SAN PEDRO DE ALCÁNTARA (1499-1562)
Penitente y contemplativo
por Baldomero J. Duque Las notas típicas de este profeta entre profetas nos las recuerda la oración litúrgica de su fiesta: admirable penitencia y altísima contemplación. La una sin la otra no se explicarían en el concreto existencial de su vida. Es verdad que la que más le caracteriza es la primera. Pero esa su ascética extremosa sería imposible sin una vida mística también llameante. Y esas impresionantes virtudes quedaron monumentalizadas en dos realidades que fueron su reforma franciscana y Tratado de la Oración y Meditación. En la familia franciscana las ramas y reformas han proliferado abundosamente. El origen estuvo en la poca afición legislativa del Santo Fundador, lo cual dio ocasión a que se multiplicasen las interpretaciones de sus reglas y de su testamento. En tie«capítulo generalísi» de 1517 en Roma consagró la gran división ent«conventuale» y lo «observante». Pero dentro de esa gran división se siguieron dando reformas y reformas de reformas incesantemente. San Pedro de Alcántara no crea una nueva reforma, sino que vive en la reforma de Extremadura (de la Observancia) para terminar acogiéndose a la reforma de la custodia gallega de San Simón (de fray Juan Pascual y que pertenecía sin embargo a la Conventualidad). Él la hace provincia y la consolida y extiende, de tal modo que luego, bajo la Observancia, se hace una de las ramas más importantes del franciscanismo, llegando con sus frailes a llenar España, Italia, América, Filipinas, Japón..., cuajada de mártires y santos, hasta el extremo de figurar la imagen de nuestro santo entre las estatuas de fundadores de la basílica vaticana, y a haber generales de toda la Observancia tomados de entre los descalzos alcantarinos. . . Pero frente a la estatua de San Pedro está también la de Santa Teresa, que es una llamada a la importancia de la contemplación en la Iglesia. Sabido es que a San Pedro se le puede llamar cofundador de la reforma carmelitana de Santa Teresa. Tanto le ayudó a ella personalmente y a que se pudiera poner en marcha el conventito de San José de Avila, primera casa de aquélla. Y es que San Pedro es el santo de la oración y de la contemplación. Él es un hito egregio dentro del «recogidosfrente a los «dejados»espirituales ya no exactos. Su Tratado, émulo del libro sobre el mismo tema del padre Luis de Granada, ha hecho furor y además invita a tender a las cumbres de la vida espiritual, de la vida mística, más que el de fray Luis. El Tratado alcantarino ha tenido cientos de ediciones y traducciones, y sigue siendo actual en nuestros días. Medítese entre otros textos el aviso octavo con que se cierra la primera parte del mismo. Penitente y contemplativo... admirable y altísimo. Un cedro singular en aquel efervescente mo«fur» española, bajo todos los aspectos de la espiritualidad cristiana y de la cultura profana, se elevó más alto. En esa historia ocupa un lugar de primera importancia San Pedro de Alcántara. Hasta puede ser la figura más representativa en conjunto de la misma. Baldomero Jiménez Duque , San Pedro de Alcántara, penitente y conte,plativo e Santuar (Arenas de San Pedro), núm. 123, septiembre-octubre de 1998, 31-32.
* * * *
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA (1499-1562) Maestro espiritual
por Julio Herranz, o.f.m.
Para comprender a Pedro de Alcántara es necesario no aislarlo del contexto histórico, sociocultural y eclesial en el que vive su aventura humana y espiritual, sin que por ello este contexto sea razón suficiente de aquélla. Por lo que a nuestro caso se refiere, es de interés tener presentes algunos datos más importantes: — La Iglesia que ve nacer a Pedro de Alcántara siente correr por todo su cuerpo anhelos de reforma. Los hombres más inquietos y espiritualmente más equipados y lúcidos buscan comenzar la reforma en sí mismos, y desde ahí pasar a las estructuras eclesiales y sociales. — Estamos en la edad de oro de la espiritualidad española, y son raíz y fruto de la misma la búsqueda viva e inquieta de vida interior y el interés generalizado por la oración, que dejan de ser patrimonio de una élite monástico-religiosa pasan del convento a la calle, sin distinguir clases, edades o sexos, porque, como escribirá San Pedro de Alcántara a Santa Teresa de Jesús, en temas de experiencia espiritua«no se dio más agélica hombres que a mujeres». — Como fruto del humanismo naciente, al que no le faltan ambigüedades, se busca recrear la espiritualidad cristiana integrando el principio de la subjetividad, con lo que cobran un inusitado protagonismo el discernimiento espiritual y los maestros del espíritu. Surgen entonces los grandes maestros del discernimiento cristiano: Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, e Ignacio de Loyola. «Vi que me entendía por experiencia» Es ésta su condición de maestro espiritual una dimensión determinante de la personalidad y la biografía de Pedro de Alcántara. Superior de varios conventos, apenas ordenado sacerdote, y, luego, en 1538, Ministro Provincial de su Provincia franciscana de San Gabriel, le vemos como acompañante espiritual de sus hermanos, alentando en ellos el deseo de retorno a la observancia primitiva de la Regla franciscana. Después, en Portugal, como maestro de novicios, inicia a éstos en la experiencia espiritual y la vida franciscana. Allí se hace íntimo amigo de las personas de la corte portuguesa y de algunos nobles con quienes mantiene una amplia correspondencia de amistad, consejo y dirección espirituVida y escritos de San Pedro de AlcántarMadrid, 1996, 153-165, 366-387). Desde su conventito de El Palancar, donde vive su proverbial pobreza, penitencia y austeridad, se relaciona con algunos de los personajes más importantes de la España de entonces y se alarga por llegar a cuantos buscan en él consejo y guía en la vida espiritual: Carlos V, que lo llama a Yuste para hablarle de su alma; los Condes de Oropesa, mecenas de algunas de sus fundaciones; Rodrigo Chaves, a quien, como fruto de su magisterio espiritual, dedica Tratado de la oración y meditaciel Obispo Diego Enríquez, Guiomar de Ulloa, María Díaz y un larguísimo etcétera, en el que habría que incluir a San Francisco de Borja. De su buen hacer como maestro y acompañante espiritual tenemos un testimonio excepcional en Santa Teresa de Jesús. Larga y profundamente turbada porque, no obstante los consejeros y maestros a los que acude, no logra hacer luz en su experiencia espiritual y en su camino de vida evangélica, a propuesta de Guiomar de Ulloa se encuentra con fray Pedro de Alcántara en el viaje que éste hace a Avila en 1560. Este encuentro había de marcar hondamente la vida de la Santa, como ella misma Autobiografía: «Le di cuenta de mi vida y manera de proceder en la oración, con la mayor claridad que yo supe... Casi a los principios vi que me entendía por experiencia, que era todo lo que yo había menester...; y dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios y estuviese tan cierta que era espíritu suyo, que salvo la fe no podía haber cosa más verdadera». En una carta suya a la Santa abulense el propio San Pedro revalida el primado de la experiencia en el maestro y acompañante espiritual cuando, después de dejarle constancia de su asombro de que pida consejo a letrados y juristas sobre la conveniencia o no de vivir las exigencias radicales de la pobreza evangélica, le «Si fuera cosa de pleitos o caso de conciencia, bien era tomar parecer de juristas y teólogos; mas en la perfección de la vida no se ha de tratar si no con los que la viven, porque no tiene ordinariamente uno más conciencia ni buen sentimiento de cuanto bien obra». «Este santo me dio luz en t»do Fray Pedro no sólo tranquiliza y asegura el espíritu de Teresa, que en adelante encontrará en él al consejero fiel en la vida del espíritu, sino que ayuda también a la Santa a discernir los caminos de la llamada que Dios le hace a una mayor radicalidad de vida evangélica, y será el impulso definitivo en su reforma del Carmelo. Al final de sus días, en los que la enfermedad es su más cercana compañera, en la carta ya citada, respuesta a otra de la santa Teresa -de la que se desprende su incertidumbre sobre el camino a seguir, dado lo arduo del mismo y las dificultades de todo tipo que va encontrando-, fray Pedro le recuerda las que, sin duda, fueron sus palabras desde «Si Vuessa merced quisiere seguir el consejo de Jesucristo, de mayor perfección en materias de pobreza, sígalo; porque no se dio más a hombres que a mujeres, y Él hará que le vaya muy bien, como ha ido a todos los que le han seguido... Y téngolo bien visto, aunque creo más a Dios que a mi experiencia: que los que son de todo corazón pobres, con la gracia del Señor viven vida bienaventurad». Años más tarde, en el testimonio que sobre Pedro de Alcántara da la santa y doctora MadAutobiografí -por el que, según el decir de un cronista de la ép«le deja eternizado y como canonizado en el »-, escrib«Este santo me dio luz en toEstas palabras son, sin lugar a dudas, la mejor prueba y reconocimiento de la autoridad del magisterio espiritual de este hombre que, según afirmac«aunque demisma santa, Y fray Pedro, con la lucidez de todo hombre verdaderamente espiritual y dotado del carisma del discernimiento, sabe que lo esencial de su tarea como maestro y acompañante espiritual no le pertenece, es gracia, lo que por una parte le exige desapropiación y por ot«Quedamosa la oración: concertado -afirma de nuevo Santa Terede encomendarnos mucho a Dios; y era tanta su humildad que tenía en algo las oraciones de esta miserable, con lo que era harta mi con».sión «Estaba grueso de espíritu» También estas palabras son parte del testimonio de Teresa de Jesús sobre Pedro de Alcántara, y con ellas encabezamos este apartado dedicado a apuntar los grandes ejes de su espiritualidad y de su magisterio como guía de espíritus, en los que se integran los aspectos antropológicos y los propiamente espirituales: la oración o el primado de la relación interpersonal con Dios; el radicalismo evangélico en el seguimiento de Cristo o el sentido de la vida desde la incondicionalidad; la ascesis y penitencia o la afirmación de la libertad interior para el amor. a)El primado de la relación con Dios y la oración La oración es la gran prioridad y tema dominante, cuando no exclusivo, del magisterio espiritual de Pedro de Alcántara como reitera en sus escritos. En su breve trataTres cosas para aprovechar mucho en poco tie, afirma que el camino del espíritu conoce u«Orar continuamente y trabajar(vigilancia interior, ascesis,...). Tratado de la Oración y Medita con el propósito de acercar a todos los cristianos sin excepción la práctica de la oración, de manera que -como él mismo afirma en la carta de «su provecho fuese más común, pues siendo de pequeño volumen y precio aprovechara a los pobres que no tienen tanta posibilidad para libros más costosos, y escribiéndose con más claridad aprovechara a los simples, que no tienen tanto caudal de enten». Editado sin cesar en castellano y en otras lenguas, es uno de los libros que más ha contribuido a divulgar el ejercicio de la oración y meditación en el mundo católico. Pero Pedro de Alcántara, más que un teórico de la contemplación, es un hombre de experiencia, que vive el primado de la relación con Dios, y por la oración continua, la vigilancia interior y el amor«altísima contemplac» (cf. Oración colecta de la Liturgia de San Pedro de Alcántara), tanto que de él cabría decir, como de Francisco de Asís dijo su primer b«no sólo un orante, sino un hombre hecho oraci La propia santa Teresa dice al respecto en el capítuloAutobiografí«Es autor de unos libros de oración, que ahora se tratan mucho, de romance, porque como quien bien la había ejercitado escribió harto provecho».mente Desde su honda comprensión de la experiencia cristiana, en la que el primado lo tiene siempre el amor, fiel a toda la tradición franciscana, y haciéndose eco de una de las grandes afirmaciones del humanismo naciente: la subjetividad, fray Pedro marca el acento de la dimensión afectiva en la relación con Dios, en la oración; su meta es el estar gratuito, amoroso y obediente ante Dios. Y será esa misma honda experiencia de lo cristiano la que mantenga a nuestro santo al reparo de todo intimismo religioso y de todo quietismo, uniendo estrechamente experiencia espiritual y praxis, el matrimonio espiritual, cumbre de la experiencia mística, y la entrega«La oración de la que no se salga con nuevas fuerzas y aliento para las cosas de Dios y el servicio a los hermanos, muy imperfecta es y de muy es» -escribe en Tratad de la oración; y tamb«Esta es la más alta y provechosa manera que hay de meditar la pasión de Cristo, que es por vía d». Su biografía es particularmente elocuente al respecto. Sumido en contemplación, es al mismo tiempo un hombre extraordinariamente activo: ahí está su anuncio expreso del evangelio, su atención a los pobres y enfermos, la enseñanza del catecismo, que es también enseñanza de las