmaterial, algo que no esté sometido a las leyes y condiciones de la extensión, a diferencia de la sensación o percepción sensible, que no alcanza sino a los objetos concretos dotados de las propiedades comunes a los cuerpos que existen en el espacio. Determinado de esta suerte el sentido de estas dos palabras "alma humana y pensamiento" bien puedo afirmar desde luego, que el pensamiento es un fenómeno, un hecho real.
Cuando pensamos en el alma humana o en la célula nerviosa, en la elocuencia o en la poesía, el acto de pensar en estas diversas cosas es tan real como el que ejecutamos al mover un pie o levantar el brazo; estas ideas de nuestra mente tienen tanta realidad como los tallos de hierba que germinan en la tierra; surgen y brillan en [76] nuestra alma, con la misma realidad con que alumbra y brilla la luz del sol.
El pensamiento es, pues, un fenómeno, un hecho real; pero todo fenómeno, todo hecho real, supone una causa real. Luego el principio del pensamiento en el hombre, o sea el alma humana, es evidentemente un ser real.
2° ¿Es el alma una substancia? Para explicar el concepto de substancia, obscuro de suyo, nos serviremos de la definición de la misma substancia, y añadiremos un ejemplo.
Llámase substancia al ser u objeto real de tal naturaleza o esencia que puede mantenerse y permanecer sin necesidad de otro ser que le sirva de sujeto, y que es a su vez sujeto de indefinida multitud de modificaciones o mutaciones accidentales.
He aquí el ejemplo: Ved una moneda de oro. El oro de la moneda, es indudablemente, según la anterior definición, una substancia; porque se mantiene y permanece independiente de todo otro ser que le sirva de sujeto; mas en la misma moneda, cuya forma es redonda, como son ordinariamente las monedas, veo una corona y una efigie. Ahora bien: ¿serán también substancias la forma redonda de la moneda, los rasgos y el dibujo de la corona ? ¿Subsisten por sí la forma geométrica, los rasgos de la efigie, y la corona? Por ventura, ¿no es preciso que la forma geométrica, el dibujo, los rasgos de la efigie existan en alguna materia que les sirva de sujeto, la cual es el oro en el ejemplo propuesto, pudiendo ser en otro caso la madera, el lienzo o el mármol?
No cabe duda: aunque a estas cualidades se las suponga, como quiere Locke, agrupadas o reunidas, no podrían subsistir sin un sujeto, pues es imposible que ceros de subsistencia, aun sumados todos, compongan una substancia real o verdadera, como es imposible que una larga cadena de hierro se mantenga en el aire sin sujeción alguna, no pudiendo mantenerse un sólo eslabón. El oro es, pues, una substancia, pero la forma y los dibujos de la moneda no lo son. Hay dos grandes categorías de seres en el mundo: los seres nobles, fuertes, subsistentes en sí mismos, firmes, consistentes, estables por naturaleza, los [77] cuales son las substancias. Y además otros seres débiles que no pueden subsistir por sí solos, que necesitan un sujeto, realidades disminuidas, dependientes, fugaces, mudables. Estos seres son los accidentes.
Una palabra más para completar la teoría.
Las substancias, siguiendo la profunda observación de Aristóteles, no sólo son las realidades más nobles, sino además a ellas les pertenece el ser en el sentido absoluto y riguroso. En efecto, el accidente no hace propiamente hablando que una naturaleza exista; como indica su nombre, es algo que se añade a la naturaleza ya constituida y formada: accidit. La forma de moneda no hará que el oro exista rigurosamente hablando, sino sólo que exista de una manera determinada: esta forma no da al oro su ser primitivo, sino un ser secundario, un simple modo de ser. Lo mismo debe decirse del movimiento, de la temperatura, de la posición, del color de los cuerpos. La substancia es lo que subsiste por sí y para sí, el verdadero ser, to o5n; el accidente es lo que es en otra y para otra cosa o5ntos o5n. Y ahora bien: ¿en qué categoría colocaremos al alma humana, de la que sólo sabemos hasta ahora que es aquella realidad íntima de donde procede el pensamiento?
¿Es substancia? ¿Es accidente?
