SAN PEDRO BAUTISTA Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES DE NAGASAKI (†1597)
por Antonio González Molina, s.j.
-¿Y toda la tierra aquí señalada pertenece al rey de España? -¡Claro que sí -respondió un contramaestre español extendiendo orgulloso un mapa del mundo-, y conquistada con el valor de sus armas! -¿Y cómo es posible, si los soldados de vuestros barcos son muy pocos? -Señor -volvió a responder el contramaestre-, primero se envían a predicar misioneros y después llega la armada vencedora. Quizá pocas veces unas palabras dichas falsamente a voleo habrán dado ocasión a tan desastrosas consecuencias. La jactanciosa afirmación tardó muy poco en llegar a oídos de Taikosama, emperador del Japón, que, con fingida indignación, instigado por lasbonzos, especialmente por el envidioso Jacuin, decidió aprovecharlas como pantalla de sus predeterminados planes de aniquilación de la «religión occidental».
* * * *
A la llegada de San Francisco Javier a Japón, aquel gran Imperio, formado por numerosas islas, no estaba bajo la jurisdicción de un solo emperador, sino que se encontraba dividido en sesenta y seis pequeños feudos, todos ellos independientes entre sí y ordinariamente en no muy cordiales relaciones. En el invierno de 1551, fecha de partida de Javier para la India, el número de japoneses cristianos ascendía a 2.000, juntamente con dos príncipes de los más poderosos del país. La obra evangelizadora, secundada por sus inmediatos sucesores, fue creciendo rápidamente con ritmo optimista. A los veinte años de la breve estancia del Santo en el Japón, toda la isla de Amakusa era cristiana con su rey Miguel, añadiéndosele después los reyes de Bungo, Arima y Goto. Templos cristianos fueron construídos en varias provincias, y las escuelas y los colegios católicos empezaron a cobrar importancia. En Kyushu, sólo en dos años fueron bautizados más de 70.000 japoneses, entre los que figuraban altos jefes civiles y militares. A la venida del padre Valiñano, S.I. (1579), en calidad de visitador, el Imperio del Sol Naciente contaba con 150.000 cristianos y 54 jesuitas, 22 de los cuales eran sacerdotes. Las alabanzas de Javier sobre la buena disposición de los «japoneses» para recibir la fe de Cristo no eran puras ilusiones de exaltado, sino auténtica clarividencia de profeta. Pero el camino ancho y fácil no ha sido nunca la vía elegida para acercarse a Dios los hombres. El Japón, como antes el Occidente pagano, tropezó pronto con graves dificultades que le incluían sangrientamente en la economía tradicional del evangelio de un «crucificado». En 1582 la geografía política del Japón recibió una terrible sacudida, que le costaba, primero, el trono al rey Nobunaga y, después, al cabecilla del partido de la oposición, Akechi, que moría asesinado al poco tiempo. De la desorientación reinante entre ambas facciones supo sacar provecho un antiguo leñador, Hideyoshi, que había obtenido los más altos cargos del ejército. Grandes dotes de gobierno, firmeza y audacia sin escrúpulos de ninguna clase, fueron los escalones que le ascendieron rápidamente hasta el poder. Desde los primeros momentos se mostró favorable para la nueva religión y sus predicadores, pero poco a poco su vida licenciosa privada le llevó a odiar a esa «religión extranjera» que condenaba sus bestiales pasiones. En julio de 1587, escuchando bonzon Jacuin, decretaba la inmediata deportación de todos los misioneros y la demolición de los templos y escuelas cristianas, en el plazo de veinte días. Sin embargo, la prudente conducta de los misioneros evitó, por el presente, derramamiento de sangre. La iglesia de Japón empezaba en este caluroso verano de 1587 su «primera época de catacumbas». Los jesuitas se vistieron a la japonesa y fueron suprimidas las manifestaciones públicas del culto. El emperador, a pesar de estar informado de estas actividades clandestinas, «se contentaba -escribe el padre Froes, S.I., provincial entonces de los misioneros- con vernos retirados en esta forma, sin atreverse a descubrirnos y castigarnos como a transgresores de sus órdenes». Quizá también por miedo a estropear el frecuente y productivo comercio con españoles y portugueses.
* * * *
En este peligrostatu qu en que se encontraban las relaciones de los cristianos del Japón, desembarcó la primera expedición de franciscanos procedentes de Filipinas. Desde el primer día, con admirable celo se dedicaron los nuevos misioneros a la predicación y a las obras de caridad con pobres y enfermos, cosechando rápidamente abundante fruto espiritual entre los paganos. Levantaron iglesias, hospitales, etc. Gentes de todas clases sociales acudían para presenciar aquellos maravillosos espectáculos de caridad y ver a los fraile vestidos miserablemente y cuidando maternalmente a los pobres leprosos. «Dichosos frailes que tan buen Dios tenéis y tan santa ley predicáis», decían muchos presentes, según fray Ribadeneira, O.F.M., miembro de la primera expedición. La bondad de los santos frailes se ganó pronto la simpatía de todos, aun del mismo emperador, que fue olvidándose cada vez más del exterminador edicto y mostrándose inofensivo para los legalmente proscritos cristianos. Sin embargo, todo vino a resultar «calma precursora de tormenta»... En noviembre de 1596, nueve años después del edicto, el galeóSan Feli, en ruta desde Manila a Nueva España, tuvo una arribada forzosa en las costas de Urando, empujado por una tormenta. Nobunaga, conocedor de la formidable mercancía y de su estupendo armamento, dio inmediatamente órdenes de expropiación, a pesar de las protestas del capitán español, don Matías Landecho. Entre las cosas expropiadas figuraba un mapa marinero y a la vista del cual se desarrolló la escena referida al principio. Para encubrir este robo y violación, el emperador acusó a los frailes de predicar la fe cristiana, en contra de sus órdenes expresas, y tachó la arribada forzosa de premeditados planes militares de invasión española, aprovechando las inconsideradas palabras del citado contramaestre. De nada sirvieron las explicaciones y las embajadas. La misma noche del 8 de diciembre de 1596 ordenaba al gobernador de Osaka el encarcelamiento de los misioneros y de sus adeptos.