letras; la contestación con la propia vida, y a veces también con la palabra, de las situaciones de injusticia e insolidaridad; su obra de pacificación entre las«apostolado de las letracon el que pretende llegar a todos, y particularmente a los menos favorecidos. b)El radicalismo evangélico, la forma del seguimiento de Cristo El vivir a fondo da densidad a la existencia humana, y nada madura más que la incondicionalidad del amor. Es ésta una de las convicciones más firmes de Pedro de Alcántara, fruto de una larga experiencia desde su niñez y su educación franciscana. Su vuelta a la observancia primitiva de la Regla de San Francisco, es la vuelta al radicalismo evangélico como la forma propia del seguimiento de Cristo, es decir a las exigencias concretas de la predicación de Jesús con las que urge -por amor a él y por el Reino- un tipo de conduct(«radicalismo evangélicocon las maneras ordinarias, humanas y religiosas, de actuar. Se lo recuerda fray Pedro a la Madre Teresa en su carta«En los consejos evangélicos, no hay que tomar parecer si será bien seguirlos a no, porque es ramo de infidelidad... No crea a los que dijeren lo contrario, por falta de luz o por incredulidad, o por no haber gustado cuán suave es el S».or Nada sorprende, por ello, que Pedro de Alcántara haya hecho del radicalismo evangélico uno de los ejes de su experiencia espiritual, y lugar determinante de su discernimiento de la voluntad de Dios y la acción del Espíritu en sí y en aquellos que solicitaban su guía espiritual. En su traducción del radicalismo evangélico dará un protagonismo particular a la pobreza y humildad, la renuncia a toda propiedad -incluida la casa donde habita, por lo cual cada año entrega las llaves a su propietario-, la renuncia al uso del dinero, un estilo de vida en la más extrema austeridad y frugalidad, la solidaridad con los pobres, la gratuidad de los servicios, y la renuncia a toda forma de poder material y espiritual. Todo ello fácilmente resulta incomprensible para nosotros y hasta un malsano masoquismo, si se le priva de su verdadera raíz: la identificación con la pobreza y humildad de Cristo, y se olvida su dimensión antropológica: su pobreza es ante todo un modo de ser y de estar ante Dios, ante los otros, ante sí mismo, desde la afirmación más decidida del ser sobre el tener, la relación viva entre la persona y los otros y los otro, la libertad, la voluntad de compartir y sacrificarse. En todo caso nos recuerda algo determinante en la experiencia cristiana: no hay seguimiento de Cristo sin una apuesta decidida por traducir las exigencias límite del evangelio de Jesús; variarán las formas según las diversas vocaciones en la Iglesia, las situaciones y hasta según los momentos concretos y edades de la vida de las personas, pero no hay seguimiento de Cristo sin incondicionalidad y radicalidad. . . cLa ascesis como transformación del corazón en el espíritu del Reino Es otro de los puntos fuertes del magisterio espiritual y de la vida de Pedro de Alcántara que, con toda la tradición, concede un indiscutible protagonismo en la experiencia espiritual a la ascesis y la penitencia, como vigilancia para asegurar la prontitud del espíritu para las cosas de Dios y el bien obrar, el radicalismo evangélico, que no van de acuerdo con el demasiado regalo. Es proverbial y sobrecoge«la asombrosa penitenciaalcantarina. Aunque no esté carente de ambigüedad, en un momento de necesidad de nuevos planteamientos en la espiritualidad -en el que unos mantenían el primado de la ascesis, y nuevas corrientes, entre las que se encontraba el protestantismo, incidían sobre todo en la gracia-, Pedro de Alcántara trata de ofrecer una síntesis propia mediante la radicalización de ambos extremos: la madurez humana y espiritual es siempre tarea del hombre, que reclama dura ascesis, y gracia de Dios. ETres cosas paratratado: aprovechar mucho en poco tiempoescrib«Has de entender que tal quedó por el pecado el corazón del hombre para el bien obrar como la tierra para fructificar, que para esto tiene necesidad de dos cosas: de agua y rocío del cielo, sin esto no da más que zarzas y espinas. Pues así, nuestro corazón no lleva de suyo más que aquellas espinas que dice (cf. Gál 5,19-2Mas si ha de dar fruto de vida eterna, ha de ser con trabajo y sudor de nuestro rostro y con agua y rocío ».l cielo Aunque en ocasiones parezca apreciarse en él una cierta absolutización de la ascesis y la penitencia, éstas no son, pues, valores en sí mismos, sino que se orientan al cultivo de los bienes superiores: la evangelización de la propia vida y la experiencia contemplativa, que es para el santo fuente y culmen de todo el edificio espiritual. Prueba de que en su ascesis y penitencia logra mantenerse al reparo de todo perfeccionismo religioso autojustificador, siempre crispado y autosuficiente, podemos una vez más aducir el testimonio de Santa Teresa, a quien el santo, en más de una ocasión«Con toda esta santida -acaba de describir sus peniteera muy afable». Y ahí están los hechos para demostrarlo: la diligencia y solicitud con que trata y exige que sean tratados los frailes ancianos y enfermos, la generosidad extrema con que comparte su mesa con pobres y necesitados, el cariño entrañable con que enseña las primeras letras y la doctrina cristiana a los niños... Es verdad que hoy necesitamos hacer una relectura de éste como de otros muchos aspectos de su biografía y espiritualidad, y elaborar de manera más positiva la ascesis y la renuncia, pero Pedro de Alcántara nos recuerda algo que no podrá nunca olvidarse en la e«los que son detiana: que Crist -como afirma el apóstol Pabhan crucificado su carne junto con sus pasiones » (Gal 5:24). El vuelo de Pedro de Alcántara es, sin lugar a dudas, muy atrevido, y en más que un aspecto estrechamente vinculado a un pasado que se fue; pero hay que reconocer en él su voz de profeta que nos obliga a hacernos las últimas preguntas sobre el hombre y el mundo, esas que una cultura como la nuestra -cerrada sobre sí misma, autosuficiente, unidimensional...- trata de silenciar por todos los medios al carecer de respuestas, y un óptimo correctivo para nuestra vida y nuestra fe acostumbradas y contentadizas. Julio Herranz, O.F.M., San Pedro de Alcántara, maestro espiritual. Rasgos más salientes de su ,spiritualidad en Santuari (Arenas de San Pedro), núm. 123, septiembre- octubre de 1998, 33-38. DE LOS ESCRITOS DE SAN PEDRO DE ALCÁNTARA Tratado de la oración y meditac:ón Cuán desvariados son los que, por gozar de este soplo de vida tan breve, se exponen a perder el descanso de aquella que para siempre ha de durar. ¡Cuán mutable es la fortuna: siempre rueda de un lugar para otro! El verdadero amor no se busca a sí, sino al que ama. En la perfección no hay más claro indicio de estar lejos, que creerse cerca; porque en este camino los que van descubriendo más tierra se dan más prisa por ver lo mucho que les falta. Hazte como niño pequeño, porque a los tales enseña Dios sus secretos. Ninguno es mejor testigo de las cosas de Dios que el que las sabe por experiencia. Reposa un poco en la consideración de tu nada y pon esto sólo a tu cuenta y todo lo demás a la de Dios, para que clara y palpablemente veas quién eres tú y quién es Él. Alza los ojos al cielo y contempla en él la muchedumbre de estrellas... Pues si en este valle de lágrimas y lugar de destierro creó Dios cosas tan admirables y de tanta hermosura, ¿qué habrá creado en aquel lugar que es aposento de su gloria, trono de su grandeza, palacio de su majestad, casa de sus elegidos? La bondad y majestad de Dios son infinitas, y sus beneficios y misericordias para con el hombre sobrepasan las arenas del mar. La fe es la primera raíz, la esperanza es el báculo, y la caridad el fin del camino de toda perfección cristiana. Mucho hace a los ojos de Dios quien hace todo lo que puede, aunque pueda poco. Mucho da quien desea dar mucho, quien da todo lo que tiene, quien no deja nada para sí. En todos los trabajos y tentaciones de esta vida hemos de recurrir siempre a la oración, como a una sagrada áncora, por cuya virtud, si no nos vemos libres de la carga de la tribulación, se nos darán las fuerzas para llevarla, que es ganancia mayor. Seis son las cosas que pueden intervenir en el ejercicio de la oración: Antes de entrar en la oración es necesario aparejar el corazón para este santo ejercicio, que es como quien templa la vihuela para tañer; después se sigue la lectura, y luego la meditación; y después de ésta puede seguir la ación de gracias por los beneficios recibidos; y luego el ofrecimiento de toda nuestra vida; la última parte es la petición. La oración de la que no se salga con nuevas fuerzas y aliento para las cosas de Dios y su servicio, muy imperfecta es y de muy bajo valor. Ésta es la más alta y provechosa manera que hay de meditar la pasión de Cristo, que es por vía de imitación, para que por la imitación vengamos a la transformación y así podamos decir con el apóstol: «vivo yo, mas no soy yo, es Cristo que vive en mí». Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias de esta vida, seas hombre de oración. Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, seas hombre de oración. Si quieres mortificar tu propia voluntad con todas sus aficiones y apetitos, seas hombre de oración. Si quieres conocer las astucias de Satanás y defenderte de sus engaños, seas hombre de oración. Si quieres vivir alegremente y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, seas hombre de oración. Si quieres ojear de tu alma los moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados, seas hombre de oración. Si quieres sustentar tu alma con la grosura de la devoción y traerla siempre llena de buenos pensamientos y deseos, seas hombre de oración. Que trabaje el hombre por eliminar en este santo ejercicio la demasiada especulación del entendimiento. Que procure de tratar este negocio más con afectos y sentimientos de la voluntad que con discursos y especulaciones del entendimiento. Porque, sin duda, no aciertan este camino los que de tal manera se ponen en la oración a meditar los Misterios Divinos, como si los estudiasen para predicar. Esto es más derramar el espíritu que recogerlo, y cualquier liviandad como lo estaban antes. Porque en hecho de verdad, los tales no han orado, sino parlado y estudiado, que es un negocio bien diferente de la oración. Deberían los tales considerar que en este ejercicio más nos llegamos a escuchar que a parlar. Para acertar en este negocio: Lléguese el hombre con corazón de una viejecita ignorante y humilde, y más con voluntad dispuesta y aparejada para sentir y aficionarse a las cosas de Dios que con entendimiento despabilado y atento para escudriñarlas, porque esto es propio de los que estudian para saber, y no de los que oran y piensan en Dios para llorar. Comentario al salmo Miserere : Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Porque si en todas tus obras eres incomparable, en la misericordia te superaste a ti mismo... Te encarnaste por misericordia, naciste, viviste, moriste por misericordia. Tan natural te es tener misericordia como al fuego quemar y al sol alumbrar; y antes dejará el fuego de quemar y el sol de alumbrar, que tú de tener misericordia. ¿Acaso te faltará misericordia para un pobre como yo, que con tanta insistencia te la pide? Carta a Santa Teres: Acerca de las exigencias del evangelio no hay que preguntar si será bueno o no seguirlas, si son o no son observables, porque es expresión de infidelidad. El consejo de Dios no puede dejar de ser bueno, ni es imposible de guardar, si no es a los incrédulos, a los que se fían poco de Dios, y a los que se gobiernan por prudencia humana; pues el que dio el consejo dará la fuerza, pues la puede dar... Si quisiere seguir el consejo de Jesucristo, de mayor perfección en materias de pobreza, sígalo, porque no se dio a hombres más que a mujeres y Él hará que le vaya muy bien, como ha ido a todos los que le han seguido... Y téngolo visto, aunque creo más a Dios que a mi experiencia: que los que son de todo corazón pobres, con la gracia de Dios viven vida bienaventurada, como en esta vida la viven los que aman, confían y esperan en Dios. Tres cosas para aprovechar mucho en poco tiempo: Y todas estas cosas parecen reducirse a dos: el trabajo y la oración. Has de entender que tal quedó por el pecado el corazón del hombre para el bien obrar como la tierra para fructificar. Vemos, pues, que la tierra para esto tiene necesidad de dos cosas: de agua y rocío del cielo, y de trabajo y agricultura del hombre. Sin estas dos cosas la tierra de suyo no da más que zarzas y espinas. Pues así has de entender que nuestro corazón, después del pecado, no lleva de suyo más que aquellas espinas que dice el Apóstol (cf. l). Mas si ha de dar fruto de vida eterna, ha de ser con trabajo y sudor de nuestro rostro y también con agua y rocío del cielo.
* * * *
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA(1499-1562) REFORMADOR DE LA ORDEN FRANCISCANA
por José Álvarez, o.f.m.