Fácil es contestar a esta pregunta. Todos concedéis que el hombre por su naturaleza, es un ser que piensa. Sin duda no admitiréis la opinión de Descartes, que afirma que toda la naturaleza del hombre consiste en pensar. Y no diréis como este filósofo "Yo no soy, precisamente hablando -este precisamente hablando, es admirable- más que una cosa que piensa; es decir, un alma, un entendimiento, o una razón. (Med. 2). No, pero aunque estéis convencidos de ser algo más que un espíritu o un pensamiento, de ningún modo dudaréis por un instante que la propiedad de ser un sujeto que piensa sigue a la naturaleza del hombre.
Si la facultad de pensar pertenece a la naturaleza humana, síguese claramente que el principio del pensamiento, lo que hemos llamado alma, es uno de los elementos constitutivos de su [78] naturaleza, que forma parte integrante de la esencia humana.
El alma, o sea el principio del pensamiento del hombre, forma parte integrante de su naturaleza. Así, pues, la naturaleza hombre, subsistiendo por sí misma, sin necesidad de otro ser, permaneciendo firme y estable en medio del proceloso mar de los sucesos que se suceden, es una substancia como el oro y la piedra. Luego el alma humana es una substancia.
¿Es substancia completa o incompleta, aislada o unida a otra? No tardaré en decirlo, pero no todavía; porque la cuestión que hay que resolver ahora, es solamente saber si el alma humana pertenece al orden de la substancia o al de los accidentes. A lo cual puede contestarse. El alma humana, formando parte esencial de un ser substancial, es evidente que pertenece al orden de las substancias.
3° Tenemos pues: 1° Que el alma humana es una realidad: 2° Que es una realidad substancial. Ahora bien: una substancia puede ser material o inmaterial. ¿Cuál de estos calificativos conviene a nuestra alma?
Damos el nombre de materia, a la realidad cuyas propiedades distintivas son: extensión, impenetrabilidad, movilidad. Otros la han definido diciendo que es una realidad extensa, resistente y movible. Esta definición declara suficientemente mi opinión respecto a la materia, y explica el sentido en que pregunto, si el alma es o no material.
Podría demostrar seguramente que el alma es simple, valiéndome de las razones que sirven para probar su espiritualidad; porque si se demuestra que es espiritual, es decir, tan perfectamente distinta y tan poco dependiente del cuerpo que le comunica la existencia, lejos de recibirla de él, con mayor razón quedará probado que es simple. Pero prefiero demostrar su simplicidad por medio de pruebas que le sean propias. Este procedimiento es desde luego mejor método, porque dará exactitud y realce a nuestra doctrina, haciendo resaltar la diferencia de las dos tesis, de la simplicidad y espiritualidad del alma, por la diversidad misma de argumentos que se emplean para probar una y otra. [79]
El alma humana es simple, porque en la sensación percibe los objetos materiales con una percepción total y una.
Es un hecho, que percibimos con el auxilio de nuestros sentidos y con una percepción total y única, los seres materiales, libros, mesas, ventanas, &c. Ahora bien; la percepción, no puede tener por sujeto o por causa a un ser compuesto de partes; porque si así fuera, o cada una de estas partes conocería al objeto todo entero y habría muchos conocimientos del mismo objeto, lo que es contrario a la experiencia, o bien cada parte adquiriría un conocimiento parcial, y no alcanzando cada una más que la porción de conocimiento que le correspondiera, ninguna de ellas alcanzaría el conocimiento total; lo cual es igualmente contrario a la experiencia, que nos dice que nuestros conocimientos son totales. Luego quien percibe en nosotros es uno e indiviso. Mas diréis acaso que esto no basta para probar que este sujeto que percibe sea indiviso hasta ser indivisible, y uno hasta ser simple. Es evidente que si los millares de papilas nerviosas que cubren la superficie palmaria de mis dedos estuviesen aisladas y no reunidas en un sólo principio de acción, no alcanzaría, como ahora alcanzo, una percepción total y única de la superficie sobre la cual apoyo mi mano en este momento. Pero, ¿porqué ha de admitirse que en mis dedos hay un principio simple e indivisible? Es preciso admitirlo, porque sin un principio simple e indivisible jamás explicaríais cómo por el tacto, sin el auxilio de ningún otro sentido, estando compuesto de partes, puedan ellas ser el sujeto realmente uno e indiviso que supone una sensación total y única.