* * * *
La promulgación del nuevo edicto en Meako y Osaka produjo una impresión desconcertante entre los millones de paganos, que no entendían la nueva y extraña manera de comportarse de estos «perros cristianos». Según todas las crónicas, más parecía que se había publicado un edicto de coronación y gloria que de muerte. Las calles se llenaban de grupos de cristianos que, con extraordinarias muestras de alegría, corrían a las casas custodiadas de los misioneros para ponerse a sus órdenes, ofreciendo sus bienes y sus vidas, orgullosos de poder confesar con su sangre la fe de Cristo. Como escribía San Pedro Bautista, O.F.M., superior de los franciscanos en el Japón y uno de los mártires: «Bendito sea Dios y Padre de N. S. J... por hacernos esta merced de padecer con alegría por su amor. El Señor dé a V. C. su divino espíritu, porque no hay lugar de escribir más...» Al poco tiempo moría crucificado. Hasta los niños no se acobardaban al ver la fortaleza de los mayores. En Nagasaki un niño preguntó a un misionero si todos los cristianos debían morir. -Sí -contestó el misionero-, y ¿qué harás tú cuando se enteren que eres cristiano? -Así -contestó el pequeño, poniéndose de rodillas y bajando la cabeza. -¿Y qué le dirás al verdugo, cuando vaya a matarte? La pobre criatura se echó a llorar porque creía que era necesario decir algo especial y él no sabía... -Diré: ¡Jesús, María! ¡Jesús, María! Hasta que me hayan cortado la cabeza...
* * * *
Pero el emperador Taikosama meditaba fríamente sus planes. Aconsejado por el gobernador Gibunoshi de los perjuicios económicos que se seguirían de una ruptura de comercio con las naves portuguesas, restringió a última hora la extensión del edicto a «sólo los que han llegado de Filipinas y a sus acompañantes». En la lista de ejecución quedaban, por tanto, únicamente cinco franciscanos de Meako, 15 japoneses bautizados por los frailes y otro franciscano con dos cristianos de Osaka. A los cuales se les añadieron otros tres japoneses, encontrados en casa de los jesuitas de Osaka: Pablo Miki, Juan de Goto y Diego Kisai. A pesar de las gestiones ante el gobernador, alegando que éstos no estaban legalmente incluídos bajo el edicto, «la lista ya está en poder del emperador», respondió secamente. Los dos últimos se hubieran podido librar, además, manifestando que no pertenecían a la Compañía de Jesús, pero prefirieron aprovechar esta ocasión del martirio y pidieron al padre Provincial ser admitidos en la Orden. El día 3 de enero, los mártires fueron conducidos a la parte inferior de la ciudad de Meako y se les cortó la mitad de la oreja izquierda. Después, las víctimas, de tres en tres en las carretas, recorrieron las calles de la ciudad, precedidas del edicto de muerte. Al día siguiente emprendieron la sangrienta marcha hacia Nagasaki. El plan del emperador era infundir terror en los japoneses hacia el cristianismo. Pero el resultado fue asombrosamente contrario. Su presencia dolorosa por pueblos y ciudades era una exposición sublime de heroísmo y fidelidad, y en sus cuerpos mutilados resplandecía la grandeza de la fe y el valor de los cristianos. El gobernador de Nagasaki se hizo cargo de la ejecución. Al recibir a los condenados y encontrarse entre ellos con su íntimo amigo, Pablo Miki, maldecía el sanguinario edicto que le obligaba a tal crimen. «Mi muerte no es digna de llanto -le contestó el mártir- sino de envidia. Muero por predicar la ley del Dios verdadero y la única salvación». El lugar señalado para la ejecución fue la colina situada enfrente de la ciudad, que actualmColina de los Márt. Las cruces fueron enfiladas y se había señalado el orden de los mártires para que todos supieran en dónde se hallaba la víctima que más le interesaba. La cruz japonesa consta de dos travesaños clavados a un tronco, y el reo queda sujeto por medio de cinco anillos de hierro, que le aprisionan las manos, los pies y el cuello. La muerte se produce con dos lanzas que, entrando por los costados, se cruzan en el pecho y salen por los hombros. A la señal del capitán las veintiséis cruces fueron izadas y quedaron alineadas mirando a la ciudad. Y entonces, mientras iban ascendiendo en el patíbulo, en el valle de Nagasaki empezaron a resonar las voces gloriosas de los testigos de Cristo, que se acercaban a las puertas Te la muerte con un sublime Deum , de acción de gracias. La Colina de los Márt está de pie todavía ante el Japón y ante el mundo entero, como una custodia de sangre cuajada con los dolores de estos 26 mártires de Nagasaki, fusión mística y redentora de los primeros misioneros franciscanos y jesuitas en la gran empresa del Reino de Cristo. Antonio González Molina , S.I., Los Mártires de Nagasa, enAño Cristian, Tomo I, Madrid, Ed. Católica (BAC 182), 1959, pp. 279-284.
* * * *
Mártires de Japón . El 6 de febrero la iglesia celebra la fiesta de los 26 protomártires de Japón, que fueron crucificados y alanceados en Nagasaki el 5 de febrero de 1597San Pedro Bautista, franciscano español, y otros cinco hermanos suyos de hábito, así como diecisiete japoneses, seglares franciscanosSan Pablo Miki y dos de sus catequistas, todos ellos japoneses. Pablo Miki nació en Japón entre los años 1564 y 1566, ingresó en la Compañía de Jesús y predicó con mucho fruto el Evangelio entre sus conciudadanos. Las tensiones políticas y religiosas surgidas en aquel país desencadenaron una persecución contra los cristianos, que en algún tiempo habían sido bien acogidos y habían trabajado provechosamente en el campo religioso y social. Fueron beatificados en 1627 por Urbano VIII, y Pío IX los canonizó en 1862. El calendario franciscano pone como cabeza del grupo a San Pedro Bautista; el de la Iglesia universal, al japonés San Pablo Miki. He aquí los datos de los frailes franciscanos: San Pedro Bautista nació en San Esteban del Valle (Ávila, España) el 24 de junio de 1542. Fueron sus padres Pedro Blázquez Herrero y María Blázquez Villacastín. Hechos sus estudios en Oropesa, Ávila y Salamanca, vistió el hábito franciscano a la edad de 24 años en el convento de Arenas de San Pedro (Ávila). Después de su profesión y de su ordenación sacerdotal, ejerció diversos cargos en su Provincia hasta que, en 1581, se unió al grupo de misioneros destinados a Filipinas. Partió de Sevilla aquel mismo año y estuvo misionando en Méjico hasta que se embarcó para Manila, adonde