«San Pedro de Alcántara es, ante todo, un profeta extraordinario que emerge en una coyuntura histórica grandiosa (siglo XVI). Esa coyuntura fue su circunstancia, sin conocer la cual él sería impensable (...). San Pedro, por su breve obra escrita, su obra fundacional y su existencia singular es la gran figura exponencial que encarna todo lo mejor de lo antiguo y de lo moderno, todo ello depurado, llevado a su cumbre, a un límite que sería inexacto si no se dieran todos los elementos juntos que en él se dan, y que hacen de él un caso a»mirable y excepcional (Baldomero Jiménez Duque). 1. San Pedro de Alcántara y su circunstancia histórica La historia de la Orden Franciscana está jalonada por los constantes y sucesivos conatos de renovación en busca del ideal evangélico soñado por su fundador Francisco de Asís. Se puede decir que las reformas dentro e la Orden son una constante histórica. San Buenaventura, ya al poco de morir San Francisco, al tratar de organizar la vida del crecido número de hermanos y responder a sus generosos impulsos espirituales, hubo de prestar particular atención a no pocos hermanos que, movidos por el buen espíritu, querían llevar una vida de mayor austeridad, pobreza y soledad, ofreciéndoles la posibilidad y los lugares aptos«recolecci» a fin de que pudieran vivir la Regla en toda su pureza. Los eremitorios que hoy conocemos c«lugares francisca» (Le Carceri, cerca de Asís, Greccio, La Foresta, etc.) son en la Orden, ya desde el siglo XIV, modelos de referencia para todos los espíritus más inquietos e inconformistas de la Orden, que nunca se han contentado con poco ni han pactado con la mediocridad de una conciencia acostumbrada, y que han constituido la mejor reserva espiritual de la Orden a lo largo de su dilatada historia. Denominador común: vivir la Regla como dice San Franc Testament«sin glosa». Esta pretensión casi utópica, que encontró en la España del siglo XVI su mejor exponente en San Pedro de Alcántara, tiene ejemplares predecesores en España que es preciso y justo reconocer como jalones en ese proceso de renovación y reforma de la vida cristiana y religiosa que se respira en la Península Ibérica, España y Portugal, y más concretamente por tierras extremeñas entre los franciscanos. Destacamos, entre otros muchos, a fray Juan de la Puebla, fray Juan de Guadalupe y fray Juan Pascual. Fray Juan de la Puebl(1453-1495), extremeño, ingresa primeramente en un monasterio de monjes Jerónimos, y más tarde, insatisfecho de esa vida, se hace franciscano. Impulsado por Espíritu del Señor decide vivir como un eremita la Regla franciscana y observarla en toda su pureza, conforme expresa San Francisco eTestamentoCon este objeto viaja a Italia y se retira a los eremitorios más emblemáticos: Le Carceri, Greccio, etc., donde bebe hasta saciarse aquel espíritu de absoluta pobreza y observancia regular que iba buscando. Tras serio discernimiento se dirige a Roma para pedir permiso y trasvasar aquel espíritu y género de vida a España. Inocencio VIII accedió gustoso a tan generosos propósitos y, mediante elSacrae Religionidel 25 de marzo de 1487, le concede su autorización, y también para recibir a cuantos quisieran seguirle por ese camino. La Orden en España acogió la iniciativa con división de opiniones, pero en el Capítulo General celebrado en Francia el año 1495 se aprobaba por mayoría el proyecto presentado por fray Juan de la Puebla y sus compañeros. La semilla de la estrecha observancia en España estaba sembrada. Nacía la nueva familia, que bautizarCustodia de los Ange Este espíritu reformista, común a gran número de órdenes religiosas, encontró en el ambiente sociopolítico y eclesial su mejor caldo de cultivo. En este deseo de responder a la demanda generalizada de reforma, dentro de la Orden Franciscana nosfray Juan de Guadalupe Discípulo de fray Juan de la Puebla, da un salto cualitativo en el proceso de reforma, y acuña la espiritualidad de los que serán reconocidos como los «descalzo», por su forma de vivir en la más estricta observancia de l«capucho», por su forma de vestir. Pese a las dificultades e, incluso, oposición de sus mismos hermanos de la Observancia, fray Juan de Guadalupe saca adelante su proyecto de reforma, para el que consigue la aprobación del Papa Alejandro VI coSanctae Mutantis Eccle, y lo ensaya en la Custodia de Extremadura (1514), que no tardará en transformarse en la que será provincia franciscana de San Gabriel (1519), en la que templó su espíritu San Pedro de Alcántara. Otro eslabón importante en esta cadena de auténticos gigantes del espíritu, que procede dfray Juan Pascua. Nuevo proyecto de estricta observancia de la Regla,«in crescendo»A su muerte, con los conventos de su reforma nace la custodia de San José (1559). Destacamos la importancia de esta nueva entidad por constituir el marco en el que vamos a contemplar a San Pedro de Alcántara los últimos años de su vida, y que él personalmente elevará al rango de Provincia en el Capítulo celebrado en el Palancar el 2 de febrero de 1561, un año antes de su muerte en Arenas. 2. San Pedro de Alcántara el reformador San Pedro es, pues, un hombre inmerso en un ambiente que respira un clima espiritual de reforma y en el que, por gracia correspondida, llegó a ocupar un puesto destacado en la amplia galería de personalidades con las que convivió, alternó y ayudó también en su obra reformadora, como es el caso de Santa Teresa, por señalar el más conocido e importante. La marca de autenticidad de los reformadores franciscanos, común a San Pedro y a sus predecesores, consiste en que cuando deciden acudir a la superioridad para obtener permiso para retirarse a un lugar solitario o fundar un convento para ello, no lo hacen, en primer lugar, con el fin de separarse de la comunidad o tratar de reformarla, sino para vivir ellos con mayor austeridad y radicalismo el evangelio y sus exigencias de pobreza, penitencia, oración, etc.; es decir, su pretensión es ante todo la de reformarse ellos mismos, respondiendo con fidelidad a una vocación personal de Dios. La otra característica común a todos ellos es la forma de articular el proyecto de vida; siempre en torno a unos núcleos esenciales: pobreza-minoridad, comunión fraterna, oración-comunión con Dios, y misión apostólica. Estas opciones prioritarias vertebradoras de la Regla franciscana permanecen presentes, en menor o mayor grado, en todos los proyectos de reforma. San Pedro de Alcántara ha sido testigo y a su vez cómplice, en parte al menos, de estos impulsos reformadores durante los 40 años que vivió en la Provincia franciscana de San Gabriel, avivando con su vida y su magisterio la llama ardiente de la estrictísima observancia. Siendo él su Provincial presentó a la asamblea capitular y fueron aprobadas sus primeras Ordenaciones para el gobierno y animación espiritual de la Provincia (1540). Finalizado su ministerio marcha a Portugal, donde con un grupo de hermanos pondrá en marcha la Custodia de La Arrábida, con cuyo proyecto se siente profundamente identificado por su radicalidad de vida franciscana. Con los años ve crecer en él sus deseos de mayor soledad, austeridad de vida y pobreza, que no considera satisfechos en su Provincia de San Gabriel. En 1555, «con el parecer y licencia del superior provincial electo, padre Jua», se retira a Santa Cruz de Paniagua o de las Cebollas, donde inicia una vida eremítica acompañado por fray Miguel de la Cadena. 3. Hacia la utopía posible Su vida oculta en el eremitorio de Santa Cruz de Paniagua duró sólo dos años (1555-1557). Fue una especie de noviciado. Un paso cualitativo en el camino emprendido es su aceptación de El Palancar, donde funda el primer convento de su reforma. Por dificultades surgidas con su Provincia de San Gabriel se pasa a los Conventuales reformados. Comienzan a sumársele nuevos hermanos. Hace falta abrir nuevas casas y esto requería autorización de los superiores. Siguiendo los pasos y práctica de sus predecesores emprende el camino hacia Roma, acompañado de su primogénito hermano de aventura fray Miguel de la Cadena. En Roma es bien acogido su proyecto y vuelve con todas las bendiciones y su nombramiento como Comisario General de los Conventuales reformados. El cargo de Comisario convertía a San Pedro en un doble del General en España, con amplias facultades para recibir nuevas vocaciones, fundar conventos, erigir custodias y provincias, celebrar y presidir Capítulos y dictar ordenaciones para regir la vida de las mismas.
En 1559, con su convento de El Palancar y los conventos Descalzos de fray Juan Pascual, se crea la Custodia de San José, convertida en Provincia en el Capítulo de 1561, bajo la autoridad de San Pedro de Alcántara, en el que se concreta el ideal de poOrdenacionesque, con las añadiduras introducidas en el Capítulo de 1562, serán el auténtico y definitivo código normativo de los Descalzos. La firma de San Pedro le convierte en el verdadero y más autorizado reformador de la Orden. En dichas Ordenaciones de 1«se ordena, en primer lugar, que todos los frailes guarden la Regla de nuestro padre San Francisco sin usar de alguna Bula que relaje la mis(n. 1). A continuación se establece la forma de recitar el Oficio divino, el tiempo dedicado a la oración mental -tres horas diarias-, el ejercicio de la disciplina comunitaria, y los ayunos y abstinencias a pan y agua, que tenían lugar prácticamente todos los días... (nn. 3- 5). Pero lo que llama mayormente la atención es lo que se prescribe referente a la pobreza y «Se ordena que no se demande para los frailes sanos, carne, pescado, vino ni otra cosa alguna, salvo cuando faltase pan, que vayan a pedir una vez a la semana, o más si alguna vez fuera necesario... Y no se coma, los miércoles, ni se fuerce a los frailes sanos a que coman en ningún tiempo, carne, ni grosura, ni huevos, ni cosas de leche o pescado... No se haga cuesta de alguna cosa, salvo aceite, legumbres y fruta, para un mes o dos o más..., pero esto ya con permiso de los superio» (n. 9). Los frailes deben andar todos descalzos y vestidos de sayal tosco y pob«no sean más largos de hasta el tobillo ni más anchos de diez palmos, y las mangas no tengan más de un geme a las bocas, ni más de palmo y medio a los hombros... Y los mantillos no sean más largos de cuanto cubran los cabos de los ded» (n. 10); en ellos, pues, el fraile no podía por menos de ir embutido. Para el escaso reposo nocturn«ordena que todos los frailes sanos duerman sobre un corcho o tabla y pellejo puesto. Y pueden tener una o dos mantas de sayal en los meses de otoño-invierno, el resto de» (n. 11). Se establece una excepción para los frailes viejo«Losenfermos: frailes viejos sean muy bien tratados; y los enfermos muy bie» (n. 12)... Respecto a las edificaciones pres «Ninguna pared de las casas sea de cantera labrada, y toda la madera de la casa sea tosca y no labrada a cepillo... La iglesia tenga a lo menos ocho pies de ancho y 24 de largo, con capilla y todo; y a lo más, diez pies de a». Y y treinta de largo... siguen las medidas de las demás dependencias, que son por el estilo. Al tratar de l«Todas las celdas no tendrán más de siete pies de largo y seis de ancho... Las puertas de las celdas no tendrán más de media vara de ancho y una vara y tres cuartos de alto, y las ventanas serán del ancho de las puertas y un tercio má» (n. 18). Esto hace decir a los cronistas que tales celdas más parecían sepulturas de muertos que estancias de vivos. Como es sabido, San Pedro plasmó este diseño en el convento de El Palancar -que afortunadamente aún permanece en pie-, cuna de su reforma y el primero de los fundados por él de nueva planta. El «Porciúncula»alcantarina, fue su paraíso en la tierra. Siguiendo el mismo modelo, el de lasOrdenacionesde 1561, debió construirse el de San Andrés del Monte, en Arenas, que se levanta por esas fechas. Se ha dicho que el ideal alcantarino no coincide con el de San Francisco de Asís, que en algunos aspectos le desborda, sobre todo en la penitencia. Eso puede discutirse, pero lo que no admite dudas es que San Pedro es un franciscano, desmesurado«marca registr», una figura egregia, original y exponencial -como ha escrito Baldomero Jiménez Duque-, cuyo vuelo es en algunos aspectos tan atrevido, que sólo le podemos admirar. Dios quiso hacer de él un grito asombroso de los valores transcendentes y supremos, una llama pura de pasión de amor divino, y encontró en este hombre la respuesta adecuada. Por eso, en la reforma alcantarina, aunque son impo Ordenaciones del santo, el verdadero soporte de la reforma es su pe«lana. Él es forma» de la vida de sus hermanos, el espejo, la medida y el modelo. Me parece acertada la valoración de Baldom«San Pedro deuque: Alcántara, el gran reformador franciscano, es el hombre que expresa y sintetiza, de manera abrupta y desmesurada, si se quiere, toda la riqueza interior, mística y contemplativa, toda la ascética furiosa, y toda la proyección apostólica y misionera sin límites de la España espiritual del siglo XVI. Producto y signo de aquella vitalidad magnífica. Su exponen». genial Tal vez se pueda decir que en la Orden franciscana, antes de él, salvo San Francisco, nadie había vivido la Regla a esa altura. Tan arrolladora personalidad arrastró a muchos a vivir su proyecto, y fue tal el número de alcantarinos y su proyección apostólica y misionera, que llegaron a formar casi una rama más dentro de la Orden. Su talla de reformador se mide hoy en la basílica vaticana con los grandes fundadores de las órdenes religiosas, dato bien significativo. 4. Compartir carisma La figura de San Pedro se agiganta y su misión reformadora se enriquece aún más si lo relacionamos con Santa Teresa, presa de la misma inquietud reformadora y las mismas loquedades de un afán: vivir el evangelio en toda su radicalidad. Providencialmente Dios le llevó a su encuentro que tuvo lugar en Avila. Ella le abrió su alma y e«vi ya desde el princi -dice la Santaque me comprendía..., y me dio luz en » Vida 30,5-7). La cuestión era lanzarse por el camino de la pobreza absoluta, como estaba haciendo ya Pedro. Hasta ese momento todo eran obstáculos. La oposición de los superiores, incluido el Obispo, fue vencida por la fe y la persuasiva mediación de San Pedro, que descubrió clarísimo el espíritu que animaba a Teresa y la voluntad de Dios sobre su proyecto. La Santa se siente agradecida y dice con toda s«Pedro lo hizo todo, parece que lo había guardado su majestad hasta acabar e»te negocio (Vi 36,2). Pocos meses antes de su muerte, concretamente el 14 de abril de 1562 le escribe el Santo una carta que yo titularía el credo de San Pedro, en la que le certifica y asegura que debe seguir el camino emprendido, pues está seguro que tal es la voluntad de Dios. La Santa recibe tal luz que escribe en su autobiogra«Ya con este parec [sobre la pobredeterminé no andar buscando ot» ( Vi 35,5). Y nació la primera fundación, el convento de San José, cuna de la reforma teresiana de la Orden del Carmelo. Pedro y Teresa, almas gemelas, ambos colosales en todo, nos dejaron sus huellas y sus recuerdos en dos monumentos inseparables e insuperables, pobres de materiales, pero ricos de espiritualidad: San Josépalomarcic del Carmelo, y Nuestra Señora de la Concepción de El Palancar, que son dos hermanos gemelos, como en el espíritu lo fueron Teresa de Jesús y Pedro de Alcántara. Nota bibliográfica: Hipólito Amez Priet, Los Descalzos de San Francisco en Extremadura desde fray Juan de Guadalupe a San Pedro de , enSanra Pedro de Alcántara, hombre univer, Congreso de Guadalupe 1997, págs. 113-222. Ángel Barrado Manzano San Pedro de Alcántara en las provincias de San Gabriel, La Arrábida y SenArchivo Ibero-American, Madrid 1962, págs. 474-560. Rafael Sanz Valdivies, Vida y Escritos de San Pedro de Alcá. BAC, Madrid 1996. Baldomero Jiménez Duque , San Pedro de Alcántara y su ti, en AA. VV.Un hombre de ayer y de hoy: San Pedro de Alcán,ara Cisneros, Madrid 1976, 13-37. José Álvarez Alonso, O.F.M., San Pedro de Alcántara, reformador de la Orden Franciscana, eSantuari (Arenas de San Pedro), núm. 123, septiembre-octubre de 1998, 26-30.