¿Qué pensáis del siguiente principio de Santo Tomás: "Todo ser compuesto de partes, no es, ni permanece uno, si no posee por su naturaleza, además del principio que le hace múltiple, algún principio íntimo especial que le haga uno?" ¿No es evidente que siendo opuestos el ser uno y el ser múltiple no pueden ser explicados ni mucho menos producidos, sino por un doble principio, por un principio de [80] pluralidad y de unidad, principios ambos íntimos al ser, como le es íntima su doble propiedad de ser uno y múltiple. Y hablando de un modo menos abstracto, ¿se comprende que un cuerpo, una realidad extensa pueda ser, propiamente hablando, una sola substancia, una sola naturaleza de una existencia única, un solo foco de acción, si uno de estos principios constituyentes perfectamente uno e idéntico no penetra todas sus partes, reduciéndolas todas a la unidad de una sola naturaleza y haciendo de todas un solo sujeto de existencia, y por consiguiente un solo origen de actividad? En una palabra, ¿puede concebirse que lo que es múltiple por sí, posea la unidad de ser y la unidad de obrar, sin tener además un principio especial, generador especial de esta doble unidad?
Es seguro que después que hayáis reflexionado detenidamente no podréis menos de afirmar que tal cosa no puede concebirse, y diréis con Santo Tomás: "Omne divisibile indiget aliquo continente et uniente partes ejus." (Cont. Gent. lib. II, cap. 65, núm. 3).
Por esto mismo, afirmaréis también -ya que estas dos proposiciones se siguen claramente una a otra- que en el sujeto que es susceptible de sensación, existe un principio que le penetra en todas sus partes, y del cual recibe la unidad para ser y para obrar.
Ahora bien: el principio que da unidad a esta corta porción de materia organizada donde se produce la sensación, ¿está compuesto de partes, siendo múltiple por su naturaleza, o por el contrario, es simple e indivisible? No dudaréis al contestar, si tenéis en cuenta cuál es su oficio: hacer del cuerpo organizado una substancia una; un principio de acción único, en cuya virtud millones de millones de moléculas llegan a formar no un grupo de seres, sino un solo ser, porque la unidad de la percepción sensible exige absolutamente la unidad en el ser que percibe. ¿Podría este principio producir tan íntima y substancial unificación, obrando sólo exteriormente sobre las moléculas, ya para imprimirles un movimiento especial, ya para disponerlas según algún fin particular? De ningún modo; porque no por estar así dispuestas o [81] agitadas las moléculas dejarían de permanecer en estado de fragmentos del ser, y de esta suerte no podría nunca explicarse en manera alguna la sensación "total y una."
Para dar unidad a las moléculas, es preciso que aquel principio las penetre a todas a y cada una, comunicándose y dándose a todas ellas, haciendo que todas estén penetradas por él, que esté simultáneamente en todas, y que cada una, o más bien todas y cada una sean una sola cosa en él y por él, de suerte que no veamos más que un solo acto, una sola naturaleza y una sola existencia.
Decid ahora si cualquier cuerpo puede obrar de esta manera, si puede penetrar a otro del modo íntimo que acabamos de decir, y estar a la vez todo entero en este cuerpo y todo entero en cada una de sus partes. (Sum. cont. gent., lib. II, cap, 65, núm. 2).
Ya veis, pues, que la unidad de nuestras sensaciones o percepciones sensibles, prueba invenciblemente que en nuestro cuerpo hay un principio inmaterial, un alma indivisible y simple.
No se me oculta que para conocer toda la fuerza de este argumento se necesita un entendimiento ejercitado en la filosofía. Por lo cual, para satisfacer a los menos familiarizados con los razonamientos metafísicos, aduciré aquí una segunda prueba de la simplicidad del alma humana, prueba que tendrá sobre la primera la ventaja de ser no sólo demostrativa, sino fácil y nueva; y digo nueva porque está basada en uno de los descubrimientos más curiosos de la ciencia moderna.