llegó en septiembre de 1583 o, más probablemente, de 1584. En Filipinas desempeñó los cargos de Custodio y de guardián de Manila, y trabajó mucho predicando el Evangelio. Con otros compañeros pasó en 1593 al Japón, enviado por el Gobernador de Filipinas como embajador de Felipe II ante el emperador Taikosama. Trabajó denodadamente, convirtió a muchos a la fe y edificó iglesias y hospitales. Pero, al surgir en el país discusiones religiosas y políticas, quedó interrumpida la actividad apostólica, y Pedro Bautista fue apresado. Entre escarnios del pueblo lo trasladaro. a Nagasaki, y allí, junto con otros cinco religiosos franciscanos, diecisiete terciarios, el jesuita Pablo Miki y dos de sus catequistas, padeció el martirio, crucificado y alanceado, el San Felipe de Jes o de las Casas, acólito, mejicano, nacido de padres españoles, Alonso de las Casas y Antonia Martínez, en la Ciudad de México en 1571. Tuvo varios hermanos y hermanas, entre ellos un franciscano, un agustino y dos religiosas. A los 16 años ingresó en el convento franciscano de Puebla, pero lo abandonó muy pronto y se dedicó al oficio de platero. Su padre lo envió a Filipinas, a estudiar economía. Poco después, en 1593, vistió el hábito franciscano en el convento de Santa María de los Ángeles de Manila. Llegado el momento de su ordenación, los superiores lo enviaron a México, pues en las Filipinas no había por entonces ningún obispo. A los pocos días de iniciar el viaje, el galeón "San Felipe" naufragó en aguas de Tosa, y Fr. Felipe se refugió en el pequeño convento franciscano de Meaco o Miyako, donde muy pronto lo arrestaron. Fue el último en llegar a Japón y el primero a quien alancearon los verdugos. San Felipe, patrono de los plateros, es el primer mártir y santo mexicano. San Francisco Blanc nació en Monterrey (Orense, España) hacia el año 1567. Estudió en los jesuitas de su pueblo y en Salamanca, donde pidió el ingreso en la Provincia franciscana de Santiago (Galicia); fue a hacer el noviciado a Villalpando, y después de su profesión regresó a Salamanca. De paso hacia Filipinas, adonde llegó en 1593, estuvo algún tiempo en México, donde se ordenó de sacerdote. Fue discípulo de Fr. Martín de la Ascensión, y los dos juntos llegaron a Japón a mediados de junio de 1596. San Francisco de La Parrill o de San Miguel, hermano laico, nació en 1543 en La Parrilla, pueblo cercano a Valladolid en cuyo convento de San Francisco tomó el hábito a la edad de 21 años; luego pasó al convento del Abrojo y más tarde se incorporó a la Provincia de San José. Camino de Filipinas, permaneció un par de años en México. En 1593 formó parte del séquito que acompañó a San Pedro Bautista cuando éste fue a Japón en misión de paz. La sentencia de prisión y muerte le sorprendió en Miyako. San Gonzalo García , hermano laico, nació en la ciudad de Bazaín, en la India Oriental de Portugal, de padre portugués y madre india, hacia el año 1562. De joven estuvo con los jesuitas en Japón, sin llegar a profesar en la Compañía. Luego de dedicó al comercio, viajó de Japón a China y de aquí a Manila donde vistió el hábito franciscano. Cuando en 1593 San Pedro Bautista fue enviado a Japón en misión de paz, San Gonzalo fue incluido en su séquito como intérprete. Fue apresado en Miyako. San Martín Aguirre de la Ascensió, joven sacerdote, nacido en Vergara (Guipúzcoa, España) el año 1567, que, siendo estudiante de teología en la Universidad de Alcalá de Henares, vistió el hábito franciscano en la Provincia de San José. Seis años más tarde pasó a México, camino de Filipinas. Procedente de Manila llegó a Japón a mediados de junio de 1596, siendo destinado al convento de Osaka; allí le sorprendió la persecución contra los cristianos, y fue llevado preso a Miyaco, para continuar junto con sus hermanos el camino del calvario.
* * * *
De las cartas de San Pedro Bautista, camino del martirio (De 4 de enero y 2 de febrero de 1597: EArchivo Iberoamericano 5 (1916), pp. 303-309)
A seis hermanos de los que acá estamos nos han tenido presos muchos días, y nos sacaron por las calles públicas de Meaco con tres japoneses de la Compañía, uno de los cuales era hermano recibido ya, y otros cristianos, que por todos somos veinticuatro. Y después de esto se dio sentencia que nos crucificasen en Nagasaki, donde ahora vamos de camino por tierra, que son más de cien leguas de Castilla, por ser en este mes y llevarnos a caballo, y muy bien guardados, porque llevamos algunos días más de doscientos hombres para nuestra guardia. Con todo eso, vamos muy consolados y alegres en el Señor, porque la sentencia que se dio contra nosotros dice que porque predicamos la ley de Dios contra el mandato del rey nos mandan crucificar, y a los demás por ser cristianos. Los que tuvieren espíritu de morir por Cristo ahora tienen buena ocasión. Lo que yo siento es que se animarían mucho los cristianos si por acá viesen religiosos de nuestra Orden; aunque puede tener por cierto que, mientras durase este rey, no se conservarán muchos días en Japón en nuestro hábito, porque luego los trasladarán a la oad quam nos perducat. La sentencia que se dio contra nosotros traen públicamente delante de nosotros, escrita en una tabla. Dice que porque hemos predicado la ley de Nauan contra el mandato de Taycosama, y que en llegando a Nagasaki nos crucifiquen; por lo cual estamos muy alegres y consolados en el Señor, pues que por predicar su ley perdemos las vidas. Venimos seis frailes y dieciocho japoneses, contenidos en la sentencia; unos por predicadores y otros por cristianos. De la Compañía de Jesús viene un hermano y un dóxico y otro hombre. Sacáronnos de la cárcel y subiéronnos en unas carretas, y a todos los dichos cortaron a cada uno un pedazo de una oreja, y así nos pasearon por las calles de Meaco, con mucho aparato de gente y lanzas. Volviéronnos a la cárcel, y otro día nos llevaron bien atados, las manos atrás, y a caballo, a Usaca; y otro día nos sacaron de la cárcel y nos pasearon en caballos por las calles de la ciudad, y nos llevaron a Sacay y allí hicieron lo mismo, y con pregón público en todas tres ciudades. Entendimos que nos quitarán las vidas, pero a la vuelta supimos en Usaca que mandaban viniésemos a Nagasaki a lo dicho. Por amor a Dios pedimos todos con mucho fervor oren por nosotros, que el viernes que viene, creo, sin falta nos crucificarán, según lo que acá he oído. En ese mismo día nos cortaron en Meaco parte de una oreja. Por grandes mercedes de Dios tenemos todo lo dicho. Ayudas, hermanos carísimos, de oraciones, para que sean gratas a su Majestad nuestras muertes, que en el cielo, doDeo volent, seremos gratos, y acá no he estado olvidado de vuestras caridades, antes los he tenido y tengo en mis entrañas. Adiós, hermanos carísimos, que nUsque in coelum. más. Mementote mei (hasta el cielo, acordaos de mí). [Liturgia de las Horas. Propio de la familia franciscana]