* * * *
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA (1499-1562)
San Pedro y Santa Teresa de Jesús por Francisco Brändle, o.c.d. La comunión entre los santos, libre de todo egoísmo, se vive en lo más profundo del corazón. En él se esconde ese mutuo aprecio, esa sintonía que viene a expresar lo que es la clave de su comunión: el mismo Dios en el que asientan su mutua amistad y aprecio, pues sólo en Él y desde Él tiene razón de ser su encuentro y cercanía. Esto no quiere decir que tal amistad no se dé en las circunstancias concretas de una historia y de una vida que ha venido a entrelazar los destinos de quienes desde Dios se aprecian y aman. Testimonios tenemos a lo largo y ancho de la vida de muchos santos, pero en algunos esto se hace mucho más patente, y tal es el caso de Santa Teresa. Son muchos los santos que se han cruzado por su vida y con los que ella ha vivido esta singular relación de aprecio y cercanía. Queremos ahora recordar y evocar la que tuvo con San Pedro de Alcántara. Cuando Teresa hace memoria viva de su camino hacia Dios y recuerda cómo Cristo vino a ser para ella «libro vivo», no puede olvidar que fue el bendito fray Pedro de Alcántara quien pudo confirmarla en ello, frente a otros muchos que la tenían amedrentada. Bien claro veía ella que su sentir a Cristo cabe sí no era fruto de una imaginación desbordada por falsos sentimientos religiosos; pero el miedo en que la hacían vivir quienes con sus consideraciones la inducían a sospechar siempre de ello, y a ver en tales experiencias ardides del diablo para perderla, la sumergieron en un mundo de dolor y sospecha. Buscaba incesantemente algún maestro que la pudiera llegar a dar razón de lo que ella vivía, que tan lejos estaba de esos engaños y patrañas que la imaginación ponía en muchos de sus contemporáneos, pero que por la dificultad de darlo a entender al ser experiencia surgida en el fondo de su misma vida entregada a Cristo no encontraba confirmación en su vivencia. Con San Pedro de Alcántara llegará la confirmación en lo que vive al descubrir que lo que ella experimenta son visiones muy subidas, que se expresan en luz interior, y no en falsas consideraciones fruto de la imaginación inducida por sentimientos pseudorreligiosos o patrañas del demonio. No eran simples consideraciones para momentos de oración, era don y gracia de Dios que en Jesucristo nos ha dado todo, por eso sólo hombres experimentados podían confirmarla en ello. Su gozo y alegría es grande y no puede dejar de ensalzar a quien supo encauzarla por send«¡Y qué bueno noscción: le llevó Dios ahora en el bendito de fray Pedro de A -exclama al saber de su muerte y recoEste santo hombre de este tiempo era; estaba grueso el espíritu como en los otros tiempos, y así tenía el mundo debajo de los pies. Que, aunque no anden desnudos ni hagan tan áspera penitencia como él, muchas cosas hay para repisar el mundo, y el Señor las enseña cuando ve ánimo. ¡Y cuán grande le dio Su Majestad a este santo que digo, para hacer cuarenta y siete años tan áspera penitencia, como t» Vida 27,16). Describe su penitencia y concl«Con toda esta santidad era muy afable aunque de pocas palabras, si no era con preguntarle. En éstas era muy sabroso, porque tenía muy lindo entendim». Ella sabe que la quería bien, y que fue este amor algo que el Señor quiso la tuviera para volver por ella y animarle en tiempo de tanta necesidad, como fueron los años en que su oración no era entendida ni aprobada por quienes la acompañaban en Avila. Santa Teresa recuerda que nuestro Santo había llegado a Avila invitado por doña Guiomar de Ulloa para que la tratase y aconsejase. Aquel verano de 1560 se preocupa su buena amiga de recabar licencia del Provincial de los Carmelitas para que Teresa pueda salir del convento y hospedarse en su casa. Allí y en algunas iglesias le habló al Santo muchas veces. Le dio cuenta de su alma, como ella acostumbraba a hacerlo, con claridad, sin doblez, poniendo bien al desnudo su alma. Aquel hombre de Dios la llegó a entender por experiencia. Algo que muy pronto descubrió la Santa, en momentos en que ella aún no se sabía entender, ni por lo mismo sabía expresar con precisión lo que «Era menester que hubiese pasado por ello quien del todo me entendiese y declarase lo qu» -afirma nuestra Santa. Y conti«Este santo hombre me dio luz en todo y me lo declaró, y dij. que no tuviese pena, sino que alabase a Dios y estuviese tan cierta que era espíritu suyo, que, si no era la fe, cosa más verdadera no podía haber ni que tanto pudiese cre» Vida 30,4-5). Eran momentos cruciales en la vida de Santa Teresa. El encuentro con San Pedro de Alcántara fue providencial. Abre su espíritu a la alabanza y a la confianza en un mundo de temores y miedos. Le descubre el camino de la verdadera fe, y no sólo eso sino que este hombre que vive en Dios, que sabe de oración vivida como trato de comunión y amistad, sale en defensa de Teresa. Habla con Francisco Salcedo, el caballero santo, y con el padre Baltasar Álvarez porque entiende que esta mujer es digna de lástima entre tanta incomprensión«Díjome -escribe Santa Tereque uno de los mayores trabajos de la tierra era el que había padecido, que es contradicción de buenos, y que todavía me quedaba harto, porque siempre tenía necesidad y no había en esta ciudad quien me entendiese; mas que él hablaría al que me confesaba y a uno de los que me daban más pena, que era este caballero casado que ya he dicho. Porque, como quien me tenía mayor voluntad, me hacía toda la guerra, y es alma temerosa y santa, y como me había visto tan poco había tan ruin, no acababa de asegurarse. Y así lo hizo el santo varón, que los habló a entrambos y les dio causas y razones para que se asegurasen y no me inquietasen más. El confesor poco había menester, el caballero tanto, que aun no del todo bastó, mas fue parte para que no tanto » Vida 30,6).e Desgraciadamente, ha desaparecido la rica correspondencia que entre ambos tuvo que haber, pues concertaron escribirse y encomendarse mucho a Dios tras este encuentro. Ella le guardará siempre el mejor de sus recuerdos cuando haya de hacer relación de conciencia de su vida, asegurando que era un santo varón, de los descalzos de San Francisco, con el que trató mucho y él fue el que hizo mucho de su parte para que se entendiese era buen espíritu el que animaba a la Santa. De nuestro santo también oyó muchas y excelentes razones para apoyar a las mujeres en el camino de la oración, vedado por muchos letrados, asegurando que según San Pedro de Alcántara aprovechan mucho más que los Vida 40,8). Le contará a su hermano muchas cosas buenas de él cuando le escribe a América y le recordará más adelante, pasados muchos años y ya muerto el Santo, para quitar miedos a su hermano -que iniciándose en la oración vive los primeros fervores y se ve envuelto en raros deseos de levantarse entre la noche, y en ra«Si oyera lo quegurando: decía fray Pedro de Alcántara sobre eso, no se es» Cta. 167. A don Lorenzo de Cepeda. Toledo, 2 de enero de 1577). Por último, a Teresa le quedan los libros escritos por el Santo para seguir confortándose con su doctrina, y sentirse identificada con ella. Si para rebatir su pensamiento le aducen lo escrito por el Santo, acabará descubriendo con su oponente, después de leerlo, que dice lo mismo que ella (cfr. 4M 3,4). En s Constitucioneentre los libros que recomienda han de procurar las prioras haya para mantener el alma en sus casas, están los libros de fray Pedro de Alcántara. Tal es el recuerdo vivo y el aprecio que guardó siempre Santa Teresa por este gran Santo, al que tanto debe y con el que tanta sintonía de alma encontró. Francisco Bränd, O.C.D., San Pedro de Alcántara y Santa Teresa d, Jesús en Santuari (Arenas de San Pedro), núm. 123, septiembre- octubre de 1998, 18-20.
* * * *
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA (1499-1562)
por Pedro de Alcántara Martínez, o.f.m.