Veamos primero los hechos. Imaginémonos hallarnos en el Museo de Historia Natural de París, oyendo a M. Flourens que dice lo siguiente:
"Cuando estudio el desarrollo de un hueso, veo que sucesivamente todas las partes y todas las moléculas de este hueso son eliminadas, y sucesivamente todas ellas reabsorbidas, sin quedar ninguna de ellas: todas desaparecen, todas se mudan, y el mecanismo secreto, el mecanismo íntimo de la formación de los huesos es la mutación continua." (De la Vie et de l’Intelligence, 2ªe ed., p. 16). Lo que este ilustrado sabio francés asegura está basado en [82] experiencias que no dejan lugar a duda. "He rodeado el hueso de un pichón -dice- con un alambre de platino. Poco a poco el anillo se ha cubierto de capas de hueso, sucesivamente formadas y no tardó mucho tiempo el anillo en desaparecer del exterior, introduciéndose en medio del hueso; y por último, llegó a encontrarse en la parte interior del hueso, en el canal medular. ¿Cómo se hizo esto? ¿Cómo el anillo que al principio rodeaba al hueso llegó a ser cubierto por él? ¿Cómo el anillo que al principio de la experiencia estaba en la superficie del hueso, al fin de ella llegó a estar en la parte interior de él? Porque mientras que por una parte por la superficie adquiría el hueso capas nuevas que cubrían el anillo, por otra el lado interno perdía las antiguas capas, las cuales habían sido reabsorbidas. En una palabra: todo lo que era antes hueso, todo lo que rodeaba el anillo cuando lo coloqué, ha sido absorbido, y todo lo que es ahora hueso, todo lo que cubre actualmente al anillo se ha formado después: toda la materia del hueso ha cambiado pues durante mi experiencia (página 20)." M. Flourens, que ha repetido estas experiencias muchas veces y de varias maneras, siempre con el mismo evidente resultado, concluye su relación con estas graves palabras: "Toda materia, todo organismo material, parece y desaparece, se hace y se deshace; una sola cosa queda, es decir, aquella que es la que hace y deshace, la que produce y destruye, o de otro modo la fuerza que vive en medio de la materia, y la gobierna (p. 21)."
"Todo el organismo material y todo ser, parece y desaparece."
Sin trabajo creemos, después de lo que acaba de ser tan claramente demostrado, que en el cuerpo del animal las partes más sólidas, y por lo tanto más resistentes, se descomponen y son arrastradas como las otras por la ola de la vida.
Mas notad que lo mismo que M. Flourens nos ha dicho acerca de esta perpetua mudanza que se verifica en el cuerpo de los animales, él mismo y los demás sabios lo afirman y demuestran también respecto al cuerpo del hombre, "Un animal, un hombre, dice [83] Draper (Les conflits de la science et de la religion, p. 91), es una realidad una forma a través de la cual pasa incesantemente una corriente de materia. Recibe de ella la que necesita, y rechaza lo superfluo; en lo cual se asemeja a un río, a una catarata, a una llama: las partículas que hace un instante componían su cuerpo, ya están dispersas, y sólo puede vivir recibiendo otras nuevas." (V. además Cl. Bernard, La Science experiment., segunda edición, p.184, sq.)
Esto mismo afirma Moleschott, y añade: "Este cambio de materia, que es el misterio de la vida animal, se opera con notable rapidez... La conformidad en los resultados obtenidos en virtud de repetidas experiencias, es una garantía positiva de la hipótesis, según la cual se necesitan treinta días para dar al cuerpo entero una nueva composición. Los siete años que la creencia vulgar suponía necesarios para esto, son, pues, una exageración inadmisible." (Circulation de la vie, t. I, p. 15).
Sea cual fuere el tiempo que se necesite para la renovación del cuerpo, es lo cierto que se verifica por completo en un período de tiempo relativamente muy corto.
Esto está comprobado y científicamente demostrado, y así lo confiesan los sabios: todo lo que en nosotros es materia, pasa, se deshace y se muda. En todo hombre adulto se ha cambiado la materia de que consta su cuerpo, no sólo algunas sino muchas veces, de manera que ya no le queda nada, ni aun una sola molécula de la primera materia del cuerpo.
¿Pero existe algo en nosotros que no pasa y que no se muda? Cuando con el auxilio de la reflexión y de nuestros recuerdos remontamos el curso de los acontecimientos personales; cuando seguimos aquella serie de hechos tan diversos que forman como la trama de la existencia pasada, los estados interiores que se han sucedido en nosotros, no menos variados que las circunstancias exteriores: no obstante todas estas mudanzas que han pasado a nuestro alrededor y en nosotros mismos, la conciencia nos dice que ha permanecido en nosotros un elemento, una realidad inmutable e idéntica, que [84] hallaréis dentro de vosotros mismos; una cosa que ha sido el sujeto y testigo de todos esos acontecimientos íntimos, que nos prueba y afirma esto mismo en este instante. ¿Por ventura, no sabéis deciros a vosotros mismos: fui desgraciado, mas ahora soy feliz; fui enemigo del trabajo, ahora soy laborioso; fui indiferente a la ciencia, ahora estoy deseoso de instruirme; fui niño, ahora soy hombre?