* * * *
De la Historia del martirio de Pablo Miki y compañeros, escrita por un contemporáneo (Cap. 14, 109-110: Acta Sanctorum Februarii, 1, 769) Clavados en la cruz, era admirable ver la constancia de todos, a la que les exhortaban el padre Pasio y el padre Rodríguez. El Padre Comisario estaba casi rígido, los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín daba gracias a la bondad divina entonando algunos salmoA tus manos, Señ.rerso: También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz clara. El hermano Gonzalo recitaba también en alta voz la oración dominical y la salutación angélica. que era japonés y jesuita, y que moría por anunciar el Evangelio, dando gracias a Dios por haberle hecho beneficio tan inestimable. Después añadió estas palabras: «Al llegar este momento no creerá ninguno de vosotros que me voy a apartar de la verdad. Pues bien, os aseguro que no hay más camino de salvación que el de los cristianos. Y como quiera que el cristianismo me enseña a perdonar a mis enemigos y a cuantos me han ofendido, perdono sinceramente al rey y a los causantes de mi muerte, y les pido que reciban el bautismo». Y, volviendo la mirada a los compañeros, comenzó a animarles para el trance supremo. Los rostros de todos tenían un aspecto alegre, pero el de Luis era singular. Un cristiano le gritó que estaría en seguida en el paraíso. Luis hizo un gesto con sus dedos y con todo su cuerpo, atrayendo las miradas de todos. Antonio, que estaba al lado de Luis, fijos los ojos en el cielo, y después de invocar los nombres de Jesús Alabad, siervos delsalmo: Señor que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, pues en ella se les hace aprender a los niños ciertos salmos. Otros repetían: «Jesús! ¡María!», con rostro sereno. Algunos exhortaban a los circunstantes a llevar una vida digna de cristianos. Con éstas y semejantes acciones mostraban su prontitud para morir. Entonces los verdugos desenvainaron cuatro lanzas como las que se usan en Japón. Al verlas, los fieles exclamaron: «Jesús! ¡María!», y se echaron a llorar con gemidos que llegaban al cielo. Los verdugos remataron en pocos instantes a cada uno de los mártires. [Liturgia de las Horas]
* * * *
Elenco de los santos mártires de Nagasaki (5-II-1597) Frailes franciscanos: San Pedro Bautista Blázquez, superior de la misión (1542-1597) San Felipe de Jesús o de las Casas (1571-1597) San Francisco Blanco (1567-1597) San Francisco de La Parrilla o de San Miguel (1543-1597) San Gonzalo García (1562-1597) San Martín Aguirre de la Ascensión (1567-1597) Franciscanos seglares: San Antonio de Nagasaki (de 13 años de edad) San Buenaventura de Miyako San Cosme Takeya San Francisco Fahelante de Miyako San Francisco Médico de Miyako San Gabriel de Ize San Joaquín Sakakibara de Osaka San Juan Kinuya de Miyako San León Kasasumara San Luis Ibaraki (de 12 años de edad) San Matías de Miyako San Miguel Kozaki, padre de Santo Tomás Kozaki San Pablo Ibaraki, tío de San Luis Ibaraki San Pablo Suzuki San Pedro Sukejiro de Miyako Santo Tomás Idauki de Miyako o de Ize Santo Tomás Kozaki (de 14 años), hijo de San Miguel Kozaki Jesuitas: San Pablo Miki, sacerdote profeso San Juan de Goto, catequista San Diego Kisai, catequista
* * * *
SAN PEDRO BAUTISTA Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES DE NAGASAKI (1542-1597) Viaje y Estancia en Japón por Cayetano Sánchez, o.f.m.
Aunque la conquista y la evangelización de la mayor parte de Filipinas se llevaron a cabo de forma fulgurante en las últimas décadas del siglo XVI, sin embargo, la presencia española se vio pronto seriamente amenazada. Uno de los mayores peligros procedía de los planes expansionistas japoneses. En 1586 tuvo lugar un encuentro armado entre un grupo de piratas nipones y fuerzas de la colonia. La victoria se inclinó del lado de los españoles, pero éstos se percataron inmediatamente de que, teniendo en cuenta la bravura de los japoneses y el tipo de armas que usaban, podría haber ocurrido exactamente lo contrario. A partir de aquel momento los conquistadores de Filipinas comenzaron a admirar a los japoneses, a quienes Santiago de Vera, Gobernador de las Islas, en carta fechada el año siguiente, «gente de brío (...), belicosa, y entre todos los naturales temidos, y más de los chinos, que tiemblan al oír su ».mbre Los españoles de Manila no temblarían ante los japoneses como los chinos, pero su admiración hacia aquéllos convirtió pronto en verdadero el temor. En 1591, las autoridades de Filipinas recibieron una carta de Hideyoshi Toyotomi, shogun de Japón -conocido en los libros españoles de la época por el nombre de Taykosama- con la siguiente ame«Reconoced mi señorío, porque si no viniéredes luego a hacerme reverencia y postraros delante de mi rostro por tierra, sin duda enviaré mi ejército y os haré de».ruir y asolar Gómez Pérez Dasmariñas envió inmediatamente una embajada por medio del padre Juan Cobo con el fin de que intentara frenar la arrogancia y los ímpetus expansionistas de Hideyoshi. El buen fraile dominico parece que lo consiguió, pero murió en Formosa, al regreso de su viaje, sin poder informar a las autoridades de Manila. Hideyoshi escribió una segunda carta, tan amenazadora como la primera. Dasmariñas, consciente de que Manila se encontraba desprotegida y en grave peligro en caso de una invasión, decidió enviar una segunda embajada para intentar apaciguar al irascible y ambicioso shogun de Japón. La persona elegido fue fray Pedro Bautista. Rumbo a Japón Superadas ciertas dificultades iniciales, la embajada se organizó inmediatamente y el 26 de mayo de 1593 emprendía viaje a Japón. Acompañaban a San Pedro Bautista tres hermanos de hábito, fray Bartolomé Ruiz, sacerdote de edad madura y hombre experimentado en los problemas de la evangelización; el hermano laico Francisco de La Parrilla, enfermero, religioso