Era el año del Señor de 1494 [o más bien: 1499] cuando en la Extremadura Alta, en la villa de Alcántara, nacía del gobernador don Pedro Garabito y de la noble señora doña María Villela de Sanabria un varón cuya vida había de ser un continuo milagro y un mensaje espiritual de Dios a los hombres, porque no iba a ser otra cosa sino una potente encarnación del espíritu en cuanto ello lo sufre la humana naturaleza. Ocurrió cuando España entera vibraba hasta la entraña por la fuerza del movimiento contrarreformista. Era el tiempo de los grandes reyes, de los grandes teólogos, de los grandes santos. En el cielo de la Iglesia española y universal fulgían con luz propia Ignacio, Teresa, Francisco de Borja, Juan de la Cruz, Francisco Solano, Javier... Entre ellos el Santo de Alcántara había de brillar con potentísima e indiscutible luz. Había de ser santo franciscano. La liturgia de los franciscanos, en su fiesta, nos dice que, si bien «el Seráfico Padre estaba ya muerto, parecía como si en realidad estuviese vivo, por cuanto nos dejó copia de sí en Pedro, al cual constituyó defensor de su casa y caminó por todas las vías de su padre, sin declinar a la derecha ni hacia la izquierda». Todo el que haya sentido alguna vez curiosidad por la historia de la Orden de San Francisco, se encontrará con un fenómeno digno de ponderación, que apenas halla par en la historia de la Iglesia: iluminado por Dios, se apoderó el Santo de Asís del espíritu del Evangelio y lo plasmó en una altísima regla de vida que, en consecuencia, se convierte en heroísmo. Este evangelio puro, a la letra, es la cumbre de la espiritualidad cristiana y hace de los hombres otros tantos Cristos, otros tantos estigmatizados interiores; pero choca también con la realidad de la concupiscencia y pone al hombre en un constante estado de tensión, donde las tendencias hacia el amor que se crucifica y hacia la carne que reclama su imperio luchan en toda su desnuda crudeza. Por eso ya en la vida de San Francisco se observa que su ideal, de extraordinaria potencia de atracción de almas sedientas de santidad, choca con las debilidades humanas de quienes lo abrazan. Y las almas, a veces, ceden en puntos de perfección, masivamente, en grandes grupos, y parece, sin embargo, como si el espíritu del fundador hubiese dejado en ellas una simiente de perpetuo descontento, una tremenda ansia de superación, y constantemente, apenas la llama del espíritu ha comenzado a flaquear, se levanta el espíritu hecho llama en otro hombre y comienza un movimiento de reforma. Nuestro Santo fue, de todos esos hombres, el más audaz, el más potente y el más avanzado. Su significación es, por tanto, doble: es reformador de la Orden y, a través de ella, de la Iglesia universal. San Francisco entendió la santidad como una identificación perfecta con Cristo crucificado y trazó un camino para ir a Él. El itinerario comienza por una intuición del Verbo encarnado que muere en cruz por amor nuestro, moviendo al hombre a penitencia de sus culpas y arrastrándole a una estrecha imitación. Así introduce al alma en una total pobreza y renuncia de este mundo, en el que vivirá sin apego a criatura alguna, como extranjera y peregrina; de aquí la llevará a desear el oprobio y menosprecio de los hombres, será humilde; de aquí, despojada ya de todo obstáculo, a una entrega total al prójimo, en purísima caridad fraterna. Ya en este punto el hombre encuentra realizada una triple muerte a sí mismo: en el deseo de la posesión y del goce, en la propia estima, en el propio amor. Entonces ha logrado la perfecta identificación con el Cristo de la cruz. Esto, en San Francisco, floreció en llagas, impresas por divinas manos en el monte de la Verna. Y, cuando el hombre se ha configurado así con el Redentor, su vida adquiere una plenitud insospechada de carácter redentivo, completando en sí los padecimientos de Cristo por su Iglesia; se hace alma víctima y corredentora por su perfecta inmolación. Cuando el alma se ha unido así con Cristo ha encontrado la paz interior consumada en el amor y sus ojos purificados contemplan la hermosura de Dios en lo creado; queda internamente edificada en sencilla simplicidad; vive una perpetua y perfecta alegría, que es sonrisa de cruz. Es franciscana. Por estos caminos, sin declinar, iba a correr nuestro Santo de Alcántara. Nos encontramos frente a una destacadísima personalidad religiosa, en la que no sabemos si admirar más los valores humanos fundamentales o los sobrenaturales añadidos por la gracia. San Pedro fue hombre de mediana estatura, bien parecido y proporcionado en todos sus miembros, varonilmente gracioso en el rostro, afable y cortés en la conversación, nunca demasiada; de exquisito trato social. Su memoria fue extraordinaria, llegando a dominar toda la Biblia; ingenio agudo; inteligencia despejadísima y una voluntad férrea ante la cual no existían los imposibles y que hermanaba perfectamente con una extrema sensibilidad y ternura hacia los dolores del prójimo. Es de considerar cómo, a pesar de su extrema dureza, atraía de manera irresistible a las almas y las empujaba por donde quería, sin que nadie pudiese escapar a su influencia. Cuando la penitencia le hubo consumido hasta secarle las carnes, en forma de parecer -según testimonio de quienes le trataron- un esqueleto recién salido del sepulcro; cuando la mortificación le impedía mirar a nadie cara a cara, emanaba de él, no obstante, una dulzura, una fuerza interior tal, que inmediatamente se imponía a quien le trataba, subyugándole y conduciéndole a placer. Sus padres cuidaron esmeradamente de su formación intelectual. Estudió gramática en Alcántara y debía de tener once o doce años cuando marchó a Salamanca. Allí cursó la filosofía y comenzó el derecho. A los quince años había ya hecho el primero de leyes. Tornó a su villa natal en vacaciones, y entonces coincidieron las dudas sobre la elección de estado con un período de tentaciones intensas. Un día el joven vio pasar ante su puerta unos franciscanos descalzos y marchó tras ellos, escapándose de casa apenas si cumplidos los dieciséis años y tomando el hábito en el convento de los Majarretes, junto a Valencia de Alcántara, en la raya portuguesa, año de 1515. Fray Juan de Guadalupe había fundado en 1494 una reforma de la Orden conocida comúnmente con el nombre de la de los descalzos. Esta reforma pasó tiempos angustiosos, combatida por todas partes, autorizada y suprimida varias veces por los Papas, hasta que logró estabilizarse en 1515 con el nombre de Custodia de Extremadura y más tarde provincia descalza de San Gabriel. Exactamente el año en que San Pedro tomó el santo hábito. La vida franciscana de éste fue precedida por larga preparación. Desde luego que nos enfrentamos con un individuo extraordinario. De él puede decirse con exactitud que Dios le poseyó desde el principio de sus vías. A los siete años de edad era ya su oración continua y extática; su modestia, sin par. En Salamanca daba su comida de limosna, servía a los enfermos, y era tal la modestia de su continente que, cuando los estudiantes resbalaban en conversaciones no limpias y le veían llegar, se decían: «El de Alcántara viene, mudemos de plática». Claro está que solamente la entrada en religión, y precisamente en los descalzos, podía permitir que la acción del espíritu se explayase en su alma. Cuando San Pedro, después de haber pasado milagrosamente el río Tiétar, llamó a la puerta del convento de los Majarretes, encontró allí hombres verdaderamente santos, probados en mil tribulaciones por la observancia de su ideal altísimo, pero pronto les superó a todos. En él estaba manifiestamente el dedo de Dios. Apenas entrado en el noviciado se entregó absolutamente a la acción de la divina gracia. Fue nuestro Santo ardiente amador y su vida se polarizó en torno a Dios, con exclusión de cualquier cosa que pudiese estorbarlo. El misterio de la Santísima Trinidad, donde Dios se revela viviente y fecundo; la encarnación del Verbo y la pasión de Cristo; la Virgen concebida sin mancha de pecado original, eran misterios que atraían con fuerza irresistible sus impulsos interiores. Ya desde el principio más bien pareció ángel que hombre, pues vivía en continua oración. Dios le arrebataba de tal forma que muchas veces durante toda su vida se le vio elevarse en el aire sobre los más altos árboles, permanecer sin sentido, atravesar los ríos andando sin darse cuenta por encima de sus aguas, absorto en el ininterrumpido coloquio interior. Como consecuencia que parece natural, ya desde el principio se manifestó hombre totalmente muerto al mundo y al uso de los sentidos. Nunca miró a nadie a la cara. Sólo conocía a los que le trataban por la voz; ignoraba los techos de las casas donde vivía, la situación de las habitaciones, los árboles del huerto. A veces caminaba muchas horas con los ojos completamente cerrados y tomaba a tientas la pobre refacción. Gustaba tener huertecillos en los conventos donde poder salir en las noches a contemplar el cielo estrellado, y la contemplación de las criaturas fue siempre para su alma escala conductora a Dios. Como es lógico, esta invasión divina respondía a la generosidad con que San Pedro se abrazara a la pobreza real y a la cruz de una increíble mortificación. Esta fue tanta que ha pasado a calificarle como portento, y de los más raros, en la Iglesia de Cristo. Ciertamente parece de carácter milagroso y no se explica sin una especial intervención divina.
Si en la mortificación de la vista había llegado, cual declaró a Santa Teresa, al extremo de que igual le diera ver que no ver, tener los ojos cerrados que abiertos, es casi increíble el que durante cuarenta años sólo durmiera hora y media cada día, y eso sentado en el suelo, acurrucado en la pequeña celda donde no cabía estirado ni de pie, y apoyada la cabeza en un madero. Comía, de tres en tres días solamente, pan negro y duro, hierbas amargas y rara vez legumbres nauseabundas, de rodillas; en ocasiones pasaba seis u ocho días sin probar alimento, sin que nadie pudiese evitarlo, pues, si querían regalarle de forma que no lo pudiese huir, eran luego sus penitencias tan duras que preferían no dar ocasión a ellas y le dejaban en paz. Llevó muchísimos años un cilicio de hoja de lata a modo de armadura con puntas vueltas hacia la carne. El aspecto de su cuerpo, para quienes le vieron desnudo, era fantástico: tenía piel y huesos solamente; el cilicio descubría en algunas partes el hueso y lo restante de la piel era azotado sin piedad dos veces por día, hasta sangrar y supurar en úlceras horrendas que no había modo de curar, cayéndole muchas veces la sangre hasta los pies. Se cubría con el sayal más remendado que encontraba; llevaba unos paños menores que, con el sayal, constituían asperísimo cilicio. El hábito era estrecho y en invierno le acompañaba un manto que no llegaba a cubrir las rodillas. Como solamente tenía uno, veíase obligado a desnudarse para lavarlo, a escondidas, y tornaba a ponérselo, muchas veces helado, apenas lo terminaba de lavar y se había escurrido un tanto. Cuando no podía estar en la celda por el rigor del frío solía calentarse poniéndose desnudo en la corriente helada que iba de la puerta a la ventana abiertas; luego las cerraba poco a poco, y, finalmente, se ponía el hábito y amonestaba al hermano asno para que no se quejase con tanto regalo y no le impidiese la oración. Su aspecto exterior era impresionante, de forma que predicaba solamente con él: la cara esquelética; los ojos de fulgor intensísimo, capaces de descubrir los secretos más íntimos del corazón, siempre bajos y cerrados; la cabeza quemada por el sol y el hielo, llena de ampollas y de golpes que se daba por no mirar cuando pasaba por puertas bajas, de forma que a menudo le iba escurriendo la sangre por la faz; los pies siempre descalzos, partidos y llagados por no ver dónde los asentaba y no cuidarse de las zarzas y piedras de los caminos. San Pedro era víctima del amor de Dios más ardiente y su cuerpo no había florecido en cinco llagas como San Francisco, sino que se había convertido en una sola, pura, inmensa. Su vida entera fue una continua crucifixión, llenando en esta inmolación de amor por las almas las exigencias más entrañables del ideal franciscano. No es de extrañar, claro está, que su vista no repeliese. Juntaba al durísimo aspecto externo una suavidad tal, un profundo sentido de humana ternura y comprensión hacia el prójimo, una afabilidad, cortesía de modales y un tal ardor de caridad fraterna, que atraía irresistiblemente a los demás, de cualquier clase y condición que fuesen. Es que el Santo era todo fuerza de amor y potencia de espíritu. Aborrecía los cumplimientos, pero era cuidadoso de las formas sociales y cultivaba intensamente la amistad. Tuvo íntima relación con los grandes santos de su época: San Francisco de Borja, quien llamaba «su paraíso» al convento de El Pedroso donde el Santo comenzó su reforma; el beato Juan de Ribera, Santa Teresa de Jesús, a quien ayudó eficazmente en la reforma carmelitana y a cuyo espíritu dio aprobación definitiva. Acudieron a él reyes, obispos y grandes. Carlos V y su hija Juana le solicitaron como confesor, negándose a ello por humildad y por desagradarle el género de vida consiguiente. Los reyes de Portugal fueron muy devotos suyos y le ayudaron muchas veces en sus trabajos. A todos imponía su espíritu noble y ardiente, su conocimiento del mundo y de las almas, su caridad no fingida. Secuela de todo esto fue la eficacia de su intenso apostolado. San Pedro de Alcántara es un auténtico santo franciscano y su vida lo menos parecido posible a la de un cenobita. Como vivía para Dios completamente no le hacía el menor daño el contacto con el mundo. A pesar de ello le asaltaron con frecuencia graves tentaciones de impureza, que remediaba en forma simple y eficaz: azotarse hasta derramar sangre, sumergirse en estanques de agua helada, revolcarse entre zarzas y espinas. Desde los veinticinco años, en que por obediencia le hacen superior, estuvo constantemente en viajes apostólicos. Su predicación era sencilla, evangélica, más de ejemplo que de palabra. En el confesonario pasaba horas incontables y poseía el don de mover los corazones más empedernidos. Fue extraordinario como director espiritual, ya que penetraba el interior de las almas con seguro tino y prudencia exquisita: así fue solicitado en consejo por toda clase de hombres y mujeres, lo mismo gente sencilla de pueblo que nobles y reyes; igual teólogos y predicadores que monjas simples y vulgo ignorante. Amó a los niños y era amado por ellos, llegando a instalar en El Pedroso una escuelita donde enseñarles. Predicó constantemente la paz y la procuró eficazmente entre los hombres. Dios confirmó todo esto con abundancia de milagros: innúmeras veces pasó los ríos a pie enjuto; dio de comer prodigiosamente a los religiosos necesitados; curó enfermos; profetizó; plantó su báculo en tierra y se desarrolló en una higuera que aún hoy se conserva; atravesó tempestades sin que la lluvia calara sus vestidos, y en una de nieve ésta le respetó hasta el punto de formar a su alrededor una especie de tienda blanca. Y sobre todas estas cosas el auténtico milagro de su penitencia. Aún, sin embargo, nos falta conocer el aspecto más original del Santo: su espíritu reformador. No solamente ayuda mucho a Santa Teresa para implantar la reforma carmelitana; no se contenta con ayudar a un religioso a la fundación de una provincia franciscana reformada en Portugal, sino que él mismo funda con licencia pontificia la provincia de San José, que produjo a la Iglesia mártires, beatos y santos de primera talla. Si bien él mismo había tomado el hábito en una provincia franciscana austerísima, la de San Gabriel, quiso elevar la pobreza y austeridad a una mayor perfección, mediante leyes a propósito y, sobre todo, deseó extender por todo el mundo el genuino espíritu franciscano que llevaba en las venas, cosa que, por azares históricos, estaba prohibido a la dicha provincia de San Gabriel, que sólo podía mantener un limitado número de conventos. Con muchas contradicciones dio comienzo a su obra en 1556, en el convento de El Pedroso, y pronto la vio extendida a Galicia, Castilla, Valencia; más tarde China, Filipinas, América. Los alcantarinos eran proverbio de santidad entre el pueblo y los doctos por su vida maravillosamente penitentes. Dice un biógrafo que vivían en sus conventos -diminutos, desprovistos de toda comodidad- una vida que más bien tenía visos de muerte. Cocinaban una vez por semana, y aquel potaje se hacía insufrible al mejor estómago. Sus celdas parecían sepulcros. La oración era sin límites, igual que las penitencias corporales. Y si bien es cierto que las constituciones dadas por el Santo son muy moderadas en cuanto a esto, sin exigir mucho más allá que las demás reformas franciscanas conocidas, no se puede dudar que su poderosísimo espíritu dejó en sus seguidores una imborrable huella y un deseo extremo de imitación. Y es sorprendente el genuino espíritu franciscano que les comunicó, ya que tal penitencia no les distanciaba del pueblo, antes los unía más a él. Construían los conventos junto a pueblos y ciudades, mezclándose con la gente a través del desempeño del ministerio sacerdotal, en la ayuda a los párrocos, enseñanza a los niños; El 18 de octubre de 1562 murió en el convento de Arenas. La Santa de Avila vio volar su alma al cielo y la oyó gozarse de la gloria ganada con su excelsa penitencia. El Santo moría en paz. Dejaba una obra hecha: una escuela de santos, un colegio de almas intercesoras y víctimas por las culpas del mundo. Sus penitencias llegaron a parecer a algunos «locuras y temeridades de hombre desesperado»; las gentes le tuvieron muchas veces por loco al ver los extremos a que le llevaba su vida de contemplación. Sólo que, como muy gentilmente aclaró a sus monjas Santa Teresa, aquellas locuras del bendito fray Pedro eran precisamente locuras de amor. Cuando Cristo ama intensamente a un alma no descansa hasta clavarla consigo en la cruz. Cuando un alma ama a Cristo no desea sino compartir con Él los mismos dolores, oprobios y menosprecios. La vocación franciscana es, recordémoslo, una vocación de amor crucificado y San Pedro supo vivirla con plenitud. Su penitencia venía condicionada por su papel corredentivo en la Iglesia de Dios y, si no a todos es dado imitarla materialmente, sí es exigido amar como él amó y desprenderse por amor, y al menos en espíritu, de las cosas temporales, abrazándose a la cruz. Pedro de Alcántara Martínez, OFM, San Pedro de Alcánt,ra en Año Cristi, Tomo IV, Madrid, Ed. Católica (BAC 186), 1960, pp. 152-160.