Nuestra conciencia nos muestra y nos hace ver ese algo permanente y estable que sin cesar nos repite en todo tiempo estas dos palabras de tan profundo sentido: fui y soy. Nuestra conciencia afirma que el yo substancialmente ha sido y ha permanecido siempre idéntico durante toda nuestra existencia.
Así, pues, si por otra parte asegura la ciencia con igual certeza que de toda la materia del cuerpo cuando fue criado, y durante el primer período de su vida no queda ni un solo átomo, ¿qué consecuencia se deduce de aquí, sino que el ser que se llama a sí mismo yo, este ser que se acuerda de lo pasado y que compara su estado presente con sus estados anteriores, el alma, en fin, no es materia ni participa de la naturaleza de la materia, ni está sometida a sus leyes?
Luego el alma no es materia; luego el alma no es el cerebro, ni ninguna otra parte del cuerpo.
Pero no ha faltado quien replique, que el alma es el tipo y la forma del cuerpo. La forma del cuerpo humano es siempre la misma y no se muda: luego puede sostenerse que el alma es algo material y que permanece sin embargo siempre idéntica. Me abstengo de calificar como se merece esta objeción que algunos hacen con toda sinceridad. Mas séame permitido observar que su inventor la formuló seguramente en un momento de distracción, y que es preciso estar en un estado mental semejante para repetirla.
Pocas palabras bastan para poner de manifiesto este miserable sofisma. El tipo del cuerpo humano permanece él mismo -según dicen- no numéricamente sino específicamente.
De dos personas puede decirse que llevan la misma vestidura, mas no numérica [85] sino sólo específicamente. Es el mismo vestido el que ambas usan, porque los dos trajes son de tela semejante y de forma también semejante; pero en realidad son dos trajes, y aun de dos telas y de dos cortes. Así, cuando se nos muda la materia de nuestro cuerpo, es como si nos mudáramos de vestidura, con lo cual esta misma vestidura, la tela y la forma de ella, es decir, el tipo, viene en realidad a multiplicarse.
-Mas la materia de nuestro cuerpo no se cambia de una sola vez, de la misma manera que nos mudamos de traje.
Esta réplica me obliga a ampliar mi comparación, aunque nada ganemos en ello.
Conocí a un avaro que por no comprarse ropa no cesaba de remendar un traje viejo que tenía. Una vez le ponía una manga nueva, otro día la otra, y así, al cabo de algún tiempo, había quedado todo el traje renovado pieza por pieza. ¿Era este traje el mismo que antes de haberlo remendado todo él? En cuanto a la materia es evidente que no era el mismo numéricamente. ¿Y en cuanto a la forma y al tipo? Es evidente que la forma de cada pieza es también numéricamente otra que la de las piezas anteriores; y no lo es menos que toda la forma, todo el tipo de la vestidura se ha renovado sucesivamente así como la tela misma.
Con este tipo, que no permanece siempre el mismo sino en vuestra imaginación, nunca lograréis algo permanente, numéricamente uno e idéntico, que sobreviva a ese cambio que sucede en nosotros, y que lo comprenda y lo afirme.
Excusado parece observar que este hecho de la identidad del yo, que dura en medio de la renovación incesante y total del cuerpo humano, basta por sí solo para destruir esta teoría del tipo constante o forma permanente, así como también las hipótesis análogas a ella de Simmías, de Alejandro, de Aphrodisio y de Galeno (Sum. cont. gent., lib. II, c. 62, 63, 64).
4° Queda que resolver esta cuarta cuestión: ¿Es espiritual el alma humana?