de fe profunda y vida intachable, y Gonzalo García, también hermano laico, nacido en la India de padre portugués y madre india, que había vivido ya en Japón, conocía la lengua japonesa y haría las funciones de intérprete, y varios seglares españoles y japoneses. La comitiva se dividió en dos grupos que emprendieron el viaje cada uno en un barco diferente. La travesía resultó mucho más larga y peligrosa de lo que se esperaba. Una serie de tifones zarandeó a los barcos, los separó y estuvo a punto de hundirlos. Finalmente, el 4 de julio de 1593, después de 39 días de navegación, el barco en que viajaba fray Pedro entraba en el puerto de Hirado, una modesta isla al noroeste de Japón. El segundo fue a parar a Amakusa. Ante Hideyoshi Toyotomi El encuentro entre el grupo de franciscanos y el poderoso shogun de Japón tuvo lugar, por razones de protocolo japonés, dos meses más tarde, en octubre del mismo año, en la ciudad de Nagoya, no lejos de Hirado. Los primeros momentos fueron de gran tensión. Taykosama habló en tono amenazante, exigiendo que los gobernantes de Manila le dieran signos claros de sumisión. Fray Pedro, dueño siempre de sí mismo y de sus sentimientos, no perdió la compostura un solo momento, rechazó las amenazas y se negó a dar las pruebas de sumisión que se le exigían. Rendido por fin Hideyoshi ante la pacífica actitud de fray Pedro e impresionado por su humildad y extrema pobreza, no sólo abandonó sus gestos y palabras intimidatorias sino que prometió proteger a los franciscanos e incluso concederles un solar en Miyako (la actual Kyoto), donde pudieran él y sus hermanos edificar un convento e iglesia. Esta actitud respecto a los misioneros significaba un cambio copernicano en Hideyoshi, quien seis años antes, en 1587, había decretado la expulsión de todos los jesuitas residentes en Japón. ¿Sería duradero este talante conciliador y tolerante? Sólo el tiempo lo diría. Este cambio radical de actitud de un hombre temido por toda la sociedad japonesa produjo un impacto enorme en los testigos del encuentro. Era, sin duda, un buen comienzo, pero sólo eso. Habría que esperar varios meses más hasta conseguir la firma de un pacto de amistad entre las dos naciones. Hideyoshi quería que fray Pedro pudiera comprobar por sí mismo su poderío demográfico, económico y militar, e invitó al embajador de Manila a visitar Kyoto, sede del emperador, y las ciudades de sus alrededores, Osaka, Sakay, Fushimi, etc. Antes de emprender viaje a Kyoto, fray Pedro informó a las autoridades de Filipinas sobre el resultado de su embajada. El encuentro con Hideyoshi había sido, en su opinión, moderadamente positivo. Se sentía fascinado, en cambio, por el pueblo japonés, porque, según«En todo lon su carta: descubierto del mundo no hay gente más dispuesta y capaz ni que más se aferre con lo que una vez recibieron (...). Son gente moderada en el comer y en el beb». En el corazón de Japón El encuentro de fray Pedro con la cultura y la religión japonesas produjo en éste una profunda impresión. No era para menos. Kyoto, con sus 1.858 calles, 137 palacios, 2.127 templos sintoístas, 3.893 budistas, 18.000 bonzos y 87 puentes, era una ciudad inmensa. El número de cristianos, bautizados por los jesuitas, ascendía a unos 6.000, perdidos en una masa de cerca de 400.000 habitantes. El reto evangelizador que se le ofrecía a fray Pedro y sus hermanos era inmenso. A pesar de todo, los misioneros se vieron obligados, durante más de seis meses, a observar un discreto silencio, limitándose a evangelizar con su sola presencia, el método franciscano que habían aprendido y practicado durante años en sus solitarios conventos de España. En enero de 1595 se firmó en Kyoto el pacto de amistad entre Japón y Filipinas. El shogun no sólo renunció, al menos de momento, a sus amenazas contra los Luzones, como llamaban los japoneses al archipiélago filipino, sino que se convirtió en el primer bienhechor de los franciscanos. Les concedió, en primer lugar, un enorme solar, que formab«un cuadrado de 127 metr», de suerte q«provisto de una buena cerca, suponía un paseo de medio ki»,metro exactamente 508 metros. Por si esto fuera poco, contribuyó con una importante suma de dinero a la construcción de los edificios y les enviaba alimentos periódicamente. Nuestra Señora de los Ángeles, primera iglesia franciscana de Japón Hacia finales de mayo o primeros de junio de 1595 fray Pedro y sus hermanos pusieron manos a la obra. Pronto comenzaron a recibir el apoyo y ayuda económica tanto de personas influyentes como de gente sencilla. San Pedro se había empeñado en que tanto la iglesia como el convento fueran inaugurados el día 2 de agosto, fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles. Pero las obras procedían a un ritmo tan acelerado que impedían a los religiosos dedicar tiempo a cosas quizá más importantes, como la oración. En consecuencia, fray Pedro decidió posponer la inauguración para el 4 de octubre, fiesta de San Francisco, y trabajar con más calma. A finales de septiembre, cuando estaban a punto de finalizarse las obras, llegó de Manila el segundo grupo de misioneros, compuesto por los padres Agustín Rodríguez, Marcelo de Ribadeneira y Jerónimo de Castro. Su llegada en calidad de embajadores les obligó a presentarse inmediatamente a Hideyoshi, que se encontraba en la cercana ciudad de Fuxhimi. A pesar de su ausencia, el nuevo templo y convento fueron inaugurados solemnemente por el padre Bartolomé Ruiz en medio del regocijo de muchos cristianos y el asombro de los no cristianos. Curar las almas y los cuerpos El proyecto evangelizador de San Pedro no se circunscribía sólo al anuncio verbal del Evangelio. Para él, el verdadero anuncio debía hacerse con obras y palabras. De ahí que, poco después de la inauguración del convento e iglesia, comenzara a edificar, con ayuda de un grupo de seglares entusiasmados por el ejemplo de los misioneros, un hospital destinado especialmente a acoger «los más pobres de los pobres de J». Le puso el nombre de Hospital Santa Ana. Algún tiempo después, para dar respuesta a las necesidades de la población de Kyoto, ordenó la construcción de un segundo hospital, al que llamó de San José. No satisfecho con esto, decidió edificar también una escuela de niños y niñas para contrarrestar así el influjo nocivo de ciertas pagodas budistas. Lo que sorprendía a los