* * * *
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA(1499-1562) Santo Franciscano
por Mariano Acebal, o.f.m.
1.- Vida Juan de Sanabria nació en Alcántara en 1499. Su padre, Pedro Alonso Garavito, después de haber estudiado derecho en Salamanca, fue regidor de Alcántara y murió en 1507. Su madre, María Villela de Sanabria, murió en 1544; de familia acomodada, tuvo de él tres hijos. Después de la muerte de Pedro Alonso ella se volvió a casar con Alfonso Barrantes (que murió en 1529), que era viudo como ella. Él tenía cinco hijos y con ella tuvo otros dos. Juan estudió gramática en su villa natal. Después, de 1511 a 1515, artes liberales, filosofía y derecho canónico en Salamanca. En 1515 ingresó en los franciscanos de la custodia del Santo Evangelio. Esta custodia, fundada en 1502 por Juan de Guadalupe, dependiente de los Conventuales de la Provincia de Santiago, había sido oficialmente estableciSub gravi religionis (17 de marzo de 1508) de Julio II y permaneció en dependencias de los Conventuales hasta 1517 en que, pIte vos in vineam me del 29 de mayo, León X la agregó a los Observantes de Santiago. Juan de Sanabria hizo allí su noviciado en el convento de San Francisco de los Majarretes (Cáceres), cuando Francisco de Fregenal dirigía la custodia. Recibió el hábito del guardián del convento, su tío Miguel Roco, y al profesar cambió su nombre de Juan por el de Pedro. Hizo sus estudios eclesiásticos en Majarretes y Belvís de Monroy. La Custodia del Santo Evangelio o de Extremadura se convirtió en la provincia de San Gabriel en el capítulo provincial de los Observantes de Santiago, el 22 de julio de 1519 (confirmación de León Accepimus quod, 23 de enero de 1520, y del capítulo general de Burdeos el mismo año). Está considerada como la provincia madre de los descalzos de España. Pedro permaneció allí hasta 1557. Recibió el subdiaconado en 1522, el diaconado en 1523 y el sacerdocio en 1524. No es fácil seguir sus desplazamientos por los conventos de los descalzos. Aunque de alma contemplativa, viajó tanto como Santa Teresa. En su provincia ocupó cargos importantes: fue guardián de Robledillo de Gata (Badajoz) y La Lapa (Plasencia). CExponi nob, de 26 de mayo de 1526) le nombró procurador para la defensa de los conventos de Robledillo y Hoyo de Mérida, en contra de los Observantes de Santiago. Fue definidor en tres ocasiones (1535, 1544 y 1551), provincial de 1538 a 1541, y otras tres veces candidato a provincial sin llegar a serlo. Elegido en 15custos custodu para asistir al capítulo general de Mantua (1541), no pudo asistir retenido por una enfermedad en Barcelona, donde conoció a Francisco de Borja (cf. Ubald d’AleFranciscan, t. 6, 1923, pp. 265-78Estudios Franciscanot. 31, 1923, pp. 34-45); fue también elegido en 1552 para el capítulo general de Salamanca (1553). Se le tiene como fundador en esta época de tres conventos: Villanueva del Fresno en 1538, Tabladilla en 1540 y Valverde de Leganés en el mismo año. En cuanto a sus viajes al extranjero, el más probable es el de Niza, donde asistió al capítulo general de 1535; un viaje a Roma en 1554 para encontrarse con Julio III es poco verosímil. Sin embargo, vivió en Portugal: en 1539 se encontraba en la sierra de Arrábida para ayudar a su pariente Martín de Santa María Benavides († 1546) en la fundación del convento y de la custodia de Arrábida, dependiente de la Observancia. De 1542 a 1544 fue guardián y maestro de novicios en Palhaes; en diversas ocasiones (1548, 1550, 1553 y 1557) volvió después al Portugal que tanto amaba. En 1555 su provincial, Juan de Espinosa, le permite retirarse a la soledad de Santa Cruz de Paniagua (Cáceres), donde tomó contacto con Juan Pascual († 1557), fundador de la Custodia de San Simón en Galicia, dependiente de los Conventuales de Santiago. Pedro, el 7 de febrero de 1557, sucedió a Pascual como Comisario general de los Conventuales reformados, con patente del Maestro general Julio Magnani, todo lo cual fue confirmado por un breve de Paulo ICum a nobis petitu, 2 de mayo de 1559). A esta época se remontan las fundaciones en 1557 del célebre convento de Pedroso de Acim (Concepción del Palancar) y, en 1558, en Jerez de los Caballeros (Badajoz), del «beatario» de los Terciarios regulares; en 1561 comenzaban las fundaciones de Aldea de Palo y de Arenas. Sin duda, del hecho de su cargo de Comisario general de los Conventuales reformados, Pedro asistió en 1559 al capítulo general de Aquila. El 2 de febrero de 1561 obtuvo para la custodia de San José el rango de provincia, en dependencia de los Conventuales, a pesar de una fuerte tendencia en favor de la Observancia. Cuando llegó la confirmación de PIn suprema militantis Eccl, 25 de enero de 1563), Pedro de Alcántara ya no estaba allí. Había muerto en casa de Vázquez, médico de Arenas, el 18 de octubre de 1562. Había recibido la Extremaunción del padre fray Arias. De sus 47 años de vida religiosa, había pasado 42 en la provincia de San Gabriel (1515-1557) y cinco en la de San José (1557-1562): 37 años con los Observantes (1517-1554) y 10 con los Conventuales (1515-1517 y 1554-1562), siempre entre los descalzos. Se considera a Pedro de Alcántara como el renovador del franciscanismo. Uno de los principales oradores del Siglo de Oro en España. Fue un hombre lleno de celo apostólico, tranquilo y prudente, pobre y generoso, disponible y obediente, humilde y magnánimo, penitente y acogedor. El Proceso informativo tuvo lugar en Arenas en 1601; el Proceso en sentido estricto, comenzó el 9 de abril de 1615, se prolongó hasta 1622 (en Toledo, Avila, Plasencia, Alcántara, Coria y Arenas). El decreto de beatificación es del 5 de marzo de 1622 y lIn sede Principiso XV, Apostolorum, del 18 de abril de 1622. El texto del Proceso se encuentra en los Archivos de la Congregación de los Ritos, volúmenes 4-7 y 10-13 (el de canonización en los otros volúmenes 8-9 y 14-15). Y comparecieron 551 testigos, de los que 104 no habían conocido a Pedro. Gregorio XV le llama doctor y maestro iluminado en teología mística. El proceso de canonización comenzó el 9 de abril de 1647 (Archivos San Isidoro, Roma, ms. 1/123, 53 f.) y fue aprobado el 23 de diciembre de 1649. Pedro de Alcántara fue canonizado al mismo tiempo que María Magdalena de Pazzi († 1607) por Clemente IX, el 28 de abril de 1669. La Bula de canonizaciónRomanorum gesta Pontificum, del 11 de mayo de 1670, es de su sucesor Clemente X. Para la iconografía,Archivo Ibero-American (t. 22, 1962, pp. 563- 715; BS, t. 10, 1968, col. 661-62). 2.- Escritos a) “Tratado de la oración y meditación” La atribución de esta obra a Pedro de Alcántara ha suscitado una larga querella. Algunos han pensado que había que atribuirla a Luis de Granada († 1588; DS, t. 9, col. 1043-54), como una recopilación sacada de Libro de la oraciaparecido en 1553. Se conoce también el de Martín de Lillo, Suma de Fray Luis de Granada(Alcalá, 1558, en la Biblioteca Vaticana, Barberini U. XI. 45), el de Hernando de Villarreal (edición de 1559 desaparecida; Alcalá, 1570); otro anónimo (Alcalá, 1571), y el que hizo el mismo Granada (Recopilación breve del Libro..., Salamanca, D. de Portonariis, 1574). No es dudoso que la obra impresa bajo el nombre de Pedro tome prestado de la de Granada y le resuma frecuentemente. Pero Pedro aporta mucho de sí mismo y da a su obra un carácter más concentrado y más contemplativo. La dificultad está en esclarecer la historia de la composición. Parece que un primer trabajo del santo sobre la oración circulaba en manuscrito en 1537 (cf. el testimonio de María, infanta de Portugal, muerta en 1577). Una primera edición debió aparecer después de 1548, la cual se perdió. La edición más antigua que tenemos es la procurada por Juan Blavio en Lisboa, sin fecha; se discute si apareció en 1556 ó 1558 (70 páginas; único ejemplar conocido en la Biblioteca Nacional de Lisboa, Res. 1395 A). Después las ediciones se multiplican [en diferentes lenguas, que se citan una por una]. La aportación más importante de Pedro es de orden pedagógico y doctrinal; buscando atender a las gentes pobres en medios y en tiempo, escribe en un estilo sobrio y conciso, muy diferente del elocuente y abundante de Granada; da una enseñanza sólida y al mismo tiempo atrevida para su época, visto el amplio público al que se dirige, orientaciones nítidas, seguras y suficientemente completas sobre Libro de su amigo Granada sin plagiarlo; lo condensa, lo completa aquí y allá, lo mejora frecuentemente (por ejemplo, en la estructura de las exposiciones), añade y llega a realizar uno de los mejores manuales de oración. Pedro cita poco: además de las Escrituras, Agustín, BeMeditationes vitae Chr de Juan de Caulibus, Juan Tauler, Lorenzo Justiniano, Alonso de Madrid, Francisco de Osuna, Antonio de Guev Instrucción para novi de Martín de Santa María Benavides. Ciertas inserciones debidas a Pedro y que no se encuentran en Luis de Granada parecen suponer el conocimiento del Ejerciciosñol de los espiritualde San Ignacio; Francisco de Borja se lo habría comunicado a Pedro. La obra, dividida en dos partes, comienza tratando del fin del hombre, de la vida purificante, de la meditación. El capítulo uno, propio de Pedro, enseña el fruto que se espera de la oración: la devoción, que define con Tomás de Aquino. El capítulo dos indica las materias de meditación (=las de la tarde en la obra de Granada, evocan las de las dosEjerciciossemana. de los ignacianos). Un corto capítulo tres precisa que estas meditaciones convienen al principio de la conversión, cuando el hombre vuelve a Dios. El capítulo cuatro ofrece siete meditaciones sobre la Pasión, la Resurrección y la Ascensión (=meditaciones de la mañana en la obra de Granada; mismos temas que en la tercera y cuarta semanaEjercici). El capítulo cinco expone el conjunto de las seis partes de las que se compone la oración: preparación, lectura, meditación, acción de gracias, ofrenda, petición (Granada no menciona la ofrenda), partes que son el objeto de los capítulos seis al once, donde Granada es muy utilizado (por ejemplo, los capítulos siete a nueve). El capítulo once se inspira en Osuna, en Granada, los cuales siguen a Luis de Blois en la petición última del amor de Dios, pero él es más «extático», más orientado hacia la Encarnación que a la Pasión, más afectivo también. El capítulo doce contieAvisos (Granada no trae más que siete): 1. No ser esclavo del método. 