Cuando tratamos de inquirir si el alma es espiritual, de ningún modo admitimos que pueda darse el más ni el [86] menos en esta negación o ausencia de partes en que consiste la simplicidad del ser. La espiritualidad no es de ningún modo cierto grado de simplicidad, sino otra propiedad de diverso género que ésta. Simplicidad significa ausencia de partes; espiritualidad, manera de existir con independencia de una substancia conjunta. Para que el alma humana sea simple, basta que carezca de partes; mas para que sea espiritual es preciso además que no tenga la existencia ni del cuerpo, ni del compuesto que forma con él, sino sólo de sí misma, por supuesto hablando solamente del principio inmediato de la existencia que no excluye de ningún modo la causa primera. -Ya veis, por consiguiente, que hay gran diferencia entre la simplicidad y la espiritualidad.
Sin embargo, nunca quisieron Descartes y los cartesianos reconocer esta diferencia, por lo cual siempre desdeñaron el probar separadamente la espiritualidad del alma humana. Parecíales que bastaba saber que el alma es simple, inmaterial, y que su dignidad sobre los cuerpos queda perfectamente establecida en el mero hecho de ser una substancia que no tiene las tres dimensiones de los cuerpos.
Los antiguos escolásticos fueron todavía más allá. El alma es simple, decían: está unida al cuerpo, puesto que piensa en el cuerpo, y aun se lo asocia en cierta manera al trabajo de su pensamiento: luego subsiste en el cuerpo. Pero en realidad, ¿qué es lo que la hace subsistir? Concebimos fuerzas que siendo simples, inextensas, no subsistan sino por los cuerpos en que están, en virtud de su unión con la materia.
¿Subsiste de este modo el alma humana? ¿Por ventura no es más que simple, o es además espiritual; es decir, que tiene en sí misma la razón de su subsistencia? En toda demostración puede partirse de un hecho o de un principio, con tal que sean verdaderos. Hasta aquí, ha sido un hecho el punto de partida de todos nuestros razonamientos: ahora partiremos de un principio.
Helo aquí, según en otro tiempo era enunciado en las escuelas:
"La operación sigue al ser, y es proporcionada al mismo ser." Esta fórmula no está, como se ve, tan anticuada, [87] que haya necesidad de traducirla en un lenguaje más moderno para que pueda ser entendida. Su exactitud es tan evidente, que se impone a todos los entendimientos.
M. Buchner reconoce formalmente su valor en estas palabras: "La teoría positivista se ve obligada a convenir en que el efecto debe ser proporcionado a la causa, y que, por consiguiente, los efectos complicados deben suponer en cierto grado combinaciones de materia complicadas. (Matiere et force, p. 218).
M. Karl Vogt la supone, e invoca implícitamente su autoridad cuando apoya uno de sus argumentos en esta observación:
"Además, es preciso, sin embargo, que la función (los escolásticos habrían dicho la operación) sea proporcionada a la organización y medida por ella." (Leçons sur 1’homme, 2.e edic., p. 12).
También M. Wundt rinde homenaje a nuestro principio, cuando dice hablando de los sabios: "No podemos medir directamente, ni las causas productoras de los Fenómenos, ni las fuerzas productoras de los movimientos; pero podemos medirlas por sus efectos," (Ribot: Psychologie allemande, página 222).
Lo cual da a entender que, ahora como siempre, todo el mundo reconoce que se puede juzgar de la naturaleza de un ser por su operación.
A tal operación corresponde tal naturaleza; a tal efecto, tal causa; a tal función, tal órgano; a tal movimiento, tal fuerza; a tal manera de obrar, tal modo de ser. De esta suerte hablan la razón y la ciencia en todos los siglos y en todos los países.
Luego si un ser ejecuta una operación a la cual el sólo puede llegar, y la ejecuta como agente aislado, libre, y trascendental, este ser ha de estar dotado necesariamente de una existencia trascendental, libre e independiente, que le sea propia según su misma naturaleza.
Ahora bien: en el alma humana hallamos esta manera de operación, pues vemos que ejecuta en un momento determinado sus actos de un modo libre, trascendental e independiente de la materia. Y si me preguntarais cuándo reconocemos en el alma esta elevada [88] y característica manera de obrar, os respondería, que cuando piensa, cuando tiene conciencia de sí misma y de su pensamiento.