japoneses, cristianos y no cristianos, no era sólo el que los franciscanos acogieran y cuidaran a los leprosos (una acción jamás vista hasta entonces en Japón), sino también el hecho de que el único medio utilizado por Pedro y sus compañeros para mantener aquel importante complejo asistencial, tan parecido a un Cotolengo, fueran las limosnas que recibían de la gente. Muchos, asombra«Si éstos no reciben dineros, ni admiten rentas, ¿quién los sustenta a ellos y a tantos pobres con abundancia? ¿Quién les da la comida, la ropa y las medicinas que en estos hospitales se ges». La respuesta, aunque incomprensible para los no creyentes, resultaba fácil para los creyentes. El testimonio de amor a los pobres movía de tal forma el corazón de ricos y pobres, cristianos y no cristianos, nativos y extranjeros, que los franciscanos recibían cuantiosas limosnas de muchas personas de todas pa«incluido el Emperador (Hideyoshi), el Rey (Hidetsugu), el gobernador de Meaco y otros gobernadores y señores de la monarquí». No todos, lógicamente, veían con buenos ojos la maravillosa obra sanitaria, asistencial y evangelizadora de los franciscanos. Muchos bonzos percibían en la rápida expansión de la fe cristiana una grave amenaza a la hegemonía budista e incluso al corazón de estructuras fundamentales y milenarias de la sociedad japonesa. Los portugueses, entre ellos un buen número de jesuitas, temían que la consolidación de la presencia de los franciscanos españoles pusiera en peligro el floreciente comercio lusitano entre Macao y Japón. Fray Pedro y sus hermanos caminaban sobre un campo sembrado de minas. Fundación de los conventos de Nagasaki y Osaka San Pedro no se amilanó ante las reacciones negativas que su abnegada actividad generaba en los ambientes mencionados. Se sentía comprendido por los más importantes para él, los pobres, y era consciente de que aunque Hideyoshi no le hubiera permitido de forma expresa predicar el Evangelio, conocía perfectamente cuanto hacía y no sólo no lo rechazaba sino que, al contrario, lo aprobaba y alababa. En diciembre de 1594 encontramos al padre Pedro en Nagasaki, dando los primeros pasos para fundar un convento que sirviera de punto de apoyo para los religiosos que fueran a Japón o regresaran a Filipinas, lugar de recuperación para los religiosos enfermos y punto neurálgico para el envío y recibo de la correspondencia entre él y las autoridades de Manila. No hubo importantes problemas al principio. Hacia finales de marzo del año siguiente se encontró con una fortísima oposición en ciertos sectores de la ciudad. Recuperada parcialmente la calma, regresó a Kyoto a mediados del mes de septiembre, dejando allí a fray Jerónimo de Castro y fray Marcelo de Ribadeneira. A mediados de junio de 1596 llegó el segundo grupo de refuerzo, compuesto por los jóvenes sacerdotes: Martín Aguirre y Francisco Blanco, futuros compañeros de martirio de fray Pedro. Los primeros intentos de los franciscanos por fundar en Osaka datan del mes de abril de 1595, aunque tuvo menos importancia que Kyoto y Nagasaki. Fue, desde el principio, una residencia minúscula, por lo que se le dio el significativo nombre de Nuestra Señora de Belén. De la gloria a la ignominia La sociedad japonesa vivía tan férreamente sometida a la omnímoda autoridad de Hideyoshi, que nada ocurría sin su beneplácito. Él era señor de vidas y haciendas. El menor gesto de aprobación o desaprobación de su parte significaba para sus súbditos la gloria o la ruina para siempre. Nadie escapaba a su control. Tampoco los franciscanos. El desgraciado naufragio de un galeón español que, cargado de mercancías de un valor incalculable, se dirigía hacia Nueva España (México) y embarrancó en la bahía de Tosa, fue la mecha que hizo explosionar un mundo electrizado de pasiones inconfesables surgidas en torno a la vida y actividad de nuestros misioneros. Fray Pedro intentó salvar la mercancía del barco y ayudar a sus pasajeros, pero se convirtió pronto, de forma incomprensible y aún no explicada satisfactoriamente, junto con sus hermanos, en el blanco de calumnias, envidias y hasta rencor de algunas personas pertenecientes a tres sectores importantes de la sociedad japonesa de la época: los consejeros de Hideyoshi, los sacerdotes budistas y los jesuitas portugueses. El 8 de diciembre de 1596 Hideyoshi ordenó el arresto domiciliario de fray Pedro Bautista y de sus hermanos de las comunidades de Kyoto y Osaka, dando así principio a un largo y cruento Vía crucis que culminaría con su muerte en cruz en el calvario de Nagasaki. ¿Quién o quiénes envenenaron la mente de Hideyoshi para que de amigo y bienhechor se convirtiera en verdugo de los franciscanos? Quizá nunca se llegará a saber. Vía crucis de Kyoto a Nagasaki El 3 de enero de 1597 fray Pedro y sus hermanos, junto con los catequistas y ayudantes del convento, a los que se unieron Pablo Miki, catequista de los jesuitas y otros dos ayudantes, fueron conducidos a la cárcel pública de Kyoto y sometidos al castigo del corte de parte de la oreja izquierda en señal de veces a pie, otras a caballo y otras en barco, un largo viaje de unos 800 kilómetros hasta el lugar de su ejecución. Para Hideyoshi este largo Vía crucis pretendía ser una sádica tortura, con la que quería aterrorizar a los cristianos, principalmente a los de Nagasaki, la ciudad con mayor número de seguidores de Jesús en todo Japón. Para fray Pedro y sus compañeros fue, al contrario, una procesión gozosa y testimoniante de su fe inquebrantable, más fuerte que la muerte, en Cristo. Su muerte en cruz sobre la colina de Nishizaka, vueltas sus caras al sol naciente, ocurrida el 5 de febrero de 1597 ante miles de personas, confirmó la veracidad de las palabras proféticas de fray Pedro a uno de sus frailes: «Hermano, cuando fuéremos martirizados por la fe de nuestro Señor Jesucristo, entonces seremos verdaderos predicadores evangélicos, y más hará un muerto que muchos vi».s Así ha sido y es en realidad. Fray Pedro Bautista y sus compañeros han anunciado y continúan anunciando el Evangelio de Jesús, desde lo alto de la colina de Nishizaka, más poderosamente de lo que lo hicieron en vida. Cayetano Sánchez , O.F.M., Viaje y estancia de San Pedro Bautista en Japón, en Santuari (Arenas de San Pedro, Ávila) n. 113 (1997) 21- 25.
* * * *
SAN PEDRO BAUTISTA (1542-1597) Misionero franciscano
por José Álvarez, o.f.m.