2. No razonar demasiado. 3. Controlar los movimientos afectivos para evitar lo artificial. 4. Evitar la contención. 5. ¿Qué hacer cuando falta la devoción? 6. Duración de la oración (mejor una larga que dos cortas). 7. Cuando el alma es visitada por el Señor, de lo que ella se aprovecha (es la teoría franciscana de las paradas, pausas). Viene después el octavo a«Se debe procurar en este santo ejercicio mezclar meditación y contemplación, de manera que, cuando se ha alcanzado el puerto no hay que navega».más La doctrina aquí enseñada es equivalente a lo que después se ha llamado contemplación adquirida, o incluso la oración de sencillez. La segunda parte trata de la devoción, la cual proviene del amor como la llama del fuego. Los cinco capítulos precisan la noción, los medios que la favorecen, las causas que la perjudican, dan avisos para la vida espiritual. Esta segunda parte trata, de hecho, de la vida unitiva. b) Otras obras Super psalmum Miserer. Transcrito en 1561 por Bernardo Benegas, discípulo de Juan de Avila; el texto comenta los seis primeros versículos; se conserva en Madrid (Real Academia de la Historia). La crítica se lo atribuye con casi toda certeza a Pedro. Constitucio de la provincia de San Gabriel, 1540 (=C. 1), confoEstatuto de Juan de Guadalupe (1501): manuscritos en el Archivo Histórico Nacional de Madrid (Clero, Monteceli del Hoyo, Leg. 1434). Constan de 11 artículos. Constitucio de la provincia de San José, de 1561 y 1562 (=C. 2, C. 3); 11 y 20 artículos, más jurídicos que los de 1540; estarán en vigor hasta 1598. Los puntos principales regulados poConstitucionson la oración y la penitencia. Habrá dos horas cotidianas de oración (C. 1, 8; tres horas en C. 2, y C. 3, 4); las misas se celebrarán sin honorarios (C.2, 8; C. 3, 15); se recitará el Oficio divino, el de la Virgen María y el de difuntos (C. 1, 1; C. 2, 1; C.3, 3), en voz baja y sin cantar; se confesará al menos dos veces por semana y se comulgará al menos los dominios y días de fiesta (C. 3, 7). En cuanto a la vida de penitencia, estará prohibido manejar dinero (salvo en favor de los enfermos); se trabajará manualmente una hora diaria; las dimensiones del convento, de las celdas, de la capilla, etc., vienen fijadas, incluso las camas, la vestimenta (se irá descalzo), el sustento, la disciplina cotidiana, etc. Estas prescripciones se imponen, pero no bajo pena de pecado. Un brevCamino de perfección es atribuido a Pedro (Biblioteca Universidad de Barcelona, ms. 1744, f. 63r-67v; copia del siglo XVII-XVIII). Paz del almatribuida a Pedro, es de Juan de BonTratado de los vot, que ha sido también atribuido a Pedro, es de Jerónimo Savonarola († 1498). Se discute también acerca del aDictamen o Avis (hacia el año 1558) sobre la relación espiritual que transmite Teresa de Avila a diversas autoridades. Está atribuido a Pedro o al dominico Pedro Ibáñez († 1565), o al jesuita Baltasar Álvarez († 1580). Es una exposición precisa en 33 puntos sobre el discernimiento de los estados místicos auténticos. LTratado de la oracde Madrid, 1977, da el texto en apéndice, páginas 191- 95. Pedro de Alcántara ha traducido o copiado una tradu Soliloqui de San Buenaventura (manuscrito autógrafo, Archivo Franciscano Ibero Oriental de Madrid, cajón 541, 98f). c) Cartas Se conocen 12, cuya autenticidad no es discutida. Una carta certifica la Comentario del Apocali del bienaventurado Amadeo de Silva († 1482) (21 de febrero de 1543); se conserva en el Archivo de la Curia general de los Franciscanos (ms. 5/11, f. 319v320v). Otras tres son cartas de fraternidad en favor de Lope de la Cadena (9 de abril de 1539), de Gabriel Sánchez (25 de mayo de 1560) y para la fundación del convento de Aldea de Palo por Guiomar de Ulloa (9 de enero de 1561). Las ocho últimas son cartas propiamente dichas: a la infanta Isabel de Portugal (octubre de 1552), a la infanta María (15 de junio de 1553), a una princesa portuguesa (15 de junio de 1557); tres a Luisa de la Cerda (10 de marzo, 12 de junio y 12 de agosto de 1562); una a Teresa de Avila (14 de abril de 1562), y la última (finales de agosto de 1562) a Álvaro de Mendoza, obispo de Avila († 1586). Estas cartas han sido publicadas en parte por A. Barrado San Pedro de Alcánta, Madrid 1965) [Publicadas tambiVida y escritos de San Pedro de Alcánt, edición de la BAC, de 1996, preparada por R. Sanz]. 3.- Doctrina espiritual La enseñanza alcantarina se inscribe en la óptica platónico-agustina común a la espiritualidad española de su tiempo. Lo que la caracteriza, además, es la insistencia que pone en la pobreza, la penitencia y la oración. La pobreza, en particular, que él quiere que sea de las más estrictas, fue la base de todas las reformas franciscanas; ni los Observantes, ni los Conventuales pudieron realizar el ideal del «pobre eremita» franciscano. Pedro no pretendió reformar la Observancia, sino vivir la «descalcez». No presenta tendencia quietista, como la espiritualidad «capucha»; la suya era, como la de los Descalzos, activa y misionera. Se sabe del éxito de su reforma: los Descalzos alcanzaron los 7.000 y se expandieron por Europa, Asia y América. Su ejemplo suscitó parecidas reformas en los Carmelitas, Agustinos, Camaldulenses, Cistercienses, Servitas, etc. Es una de las tres grandes figuras de los reformadores religiosos en España. Se le ha llamado el más penitente de los santos. Pero no era ni triste, ni retirado. Algunos han visto en él una desviación del ideal de Francisco de Asís, pero la verdad es que se le ha desfigurado volviéndole casi Tratado ha contribuido a formar en la oración a una multitud de franciscanos. El valor de la obra no proviene de la sabia teología de su autor sino de su discernimiento y de su experiencia en la oración. Mariano Acebal Luján , O.F.M., San Pedro de Alcántara, santo franc,scano eSantuari (Arenas de San Pedro), núm. 124, noviembre- diciembre 1998, 7-12.- Traducido por A. MarPierre d’Alcantara, Sa, enDict. de Spirituè. T. XII, 2ª parte, cols. 1489-1495, París, Beauchesne, 1986.
* * * *
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA (1499-1562) Bibliografía básica por Carlos Bermejo, o.f.m.
He aquí una escueta bibliografía sobre San Pedro de Alcántara, que no pretende otra cosa que ofrecer unas obras básicas para la mejor comprensión y conocimiento de su vida, su obra y su espiritualidad. Incluyo aquí los estudios últimos y más definitivos sobre el santo penitente con la intención de que éstos no se queden para consultas de los eruditos, sino que lleguen al creyente cristiano de a pie. AA. VV. Un hombre de hoy. San Pedro de Alcánta. Editorial Cisneros, Madrid 1976.— No es una biografía del Santo. Los autores hacen un esfuerzo para captar, por una parte, el significado de San Pedro en su tiempo y, por otra, acercar su figura y su pensamiento al hombre de hoy. El esfuerzo ha merecido la pena, y así nos encontrarnos con una obra que, desde la vida y pensamiento del alcantarino, cuestiona nuestra vida e ilumina nuestra búsqueda de hombres y mujeres de hoy. Barrado Manzano, Arcángel , o.f.m.
San Pedro de Alcántara (1499- 1562). Estudio documentado y crítico d. Segunda edición preparada por fray Antonio Arévalo Sánchez, o.f.m.
Editorial San Antonio, Cáceres 1995.— Es ya una obra clásica sobre el santo. Es un verdadero estudio documentado de todos los aspectos de su vida. El autor, lejos de quedarse en la frialdad crítica de las citas, ha logrado que la lectura de esta profunda y decisiva obra sea amena y ejemplarizante. Quien desee conocer a San Pedro deberá leerla. González Ramos, Vicente : Biografía de San Pedro de Alcántara, Apoyo de la Reforma Ter. Gráficas Sandoval, Plasencia 1982.— El autor ya publicó unVida popular de San Pedro de Alcántaque ganó el «Premio Alcántara» de 1961. La obra, dentro de su estilo sencillo, no carece de la profundidad del estudio crítico. El mismo autor confiesa que la ha escrito para un lector de tipo medio. Su lectura, sencilla y ágil, es una valiosa ayuda en el conocimiento del alcantarino. Miglioranza, Contardo , o.f.m.
convSan Pedro de Alcánta. Coedición de Misiones Franciscanas Conventuales (Buenos Aires 1982) y Cruzada Mariana (Cáceres 1982).— Obra desenfadada, audaz, moderna. Escrita precisamente pensando en los interrogantes del hombre actual, a quien el santo alcantarino cuestiona radicalmente. Obra sencilla, destinada a todo tipo de lectores. Sanz Valdivieso, Rafa, o.f.m.
(EditVida y escritos de San Pedro de Alcá. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC 570), Madrid 1996, LXXVII+550 pp.— Es la más reciente obra, y quizás la definitiva, sobre el santo penitente. En ella el especialista encontrará una fuente para sus trabajos; pero a la vez, quien desee un primer contacto con la vida y obra del santo, encontrará, además de su vida (150 pp), una serie de introducciones a sus escritos que le animarán a seguir profundizando en su conocimiento. Triviño, María Victor, o.s.Orar con San Pedro de Alcántar. Tau, Avila 1992.— La autora, hermana clarisa, ha escrito esta obra como un acompañamiento para la lectura y comprensióTratado de la Oración y Contemplac de San Pedro de Alcántara. Ella, contemplativa, es un aval para el buen resultado del libro. Ni que decir Tratado de la Oración y Contemplac fue escrito también, y quizás sobre todo, para seglares, la obra que comentamos puede ser utilizada por todo tipo de lectores que deseen iniciarse en el método de oración alcantarino. San Pedro de Alcántar: Tratado de la oración y medita. Introducción de Eduardo Bustamante, o.f.m.
Tercera edición. Rialp, Madrid 1991.— Recomiendo esta edición, en primer lugar, por la introducción que hace fray EduardoTratad, y porque además aporta otros escritos espirituales del santo de gran valor. San Pedro de Alcántar: Tratado de la Oración y Medita. Introducción de don Baldomero Jiménez Duque. Segunda edición. Tau, Avila 1991.— Y esta edición la recomiendo también por quien introduce la obra, don Baldomero Jiménez Duque, uno de los más profundos conocedores tanto de la espiritualidad española de la época como de la figura del santo alcantarino. Carlos Bermejo, O.F.M., Conocer a San Pedro de Alcántara. Bibliografía, básica en Santuario(Arenas de San Pedro), núm. 123, septiembre- octubre de 1998, 44-46.
* * * *
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA (1499-1562) Apuntes biográficos por Baldomero J. Duque y Julio Herranz, o.f.m.