Seguid ahora mi razonamiento. Se dice que una operación es absolutamente inmaterial, es decir, que excluye toda forma, actualidad y condición intrínseca próximamente material, cuando tiene por objeto una realidad absolutamente inmaterial. En esto no puede haber lugar a duda, porque la facultad alcanza su objeto por la operación; y si el objeto y la operación no pertenecen al mismo orden, si el objeto es de un orden superior al de la operación, siendo, por ejemplo, el objeto inmaterial y la operación material, la operación nunca podrá conseguir su objeto, como mi mano no puede alcanzar a una altura de tres varas: el objeto de la facultad y de la operación sería para ellas como si no existiera, y el acto nunca podría existir. Luego si se produce una operación cuyo objeto es una realidad por completo inmaterial, esta operación es, por necesidad, inmaterial. Tal es la consecuencia palpable del principio mencionado: que todo efecto debe tener su causa proporcionada.
Ahora bien: ¿cuáles son los objetos a que se dirige y da preferencia vuestro pensamiento?
¿No son, por ventura, la justicia, el honor, la virtud, el derecho, el deber, lo necesario, lo contingente, lo absoluto, lo infinito? Y estos objetos ¿son materiales si o no?
El derecho, el deber, la moralidad, la virtud, el honor, ¿son por ventura cuerpos? Tienen las dimensiones de los cuerpos.
Al dar la definición de derecho, contingencia, moralidad, libertad, o dar nociones de lógica o de metafísica, ¿hablaríais de altura, de anchura, de profundidad, de mitad, de tercera o cuarta parte, de volumen o de peso?
De ningún modo: en todos estos objetos, tales como los concebimos, no hallamos ni podrá señalarse ninguna de las propiedades esenciales de la materia: estos objetos son enteramente inmateriales y por consiguiente el acto que los alcanza, el pensamiento que 1os concibe, son inmateriales.
Por último, la fuerza de donde nuestro [89] pensamiento procede, no está limitada por completo en el cuerpo; antes por el contrario, su esfera de acción excede a los límites del mismo cuerpo; es una fuerza libre y trascendental, tanto en su modo de ser como en su manera de obrar.
Así como está dotada de una virtud que el cuerpo no puede darle porque él mismo no la tiene, está también dotada de una existencia que no procede de él, sino sólo de sí misma.
Muchas veces se ha intentado destruir esta prueba, diciendo en primer lugar, que todas nuestras ideas, aun las más sublimes, proceden de nuestros sentidos; y en segundo lugar, que el alma no puede pensar cosa alguna sin el concurso de la imaginación y de sus imágenes: hechos que prueban, según los adversarios que el alma carece de operación, y por consiguiente de una existencia trascendental. Pero estas objeciones carecen de valor.
¿Qué importa en la cuestión presente que nuestras ideas procedan de los sentidos o de otra parte, y sigan o no las percepciones sensibles de los objetos materiales?
Nada nos importa en el caso presente saber cuál es el origen de nuestras ideas, si son adquiridas o innatas, si nos vienen de arriba o de abajo: las aceptamos y consideramos tal como se hallan actualmente en nosotros, y nos preguntamos si tienen o no por objeto lo inmaterial. La respuesta no es dudosa.
El segundo hecho que nos oponen, tampoco nos da mucho que pensar. La inteligencia, dicen, no puede pensar, si la imaginación no le presenta sus imágenes. Sea así, en efecto. La imaginación suministra, según ellos, la materia primera de nuestras ideas. ¿Deducís por ventura de aquí que el objeto de nuestras ideas es material? Considerad cuáles son vuestros pensamientos más frecuentes, decidme si no pensáis en los objetos absolutamente inmateriales que hace un momento hemos mencionado. Los razonamientos que se oponen a observaciones directas de nada sirven.
¿Qué diríais del que hiciera el siguiente razonamiento? "Cuando salgo de París para ir a Córcega, viajo en [90] ferrocarril: el principio de mi viaje se hace por tierra: luego todo el viaje se hace por tierra: luego Córcega no es una isla" con enviarlo a ella se convencería de su error. Pues para estimar la condición de vuestro pensamiento no necesitáis salir de vuestra propia alma.
Pero acaso porque la inteligencia recibe de una facultad orgánica la materia primera de sus ideas, querréis deducir que no puede subsistir sino por el cuerpo. Esta consecuencia no es lógica. El hecho que alegáis, prueba que la inteligencia humana fue criada para estar unida al cuerpo, pero nada nos dice acerca de las relaciones o de la situación recíproca del cuerpo y del alma en orden a la subsistencia. Un ser puede muy bien recibir de otro el objeto sobre el cual ejerce su actividad, sin necesidad de depender de él para subsistir. Si no sucediera así, dice Santo
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