Dejando de lado la muerte gloriosa de San Pedro Bautista, para tratarla aparte, voy a limitarme aquí a considerar su dimensión misionera, su pasión de amor a los hombres por Dios, que culminaría en la cruz, confirmando con ello el dicho: «finis coronat opus». 1San Francisco como referencia San Pedro Bautista fue un cristiano convencido al que Dios concedió el privilegio de ingresar en la Orden Franciscana para vivir el evangelio siguiendo las huellas de San Francisco y predicarlo a todos los hombres sin distinción como lo hizo él y quiso que continuáramos haciendo sus hijos, pues para esto nos ha llamado el Señor, solía repetir a los «Para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay otro omnipotente sino » (CtaO 9). La Orden franciscana nace del evangelio del seguimiento y de la misión al mismo tiempo y en el mismo lugar (cf. 1 Cel 22). Seguro de su vocación evangélica y misionera, afirmaba Fr«nada debe preferirse a la salvación de las almas, aduciendo como razón última, el hecho de que el Unigénito de Dios se dignó morir por ellas colgado en el» (LM 9,4). Por eso, tan pronto como el Señor le concedió hermanos (Test 14), les dio la consigna ev«Marchad de dos en dos a todas las partes de la tierra a anunciar el evangelio, la paz y la penitencia... Y dad gracias a los que os injurien, persigan y calumnien, pues por esto se nos pr» (1 Cel 29).o eterno San Francisco deseó siempre, y hasta lo pretendió para sí, rubricar el anuncio del evangelio entre los infieles con el martirio, la máxima expresión de amor a Dios. Con este fin, dice C«el año sexto de su conversión se embarcó pa» (1 Cel 55). No consiguió su objetivo. Fueron más afortunados, en este sentido, los cinco hermanos que él envió a Marruecos. Tras conocer la noticia de s«Ahora puedo decir que tengo cinco verdaderos frailes me» (Jordán de GiaCrónic 8). La Orden se ha sentido misionera desde el primer momento; es uno de sus carismas y siempre lo ha considerado prioritario en su quehacer. Es una constante histórica que documentan las Fuentes comenzando por las Reglas (1 R 16; 2 R 12), los biógrafos, los cronistas, etc., hasta llegar a nuestros días: Capítulo General de 1985, Constituciones Generales cap. V, Capítulo General celebrado en San Diego el año 1991. He creído oportuno señalar con estos cuatro rasgos el horizonte referencial para enmarcar la figura misionera de San Pedro Bautista pensando que, sin ello, difícilmente nos explicaríamos ciertas actitudes y comportamientos de este gran misionero franciscano, original y al mismo tiempo fotocopia fiel de su padre San Francisco, del que heredó el más genuino espíritu evangélico y misionero. 2. San Pedro Bautista, el misionero, heredero de un espíritu San Pedro Bautista nace en San Esteban del Valle el año 1542, tres siglos más tarde que San Francisco. No pudo conocerlo, naturalmente, pero posiblemente sí conoció al gran reformador de su Orden, Pedro de Alcántara, famoso y muy querido por las gentes de estos pueblos abulenses: San Esteban del Valle, Mombeltrán, Cuevas, Guisando y sobre todo Arenas, donde quiso venir a morir y donde yacen hasta el día de hoy sus restos. San Pedro de Alcántara había estudiado también en Salamanca y no es improbable que su recuerdo se conservara aún fresco entre algunos universitarios, máxime al saberle ya famoso. Lo cierto es que, en 1567, a los cinco años de morir San Pedro en Arenas (1562), el joven Pedro Blázquez (Bautista) regresa de Salamanca, pide su ingreso en la Orden y hace su noviciado en el convento de Arenas, junto al sepulcro del gran contemplativo y penitente Pedro de Alcántara. Aquí, en pleno fervor y rigor espiritual de la reforma alcantarina forja su espíritu el joven novicio Pedro Bautista. San Pedro de Alcántara no llegó a ir de misionero entre los infieles, pero fue un gran misionero popular, conocido como gran predicador. Como reformador y fundador de la Provincia de San José supo infundir e impulsar la vocación misionera de los hermanos que se iban incorporando a su reforma, abriéndoles el espíritu y orientándoles hacia los nuevos campos de misión que venían de descubrir algunos de sus paisanos cacereños, el así llamado Nuevo Mundo. En este sentido hay que decir que San Pedro de Alcántara y su reforma conectan con la más genuina tradición de la Orden fundada por San Francisco. Además, la Provincia franciscana que nace con San Pedro Bautista en Filipinas nace en pleno campo de misiones entre infieles y ha perseverado allí hasta este siglo, en que Filipinas se ha emancipado y convertido en Provincia franciscana autóctona y autónoma. Y Filipinas, gracias a la acción misionera de promoción integral de los franciscanos, y también de otros institutos, hoy es el enclave cristiano más importante de Extremo Oriente. Pedro Bautista profesa en 1568, al año de ingresar. Al venir con los estudios eclesiásticos ya hechos, incluso con la orden del diaconado, fue muy pronto ordenado sacerdote y destinado por los superiores al apostolado de la predicación y a la formación en la provincia. Parece que no le llenaba esta tarea. A un cierto momento debió de sentir la llamada de«Pedro, rema mar adent». Y siguió la inspiración. El clima que se respiraba en toda la península favorecía este impulso. Tras un serio discernimiento, un buen día presentó su moción a los superiores, como ordena la Regla (cap. 12), y obtuvo el visto bueno para incorporarse a un grupo de religiosos que iban a partir rumbo a Nueva España (Méjico). Era el año 1581. Para allí se embarcó y allí permaneció y trabajó por espacio de casi tres años. Fue como su noviciado misionero. Vio muchas cosas y la experiencia le serviría de gran ayuda para el resto de su vida. Pero él nunca pensó que Méjico era la estación terminal de su aventura. Su objetivo, como el de todos los hermanos de hábito fue siempre China y Japón. Filipinas, con respecto a su ideal, venía a ser como una escala para repostar, no para echar raíces. Llegó a Manila como Comisario el año 1584. Cumplido su cometido, se entregó sin demora a la labor misionera con el celo y el entusiasmo que le permitían las circunstancias. ¡Tan cierto es que sólo el amor es misionero! El amor que arde en el corazón de los hombres. Este es el secreto del ardor misionero de Pedro Bautista. Pero ¿cómo predicar a los nativos sin apenas conocer su lengua? Recurre a las obras. Entra en contacto con los ambientes más pobres y necesitados. Visita y cura a los enfermos. Levanta para ellos residencias y hospitales y se convierte en médico de los cuerpos y de las almas. Los primeros destinatarios de este nuevo misionero y de sus compañeros de religión fueron los leprosos y los pobres, como lo fueron para San Francisco (cf. Test 3). Si esto causó impresión en Filipinas aun entre algunos cristianos y eclesiásticos empleados en la labor misionera, llegó a causar alarma entre los políticos cuando públicamente alzó la voz en defensa de los derechos conculcados de los pobres. Su amor apostólico le llevaba «estropajo de los lepr» y abogado defensor de los sin voz, injustamente maltratados y explotados, a veces, por los colonizadores y encomenderos. Pedro Bautista ya había