Había nacido en 1499 en Alcántara, hijo de Alonso Garabito y de María Vilela de Sanabria, quienes en su bautismo le pusieron el nombre de Juan. Alcántara está en la raya de las dos Extremaduras (española y portuguesa), tierra dura, sin suavidades, que forja a sus hombres en barro recocido, más recio que el bronce, tierra de «conquistadores». Pero Pedro no se fue con ellos. Después de estudiar en Salamanca se hizo franciscano, cambiando su nombre por el de Pedro: fray Pedro de Alcántara. Era otra la «conquista», no menos heroica ni menos gloriosa que la de sus paisanos, a la que le invitaba una misteriosa llamada. Estamos en una de las épocas más llenas de vida de la historia de España, y en la que se concentra mucho de lo que los españoles han aportado a la historia universal. Edad de oro de la espiritualidad española, que hizo posible una impresionante cosecha de magníficas realidades: un deseo ardiente de reforma; una búsqueda viva e inquieta de vida interior; un interés generalizado por la oración, que deja de ser patrimonio de una élite monástico-religiosa y pasa del convento a la calle, sin distinguir clases, edades o sexos, -porque escribirá fray Pedro a Teresa de Jesús- en temas de vida espiritual y perfección evangéli«no se dio más a hombres que a muj». Va a irrumpir en todo su esplendor la gran «furia» española, una de cuyas cumbres, en el aspecto espiritual, será precisamente San Pedro de Alcántara. Su andadura como franciscano se inicia el año 1515 en el conventito de los Majarretes, junto a Valencia de Alcántara. Pertenecía éste a la Custodia de Extremadura, luego Provincia de San Gabriel, que acogía entonces a algunos de los espíritus más inquietos y más deseosos de retorno a la primitiva observancia de la Regla de San Francisco de Asís. Allí forja fray Pedro su espíritu, en la contemplación, la penitencia y la pobreza, el retiro y el compromiso evangelizador. Durante los ocho años siguientes continúa su formación humanista, teológica y franciscana. En 1524 es ordenado sacerdote. Pronto es superior de algunos conventos y, más tarde, en 1538, Superior Provincial de su Provincia de San Gabriel. Fray Pedro va y viene desarrollando un amplio apostolado, fundando nuevos conventos, visitando a sus hermanos, alentando en ellos el deseo de reforma. Fruto de ello van a ser las nuevas «Ordenacionesque da a la Provincia franciscana. En 1541, al terminar su mandato, viaja a Portugal reclamado por un grupo de franciscanos que, con apoyo de la nobleza, inicia un movimiento de reforma. Él mismo es uno de los fundadores de la Custodia de La Arrábida, que se constituye en Portugal según el estilo y el talante de las reformas franciscanas extremeñas. En Portugal se hace íntimo amigo de las personas de la Corte (Juan III, la reina doña Catalina de Austria, infantes, nobles...), con quienes mantiene una amplia correspondencia de amistad, consejo y dirección espiritual. Allí es, durante algunos años, maestro de novicios. Tal vez surgen entonces, en su iniciación a éstos en la práctica de la oración, los priTratado de la Oración y MeditaciEscrito con el propósito de acercar a los cristianos de a pie la práctica de la oración, y editado sin cesar, es uno de los libritos que más ha contribuido a divulgar el ejercicio de la oración y meditación en España y en el extranjero. Vuelve a España, reclamado por su Provincia. Crecen en él los deseos de mayor austeridad, soledad de vida y oración. En 1554 consigue de sus superiores autorización para retirarse, con un compañero, a un eremitorio en Santa Cruz de Paniagua (Cáceres). Su exquisita sensibilidad pone una nota de humanidad y de ternura en el marco de su pobre desierto: el pequeño huertecillo había de estar siempr«para que estuviese siempre verde». Al cabo de dos años marcha al pueblo cacereño de Pedroso de Acim, donde Rodrigo de Chaves, dirigido suyo, le cede una pequeña casa junto a la fuente de El Palancar. Allí se hace levantar fray Pedro, en una superficie de unos 70 me«convento más pequeño del mundo»Éste será su conventito de predilección. En El Palancar vive fray Pedro su proverbial ascetismo, hecho de pobreza franciscana y de una austeridad de vida y penitencia tales, que asombró a sus mismos contemporáneos, acostumbrados a formas de vida austeras y penitentes para nosotros casi impensables; pero allí, sobre toda otra cosa descuella su oración y contemplación. Desde El Palancar despliega una extensa labor apostólica por toda Extremadura y se relaciona con los personajes más importantes de la España de entonces: Carlos V, que le llama a Yuste para hablarle de su alma; la princesa doña Juana; el Obispo de Coria, don Diego Enríquez; los condes de Oropesa, y San Francisco de Borja que, de paso hacia Yuste y Portugal, escribe a«Fuera yo de muy buena gana a su ermita de Vuestra Reverencia, y tuviérala por un paraíso en la tierra... A la vuelta espero en el Señor que nos veremos y trata». Y así fue.larmente Al Palancar llegan los innumerables mendigos de la región, con quienes fray Pedro comparte con generosidad extrema su pobre mesa; allí acuden también los niños del entorno, y el santo, gustosa y entrañablemente, les enseña las pr«doctrina cristiana». Por dificultades surgidas en su Provincia de San Gabriel, fray Pedro sale de ella en 1558, y su conventito pasa enseguida a formar parte de la nueva Custodia descalza de San José. Pocos años le quedan de vida al santo, pero serán maravillosamente activos: va y viene a Roma como Comisario de los franciscanos reformados de España; funda sin cesar más y más conventos (San Juan Bautista en Deleitosa, El Rosarito en Oropesa, San José en Elche, San Antonio en Aspe, y la Magdalena en Aldea del Palo); y erige en Provincia la Custodia de S«Ordenaciones», exponente impresionante de su espiritualidad: contemplación altísima, pobreza extrema en la construcción de los conventos, austeridad extraordinaria e inquietud misionera llameante. Maravillosamente activo y a la vez sumido en altísima contemplación de Dios, pasa como una llama y los prodigios caen de sus manos a su paso. En Herradón de Pinares saca vivo a un niño ahogado en un pozo; en el puerto de El Pico la nieve queda protegiéndole una noche como si fuese una cueva caliente; son continuos sus éxtasis en la oración; se mantiene en el aire orando ante la cruz; cura enfermos y convierte pecadores... En el verano de 1560 fray Pedro está en Avila para tratar con doña Guiomar de Ulloa, antigua dirigida suya, de una nueva fundación en el pueblo zamorano de Aldea del Palo. Durante su estancia en Avila tiene lugar el encuentro del santo con Teresa de Jesús, turbada porque no logra hacer luz en su experiencia espiritual. Este encuentro había de marcar profundamente la vida de la santa, como ella Autobiografí(cap. 30):«Casi a los principios vi que me entendía por experiencia, que era todo lo que yo había menester... Este santo hombre me dio luz en todo, y me lo declaró, y dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios, y estuviese tan cierta que era espíritu suyo, que si no era la fe, cosa más verdadera no podía haber, ni que tanto pudiese creer». Pedro de Alcántara tranquiliza y asegura el espíritu de Teresa de Jesús, y entre ambos santos surge una profunda y sincera amistad: en adelante, él es el consejero fiel de la santa y quien la orienta y le da el impulso definitivo para iniciar la reforma del Carmelo con la fundación del convento de San José de Avila; y fray Pedro abre su corazón a la Madre Teresa, que será su primer biógrafo, dedicándole Autobiografía,en los que, a decir de un cronista de la ép«le deja eternizado y por ellos como canonizado en el mundo». . . Es probablemente con ocasión de este viaje, de paso para Avila, cuando Pedro de Alcántara conoce en Arenas la ermita de San Andrés del Monte, a poco más de dos kilómetros de la villa. Levantada en el primer tercio del siglo XVI, era ésta una pequeña edificación de poco más de treinta metros cuadrados, de estilo gótico isabelino. La cofradía arenense de San Andrés se la ofrece para la fundación de un nuevo convento de su reforma. Cuentan las crónicas que tanto agradó al santo el lugar que«Dios tiene grandes designios sobre este lugar». El nuevo conventito se edifica según las Ordenaciones de la Provincia de San José, aprobada«Item, ordenamos que las casas que de aquí en adelante se tomaren, sean pobres y pequeñas, conforme a la traza de este Capítulo. Y en el edificio donde han de morar los frailes resplandezca toda vileza y pobreza... Y las celdas sean de siete palmos de vara, y la que más de siete pies... Y la casa tenga a lo menos 45 pies, y a lo más 50... Y cada año vayan los frailes al señor de la casa con las llaves de ella, y le den gracias por el tiempo que les ha dejado morar en su casa y le pidan dejarlos morar en ella por el tiempo que él quisiere». En la ladera del monte se construyen varias pequeñas ermitas para retiro temporal alternativo del puñado de hermanos que han de formar la fraternidad conventual. De ahora en adelante Arenas y su comarca experimentarán las riquezas del apostolado y el ejemplo de la vida de fray Pedro, que fija su residencia en Arenas en la primavera de 1562. En el verano se recrudece la enfermedad que lo acompañaba desde hacía algunos años, a la que se une ahora una llaga profunda en una pierna. Pero esto no le impide continuar su apostolado itinerante y las gestiones para nuevas fundaciones. Aún pudo ver y bendecir, en agosto, el convento teresiano de San José, a la espera de su próxima inauguración. A la vuelta de Avila se establece en Arenas en una casa que la cofradía de San Andrés tiene en la villa, que fray Pedro había aceptado para residencia temporal de sus hermanos mientras se ultimaba su conventito. De aquí sale el 13 de septiembre para presidir el Capítulo Provincial en el convento de San Juan Bautista en Deleitosa. Finalizado el Capítulo va a ver a los Condes de Oropesa, mecenas y patronos de algunas de sus fundaciones, con quienes le une una gran amistad. Se hospeda en su palacio. Fray Pedro, aunque necesitado de cuidados, no acepta otra habitación que una diminuta dependencia, de angosto acceso, en el entresuelo. Ante el agravarse de su enfermedad, el 12 de octubre se hace llevar a Arenas, donde quiere recibir la muerte rodeado de sus hermanos. En el amanecer del 18 de octubre, alegre de verse ya de partida para la gloria, después de pedir perdón a su cuerpo por las asperezas y rigores con que le había tratado todo el tiempo de su vida, comenzó a rezar el«miserere» quedándose absorto en la contemplación de la Trinidad y de la Virgen María. Vuelto en sí, y diciend«¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del», entregaba su espíritu. «Llevóselo el Señor a desca», dirá la santa abulense. Podía descansar en paz; paz para su cuerpo agotado por los viajes, fatigas y mortificaciones; paz para su alma siempre en tensión, deseosa de encontrarse con Jesucristo. La noticia de su muerte se difundió inmediatamente por toda la comarca. Las gentes de Arenas y sus alrededores acudieron en masa a dar su último adiós a aquel de cuya compañía, amistad, favores espirituales y testimonio de vida habían gozado, y al que todos consideraban santo. Allí estaban todos, al día siguiente, en su entierro a los pies del altar en la ermita de San Andrés. La fama de su santidad hizo que su sepulcro se convirtiera enseguida en meta de peregrinación de innumerables devotos que, sin distinción de clase ni condición, reconocían su santidad e invocaban su intercesión. En 1591 sus restos fueron colocados en un nicho al lado del evangelio en la ermita de San Andrés, ampliada pocas fechas antes. El arca que contenía los restos se tabicó, al no estar autorizado su culto; pero, como memoria de la presencia allí de tan preciado tesoro, en la pared se pintó una imagen suya, que es hoy el primer testimonio iconográfico alcantarino. Años más tarde, en 1616, ya bastante avanzado el proceso de beatificación, se hizo una pequeña capilla al lado derecho del altar, a la que se trasladaron de nuevo los restos del santo, autorizado ya su culto público. Respondiendo a la reiterada petición de cardenales, obispos, reyes, nobles y pueblo sencillo, que escriben al Papa solicitando la gloria de los altares para fray Pedro, Gregorio XV lo beatificó el 18 de abril de 1622, domingo de pascua. Con este motivo Arenas lo declaraba patrón perpetuo de la villa e hizo voto de tener por día de fiesta perpetuamente el 19 de octubre de cada año. Su canonización por Clemente IX, en 1669, universalizó su historia personal, su santidad y su culto. En 1674 era nombrado patrono de la diócesis de Coria-Cáceres; en 1752 se colocaba en la Basílica Vaticana, en Roma, una gran estatua del santo, obra de Francisco de Vergara, privilegio reservado a los grandes fundadores de órdenes religiosas, concedido a él y a Teresa de Jesús; en 1757 se puso la primera piedra de la capilla que había de acoger definitivamente sus restos en su convento de Arenas, obra del arquitecto real Ventura Rodríguez, y en la que dejaron muestra de su buen hacer algunos de los artistas más renombrados del momento: Francisco Gutiérrez, Francisco Bayeu, Sabatini y José Antonio Giardoni, entre otros. En 1826 fue declarado patrono del Brasil, y en 1962 lo era de Extremadura, compartiendo patronazgo con la Virgen de Guadalupe. De la difusión de su santidad y su culto se harán cargo reyes, príncipes, nobles y pueblo llano, pero tendrá como principales protagonistas a los frailes de su reforma franciscana. De la Provincia de San José surgen otras Provincias de España y tierras de ultramar, hasta llegar a un total de veintiuna entidades. Los alcantarinos españoles se dirigen hacia Méjico y Extremo Oriente, mientras los portugueses se orientan hacia India y Brasil. Las franciscanas alcantarinas, fundadas en el siglo XIX, y extendidas por Europa, África y América, llevan hoy por el mundo el nombre alcantarino como signo de identidad. Signo de su proyección mundial es también la enorme difusión de la imagen de San Pedro de Alcántara en el arte, siendo uno de los santos franciscanos mayormente representados, no sólo en España, Portugal e Italia, sino también en Hispanoamérica y en Extremo Oriente. A él dedicaron su arte: Martínez Montañés, Alonso Cano, Pedro de Mena, Francisco Salzillo, Francisco de Vergara, Zurbarán, Lucas Jordán, Claudio Coello, Tiépolo, etc.; y en nuestros días lo han hecho, entre otros: Juan de Ávalos, Navarro Gabaldón, Venancio Blanco y Antonio de Oteiza. Pero ¡fue una lástima que El Greco no le conociera y pintara!, que con sus grises, amarillos, rojos, esmeraldas y ocres no nos haya podido dejar el retrato delirante de la llama -el alma- en el haz de sarmientos -el cuerpo- de fray Pedro de Alcántara, una figura egregia de singular grandeza humana y espiritual, el hombre que expresa y de la España del siglo XVI. Su vuelo, que por ser de un ayer que pasó y tan atrevido, en algunos aspectos sólo podemos admirar, constituye todo un poema de humanidad, de incondicionalidad en la fe, de vida evangélica y santidad, óptimo correctivo para la timidez d«light».a cultura y vida Baldomero Jiménez Duque yJulio Herranz , O.F.M., San Pedro de Alcántara, apuntes biogr,ficos eSantuari (Arenas de San Pedro), núm. 123, septiembre-octubre de 1998, 4-9.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.