sido testigo de ello en Méjico y sabía de boca de los indígenas lo que marcaba la diferencia para ellos entre el misionero franciscano e incluso otros misioneros. Lo recoge el historiador mex«A los indígenas les gustan los franciscanos porque estos andan pobres y descalzos como nosotros, comen lo que nosotros, asiéntanse entre nosotros, conversan entre nosotros mansamente... Con su amor y caridad atraen tanto a ricos como a pobres..., mucho más a los indios pobres. Nunca se halló pleito ni quejas de los bienaventurados hermanos». . . Los malolientes indios y leprosos que detestaban incluso algunos misioneros, les olían a cielo a los franciscanos en Méjico, Filipinas y Japón, sigue diciendo el mismo autor. Otro observador veraz de los hecho«Mientras nosotros en nuestras pesquerías damos muerte a los indios, estos hijos de San Francisco han preferido morir » (Rodrigo de Niebla, cronista). Esta ha sido otra constante histórica de la Orden. Pedro Bautista conocía muy bien todo esto y lo había asimilado por ser y responder al método recomendado por San Francisco en la primera Regla, que dic«... y los hermanos que van entre sarracenos y otros infieles, pueden comportarse entre ellos espiritualmente de dos modos. Uno, que no promuevan disputas y controversias, sino que se sometan a toda humana criatura por Dios, y confiesen que son cristianos. Otro, que cuando les parezca que agrada al Señor, anuncien la Palabra de Dios para que crean, se bauticen y ha» (1 R 16).nos Se trata no de imponer, sino de proponer, no tanto de demostrar con argumentos, cuanto de mostrar con la vida y las obras. El amor es praxis. San Pedro hizo experiencia en Filipinas de que el mejor soporte del misionero era la vida escondida con Cristo en Dios, es decir, la contemplación, la austeridad de vida expresada en la penitencia, la descalcez y, sobre todo, en la pobreza evangélica, elementos todos nucleares y vertebradores de las ordenaciones de la reforma Alcantarina profesada por el santo y sus compañeros. Y aprendió, igualmente por experiencia, que el mejor púlpito para el misionero franciscano eran los hospitales y las escuelas erigidas al lado de las iglesias pobrecillas y los conventos para atender a los pobres y enfermos y para sacar a todos de las tinieblas de la ignorancia y el error. Cuando sonó la hora de Dios y Pedro Bautista fue designado embajador de Felipe II ante el emperador del Japón Taikosama, trasvasó con él su metodología misionera al Japón también. Al emperador nunca le inquietó este nuevo modo de vivir y actuar de los nuevos misioneros; al contrario, le complacía, y por eso les prometió toda suerte de ayuda. A su oferta de hijos, él respondió que sería su padre. 3. Pedro Bautista, embajador de paz y misionero de Jesucristo y su Evangelio La novedad introducida por Pedro Bautista y sus hermanos franciscanos de la descalcez causó profunda impresión en el ámbito japonés, no por la misión diplomática de Pedro Bautista, sino porque mostraban un talante propio, distinto del de otros misioneros, pues a ninguno de éstos habían visto los nativos descender a lavar a los leprosos, curarlos y hasta besar sus heridas, andar descalzos y con el hábito remendado, vivir de limosna y a la intemperie como los más pobres, menospreciar las riquezas, etc. Esto produjo necesariamente división de opiniones y posturas: en algunos, celotipia; en otros, incluso gentiles, admiración y estima. Fray Juan Pobre, excelente reportero de los acontecimientos, Histori comentarios como és«... su ley es la mejor de todas, y que debía haber algún premio en la otra vida, pues en ésta curaban a los leprosos, que tanto en J». Los frailes eran noticia en todo Japón. De todas partes llegaban al hospital de Miyako y al de Nagasaki sobre todo leprosos para comprobar cosa tan extrema. Al constatarlo con sus propios ojos, un testigo que aún era gentil comenzó a predicar a los lepr«Tened en mucho esta obra maravillosa que estos extranjeros blancos hacen con vosotros... Y mirad que seáis agradecidos, pues no hay padre ni madre que tal haga con sus hijos cuando están leprosos; cortarles sí y matarlos, mas regalarlos así, como éstos hacen con vosotros, nunca tal se ha vi».o en Japón Fácil es suponer la fuerza de atracción que paulatinamente comenzó a ejercer la vida y comportamiento de los nuevos misioneros. Lo que nos resulta difícil de comprender es que al mismo tiempo y por la misma razón fueran conminados a abandonar la misión de Japón. El historiador jesuita padre Frois tacha a los franciscanos de imprudentes y temerarios por su metodología misionera. Y el mismo obispo, Pedro Martínez, de la Compañía de Jesús, invocando la autoridad papal y la suya, les prohibió toda actividad apostólica y asistencial, y hasta la mendicación para sobrevivir, con objeto de que abandonaran su campo de misión en Japón. Las causas y acusaciones eran tan infundadas que forzaron una réplica bien ponderada del pacífico embajador, Pedro Bautista, que revela la talla de su enorme personalidad humana y evangélica. En una carta preciosa dirigida al obispo le dice«Y también advierta vuestra Señoría que nuestros Brev (documentos pontificilos han examinado doce teólogos y un doctor en leyes, y todos nos obligan, so pena de pecado mortal, a no dejar las almas del Japón. Y cuando V. Señoría por fuerza y, como dicen, nos quisiera tomar por hambre, como parece lo ha mandado vedándonos las limosnas, sepa que aunque coma hojas de árboles no tengo que dejar el Japón hasta que lo mande el Papa y el Rey muy bien informados; porque tanto como esto conviene hacer por las almas que Cristo nuestro Redentor con su só» (Carta de finales de 1596). Pedro Bautista y sus compañeros, animados por el espíritu, el celo y el amor, a pesar de tantas dificultades, no pasaron a la clandestinidad sino que se mantuvieron a cara descubierta junto al necesitado hasta el día en que les encarcelaron. La pobreza franciscana siembra amor y florece en bienaventuranza, pero tiene un precio. Pedro Bautista y sus compañeros lo comprobaron cuando por la causa del evangelio les pidieron la vida en el calvario de Nagasaki y generosamente la dieron. Les cerraron la boca, pero los pobres«Pedimos con lágrimas y suplicamos que no solamente estos padres no se vayan, mas que antes, para nuestro consuelo, se multipli» (de la carta firmada por los pobres enfermos y leprosos de los hospitales de San José y Santa Ana, que son ochenta). Pedro Bautista realizó el sueño acariciado por San Francisco: Rubricar con la propia sangre del martirio el anuncio del Evangelio como verdadero fraile menor. Bibliografía: Marcelo de Ribadeneir, Historia de las Islas del archipiélago filipin. Madrid, Ed. Católica, 1946. Juan Pobre Histor. Relato del Martirio en preparación para su publicación a cargo del padre Jesús Martínez, franciscano. Fidel de Lejarz, ofm,Bajo la furia de Taiko, t. II. Madrid, Ed. Cisneros, 1961. Felipe R. Dégan, Vida y martirio de San Pedro Bau. Madrid 1996, 2.ª edición. Cf.José Álvarez, O.F.M., San Pedro Bautista, misionero franc,scano eSantuari (Arenas de San Pedro, Ávila) n. 113 (1997) 5-8.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.